‘Creed’, un paseo por la historia del cine

Algo nuevo. Aroma antiguo. Aquel tráiler de 2015 provocó un extraño déjà vu. Puños sobre un muro. Unas poderosas espaldas aguardando el momento de subir al cuadrilátero. Uno de los instantes de mayor soledad que existen. Joyce Carol Oates, cronista excelsa de este salvaje escenario, siempre aplicó una norma de oro en sus crónicas: dureza en la descripción de la disciplina y piedad por los combatientes.

A lo largo de una sucesión de escenas frenéticas y donde viejos carteles de antiguas veladas parecen ocultar secretos, apreciamos la transformación física de Michael B. Jordan. El protagonista de Fruitvale Station (2013) parece haberse sometido a un riguroso entrenamiento, aunque hay algo más. Los gestos, la forma de moverse y un pequeño bigote que provocan que resultan familiares.

Ryan Coogler, el director, quien ya había trabajado con Jordan, le convenció para embarcarse en aquel proyecto. Casi al final de la promoción, aparece la figura de Sylvester Stallone como un envejecido Rocky Balboa. Un luchador clave para el imaginario popular del celuloide. El Potro Italiano con seis filmes en su haber y grandes momentos para el género de acción, si bien aquí está transformado en su rictus de sereno encajador de golpes.

El mito pugilístico del siglo XX ahora se presenta como el apacible dueño de un restaurante donde recordar los días de gloria, bautizado cariñosamente con el nombre de Adrian’s, su difunta y añorada esposa. Los tiempos han cambiado. Un apellido emerge en la gran pantalla para finalizar lanzando un gancho: Creed.

¿Pueden dos franquicias ser una al mismo tiempo? Generadora de filias y fobias, hoy consagramos un rato a la esquina de una de las sagas supervivientes en la feroz división de Hollywood. Hablamos de dos rivales legendarios destinados a sostener un idéntico legado.

Underdog

Tres días y medio. Es una de las leyendas más repetidas en Hollywood. Según la tradición, el tiempo exacto que tardó Sylvester Stallone en escribir la primera versión del guion de Rocky (1976). Poseyendo una base cierta, hemos matizar el mito.

Todo había comenzado en el Wilsher Theatre de Los Ángeles. El joven Sylvester Stallone, aspirante a actor, había dudado a la hora de acudir a aquella velada boxística, pero descubrió que hizo una magnífica inversión. El veterano púgil Charles Wepner ingenió todas las tretas posibles para permanecer en el cuadrilátero frente a Muhammad Ali, la gran leyenda del ring.

Nadie esperaba la hazaña de Wepner, quien perdió por KO técnico durante el decimoquinto asalto, si bien ganando antes un pedazo del Olimpo en la historia de su exigente deporte. Stallone no podía quitarse el combate de la cabeza.

Robert Chartoff e Irwin Winkler, productores de United Artists, habían quedado impresionados por el entusiasmo de aquel muchacho ítalo-americano que les pidió algún papel. No lo lograría con ellos, si bien, puesto que también escribía, le ofrecieron que les hiciera llegar su material.

Pese a lo atractivo de la estampa de un novato apoyándose en la cafeína para lograr en 72 horas el germen de una futura franquicia con ocho películas, conviene rememorar que el libreto sería sumamente pulido durante los siguientes meses. Indudablemente, el primer borrador de Rocky y su epopeya tenía sumo potencial, pero faltaban ingredientes.

Una de esas piezas era la fuerza que debía oponerse al héroe. La idea inicial de Stallone consideraba a Apollo Creed como un campeón crepuscular ante el que Rocky se dejaba ganar por no satisfacer a su racista entrenador.

Aquello estaba destinado a cambiar.

Rocky (1976).
Rocky (1976).

Know the Past, Own the Future

Carl Weathers no comenzó con buen pie sus pruebas para convertirse en Apollo Creed, el flamante campeón de los pesos pesados que da la oportunidad de su vida a un boxeador de Filadelfia desconocido. Durante la audición, no supo que la persona que leía con él era el guionista y protagonista principal de aquel film de modesto presupuesto. Criticó ásperamente las réplicas de Stallone, sin reconocer a su futuro jefe.

Seguidamente, tuvo que mentir sobre su formación como púgil amateur en clubs de Canadá. Chartoff y Winkler respiraron aliviados. Hasta ese momento, quienes sabían moverse en las cuerdas no lograban actuar. Y los mejores intérpretes, no convencían calzándose los guantes. Weathers, futbolista americano, daba perfectamente el tipo.

Apollo Creed.
Apollo Creed.

Con habilidad y mimetismo, aprovechó el fin de semana para empaparse de vídeos sobre Muhammad Ali, el paradigma de todo lo que debía ser un boxeador. Weathers supo captar la plasticidad y fanfarronadas verbales de la leyenda deportiva, hasta el punto de convencer a todo el reparto de su presunto pasado en el ring.

Por ello, resulta tan impactante una escena en Creed. Adonis Johnson (Michael B. Jordan) es un hijo póstumo de Apollo, fruto de un affaire fuera de su matrimonio. Tras haber estado en duros orfanatos, es adoptado a todos los efectos por Mary Anne (Phylicia Rashad), la viuda del malogrado campeón de los pesos pesados. En la intimidad de su hogar, reproduce YouTube en la pantalla de su televisor, observando varios vídeos recomendados, incluyendo combates de gente como Timothy Bradley o Juan Manuel Márquez. Se decanta por la segunda gran lucha de su progenitor contra Rocky Balboa.

En un ejemplo metaficcional, emula los movimientos del padre que nunca llegó a conocer. Weathers y Jordan. Pasado y futuro. El nexo de supervivencia para la saga.

La gran olvidada en las victorias

John G. Avildsen no era un aficionado al boxeo. Sin embargo, pocos artistas han hecho más por transmitir las emociones de los púgiles para el séptimo arte. Cuando United Artists le confió el libreto de Stallone para hacer un film de modesto presupuesto, comprendió que su principal aportación iba a ser darle poesía urbana. Ya había dirigido a intérpretes consagrados como Jack Lemmon y a talentos emergentes con la talla de Susan Sarandon.

Nadie puede dudar de la vinculación Stallone-Rocky, hasta el punto de que la audiencia haya podido, en varias ocasiones, confundirles. Si se observan con atención las secuelas a la primera parte de la saga, el Potro Italiano fue domando su carácter, haciéndose cada vez más entrañable. En cambio, Avildsen, quien representa asimismo su bonhomía, no tenía miedo en mostrar un lado un tanto oscuro, el fino alambre por donde recorre el callejero deportista cada día.

Así, puede ser un alma sensible que cuida a sus tortugas (divertidamente llamadas “Gancho” y “Directo), pero también trabajar para Joe Gazzo, delincuente del barrio. El encargado de dar vida al criminal fue Joe Spinell, amigo personal de Stallone, quien quedó muy afectado por su prematura muerte en 1989. Igual que sucede entre Gazzo y el boxeador, en la vida real, Spinell ayudó mucho al Stallone que luchaba por abrirse hueco en Hollywood.

Stallone y Spinell en Rocky.
Stallone y su amigo Spinell en Rocky.

Antonio Candela, a través de su monografía Universo Stallone (2018), recopila anécdotas del rodaje de Rocky, entrañables y familiares. De hecho, consiguieron a una estrella veterana como Burgess Meredith a través del reconocimiento y el afecto antes que con abultadas nóminas.

Meredith dio vida a Mickey, el inolvidable entrenador de Rocky, típica relación de amor-odio. El tipo en la esquina. Igual que Avildsen, la parte más olvidada en las victorias del ring.

Sometimes you just have to roll with the punches

Si se observan con atención, las peleas de Rocky Balboa han ido derivando progresivamente hacia situaciones más propias del cómic o el videojuego. Sus dos primeros enfrentamientos con Apollo, dentro de la hipérbole, poseen un tono plausible. En el primero de ellos, Creed paga la falta de fondo físico ante un rival al que subestimó, pero su mayor clase le hace prevalecer a los puntos, si bien el aspirante le roba las simpatías del público.

Para la segunda ocasión, de la mano de un Weathers en perfecta forma, el defensor del título apabulla en la mayoría de los rounds de Rocky II (1979). Quitando el hiperbólico desenlace, es una coreografía bien cuidada y confeccionada con mimo por Stallone. A partir de entonces, la exageración y el fuerte entrenamiento orientado hacia “el más difícil todavía” parecieron presidir a las secuelas.

Rocky y Apollo en Rocky II.
Rocky y Apollo en Rocky II.

Mr. T y su amenazante cresta casi parecen ser un preludio del futuro Mike Tyson, si bien con más testosterona y momentos Dragon Ball antes que el medido miedo infundado por “El Terror del Garden”. Y ni hablar ya de la gigantesca mole soviética en la que se erige Iván Drago (Dolph Lundgren), casi presentado en ocasiones como un cíborg surgido de las nieves.

De estos formidables antagonistas, Apollo siempre es presentado como el más humano. En Rocky III (1982) se ofrecerá a entrenar a su antiguo oponente tras el tráfico fallecimiento de Mickey. Solamente cuando Rocky recupere el cinturón ante Clubber Lang, el míster pondrá su precio: un combate de revancha en privado. Únicamente en Creed pudimos descubrir el resultado hurtado en los títulos de crédito. Como Balboa confiesa a Adonis, Apollo venció, dejando la épica serie entre ambos 2-1.

Pero no es en los triunfos donde radica la pervivencia del recuerdo.

Si no fuera por ellas: Take in on the chin

No caben dudas de que los papeles femeninos no resultan sencillos en esta empresa. De cualquier modo, contra viento y marea, Talia Shire fue capaz de hacer emerger a Adrian como mucho más que el descanso del guerrero o la damisela en apuros. Bien apoyada por la cámara de Avildsen (inolvidables sus primeras citas en lo cotidiano), la hermana de Paulie es la esencia de buena parte de lo que ocurre en las cintas.

Stallone y Talia Shire en Rocky.
Stallone y Talia Shire en Rocky.

Pese a sus defectos, hay algo que desprende nobleza en Rocky por ser el único en el barrio que descubre a la gentil persona que se esconde bajo el escudo de la timidez en una tienda de animales de Philly. Además, Shire, ya reconocible por El padrino (1972), era junto con Burgess Meredith de los pocos rostros reconocibles para el gran público.

No disponemos de esa fortuna en las pelis originales para la esposa de Apollo. Sylvia Meals se encargó de caracterizarla y, particularmente, en Rocky II habría podido aportar una visión distinta y fascinante. Asediado por cartas de aficionados y colegas que le acusan de haber montando un circo en el primer choque con el Potro Italiano, Apollo se ve forzado a cargar las tintas ante los medios que tan bien maneja para sacar a Balboa de su retiro por la revancha.

Sylvia Meals.
Sylvia Meals en Rocky IV.

Con todo, nunca es presentado como un villano. Sufre por cómo afecta esa presión a su pareja e hijos (en una de los pocos errores de continuidad del spinoff de Ryan Coogler, ni siquiera se mencionarán en el futuro), queriendo despejar las dudas acerca de quién es el campeón.

Mucho más compleja es la encarnación de Phylicia Rashad, una persona capaz de reconstruir sus heridas y establecer un vínculo con un muchacho como Adonis. El segundo más importante.

Tessa Thompson: I Will Go to War

En los últimos tiempos, está representando un cheque al portador en los castings. Lo saben en Westworld y Marvel Studios, sumar a Tessa Thompson es una apuesta ganadora. Rocky tenía a Adrian, mucho más que un apoyo, así que Ryan Coogler entendía que Adonis precisaba de una fuerza similar consigo.

Basta ver su potente voz en los prolegómenos al combate de Creed II (2018) para apreciar el crecimiento de Bianca, la cantante con un problema auditivo que cruza destino con el hijo de Apollo. Coogler quedó prendado de Thompson tras descubrirla en el festival de Sundance, donde aparecía en Dear White People (2014).   

Adonis y Bianca. Creed.
Adonis y Bianca. Creed.

Stallone, perro viejo de olfato fino, no vaciló en reconocer que el nuevo director de aquel proyecto que él empezó hacía décadas había acertado. Rocky V (1990) recuperó incluso a Avildsen en la dirección, pero la lírica crepuscular que quería darle al final de la odisea del boxeador chocó con las imposiciones de la productora y su propia estrella, reacios a mostrar el lado mortal de la leyenda.

Incluso el cariño del público garantizó ingresos a la digna Rocky Balboa (2006), si bien ya incluso un sector del fandom ponía velas para que no se intentase estropear más un legado forzado al límite. No obstante, colocar el foco en el hijo de Apollo suponía aires vigorizantes. El hip hop metido con calzador en Rocky V contrastaba con ese nuevo tono que podía traer una pareja como la de Adonis y Bianca.

Con las debidas proporciones, incluso plantearía dilemas shakesperianos. El poderoso espectro de un progenitor ausente, el miedo de Rocky a dar el primer paso con su propio hijo, la enfermedad del cáncer, etc. De repente, los problemas y conflictos volvían a ser reales.

Los viejos pósteres cobraban luz.

Creed II: La decisión

Después de las controversias generadas alrededor de Rambo II (1985), Sylvester Stallone quiso acallar cualquier posible duda alrededor de su patriotismo con Rocky IV. A nivel socio-político, una simplificación sonrojante de la Guerra Fría, además de un discurso tradicionalista hasta niveles atávicos: el entrenamiento de toda la vida (Rocky) frente a la maquinaria bien engrasada de la URRS: Iván Drago. 

Sin embargo, como entretenimiento, se trata de una cinta perfectamente engrasada que tiene momentos tan impactantes como la muerte de Apollo. El propio Stallone ha admitido que fue una decisión que lamenta, pero el impacto de su fallecimiento ante los puños de Drago refleja el cariño cosechado por Weathers.

Volveremos a disfrutar de las interpretaciones de Talia Shire y Burt Young, si bien apenas sabemos nada del Drago de Lundgren o su esposa (Brigitte Nielsen). Habríamos de esperar décadas para Creed II (2018), escrita a cuatro manos por Ryan Coogler y el propio Stallone, dándose, al fin, alma a aquellos 110 kilos de puro músculo, hoz y martillo.

Lundgren y Monteanu en Creed II.
Lundgren y Monteanu en Creed II.

Formado en Química por la universidad de Estocolmo, experto en artes marciales y ducho en cinco idiomas, Lundgren casi podría tener el CV de un futuro enemigo de James Bond. El principal problema de su carrera en Hollywood radicó en el acento, aunque legó a uno de los villanos clave de los ochenta. Lo llamativo es que, en su regreso, al fin, se le mostró como alguien de carne y hueso.

Apartado desde su derrota ante Rocky, el antiguo medallista olímpico vive precariamente con su hijo Viktor (Florian Munteanu) en Ucrania, país de triste y rabiosa actualidad por la invasión que sufre. El auge de Adonis en los medios convence a ambos de ir en pos de un reto que tiene resabios atractivos para las promotoras. ¿Se repetirá la historia?

Throw One’s Hat in the Ring

La mirada de Lundgren ante la estatua en Filadelfia de su antiguo rival dice muchísimo en la que, de momento, es la última entrega de la franquicia, si bien Michael B. Jordan ha anunciado su intención de asumir los mandos para una tercera parte de Creed. Los Drago viajan a la Ciudad del Amor Fraternal para ver que su verdugo goza del estatus de leyenda, con ellos condenados al ostracismo ante las autoridades que antaño les halagaban.  

Hay escenas suprimidas que pueden cambiar todo el significado de un largometraje. En su despedida al Potro Italiano, Avildsen incluyó una escena donde Rocky levantaba a Tommy (el malogrado boxeador Tommy Morrison), el discípulo que le había abandonado por la fama fácil. Un mensaje humano que habría ennoblecido a Rocky V,

De igual forma que hay un instante en Creed II que debió haberse conservado. Antes de la pírrica victoria de Adonis sobre Viktor en su segunda contienda, Iván Drago se dignifica a sí mismo al arrojar la toalla, temiendo por el bienestar de su hijo, evitando así una resistencia absurda. Un triunfo para el retoño de Apollo, observado con tranquilidad por un Rocky silencioso, dispuesto a enfundarse su sombrero por última vez. Si en el siglo XIX arrojarlo significaba estar preparado para combatir, el gesto de Balboa lo predispone, como pocas veces, para vivir en paz y recuperar la relación con su propio retoño.

En el silencio de los vestuarios, Viktor y Adonis tienen un breve e intenso diálogo. Por su lado, Iván y Rocky ni siquiera necesitan palabras. Una mirada de reconocimiento basta para cerrar los excesos de Rocky IV y dejar el que habría podido ser uno de los finales más edificantes dentro del género.

Ojos del Tigre

Es una de las canciones esenciales para entender el hard rock. Eye of the Tiger acompaña a dos antiguos enemigos destinados a ser camaradas. Rocky III marcó una modificación de la relación sin la que no entenderíamos los trabajos de Coogler y Steven Caple Jr.

Héctor intercambiando las armas con Áyax. El honor entre dos guerreros es situar pureza en algo que es atroz. Quizás por eso nos resulte tan llamativo. Joana Pastrana, campeona del mundo, afirmaba que notaba a dos demonios subiendo con ella a cada combate. Apollo, en la cuarta película de Rocky, se deja arrastrar por los mismos para aceptar una lucha que no debe.

Ante su tumba, Stallone hace uno de sus mejores discursos en el cine. La gratitud de un púgil en ligas menores al que le tocó un billete de la lotería, dejándose el alma para no perderlo. Michael B. Jordan volverá a ese cementerio para cerrar, de momento, sus cuentas pendientes, en una lucha más complicada incluso que “Pretty” Ricky Conlan o Viktor Drago.

Adonis frente a la tumba de Apollo.
Adonis frente a la tumba de Apollo. Creed II.

Joseph Celia sorprendió hace un año al afirmar que si algo probaba la grandeza de Apollo era haber aceptado entrenador a un antiguo competidor y ayudarlo a mejorar. No caben dudas de que un descendiente de Clubber Lang tendría mucho atractivo para la oposición, pero solamente un Creed podría tocar la fibra sensible del auditorio para volver a sumergirse en aquella mítica composición de Bill Conti allá por 1976.

“Crecí amando a Sylvester Stallone y Carl Weathers en Rocky” afirmó Jordan en su cuenta de Twitter, siendo elogiado por el propio Weathers por su forma de recoger el testigo. Entre tantos puñetazos, es el cariño (por Shire, Meredith, Young, Thompson…) lo que mantiene al mito del ring en la Ciudad del Amor Fraternal

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