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Ravenous. En el baúl de los recuerdos

“El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo”.- Friedrich Nietzsche

Miguel A. Bernao

Escribir es un hábito, una costumbre necesaria en mi vida, en menor o mayor medida, es parte de mi condición de hombre, ávido de encontrar respuestas e indagar en lo más profundo de mi mente. Cuando lo hago, suelo rememorar instantes que en un tiempo no muy lejano dejaron una gran emoción en mi recuerdo. Por tanto, bien merece la pena, de vez en cuando, rescatar del pasado esas sensaciones que se apoderaron de mí por algún motivo especial. Hoy quiero hablar, porque me apetece, sin más, de Ravenous (1999).

Ravenous es una película dirigida por Antonia Bird y protagonizada por Guy Pearce, Robert Carlyle, David Arquette, entre otros. Siento la necesidad de hablar de esta película porque me endurece la piel. Nunca una película causó en mi tanta mezcla de emociones. A día de hoy, es imposible borrarla de mi memoria.

El lado más salvaje del hombre

No entraré a comentar su historia, pues creo que pocos, la desconocen, ni  la magistral dirección de Antonia Bird o las grandes actuaciones de Guy Pearce y Robert Carlyle. Hoy, vuelvo a repetir, porque me apetece, quiero recordar la magistral banda sonora que acompañó al film y que se encuentra entre una de mis  obras preferidas. Por muchas cosas, pero ante todo, por saber entrelazar de forma excelsa, un buen guion, así como la esencia y crudeza de sus escenas.

Nos traslada con gran acierto al lado más salvaje del hombre, a esa lucha de existencia y superioridad que hoy se encuentra también muy en boga: «cómeme» o el «canibalismo» del ser superior frente a los débiles.

Michael Nyman (Londres, 1944) junto a Damon Albarn (Blur, Gorillaz) creó, en mi opinión, quizá no su mejor obra (recordemos El piano, 1991) pero sí la más certera, excéntrica y camaleónica banda sonora que podamos escuchar.

Por favor, si en esta tierra, hay algún mortal que aún desconoce esta joya, es momento de parar un momento y, en el silencio más sereno, dejarse llevar por su atrevido y perturbador torrente de emociones. Déjate llevar y «cómeme».

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