·

Shirley Jackson, la bruja de los cuentos

Sería a partir de la publicación del cuento de La lotería cuando la buena de Shirley Jackson empezaría a ser mirada con otros ojos. Habría quien la consideraría casi una bruja y es que, no en vano, ella misma se encargaría de mantener estos rumores. Pero, ¿qué fue lo que pasó con La lotería?

Bueno, antes de que el cuento saliera al púbico, Jackson era conocida por la publicación de artículos sobre la vida cotidiana. Su vida cotidiana. Con ingenio y una gracia que se quedaban con el público. La buena de Shirley, escritora en sus tiempos libres, porque los ojos de los demás, antes de escritora era madre. Antes era esposa. Casada con Stanley Edgar Hyman, reconocido crítico literario.

Casi se podría decir que era la madre americana perfecta, dueña y señora que gobernaba el hogar con seguridad. ¿Por qué entonces esta mujer se vería llevada por tales impulsos oscuros?

Porque sí. La lotería es un chiste macabro. Una historia que empieza con toda la suavidad del mundo en medio de la más pura cotidianidad, para convertirse en algo verdaderamente retorcido. Esto es innegable. Pero precisamente por eso, por la forma en la que discurre todo, los personajes que con unas cuantas líneas tienen suficiente para mostrarnos y adentrarnos en el corazón de lo humano, podrido y tierno, oscuro y brillante, todo a partes iguales. Sin embargo, en este caso, brilla como una oscuridad poderosa. Shirley Jackson consigue desmenuzar lo humano, exponer las miserias y señalar el único lugar del que debería venir el miedo: del hombre en sí mismo.

La lotería de Shirley Jackson.

Shirley Jackson: La cuentista perpetua

Para Shirley Jackson, la escritura era la vida misma. Son varios los ensayos que hablan sobre como ella se enfrentaba al acto de escribir y el enfoque con el que se aproximaba a la ficción. Básicamente la Jackson era una máquina imaginativa. Quizá en exceso. Como si de una conspiranoica se tratara, miraba el mundo a su alrededor y sospechaba que las cosas no eran solo tal y como las veía, como esas perfectas esposas de Stratford.

Imparable e imaginativa, con más hambre de fantasías que lo habitual, tal vez por verse reducida por el mundo únicamente a su papel de madre y esposa, atada y asfixiada en su realidad, se producía así la combinación perfecta para dar lugar a las fantasías comunes más oscuras.

Shirley Jackson con sus cuatro hijos.
Shirley Jackson con sus cuatro hijos.

La escritura permanente, como ella puntualizaría en uno de sus escritos: se creen que uno solo escribe cuando está escribiendo. Lo que en realidad no saben es que incluso lejos de lápiz y el papel, la escritura se produce de manera continua. La fantasía se abre camino porque uno no puede detener su cabeza y apagarla simplemente cuando le parece. Tan solo sucede, como respirar. La cuentista perpetua.

Puede que sea más conocida por sus novelas que por sus cuentos, sobre todo por La maldición de Hill House que en los últimos años ha sido llevada a Netflix como serie, sin embargo hay algo en los cuentos de la bruja Shirley que brilla con una fuerza sobrenatural, a pesar de que el horror venga únicamente de lo más natural.

Las puertas de la percepción

Condenada en cierta forma a la vida casera como madre y esposa, los horrores no podían venir de otro lado que no fuera esa casa por la que se movía. Los horrores que no son una fantasía de otra dimensión; que no son monstruos, ni enemigos externos; los horrores que siempre han estado ahí; los que nosotros hemos creado. Solo hace falta abrir los ojos, mirar al lugar adecuado y ¡alerta permanente! Hay quien, sin duda, vive en esta alerta continua. Con el ojo capaz de notar lo que otros no, aunque la realidad esté ahí para todos.

Volviendo la vista hacia la también cuentista Flannery O’Connor, planteaba ella que si no hubiera sido por la enfermedad que empezó a sufrir de desde una temprana edad, quizá no habría sido capaz de ver las cosas de la misma forma. Como si la amenaza de la muerte o un estado que la ajeaba de la tranquilidad vital le afinara la visión y le abriera los ojos.

O las puertas de la percepción de las que escribió Ray Bradbury. Puertas que solo se cruzaban a través de alteración de los sentidos, es decir, la ruptura del equilibrio, la salida de la habitual, y ¡pum! De repente todo está ahí delante. No aparecen cosas nuevas, si no que siempre han estado ahí. Solo que entonces se hacían visibles ante quien los contemplaba con una nueva visión mucho más afilada.

Shirley Jackson.
Shirley Jackson.

El monstruo encima de la cama

¿Y esto viene por? Bueno si echamos un vistazo sobre las distintas manifestaciones literarias del terror, podremos comprobar que son múltiples, pero todas se acaban concentrando en dos: el horror que tiene como base los monstruos que no son como nosotros, lo extraño, lo que no está aquí, lo desconocido, lo que pertenece a un mundo más a un plano distinto del que nosotros habitamos, el terror cósmico lovecraftiano; y, por otra parte, la cotidianidad descarnada, ese lugar donde reina la seguridad y por eso bajamos la guardia, aunque no queramos.

Como el miedo de un niño de cinco años cuando mamá se va de casa y no sabe si volverá. Pero vuelve. Cada vez que mamá se marcha a hacer la compra siempre vuelve. Por eso el niño deja de tener miedo. Hasta que un día no lo hace. Esa ruptura de lo se guro convierte la casa, el hogar donde estamos a salvo, en un lugar inestable.

Puede que mañana te levantes y nada sea igual. Puede que tu pareja desaparezca el día de la boda o puede que el pueblo vecino tome decisiones siguiendo unos rituales cuanto menos cuestionables. Todo muy suave en apariencia, pero que arrasa con la seguridad de la peor manera.

Hereditary

NO hay un fantasma que invada la casa. No podemos prepararnos contra un enemigo que pretende invadirnos o atacarnos, sino que el horror mismo viene de la casa. De ese lugar en el que deberíamos estar más seguros que en ningún otro.

De ahí que las historias de Shirley Jackson se hayan encuadrado dentro de lo que se denomina el terror doméstico. No se teme al monstruo que se esconde debajo de la cama, sino al que está sobre ella.

Shirley, la bruja

De esta forma, las historias de Shirley Jackson se adentran en las profundidades del corazón humano, va buscando minuciosamente la mierda que se oculta dentro. La casa, entendida como la zona segura en la vida de sus personajes, se convierte en un espacio claustrofóbico y generador de inestabilidad, que se va cerrando sobre ellos. Así, de la anécdota mínima construye verdaderos monstruos y una inquietud e incomodidad mucho más abrumadora de la que podría provocar una casa en cantada.

Lo consigue en La bruja, con un girito inesperado que viene meramente de una conversación; lo consigue en Charles cuando parece que presenta una historia de niños; también lo consigue en el El embrujado y en El amante endemoniado y, sin duda ninguna, lo consigue en La lotería.

Es de suponer que en su momento, cuando empezó a publicar estas historias, era entendible que la gente se hiciera preguntas. Sobre todo aquellos que la conocían y la reconocían en la madre y la esposa. ¿Cómo podría esa mujer pensar que la gente era tan mala? ¿La gente eres en realidad tan mala? ¿Y si la única retorcida es ella?  Y así el ángel del hogar, a fuerza de voluntad, con cuatro hijos y manteniendo a su familia al completo, afiló la vista y pudo cruzar las puertas de la percepción para convertirse en bruja.

Comentarios

en este artículo

Aún no tenemos comentarios. ¡¡Puedes ser el primero!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.