Películas sobre eclipses: cuando el cine apaga el Sol y las mujeres salen de la sombra
El eclipse total de Sol de este miércoles 12 de agosto de 2026 oscurecerá durante unos minutos parte de España. Mucho antes de que pudiéramos calcular con precisión matemática cuándo iba a desaparecer la luz, los eclipses alimentaron supersticiones, profecías y temores que el cine hizo suyos. Pero bajo esa oscuridad también aparecen mujeres desaparecidas, cuerpos sometidos al deseo ajeno, embarazos convertidos en territorio colectivo y jóvenes que descubren que los lugares donde deberían estar seguras pueden ser los más peligrosos.
El eclipse y las películas que marcarán este verano en nuestro recuerdo
El próximo miércoles, cuando la Luna se interponga entre la Tierra y el Sol, millones de personas levantarán la cabeza para contemplar uno de los fenómenos astronómicos más extraordinarios que pueden observarse a simple vista. El eclipse del 12 de agosto atravesará España de oeste a este y será total en una franja de la Península. Durante unos minutos sucederá algo que conocemos y podemos predecir con absoluta precisión, pero que conserva intacta buena parte de su capacidad para inquietarnos: el día empezará a parecerse a la noche.
Tal vez ahí se encuentre una de las razones por las que el cine ha recurrido tantas veces a los eclipses. Pocas imágenes permiten alterar de manera tan sencilla las reglas de la realidad. La oscuridad irrumpe cuando no debería hacerlo, el paisaje cambia y lo cotidiano adquiere repentinamente una cualidad extraña. No hace falta que suceda nada más para que sintamos que algo está fuera de lugar.
El cine fantástico y de terror ha explotado hasta la saciedad esa sensación. Los eclipses anuncian asesinatos, sacrificios, invasiones, maldiciones y apocalipsis. Basta recorrer las recopilaciones dedicadas al tema para encontrarse una y otra vez con Apocalypto, Barabbas, Dolores Claiborne, 2001: Una odisea del espacio o La pequeña tienda de los horrores. Sin embargo, alejándonos de esos títulos existe una filmografía mucho menos evidente en la que la desaparición del Sol permite hablar también de quién desaparece con él, quién permanece oculto y quién consigue aprovechar esos minutos de oscuridad para quebrar un orden que parecía inamovible.
Los ojos del bosque (1980): la chica que desapareció cuando se apagó el Sol
Una de las películas más singulares de esa filmografía es Los ojos del bosque (John Hough, 1980), una rareza dentro de la producción de Disney protagonizada por Bette Davis, Lynn-Holly Johnson y Kyle Richards. Su punto de partida pertenece al gótico más reconocible: una familia estadounidense se instala en una antigua casa de la campiña inglesa y las hijas comienzan a percibir que en los bosques que rodean la propiedad sucede algo inexplicable. Detrás de las apariciones, los reflejos y las voces se encuentra una historia que comenzó treinta años antes, cuando una adolescente llamada Karen desapareció durante un eclipse.
La película convierte así una ausencia femenina en el centro de todo el relato. Karen lleva décadas sin estar presente y, sin embargo, su desaparición ha condicionado la existencia de quienes permanecieron allí, especialmente la de su madre, Mrs. Aylwood, interpretada por Davis. Cuando Jan comienza a investigar lo ocurrido, se establece una especie de comunicación entre mujeres separadas por el tiempo. Una recuerda, otra intenta comprender y una tercera, desaparecida, busca una forma de regresar.
La chica ausente es una figura extraordinariamente persistente en el cine y la literatura. Mujeres asesinadas, secuestradas o desaparecidas han servido durante décadas como detonante para que otros personajes comiencen sus propias historias. La mujer deja de ser personaje para convertirse en misterio. En Los ojos del bosque, sin embargo, resulta interesante que sean fundamentalmente otras mujeres quienes se nieguen a aceptar esa desaparición como un punto final. El eclipse que treinta años atrás coincidió con la pérdida de Karen termina ofreciendo la posibilidad de reconstruir lo sucedido. La oscuridad que parecía habérsela tragado puede convertirse también en el camino para recuperarla.
Lady Halcón (Richard Donner, 1985): una mujer condenada a existir cuando nadie puede tocarla
La desaparición adquiere un sentido muy diferente en Lady Halcón (Richard Donner, 1985). Aquí Michelle Pfeiffer interpreta a Isabeau, una joven condenada por el obispo de Aquila después de enamorarse del capitán Navarre (Rutger Hauer). Incapaz de soportar que ella haya elegido a otro hombre, el obispo utiliza una maldición para mantener separados a los amantes: durante el día Isabeau se transforma en halcón y durante la noche Navarre se convierte en lobo. Pueden permanecer cerca, pero nunca encontrarse como seres humanos.
Vista hoy, la fantasía romántica de Donner contiene una idea bastante menos inocente de lo que inicialmente parece. El origen de la tragedia es un hombre poderoso que considera intolerable el rechazo de una mujer. Al no poder poseer a Isabeau, decide intervenir sobre su cuerpo y sobre su relación con otro hombre. La maldición es sobrenatural, pero la lógica que la sostiene resulta mucho más familiar: si no puede ser mía, tampoco podrá ser de nadie.
El eclipse introduce entonces una grieta inesperada. La condena depende de una división absoluta entre día y noche, pero durante unos instantes esa separación deja de funcionar. Cuando la Luna cubre el Sol, Isabeau y Navarre pueden encontrarse simultáneamente bajo su forma humana y enfrentarse al hombre que decidió castigarlos. La película utiliza un fenómeno astronómico como excepción a una norma mágica, pero esa excepción también puede leerse como la suspensión momentánea de un orden impuesto sobre el cuerpo de una mujer. La naturaleza encuentra una posibilidad que el poder no había previsto.

La séptima profecía (Carl Schultz, 1988): cuando el cuerpo de una embarazada contiene el fin del mundo
Si Lady Halcón transforma el deseo masculino en una maldición, La séptima profecía (Carl Schultz, 1988) recupera otra tradición mucho más antigua: la obsesión por convertir el embarazo en un acontecimiento que parece pertenecer a todo el mundo excepto a la mujer embarazada.
Demi Moore interpreta a Abby Quinn, una joven que espera su primer hijo mientras una serie de acontecimientos inexplicables parecen anunciar el cumplimiento de una profecía apocalíptica. Poco a poco descubre que su embarazo está relacionado con algo que excede completamente su vida privada. El cuerpo que hasta entonces pertenecía a su experiencia individual adquiere repentinamente un significado religioso y colectivo.
El terror ha regresado innumerables veces a esta idea. Desde La semilla del diablo, y mucho antes de ella en mitos y relatos religiosos, la gestación ha sido imaginada como un territorio susceptible de ser ocupado por fuerzas exteriores. Demonios, sectas, instituciones, familias o profecías reclaman algún tipo de autoridad sobre aquello que sucede dentro del cuerpo femenino. El miedo ya no consiste únicamente en que algo pueda ocurrirle a la protagonista, sino en que deje de tener capacidad para determinar qué significa lo que le está ocurriendo.
La séptima profecía pertenece a un terror sobrenatural muy reconocible de finales de los ochenta y no necesita convertirse retrospectivamente en una película feminista para que esa dimensión resulte visible. Lo interesante es observar cómo Abby va dejando de ser la receptora pasiva de una revelación construida por otros para investigar y actuar sobre ella. Frente a una historia escrita antes incluso de su nacimiento, intenta recuperar algún margen de decisión.
Los eclipses y los embarazos han compartido, además, una curiosa historia de supersticiones. En distintas culturas se atribuyeron a estos fenómenos efectos sobre las mujeres gestantes y los fetos, una asociación que revela hasta qué punto aquello que sucede en el cielo y aquello que sucede en el cuerpo femenino han sido territorios especialmente fértiles para la vigilancia, la prohibición y el miedo. El conocimiento científico terminó explicando el primero con absoluta precisión; desprender al segundo de siglos de control social está resultando bastante más complicado.
Eclipse (Jeremy Podeswa, 1994): cuando la oscuridad libera el deseo
El eclipse adopta una función completamente distinta en la poco conocida Eclipse (Jeremy Podeswa, 1994). Ambientada en Toronto durante los días anteriores a un eclipse total, la película entrelaza las relaciones sexuales y afectivas de una decena de personajes. En lugar de utilizar el fenómeno como anuncio de una catástrofe, Podeswa lo convierte en una presencia que se aproxima mientras hombres y mujeres buscan intimidad, mantienen encuentros ocasionales y atraviesan relaciones heterosexuales, homosexuales y bisexuales.
Hay algo especialmente sugerente en utilizar un eclipse para una película construida alrededor del deseo. La desaparición temporal de la luz siempre ha estado vinculada simbólicamente a aquello que puede hacerse cuando los demás dejan de mirar. Buena parte de la historia de la sexualidad está atravesada precisamente por esa frontera entre lo visible y lo clandestino, entre los deseos que pueden mostrarse públicamente y aquellos obligados a sobrevivir fuera de la mirada social.
La película apareció además en un momento en el que el cine independiente norteamericano y canadiense estaba ampliando los cuerpos y sexualidades que podían ocupar una pantalla sin convertirse necesariamente en anomalías narrativas. Aquí no existe una pareja heterosexual que funcione como centro moral desde el que contemplar los restantes encuentros. Los personajes circulan entre diferentes formas de deseo mientras esperan un acontecimiento en el que la frontera más evidente de todas, la que separa el día de la noche, también va a quedar momentáneamente suspendida.

Oculto el Sol (Fabricio D’Alessandro, 2017): siete vidas cuando desaparece la luz
Algo parecido, aunque desde un lugar mucho más fragmentario, ocurre en la argentina Oculto el Sol (Fabricio D’Alessandro, 2017), que reúne diferentes historias durante el día de un eclipse. Entre sus personajes aparecen una mujer que abandona su boda, otras que irrumpen en una propiedad privada y personas enfrentadas a pequeñas fracturas de sus vidas precisamente mientras el cielo experimenta la suya.
La imagen de una novia huyendo adquiere una resonancia particular dentro de una historia del cine que durante décadas convirtió la boda en la conclusión natural del relato femenino. Encontrar al hombre adecuado, ser elegida y llegar al altar equivalían al final feliz. La cámara podía detenerse allí porque, aparentemente, ya no quedaba nada importante que contar. Una mujer abandonando ese lugar mientras el mundo se oscurece invierte de forma sencilla esa tradición: lo que parecía el final puede convertirse en el principio.
The House of the Devil (Ti West, 2009): cuidar también puede ser una trampa
No todos los eclipses cinematográficos necesitan ocultar el Sol. En The House of the Devil (Ti West, 2009) es la Luna la que desaparece parcialmente durante una noche en la que Samantha, una estudiante universitaria con problemas económicos, acepta un empleo como niñera en una enorme casa aislada.
Cuando llega descubre que el trabajo no es exactamente el que le habían explicado. No hay ningún niño al que cuidar y las condiciones comienzan a cambiar una vez que ya se encuentra allí. Samantha desconfía, pero necesita el dinero para pagar un nuevo piso. Antes de que aparezca cualquier dimensión satánica, la película ya ha establecido una situación mucho más cotidiana: una joven acepta permanecer en un lugar que le produce inseguridad porque no puede permitirse rechazar el trabajo.
Esa precariedad hace que The House of the Devil resulte especialmente interesante más allá de su extraordinario ejercicio de reconstrucción del terror de finales de los setenta y principios de los ochenta. El trabajo que conduce a Samantha hasta la casa pertenece, además, al ámbito de los cuidados, uno de los espacios laborales históricamente feminizados. La casa, el cuidado y la familia aparecen inicialmente como elementos tranquilizadores, pero progresivamente dejan de serlo. Lo doméstico no funciona como refugio, sino como espacio en el que la protagonista queda aislada y vulnerable.
El eclipse lunar proporciona la fecha para aquello que sus empleadores realmente están preparando, pero el terror se había instalado mucho antes. Comenzó en el momento en que alguien con mayor poder económico pudo modificar unilateralmente las condiciones y Samantha tuvo que decidir cuánto riesgo estaba dispuesta a asumir porque necesitaba cobrar.
El cine de terror ha sabido encontrar amenazas en lugares que otros relatos presentaban como naturalmente seguros para las mujeres. La casa familiar, el dormitorio, el embarazo, el matrimonio o el trabajo de cuidados han sido algunos de sus escenarios más persistentes. Quizá porque el género permite exagerar hasta convertir en monstruo algo que fuera de la pantalla puede resultar mucho más difícil de nombrar.

Películas sobre eclipses: Lo que vemos cuando desaparece el Sol
Ninguna de estas películas necesita ser considerada feminista para que resulte posible interrogarlas desde ahí. Una perspectiva feminista sobre el cine no consiste únicamente en encontrar obras que transmitan un mensaje determinado, sino también en volver sobre imágenes conocidas y preguntarnos qué relaciones de poder estaban contenidas en ellas, incluso cuando la propia película no parecía especialmente interesada en señalarlas.
Los eclipses ofrecen un territorio especialmente fértil para hacerlo porque siempre han estado relacionados con la ruptura del orden. Durante unos minutos, algo que debería permanecer constante deja de comportarse como esperamos. El día se oscurece, la temperatura desciende y el paisaje que conocemos adquiere una apariencia diferente. Las películas aprovechan esa alteración para introducir sus propias grietas.
Cuando este miércoles el Sol empiece a desaparecer sobre España, sabremos exactamente lo que está ocurriendo. No habrá profecías que interpretar ni maldiciones que romper. La astronomía puede anticipar el recorrido de la sombra con una precisión que habría resultado inconcebible para quienes hace siglos observaban el mismo fenómeno convencidos de que anunciaba guerras, muertes o transformaciones.
Sin embargo, probablemente seguiremos sintiendo algo extraño cuando disminuya la luz. Esa incomodidad explica que el eclipse haya sobrevivido como una imagen tan poderosa en el cine incluso después de perder prácticamente todo su misterio científico. Sabemos que el Sol continúa ahí, aunque durante unos minutos no podamos verlo.
Tal vez esa sea también una buena metáfora para volver a mirar determinadas películas. La oscuridad no siempre significa que algo haya desaparecido. A veces basta con cambiar las condiciones de la luz para descubrir que llevaba allí todo el tiempo.
