‘Anastasia’, entre Hooper y Lynch

Sergio Márquez

 A veces uno se encuentra cosas por casualidad que le terminan por encantar. Como ese plato que pediste al azar en un restaurante hindú (porque no tenías ni idea) y que resultó estar buenísimo, o esa película que viste durante un viaje en autobús (para no escuchar los ronquidos del de al lado) y que ahora es una de tus favoritas. Pues eso mismo me pasó a mí con ‘Anastasia’.

 Lo encontré buscando algo nuevo que leer. La artista, Joanna Karpowicz, me sonaba de “Anubis”, un libro de ilustraciones que me habían recomendado en 2017. Sobre Magdalena Lankosz, la guionista, no sabía absolutamente nada. En la sinopsis ponía no sé qué de una actriz de cine en el Hollywood de los años 20, 30 y 40. Así que deduje que tendría dibujos bonitos y una temática agradable, facilita de digerir.

 Pues no, en absoluto.

 Es decir, el cómic es un regalo para la vista. Cada página está hecha con pinturas acrílicas sobre lienzo, una pasada. Pero a medida que va avanzando la historia, el aspecto gráfico acompaña a una trama que oscila siempre entre lo incómodo y lo horripilante.

‘Anastasia’, los tenebrosos caminos para alcanzar un sueño

“Oh, vamos, sonríe. Mamá ya no está enfadada. Eres una chica lista, ¿o no? Sé que lo harás lo mejor que puedas”.

Anastasia

 La historia es un recorrido entre la infancia y la adultez de una actriz nacida en Kansas, rebautizada con el nombre artístico de “Anastasia” (sí, como la hija del zar Nicolás II). Siendo todavía una niña, su madre se la lleva a Hollywood con intención de explotarla y sacarse unos buenos dólares. El cómic muestra el lado más truculento del sueño americano, entre luces parpadeantes y cortinas de terciopelo, así como de la propia condición humana.

 Los dibujos recuerdan a Edward Hopper, pero con un punto daliano. Las figuras humanas se estiran, en ocasiones, hasta sobrepasar los límites de la anatomía, y los rostros se congelan en expresiones grotescas. La luz y el color contribuyen también a crear una atmósfera delirante y febril, a lo David Lynch.

 El ritmo de lectura es rápido. Las páginas no suelen tener más de cinco o seis viñetas, y los diálogos son tan contundentes como sucintos.

 Los personajes se mueven en un mundo perverso que huele a sudor, sangre, y algo que lleva algún tiempo descomponiéndose en la bañera. Detrás de hermosos vestidos de seda e impecables esmóquines se esconden innombrables fetiches y terribles secretos que el lector va desentrañando a lo largo de unas 190 páginas, distribuidas en dos tomos.

 “Anastasia” es una lectura que agrada y perturba al mismo tiempo, un ejercicio artístico de mucho mérito, con un toque de “Sunset Boulevard”, que espero que podamos disfrutar muy pronto en castellano.

 Y yo lo descubrí, ya digo, como tantas otras cosas: de pura chiripa.

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