Crítica de ‘Alguien tiene que morir’ de Netflix

Título premonitorio del hastío al franquismo

Silvia Panadero

Cuando vi que se anunciaba la llegada de una nueva serie, en este caso miniserie, española a Netflix, me despertó bastante curiosidad. El tráiler de Alguien tiene que morir (Manolo Caro, 2020) me evocó una historia en la que una familia rica se reúne un fin de semana y se pegan de escopetazos los unos a los otros. No andaba yo tan mal encaminada, pero desde luego no esperaba encontrarme otro maldito producto audiovisual ambientado durante el franquismo.

Carles Cuevas durante el rodaje de Alguien tiene que morir

Aquí tengo que hacer un inciso porque ya está bien. Soy consciente, en la medida en que puedo habiendo nacido en los 90, del dolor, penurias, hambre y muerte que tuvo que sufrir la generación de mis abuelos, pero creo que en España no se sale del bucle. Venga series ambientadas en el franquismo, venga películas que hablan sobre la represión de esa época…

No quiero que nadie se ofenda, pero oigan, se puede ser un poquito más original en los planteamientos. Quizá no es necesario que TODO tenga que ver con Franco. Está claro que no superamos esa etapa negra de nuestra historia o que realmente se hace mucha caja en taquilla con ella.

Alguien tiene que morir, otra ficción durante el franquismo

La cuestión es que Alguien tiene que morir está localizada en el Madrid de 1954. Pese a mi anterior alegato, este enfoque no me ha parecido del todo mal y podría haberlo ignorado completamente si la serie se hubiera ido por otros derroteros, algo más alejados del tan repetido discurso de lo malo que era todo en tiempos de Franco.

Gabino (Alejandro Speitzer) vuelve a su casa tras pasar 10 años en México. En su casa viven su padre, Gregorio (Ernesto Alterio), su madre, también mejicana, Mina (Cecilia Suárez) y su abuela Amparo (Carmen Maura). El problema es que Gabino viene con un amigo, Lázaro (Isaac Hernández), que es a su vez un agente externo a la familia y un objeto de deseo para varios de los personajes de la trama. Gregorio es el Subdirector General de Seguridad del Gobierno Franquista y su hijo es homosexual y, además, vuelve a casa con un amigo mexicano.

La historia me parece curiosa. Ver como en el seno de una familia franquista hay un “indeseable”. Además, en otra familia amiga está Alonso (Carlos Cuevas), que también es homosexual, pero que decide ocultarlo y vivirlo de manera completamente opuesta a como lo encara Gabino. Mostrando dos maneras de enfrentarse al problema de la represión durante esos años.

Carmen Maura destaca con un personaje que recuerda a la famosa Bernarda de Lorca.

Se plantean conflictos muy interesantes durante el metraje. A nivel actoral pocos destacan, para mí la que más lo hace es Carmen Maura. Interpreta a esa abuela autoritaria que podría perfectamente ser Bernarda en La casa de Bernarda Alba de Lorca. Hay que mencionar a Ester Expósito que hace exactamente el mismo papelón que en Élite: niña pija, malcriada, caprichosa, gamberra y mala.

Es cierto, por otra parte, que muchos de estos conflictos no se desarrollan adecuadamente. No sabemos por qué Gabino se fue a México, qué tipo de relación había tenido con Alonso cuando tenían como 10 años, cómo es posible que Mina acabara casada con Gregorio (que es, como su madre, autoritario y maltratador) o qué pasó entre la abuela y su marido con detalle.

Alguien tiene que morir es un quiero y no puedo, un quedarse cortos, quizá de metraje o quizá de ideas. Supongo que en tres capítulos de menos de una hora no da tiempo a desarrollar bien todo eso, ni tampoco a ofrecer un final algo más original, alejado de lo que todos esperamos al leer el título de la obra. 

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