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Entrevista a Labordeta: ‘Franco fue un misógino y un hombre culturalmente rudimentario’

Eduardo Viladés

Zaragoza, 28 de diciembre de 1996.- José Antonio Labordeta vive justo en el centro de Zaragoza, en la calle Zurita, en un apartamento amplio, de estilo antiguo. Tras 48 horas de infarto, he conseguido el número de teléfono del aragonés más universal a día de hoy.

Le llamo tres veces. La primera no me contesta. La segunda piensa que estoy gastándole una broma al ser 28 de diciembre y me cuelga y la tercera accede a que vaya a su casa.

Son las seis de la tarde. Sale a recibirme él mismo. Me quedo de piedra cuando llamó al timbre y me deja la puerta entreabierta, sin dejarme pasar. Distingo su mano sujetando el pestillo.

  • Tú eres el de Navarra, ¿verdad?
  • Sí, buenas tardes- respondo cauteloso.
  • No serás del Opus, ¿verdad?
  • No, claro que no.
  • Entonces puedes entrar en mi casa.

Me pasa a su despacho, una habitación pequeña pero acogedora rodeada de una biblioteca de madera con incrustaciones de palisandro. En medio, parece que hay una mesa de estudio. Apenas se puede distinguir entre tantos libros, discos y papeles desperdigados por encima. En el lado izquierdo del cuarto, otra mesa, en este caso de cristal y octogonal, con una figura de mármol verde que hace juego con una luz tenue del mismo color.

José Antonio Labordeta es un hombre hecho por y para Aragón, tierra de la que ha recorrido todos sus parajes. Hermano de Miguel Labordeta, uno de los poetas más importantes del siglo XX en esta región, lleva 45 años cantando, componiendo y escribiendo y ha logrado formar una familia junto a su mujer, Juana, y sus tres hijas.

Labordeta ha trabajado en la revista Andalán, en varios programas de televisión, como Del Miño al Bidasoa o Un país en la mochila, que actualmente emite Televisión Española, y ha sido el símbolo de la España progresista con sus poemas (Tribulatorio, El trajinero, Aragón) y canciones (La llave, Bandera rota, Arremójate la tripa).

Es un hombre polifacético licenciado en Filosofía y Letras que, pese a los éxitos obtenidos, no reniega de su puesto de catedrático de instituto en un centro de Zaragoza.

Viste unos vaqueros negros y una chaqueta de punto gris y tiene una cara redonda, salpicada por muchas experiencias, con una nariz grande, el pelo estilo Anasagasti y unos chispeantes ojos oscuros. De todos modos, da la misma impresión que el abuelo entrañable y bonachón que aparece todos los sábados por televisión mostrándonos algunos rincones del país.

Tiene Labordeta una voz profunda y grave, preciosa cuando articula unos versos o cuando simplemente te está contando una de sus muchas anécdotas. Se define como una persona tranquila que nunca ha hecho planes ni proyectos. Ha cantado, escrito y presentado televisión sin proponérselo y, a estas alturas de la vida, solo desea que le quieran.

José Antonio Labordeta

“Pasé la infancia sin que nadie se diese cuenta de que existía”

José Antonio Labordeta

Nació el 10 de marzo de 1935 en el Palacio de los Condes de Gabarda de Zaragoza y fue el sexto de siete hermanos. Sobre usted se ha escrito y hablado mucho, pero no conocemos casi nada de su infancia. Así pues, ¿qué tipo de niño fue y qué sentía, teniendo en cuenta la fecha en la que nació, cercana a la Guerra Civil?

Yo fui un niño bastante abandonado, en el buen sentido de la palabra. Nací con una diferencia de edad muy marcada con mi hermano anterior y justo un año después comenzó la Guerra Civil, con lo que los problemas fueron tan grandes que la gente se olvidó de mí.

Creo que ese olvido hizo que me criase como un niño ajeno a la familia, ajeno a lo que puede tener de bueno y de malo la educación materna.

Me mantuve muy alejado de todo eso y, posiblemente, eso propició que mi espíritu viviese en un estadio de relativa tranquilidad. La verdad es que fui un chaval que pasó por esos años sin que la gente se diera cuenta de que existía.

– Aunque su familia tenía una escuela en su propia casa, de los cuatro a los seis años estudió en el colegio alemán de Zaragoza. ¿Cómo es posible que una persona como su padre le metiese en ese tipo de colegio y justo en fechas tan señaladas?

Fue una historia que nunca acabé de entender. Era un centro nazi en el que todas las mañanas cantábamos himnos fascistas delante de la bandera de Adolf Hitler. Y con el brazo en alto. Pero fíjate que cuando regresé a la escuela de mi familia me desconcerté bastante porque la enseñanza alemana era muy entrañable y chocaba con la rigidez de mi casa. Sin embargo, poco a poco me fui amoldando a las pautas del colegio-hogar de mis padres.

– En su infancia y adolescencia, usted asiste a la famosa “leyenda negra” de los Labordeta, que acusaba a su padre de masón, comunista y ateo. Se llegó a decir que a su colegio solo acudían los réprobos. ¿De qué modo se va forjando su conciencia civil durante esos años, tanto por la leyenda negra como por los cambios de la postguerra?

¿A qué cambios te refieres?

– A la transformación de la burguesía financiera en burguesía rentista, al avance del especulador, al hecho de que la Falange local se constituyese en la nueva clase dominante…

No era muy consciente de todo eso. Lo analizas luego, cuando eres mayor. Es entonces cuando te das cuenta de que en Zaragoza, en Aragón, nació en ese momento una burguesía que fue industrializándolo todo, como el ferrocarril de Canfranc o el de Utrillas.

Lo terrible es que los responsables y herederos de esa burguesía se dedicaron a la venta de terrenos de sus antiguas fábricas, con lo que se convirtieron en meros especuladores. Por ello, lo que era una burguesía ilustrada se convirtió en poco ilustrada, precisamente la que ahora nos gobierna.

Respecto a la “leyenda negra” de mi padre, no pienso que se asiente en argumentos potentes. Es verdad que mi padre fue denunciado en 1936 por un viejo amigo, pero esa circunstancia influyó poco en la vida de mi familia.

– Pero es cierto que su padre era uno de los líderes que preconizaba el marxismo en Zaragoza.

Era de un partido absolutamente moderado como Izquierda Republicana y tenía fe en la transformación de España por medio de la cultura, de manera que en casa se respiraba un ambiente muy intelectual y leíamos desde Virgilio y Homero hasta escritores del 98.

1941. Miguel, Manolo y Luis de pie. José Antonio Labordeta con su madre y Donato con su padre.

Miguel, el amigo y el consejero

– En 1953, poco después de matricularse en Filosofía en la Universidad de Zaragoza, murió su padre. Supongo que la situación había sido muy dura en la postguerra y el fallecimiento de su padre fue la gota que colmó el vaso.

La muerte de mi padre es la primera que veo de cerca. Fue una especie de ritual que me dejó huérfano. Era una persona que vivía lejos de mí pero que, al mismo tiempo, me quería mucho. Un hombre distante pero lleno de cariño.

– En la anterior pregunta le he mencionado la postguerra, la Zaragoza de El noticiero, El amanecer, la revista del Noreste, Radio Aragón. ¿Qué me dice de ese ambiente?

Era un ambiente turbio y triste. Todos los periódicos hacían lo mismo, las radios eran aburridas y Zaragoza, una ciudad sin alma. El país, en general, estaba triste. Yo era un adolescente e intentaba soslayar todo eso de la mejor manera posible y divertirme, pero me divertía siempre de un modo triste.

Recuerdo que mi mayor ilusión era, en Navidad, colarme en el SEPU de la Plaza del Mercado y subir la escalera mecánica sin que me viese el guardia.

– Cuando su padre muere, el único apoyo que le quedó fue su hermano Miguel. ¿Fue para usted como un segundo padre?

En absoluto porque no era nada autoritario. Miguel fue mi amigo y mi consejero hasta el final. Era una persona con una enorme valía.

– Quizá esa valía se ve reflejada en una frase con la que le definió una vez: «Miguel había hecho la pared allá donde los muros cayeron tras de él.«

¿Eso lo he dicho yo? Es que tengo muy mala memoria. Miguel nació en una tierra, Aragón, desolada, donde un viento terrible, el de la injuria, la había dejado completamente destrozada. Mi hermano fue levantando esas pequeñas paredes capaces de resistir ese viento desolador. Esa frase es una imagen poética de las esperanzas que Miguel levantó en mucha gente y de la importante generación de escritores que se formó a su alrededor.

Miguel Labordeta.

– Ese viento de la injuria, ¿es la Guerra Civil?

Puede ser.

– Usted ha dicho que la Guerra Civil fue “el gran tajo” de la historia de España, “una realidad que se nos presentó, tras la doble negación del sueño, como una violenta ruptura de la inocencia histórica”.

Creo que la Guerra Civil fue una desgracia tremenda. España, en 1936, tenía un nivel cultural impresionante. Hay un libro que escribió Tuñón de Lara en el que se muestra el nivel de prestigio, intelectualidad y cultura que España poseía en ese momento en comparación con otros países de Europa.

Desgraciadamente, la Guerra Civil se produce en unas condiciones que no eran ciertas, esto es, lo que estaba pasando aquí estaba sucediendo en Reino Unido, en Francia, en toda Europa. Había una fuerte crisis económica que llevó a un golpe de Estado militar. Mucho a mi pesar, fue un golpe de Estado que no lo ganaron del todo y la guerra se prolongó durante tres años, de manera que España fue el campo de pruebas de lo que más adelante sería la II Guerra Mundial.

Y eso fue malo para el país, en especial porque Franco era una persona con una falta de personalidad muy grande, un hombre mediocre que no puede comparársele, por ejemplo, con Mussolini, que venía de una tradición de izquierdas culturalmente aceptable.

– ¿Franco fue el fin de todo lo bueno?

Sí. Franco era un misógino, un hombre culturalmente rudimentario. Todo esto afectó durante muchos años a la educación de los españoles. En realidad, creo que todavía nos afecta porque hay gente en la que aún pervive esa misoginia. Recuperar el tiempo perdido es muy duro y todavía estamos en ello.

“Para escribir poesía hay que estar con los pies a un palmo de la tierra”

José Antonio Labordeta

– Entre los muchos campos en los que ha trabajado destaca su creación poética. Comienza con la publicación del poema Sucede el pensamiento a mediados de los sesenta. ¿Empieza a escribir por influencia de su hermano Miguel?

Miguel me proporciona la conciencia y la fidelidad al arte, pero escribo para desahogarme y para manifestar amor, solidaridad, anhelo de libertad y explicar a los demás que hay gente que nos necesita.

– De acuerdo, ya conocemos sus temas capitales pero, ¿de dónde extrae sus influencias?

El mundo de César Vallejo me influyó muchísimo en los aspectos externo, formal y lingüístico. Sin duda, Vallejo es el poeta que más admiro y el que más me influye. También me fijé en la Generación del 27 y en Faulkner, pero centrándome en su importancia y significado antes que en su aspecto formal. Respecto a esto, me diferencio de Miguel porque a él le influyeron Rubén Darío y Mallarmé.

César Vallejo.

– Ha dicho “también me fijé”, en pasado. ¿Es que ya no piensa escribir más?

Todo creador tiene un ciclo. Cuando se acaba, lo más digno es no escribir nada más. Yo puedo volver a escribir otro La vieja u otro Aragón que superen los originales, pero no quiero.

– En el poema Teruel expresa un intimismo descriptivo cercano al universo machadiano, en El trajinero habla sobre la Guerra Civil y El poema se lo dedica a su hermano Miguel, quien muere en 1969. Temas muy diversos y diferentes modos de tratar el arte pero, ¿qué es para usted la poesía?

Considero que al perfilar un poema estás en un estado en el que no eres consciente de lo que escribes. Si lo estuvieses, se trataría de prosa. Al cabo de un tiempo, cuando escribo poemas, los vuelvo a leer y me quedó extrañadísimo de lo que he escrito porque en ese momento no he sido consciente. Es entonces cuando hago una selección muy dura de mis versos.

Para escribir poesía hay que estar con los pies a un palmo de la tierra. Yo estoy sentado aquí y puedo hablar por teléfono y charlar contigo, pero me estoy dando cuenta. Sin embargo, cuando hago poesía, no soy yo, sino algo expresando una sensación.

– ¿Su poesía es expresión del momento presente?

No exactamente. Es la acumulación de conocimientos que manifiestas en un instante determinado. Vas acumulando recuerdos, valores, energías y, de repente, te presentas delante de una hoja de papel y escribes cinco versos. Y eso se convierte en un poema, una muestra de todo lo que has acumulado.

– En su aprendizaje humano y poético leyó a Heidegger y Nietzsche y pasó largas y largas tertulias en el Café Niké de Zaragoza. Esa cafetería art-decó ha sido tachada de moderna y nacionalista. ¿Qué opina?

El Café Niké se ha idealizado mucho. Se reunió gente de todo tipo porque era un sitio que aglutinaba a los náufragos de la ciudad. Lo que pasa es que, de vez en cuando, venía Miguel y eso le daba un aire de café importante. Creo que la gente del Niké tenía poco de nacionalista. Más bien eran internacionalistas con ansias de reformar el mundo.

Café Niké de Zaragoza.

El encuentro con Teruel

– Siempre ha sido una persona poco conformista que ha plasmado parte de sus ideales en sus canciones, algunas tan populares como Arremójate la tripa, Bandera rota, Somos o La llave. ¿Expresa lo mismo en sus canciones que en sus poemas?

Las canciones son más descriptivas. Una canción la escribo consciente de que hay un público que la va a oír y que no la leerá. Es más directa.

– Permaneció siete años con su esposa, Juana, con quien se casó el 29 de octubre de 1964, en Teruel. ¿Qué supuso para usted el encuentro con esa provincia?

En Teruel empecé a hacer algo que jamás se me había ocurrido, cantar. Allí coincidí con el dramaturgo José Sánchez Sinisterra, que vivía en Valencia y había hecho ¡Ay, Carmela! Era amigo de Raimond. Un día me oyó cantar una canción que yo había compuesto solo en casa y le gustó mucho. La grabamos y en 1968 salió el disco en toda España.

– Respecto  a sus canciones, ¿qué opina de la polémica levantada en 1985 al cambiar a los componentes de su grupo Cooperativa Musical del Ebro?

El grupo lo cambio sin más. No hay polémica. Era un grupo divertido, pero eran músicos de oído y no de papel, es decir, no era un grupo que hiciese música en serio, precisamente lo que me había exigido Moviplay, que luego se llamó Fonomusic.

José Antonio Labordeta.

– Después de pasar siete años en Teruel, su aragonesismo un poco snob cambió. Cuéntemelo.

No conocía nada de mi tierra y Teruel me enseña que las cosas no son como las había ideado. La verdad es que paso a un aragonesismo bien entendido, a una comprensión cabal de Aragón. Pensaba que conocía mi entorno, pero no era así.

– Un aragonesismo bien entendido, ¿equivale a ser nacionalista o independentista?

Yo no soy independentista. Me siento aragonés y español y pensar que Aragón puede vivir alejado de España me parece una solemne majadería. Lo que soy es federalista. España tiene que ser una federación donde todas las zonas tengan los mismos derechos y privilegios. Por ejemplo, no entiendo cómo Navarra hace exenciones fiscales a quien establece allí sus industrias y Aragón no puede hacerlas.

– En la actualidad, ¿cómo ve a su comunidad?

El nivel de vida ha aumentado, pero ha bajado el espíritu aragonés. En 1975 ó 1976, Aragón estaba en la cabeza de las regiones que apostaban por la transformación autonómica. Hoy en día, parece que Aragón se ha desinflado y que la autonomía no sirve para nada.

Andalán, una revista antifranquista de izquierdas

– Al término de las oposiciones de agregado de instituto de enseñanza media en Madrid, volvió a Zaragoza en 1970. Recaló en el Ramón Pignatelli, donde fue catedrático de Geografía e Historia. Alguien me ha contado algo de un local de ese instituto llamado La Siberia. ¿Qué le recuerda?

Un lugar en el que hacía mucho frío y había muchas movidas. En el Instituto Pignatelli se reunió la gente más ideologizada de la enseñanza de Zaragoza. Había unos alumnos divertidos, gente emprendedora. Lo del Pignatelli fue un movimiento interno dentro de la enseñanza contra el sistema franquista.

– Si por algo se hizo usted famoso en su ciudad fue por la revista Andalán. La fundó en 1972 con varios socios.

Sí. Los primeros en embarcarnos en esa aventura fuimos Luis Fernández, Eloy Fernández Clemente, Guillermo Sazar, Carlos Royo-Villanova, Mario Gaviria y yo.

Revista cultural Andalán, creada por José Antonio Labordeta, Luis Fernández, Eloy Fernández Clemente, Guillermo Sazar, Carlos Royo-Villanova, Mario Gaviria.

– ¿Cuáles eran la ideología y las influencias de la revista Andalán?

Era una ideología de izquierdas en contra de la dictadura. La influencia mayor era la socialdemocracia, hasta el punto de que en Andalán nace el Partido Socialista Aragonés (PSA), en el que se inscriben la mayor parte de los miembros de la revista.

-¿Y usted?

Yo soy independiente porque siempre he sido muy mal militante. Estuve seis meses en el PSA, pero ni siquiera llegué a pagar cuota. Yo tengo una ideología demócrata izquierdista que cree que toda política se basa en la libertad, por lo que no serviría de nada en un partido.

– En Andalán, acontecimientos como el asesinato de Carrero Blanco o  la Revolución de los Claveles de 1974 en Portugal, ¿llevaron a cambiar la línea ideológica por una más informativa?

No. Ese tipo de acontecimientos fastidiaba cada vez más a la revista. En 1973, con el golpe de Estado en Chile, el Gobierno la secuestró. Durante los últimos años del Franquismo hubo mucha represión. Con respecto a la línea de la revista, creo que tuvo una postura ideológica y cultural que no se decantó nunca por la información. Un semanal no es información. Es opinión.

– ¿No cree que era una revista elitista, para minorías?

No, pues era muy barata y todo el mundo podía comprarla. Mucha gente se quejaba de que el idioma era difícil, cuando el único periódico que considero ilegible es Marca. Al menos, yo no lo entiendo.

Un país en la mochila

– Usted presenta todos los sábados por la tarde en la segunda cadena de Televisión Española el programa Un país en la mochila, un espacio sobre los parajes naturales de España que está teniendo mucha aceptación. ¿Cómo surgió el proyecto y quién se lo propuso?

Yo había hecho antes en TVE la serie Del Miño al Bidasoa. En la primavera de 1991 me llamó José Luis Rodríguez Puértolas, por aquel entonces jefe de programación de la cadena, y me sugirió la idea del programa. A finales de abril empezamos a grabar el primer capítulo. Lo centramos en el Maestrazgo aragonés.

El concepto nació del aire, si te digo la verdad, ya que tampoco me orientaron sobre lo que deseaban. En realidad, fuimos inventando el programa sobre la marcha. El personaje lo fui creando poco a poco y salió un tipo bonachón que habla con todo el mundo de una manera entrañable.

– Una curiosidad, ¿cuál fue el lugar de España que más le gustó?

La isla de Hierro. Si hay algo telúrico en el mundo se encuentra en ese lugar.

– Me figuro que tendrá alguna anécdota interesante que contar después de recorrer España entera.

Muchas, pero la que más me gustó fue una que sucedió en Galicia cuando entrevisté a una señora de un pueblecito de las montañas. Estábamos grabando y, como sólo teníamos una cámara, le dijimos que la colocaríamos detrás de ella, a lo que la señora nos dijo “Claro, ahora quieren hacer un contraplano”. Nos quedamos de piedra.

Un país en la mochila le ha supuesto un reencuentro con la vida profesional, aunque ha dicho en innumerables ocasiones que su mayor deseo es volver a la cátedra que tiene en excedencia y jubilarse dentro de cuatro años. A estas alturas del partido, ¿se han cumplido todos sus planes?

Nunca he tenido planes porque nunca pensé en escribir, en hacer letras, en cantar ni en presentar un programa de televisión. Y lo he hecho todo. Nunca he sido ambicioso ni he sabido moverme para conseguir éxitos con lo que tenía. La verdad es que creo que soy un poco zalamero, como decimos en Aragón.

– Las ideas que tenía sobre España, ¿qué tal las ve?

España tiene muchos problemas de tipo estructural y el país se halla un poco desconcertado. Le falta madurez democrática, aunque reconozco que la sociedad ha demostrado mucho sentido común durante los últimos dos decenios. De todos modos, siempre se puede llegar de nuevo a la barbarie, y eso me asusta.

– Después de tantas experiencias, ¿cree que ha valido la pena protestar tanto?

He estado siempre en el mismo sitio. No me he movido. Tengo una mujer y tres hijas que me quieren y no necesito nada más. Como sabes, quiero volver a la docencia y jubilarme al cumplir los 65. No volveré a cantar ni escribir porque, con la edad, desconfías de todo lo que haces, incluso de tu propia sombra.

Esta entrevista se realizó en la casa de José Antonio Labordeta en Zaragoza el 28 de diciembre de 1996

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Redacción Las Furias Cultural Magazine
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