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‘La diatriba del perro’: una obra incómoda que invita a pensar

En el escenario de Teatro del Barrio se ha podido ver la pieza teatral La diatriba del perro, escrita por la periodista Cristina Fallarás, dirigida por Rubén Romero e interpretada por actor y periodista Sato Díaz que, desde su propio planteamiento, aspira a incomodar, provocar y abrir grietas en el discurso contemporáneo sobre el feminismo y, en particular, sobre la figura del llamado “hombre aliado”, tantas veces puesta en juicio. La propuesta no es menor: cuestionar las dinámicas de poder que persisten incluso en espacios que, en teoría, buscan desmontarlas. Un buen acercamiento, sin duda, que merecía una vuelta de tuerca más ácida.

Cartel de la obra de teatro, La diatriba del perro.
Cartel de la obra de teatro, La diatriba del perro.

La diatriba del perro: un monólogo que muerde… pero no siempre aprieta

La obra se construye como un monólogo en el que se trata de desmontar el papel de ciertos hombres que se autodefinen como aliados feministas. A través de una narración que se balancea entre la confesión, la acusación y la ironía, el texto va desgranando desde diferentes perspectivas el papel del aliado feminista con tono crítico, pero, en cierta medida, con una estructura bastante caótica.

El protagonista expone cómo ciertos gestos, discursos y actitudes aparentemente comprometidos pueden esconder formas más sutiles de control o busca del foco mediático en lo masculino. El relato, por momentos incisivo y con una propuesta escénica interesante, (aunque no novedosa), apunta a esa incomodidad latente: la de un feminismo que debe coexistir con figuras que lo apoyan, pero que también pueden condicionarlo.

Sin embargo, pese a la potencia del punto de partida, la obra cae en una cierta reiteración. La idea central, esa sospecha sobre la autenticidad del aliado, se repite con variaciones mínimas, lo que termina diluyendo su impacto. Hay momentos en los que el texto parece girar sobre sí mismo, sin avanzar hacia nuevas capas de profundidad o complejidad, sin desmerecer en absoluto una calidad narrativa incuestionable.

Una interpretación que no termina de sostener el peso

A esta sensación contribuye una interpretación que, aunque correcta, resulta algo contenida para el tipo de material que se trae entre manos. La propuesta pide más riesgo, más cuerpo para acompañar un texto que requiere de más acciones físicas, de una mayor ruptura dramática. En un texto como el de La diatriba del perro en el que se busca incomodar, la contención escénica juega en contra.

No se trata de una cuestión de técnica, sino de intensidad. El discurso de La diatriba del perro exige una presencia que atraviese al espectador, que lo sacuda. Esto se consigue en momentos puntuales con el juego de luces, la música yel acompañamiento audiovisual, pero podría ir un paso más allá y explotar sus posibilidades dramáticas.

Hay instantes en los que se intuye lo que podría haber sido: un monólogo feroz, incómodo, incluso incómodamente brillante. Pero esos momentos no terminan de consolidarse. Seguro que en próximos pases lo consiguen porque van por buen camino.

Sato Díaz en La diatriba del perro.
Sato Díaz en La diatriba del perro.

El aliado feminista: un blanco fácil o una oportunidad desaprovechada

Uno de los aspectos más interesantes de la obra es su tratamiento de la figura del aliado feminista. La pieza parece alinearse con una crítica que ha ganado presencia en ciertos discursos: la idea de que algunos hombres utilizan el feminismo como una forma de capital simbólico, como una máscara que les permite mantener privilegios bajo una apariencia progresista.

Esta línea, sugerida también en algunas lecturas críticas de la obra, apunta a la “farsa” del aliado: un rol que, en lugar de cuestionar el poder, lo reconfigura en beneficio propio. Es un enfoque legítimo, necesario incluso, en determinados contextos. Pero el problema aquí es que la obra se queda en la superficie de esa crítica. No hay un verdadero desarrollo del conflicto, ni una exploración profunda de sus matices. El aliado aparece más como una figura caricaturizada que como un sujeto complejo. Y eso limita el alcance del discurso.

En lugar de abrir preguntas, la obra parece cerrarlas demasiado rápido. Y ahí es donde pierde una oportunidad importante: la de generar un debate más rico, más incómodo, más real.

La diatriba del perro: entre la denuncia y el panfleto

Hay una línea muy fina entre la denuncia necesaria y el panfleto. La diatriba del perro transita por ese límite, pero en algunos momentos lo cruza. Cuando el discurso se vuelve demasiado explícito, demasiado insistente, pierde capacidad de sugerencia. Y en teatro, lo sugerido suele ser mucho más poderoso que lo enunciado.

La obra parece confiar más en lo que dice que en lo que muestra. Y eso, en un lenguaje escénico, es un riesgo. Porque el espectador no necesita que le expliquen el conflicto: necesita sentirlo, que le atraviese.

Desde Las Furias Magazine defendemos un feminismo inclusivo, crítico y en constante revisión, pero también abierto. Un feminismo que no levanta muros innecesarios, sino que construye espacios de diálogo. Creemos que el feminismo necesita aliados. Pero no aliados perfectos, como tampoco lo somos nosotras, que solemos ahogarnos en numerosas contradicciones y equivocaciones. Hoy en día no es necesario continuar alimentando los espacios de exclusión, la unidad o la búsqueda de puntos en común dentro del movimiento, puede ser mucho más interesante.

El feminismo que defendemos no es complaciente, pero tampoco es excluyente. Es exigente, sí, pero también consciente de que el cambio social es un proceso colectivo.

Una obra que activa la conversación

La diatriba del perro es una pieza teatral necesaria, perto también irregular. Pero sí tiene algo valioso: la intención, ya que plantea un conflicto relevante, actual e incómodo. Tiene momentos que funcionan, que conectan, que provocan. Pero también otros en los que se diluye, en los que pierde fuerza, en los que parece no saber muy bien hacia dónde avanzar.

Y, aun así, ahí reside también su mayor virtud: en el atrevimiento. Porque cuando el teatro se atreve a señalar zonas incómodas, aunque no siempre acierte en el cómo, ya está abriendo una puerta. Nos da la sensación de que La diatriba del perro no es una obra cerrada, sino un gesto en proceso, una conversación que quizá no termina de afinarse sobre el escenario, pero que sí tiene la capacidad de prolongarse fuera de él. De ahí que provoque un debate crítico y sumamente vivo al cerrar el telón.

Tal vez el mayor valor de La diatriba del perro no esté tanto en lo que resuelve, sino en lo que activa. En esa incomodidad que invita a revisar posiciones, a matizar certezas y, sobre todo, a seguir pensando colectivamente sobre qué significa hoy implicarse en la lucha por la igualdad. Porque si algo deja claro la pieza es que el debate sigue vivo. Y mientras lo esté, habrá espacio para que propuestas como esta evolucionen, se afilen y encuentren formas más potentes de interpelarnos.