Maternidad y cómic: 5 obras que desmontan el mito de la madre perfecta
De Núria Pompeia a Amaia Arrazola, varias autoras han utilizado las viñetas para contar aquello que el relato tradicional de la maternidad prefería dejar fuera de campo: el miedo, la transformación del cuerpo, la pérdida de identidad, la infertilidad y hasta la duda de querer ser madre.
Durante décadas, la maternidad fue representada como una imagen fija. Una mujer sostenía a un bebé entre los brazos y sonreía. La escena podía aparecer en un anuncio, una revista, una película o una felicitación: el niño dormía, la madre estaba serena y nada en aquel cuerpo delataba el embarazo, el parto, el cansancio ni el miedo. La maternidad comenzaba cuando la historia ya había terminado. El cómic contemporáneo ha decidido volver unas cuantas páginas atrás.
Antes del bebé satisfecho están las náuseas, las ecografías, las hormonas, las dudas y un cuerpo que cambia sin pedir permiso. Después llegan el agotamiento, la culpa y la extraña sensación de que, mientras nace una madre, otra versión de esa mujer puede estar desapareciendo. También están quienes no saben si desean tener hijos, quienes descubren que quizá no pueden tenerlos y quienes se preguntan si la promesa de plenitud no era, en realidad, una forma de presión.
No es casual que la maternidad haya encontrado en la historieta uno de sus lenguajes más fértiles. En una viñeta, el cuerpo puede crecer hasta ocupar toda la página, partirse, duplicarse o convertirse en un meteorito. El miedo puede caminar al lado de la protagonista como un monstruo. El útero y el cerebro pueden discutir entre ellos. Lo que en otros relatos permanece oculto bajo una elipsis, aquí adquiere forma.
El investigador Enrique del Rey Cabero señala que la maternidad, hasta hace poco relativamente ausente del cómic, se ha convertido casi en un subgénero, impulsado por el auge de la autoría femenina y de la narración autobiográfica. No se trata únicamente de que ahora haya más madres en las viñetas. Lo decisivo es que, por fin, pueden ocupar el centro y contar su propia historia.
Maternasis: dibujar lo que no podía decirse
En 1967, en plena dictadura franquista, Núria Pompeia publicó Maternasis. No necesitó una sola palabra para impugnar la estampa de la maternidad feliz. Mediante un dibujo austero y grandes espacios en blanco, la autora recorrió el embarazo y el nacimiento sin apartar la mirada de la ternura, pero tampoco de la incertidumbre, el dolor o el miedo.
La ausencia de texto no convierte a la protagonista en una mujer silenciosa; al contrario, hace que el cuerpo hable. Su transformación constituye el argumento. Pompeia dibuja aquello que la iconografía maternal solía borrar: la experiencia física y subjetiva de quien gesta. El embarazo deja de ser un estado luminoso contemplado desde fuera y se convierte en algo que le sucede a una mujer concreta desde dentro.
Más de medio siglo después, Maternasis conserva una fuerza incómoda. Su reedición permite comprobar que muchas de las imágenes que hoy asociamos a una mirada crítica sobre la maternidad ya estaban allí: el cuerpo extraño, la incertidumbre y la imposibilidad de reducir una experiencia contradictoria a una sonrisa. No era terror, pero sí contenía una intuición cercana al body horror: convertirse en madre implica asistir a una transformación radical del propio cuerpo.

La Volátil. Mamma mia!: el cuerpo que se rebela
En La Volátil. Mamma mia! (2015), Agustina Guerrero lleva esa transformación al terreno de la comedia autobiográfica. La protagonista vomita, tiene problemas intestinales, se observa desnuda, mantiene relaciones sexuales y teme las consecuencias del parto. Frente a las recomendaciones plácidas de las revistas para embarazadas, la experiencia real irrumpe de manera mucho menos decorosa.
El humor no suaviza el conflicto: lo vuelve comunicable. Guerrero hace visible la distancia entre la maternidad anunciada y la maternidad vivida. La primera está formada por consejos, tópicos y cuerpos pulcros; la segunda, por vómitos, estrías, inseguridades y preguntas que una futura madre puede sentir que no debería formular. ¿Y si no quiere a su hijo? ¿Y si no tiene paciencia? ¿Y si no sabe ser madre?
El dibujo permite que esos pensamientos adquieran volumen. La inseguridad puede transformarse en un doble monstruoso que acompaña a la protagonista. La mujer embarazada no aparece como una figura pasiva destinada a ser observada, sino como un cuerpo que siente placer, asco, dolor y desconcierto. Mostrarlo así también es una forma de recuperarlo.
Porque el cuerpo materno ha sufrido una paradoja persistente: se ha exhibido hasta la saciedad y, al mismo tiempo, se ha ocultado casi todo lo que hace. Se muestra la barriga, pero no el vómito; el pecho que alimenta, pero no necesariamente el deseo; el bebé, pero no siempre las heridas del parto. En estos cómics, la carne deja de ser símbolo para volver a ser experiencia.

El meteorito. De cuando fui madre y todo voló en mil pedazos: el meteorito que arrasa la vida anterior
Si el embarazo transforma el cuerpo, la llegada de un hijo puede transformar la identidad. El meteorito. De cuando fui madre y todo voló en mil pedazos (2020), de Amaia Arrazola, lo anuncia desde el título. La maternidad no aparece como una pieza que se suma armoniosamente a una vida ya construida, sino como un cuerpo celeste que impacta contra ella.
La metáfora resulta poderosa porque rompe con la idea de continuidad. Tras el nacimiento no todo sigue igual con un bebé añadido. Cambian el tiempo, el sueño, la pareja, el trabajo, los vínculos y la relación de la mujer consigo misma. La madre nace, sí, pero ese nacimiento puede exigir un duelo por la persona que era antes.
Ese duelo casi nunca forma parte de la celebración pública. Reconocerlo parece peligroso porque todavía confundimos la ambivalencia con el rechazo: si una madre echa de menos su vida anterior, se sospecha que quiere menos a su hijo. Arrazola se sitúa precisamente en ese territorio proscrito, donde el amor puede convivir con la frustración, la ternura con el agotamiento y la felicidad con la pérdida.
La imagen del meteorito también desplaza la responsabilidad. Si todo salta por los aires, no siempre es porque una mujer esté gestionando mal su nueva vida. La maternidad se vive en una sociedad que privatiza los cuidados, convierte la crianza en un problema doméstico y espera que las mujeres absorban el impacto sin dejar de trabajar, desear, producir y sonreír como antes. El desastre no está necesariamente en tener un hijo, sino en tener que sostener a solas el mundo que queda después.

¿Materniyá?: la duda también tiene cuerpo
La presión maternal no comienza con el embarazo. A veces empieza mucho antes, con una pregunta repetida hasta convertirse en cuenta atrás: ¿y tú, para cuándo?
¿Materniyá? (2021), de Marta Piedra, se instala en esa zona de incertidumbre. Greta intenta averiguar si quiere ser madre mientras su cerebro y su útero discuten y sus amigas encarnan distintas posiciones ante la maternidad. Una no desea tener hijos; otra ya es madre y reconoce la pérdida de su identidad anterior; las conversaciones dejan espacio incluso para uno de los tabúes más difíciles de pronunciar: el arrepentimiento.
El mérito del cómic está en no convertir la decisión en un examen con respuesta correcta. La maternidad no aparece como destino natural, pero tampoco como renuncia obligatoria para una mujer emancipada. El verdadero conflicto es tener que decidir bajo presión: la del reloj biológico, la familia, las amigas, la pareja, el trabajo y una cultura capaz de juzgar tanto a quien tiene hijos como a quien no los tiene.
Piedra convierte esa batalla abstracta en una discusión gráfica entre órganos. La ocurrencia cómica contiene una verdad política: durante siglos se ha presentado la maternidad como un instinto, cuando para muchas mujeres es una deliberación atravesada por condiciones materiales, deseos contradictorios y miedos perfectamente racionales. La libertad no consiste en elegir bien, sino en poder elegir sin que una voz exterior suplante a la propia.

Madr¿eh? : cuando el deseo pasa por la consulta
En Madr¿eh? (2021), Lyona desplaza la pregunta desde el “¿quiero ser madre?” hasta otra igual de angustiosa: “¿podré serlo?”. La endometriosis, las pruebas médicas y los tratamientos de reproducción asistida convierten el deseo maternal en un itinerario clínico. Ecografías, resonancias, hormonas, esperas y decepciones intervienen sobre un cuerpo que deja de sentirse enteramente propio.
El dibujo minimalista de Lyona hace visible esa vulnerabilidad. Ante ciertos diagnósticos o interacciones médicas, la protagonista se vuelve diminuta frente a un gran vacío negro. En otros momentos, el proceso aparece como una montaña rusa: la imagen exacta de una esperanza sometida una y otra vez a la euforia y al derrumbe.
Pero Madr¿eh? no se limita a documentar la reproducción asistida. También cuestiona el deseo. La protagonista se pregunta si ha forzado demasiado el proceso o si ha idealizado la maternidad. Ahí reside una de las aportaciones más honestas del libro: desear un hijo no elimina la duda, y encontrar obstáculos no vuelve ese deseo más puro ni más sencillo. El cuerpo medicalizado sigue siendo un cuerpo ambivalente.
Frente al aislamiento, la obra dibuja además una genealogía. La madre de la protagonista y sus amigas acompañan un recorrido que no termina en la típica estampa de la pareja con el recién nacido. La maternidad deja de ser una empresa individual para aparecer como una experiencia tejida con otras mujeres, otras historias y otros cuidados.

Maternidad en el cómic: contra la madre sin grietas
Estas cinco obras no ofrecen una única definición de la maternidad. Tampoco comparten el mismo tono: Pompeia recurre al silencio; Guerrero y Piedra, al humor; Lyona, a la intimidad; Arrazola, a la metáfora de la catástrofe. Lo que las une es una negativa: ninguna acepta a la madre sin grietas.
Durante mucho tiempo, la cultura solo concedió dos papeles a las madres. Podían ser sacrificadas y perfectas o culpables de todos los daños. En ambos casos dejaban de ser personas completas. La idealización y la condena funcionaban como caras de una misma exigencia: una madre no debía mostrarse ambivalente, sexual, arrepentida, enfadada, agotada ni deseosa de recuperar la vida que tuvo antes.
El cómic abre espacio para todo eso porque no necesita resolver la contradicción. Puede situar dos imágenes enfrentadas en una misma página: la expectativa y la experiencia, la alegría y el miedo, el amor y el duelo. La lectora ve simultáneamente lo que se supone que una madre debe sentir y aquello que en realidad está sintiendo.
Quizá por eso estas obras resultan más subversivas cuando no pretenden ofrecer modelos. No sustituyen a la madre perfecta tradicional por una nueva madre perfecta, ahora feminista, informada y capaz de vivir cada dificultad con ironía. Devuelven a las mujeres algo mucho más elemental: el derecho a no encajar en una imagen.
Parir, dudar, romperse. Querer ser madre, no quererlo, no saberlo. Desear un hijo y temer que llegue; amarlo y echar de menos la vida anterior. Las viñetas no convierten necesariamente la maternidad en una historia de terror. Hacen algo más incómodo: muestran que, detrás del final feliz, siempre hubo una historia que no nos estaban contando.
