“Matthias & Maxime”, mucho más que deseo homosexual reprimido

La última película de Xavier Dolan está en Filmin y es pura dulzura.

Cristina Sierra

Matthias & Maxime es la octava película del director canadiense Xavier Dolan. Se estrenó hace unos meses en Filmin, en pleno confinamiento y antes de su lanzamiento en salas, a lo que el público fiel de la plataforma más alternativa respondió con entusiasmo. Ahora, la han relanzado como una de las propuestas calientes de la plataforma. Ha recibido críticas para todos los gustos (incluso hay quien afirma que la estrella de Dolan se está apagando). Yo creo que su cine es ahora más accesible, pero sigue exigiendo grandes dosis de conexión emocional, lo que para algunos críticos resulta misión imposible.

Vale que Matthias & Maxime, el octavo largometraje de Xavier Dolan, no pasará a la historia del cine como la mejor de sus películas comparándola, por ejemplo, con la magnífica e innovadora Mommy (2014) que arrancó aquel sonoro aplauso espontáneo de la platea de especialistas de Cannes; Laurence Anyways (2012) o su ópera prima Yo maté a mi madre (2009). Pero en la última película de Dolan encontramos genialidades que no se pueden obviar y esconder entre las malas críticas.

La película me ha gustado, aunque confieso que tuve algunas dudas durante su visionado. Hay algunas partes que, desde mi punto de vista, desentonan con el ritmo y estilo de la película, como es el caso de la trama en torno a la familia del personaje de Maxime (interpretado de forma brillante por el propio Xavier Dolan) que se queda en una superficie poco atractiva y tampoco suma demasiado valor al foco principal de la cinta: la historia de amor entre Matthias y Maxime, amigos desde la infancia que descubren (o re-descubren) una atracción y unos sentimientos que se escapan a su control y que, por un momento, hacen tambalear las relaciones creadas a su alrededor y sus propias vidas.

Momento de la película.

Matthias & Maxime: sutil y frenética ¿Cómo es posible?

En Matthias & Maxime hay que prestar atención a los detalles, porque es precisamente en esa sutileza donde reside su grandeza. Dolan mira hacia sí mismo, como ha hecho otras veces, acercándonos a su dimensión más visceral, y vuelve a regalarnos fragmentos de su vida que muestra de forma sutil en los gestos, en las miradas, en los suspiros. Pero esa sutileza no está reñida con la fuerza y el frenetismo en su forma de rodar y en el montaje: la fuerza y el frenetismo de quien necesita contar, o casi vomitar, algo que le quema por dentro.

Esta película está llena de esa emoción contenida que, de repente y sin previo aviso, encuentra el hueco para explotar como un torrente. Porque en el cine de Xavier Dolan la sutileza y la emoción más frenética e incontrolable están muy presentes y son perfectamente compatibles. Y esa es su magia, la que no te deja apartar la mirada de la pantalla.

Durante el rodaje. Imagen: Shayne Laverdiere.

El retrato de una generación

En Matthias & Maxime lo que menos importa es la relación homosexual reprimida que, por fin, encuentra la forma de expresarse. Eso está ahí, y nada más. Esta es una historia de amor con mayúsculas, eso seguro, pero también es una historia sobre apariencias; sobre la transformación que sufren las relaciones (de todo tipo) con el paso del tiempo; sobre del fin de la juventud. También es una historia de frustraciones y de vidas sin rumbo fijo, un tema, éste último, también muy común en el cine de Dolan, y si me apuras, en la propia generación que ahora nos encontramos en la treintena.

La huida permanente hacia ninguna parte la vemos en varios momentos de la película cuando Matthias (interpretado por Gabriel D’Almeida Freitas) nada y nada hasta que termina desorientado en medio de un lago, o en el momento en el que corre en plena noche. También lo vemos en la inminente mudanza de Maxime a las antípodas; sumado a los fragmentos de carretera que aparecen de vez en cuando a lo largo de la cinta (con esas líneas amarillas marcando la dirección) como símbolo de un camino, de una historia en curso, quizá de una búsqueda que no encuentra una repuesta satisfactoria.

No queremos ser adultos

También encontramos mucho de Dolan en las relaciones nada idílicas entre madre e hijo o, como apuntábamos antes, en el regreso reiterativo en su filmografía a esa juventud que termina y que se mira con añoranza, así como el recelo hacia el paso a la adultez definitiva.

Hace unos días me comentaba un amigo que cuando quedaba con “la gente de antes” siempre era para hablar de lo que fueron y de lo que hicieron: “A nadie le interesa lo que estás haciendo ahora, porque se presupone que siempre es peor que lo que fue, peor de lo que fuimos”, me decía. Me he acordado de esta reflexión y quizá no le falte razón. Puede que a quienes nos gusta el cine de Dolan tendamos a esa inmadurez tan gustosa y divertida, al recuerdo nostálgico y al recelo por el futuro. ¿Y qué le vamos a hacer?

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