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‘Mientras agonizo’, agonizan; una historia de terror de William Faulkner

Reducir a cuatro notas la agónica travesía que escribió Faulkner en Mientras agonizo, es casi imposible. Para empezar pocas cosas puede haber que no se hayan dicho ya, cientos de interpretaciones de la infinitud de simbología sobre la que se construye la historia. Y sin embargo, lo que hace que el relato acabe resonando con más fuerza en este caso es su simpleza -en cuanto a la trama. Una simpleza sobre la que construye un monstruo.

Si no, fijaos en el argumento ¿Puede haber algo más claro y directo? Mientras agonizo. Mamá se está muriendo. Fácil de entender, fácil de seguir, no hay complicaciones ni enrevesamientos aparentes. La madre de una familia de cinco criaturas y un esposo muy esposo, un clásico de los esposos americanos, está agonizando en su cama. Una familia también de las clásicas familias bajo la mirada de Dios. Una vez mamá es superada por la vida, ¿qué toca? Vamos a llevarla a al lugar en el que quiere ser enterrada. Eso es todo. Y a partir de ahí empieza la fiesta.

Faulkner viene de lo que se ha llamado el gótico sureño. Ahí también se encuadran Flannery O’Connor, Carson McCullers, Cormac McCarthy o Capote. El gótico sureño tiene esa cualidad de enturbiar los ambientes comunes transformando a los hombres en monstruos que encajan más bien dentro del terror. De ahí esos escenarios sucios, violentos, agresivos; de ahí esos deseos desesperados, y también frustrados, de huida, de enfrentamiento. Un lugar donde la vida coletea como un pececito fuera del agua.

William Faulkner, autor de Mientras agonizo.
William Faulkner, autor de Mientras agonizo.

Esto, unido a las técnicas narrativas que utiliza Faulkner, se combina a la perfección para mostrarnos la realidad de una agonía que acaba siendo insufrible desde distintas perspectivas, muchas de las cuales acaban siendo monstruosas. Y sin embargo, qué ternura, qué delicadeza, cuánta desesperación por la vida hay en cada una de esas visiones, incluso en las más egoístas y terroríficas.

Mientras agonizan

Volviendo la situación de la que partimos. La madre de una familia de cinco ha muerto dejando atrás a cinco niños huérfanos. Y digo niños porque aunque algunos ya son los suficientemente adultos, se mueven como criaturas recién paridas por el mundo, abandonadas por la única juntura que mantenía estable una estructura que, incluso estando viva todavía la madre, se empezaba a desmoronar. Y se empezaba a desmoronar porque todo era una mentira.

Ahora, con el cuerpo aún caliente, tienen que realizar un viaje hasta Jefferson para enterrar a la madre donde pidió ser enterrada. Y aunque está a días de distancia, la familia, como buena familia, se dispone unida a llevar el cadáver hasta el destino elegido, allí donde están enterrados sus demás familiares. Así que todos de viaje. Pero, amigos, no lo van a tener fácil. Porque todo se convierte en una especie de yincana. Y qué sufrido es el trayecto, y cómo se esfuerzan por conseguirlo y cómo se empeña el padre, a pesar de que llega un punto en el que no tiene sentido -aparentemente-, en llevar a su mujer hasta el lugar elegido. Demasiado esfuerzo quizá ¿verdad?

Jefferson city. Misouri.
Jefferson city. Misouri.

Aventura, tragedia, comedia oscura, terror. Incendios. Inundaciones. Casi desmembramientos. Qué agonía, cuánto intento, qué mentira, y cómo se agarra la vida incluso cuando la muerte la está pudriendo.

En este camino, en el que se van entrelazando las voces narrativas de los distintos personajes, incluida la madre, la mierda se va destripando y todo eso acaba afectando a como se sucede el viaje. Engaños, traiciones, egoísmo, mentiras y mentiras y mentiras. Cinismo, amor, ternura, mentiras y mentiras y mentiras. Y mientras tanto, mamá se va pudriendo. Pero allá van ellos, como la comitiva de la muerte, dejando un hedor y una sombra podridísima. Porque recordemos que la madre está muerta. Y pasan días. Pasan cosas. Y eso va oliendo. Como si llevaran en la carreta a la misma muerte. Un padre, cinco hijos, un muerto y la muerte. 

Mientras agonizo: La realidad fragmentada

Para los amantes de los símbolos, Mientras Agonizo es un juguetico maravilloso. Está plagado de referencias bíblicas entre otras cosas. Todos los personajes son como fichas de un juego macabro pero a la vez son humanos, muy muy humanos. Razón por la que el egoísmo acaba siendo uno de los grandes protagonistas.

A esto se une que toda la historia se construye gracias a un recurso que empezó a establecerse a principios del siglo XX, el streams of conciousness o discurrir de la conciencia que permite posicionarnos en la visión interior de cada uno de los personajes. Se podría decir que es el punto álgido de las nuevas técnicas narrativas del siglo XX.

Mientras agonizo, de William Faulkner.
Mientras agonizo, de William Faulkner.

Todos son personajes centrales y se va construyendo una realidad fragmentada, múltiple. Cada monólogo es absolutamente identificable, la capacidad expresiva de Faulkner permite reconocer a cada personaje en su visión interna. Y a su vez, permite el acceso a lo salvable, la ternura encarnada principalmente en Darl o Vardaman, y al cinismo absoluto.

Estructuralmente, la historia se dispone en tres partes, la agonía de Addie, la madre; el viaje hasta Jefferson y, finalmente, la entrada en Jefferson, momento en el que todas las situaciones que venían tensándose revientan. Todo perfectamente estructurado en torno al único monólogo que aparece de la madre, en el corazón de la novela, que vincula lo que hemos visto anteriormente con lo que estamos por ver.

Con Mientras Agonizo Faulkner se mete en un jaleo narrativo y corre el riesgo que queden mil cabos sueltos y, sin embargo, todo está perfectamente imbricado. Todo se resuelve, todas las preguntas se responden, todos los símbolos que van a apareciendo tiene su razón de ser y vuelven a aparecer, como si de alguna manera fueran indicaciones de lo que está por venir.

William Faulkner.
William Faulkner.

Y Jewel dijo: Se ha puesto los dientes

Y mamá, que era una juntura perfecta para pegar las piezas -y así funciona en la estructura narrativa también- y hacer que no se viera la mierda que había debajo, hace que la bomba estalle con su deseo prometido. Un deseo, qué veréis, no es tal. Porque mamá, que también amaba, también se resentía, también era una bromista y también era una egoísta; también se movía por los mismos lugares que ha dejado atrás. Y mamá, que era una juntura perfecta para mantener la vida, con su muerte todo muere, con su muerte todo mata y hace una broma perfecta. Veréis las risas al final, porque las hay, con una dentadura nueva y resplandeciente por cortesía de Anse Bundren, el padre. Y con ello, Faulkner construye en el padre, probablemente, a uno de los personajes más repugnantes y miserables de toda la literatura, mucho más terrorífico que cualquier villano.

Mientras Agonizo no es solo la agonía de la madre, sino más bien es la agonía de la vida misma que se somete ante el yugo de la realidad y sus patrones imperantes, de estructuras sociales, de concesiones, atada a los lugares de los que aparentemente no se puede escapar. Y por eso, llega la realidad, al final, riéndose a carcajadas con la más brillante de las sonrisas generando probablemente la escena más terrorífica y grotesca- y eso que hay unas cuántas- de toda la historia. Una realidad brillante que aplasta la vida de un plumazo. Lo he dicho otras veces, pero de verdad, leed a Faulkner.

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