‘Mother Mary’: entre la carne y el alma del cine
David Lowery lo ha vuelto a hacer. Mother Mary es todo lo que puede esperar cualquier fan del director y un poco más. Con esa frase dejo clara mi falta de objetividad, ya que soy uno de esos fans de Lowery. Pero, ¿cómo se puede ser objetivo hablando de cine? O, mejor aún, ¿cómo se puede ser objetivo? Sea como sea, Mother Mary es una auténtica genialidad y una luz llena de esperanza para todas aquellas personas que seguimos creyendo en el cine. En su magia, en su originalidad, en su libertad, en su capacidad para inspirar y en su funcionalidad como medio creativo que aúne artes.

Mother Mary: delirios de artista
La nueva película del director de maravillas como A Ghost Story, o Green Knight nos cuenta la historia de Mother Mary (Anne Hathaway), una superestrella pop a lo Taylor Swift pero en su versión más oscura, que en un momento de metamorfosis vital y artística necesita reencontrarse con ella misma y para ello busca el asilo y la asistencia de Sam (Michaela Coel), su antigua diseñadroa de moda, su amiga y su recipiente emocional.
Los vestidos que le realizó Sam a lo largo de su carrera fueron los más destacados y recordados, los que ayudaron a crear al personaje Mother Mary, los que supieron traducir en tejidos y pespuntes las emociones, deseos y secretos de la artista.
Mother Mary, que hace tiempo que no trabaja con Sam, llega a su casa/estudio completamente destrozada para que esta le elabore su último vestido, el que cambiará todo, el que mostrará quién es realmente Mother Mary.
Escrito así, parece que la película sea una nueva, ridícula y cursi esnobada sobre los delirios de una cantante desfasada. Pero, lejos de esa primera impresión, Lowery utiliza a esas dos mujeres para hablarnos del rencor, de la envidia, de la traición, del vacío, de la soledad, del crecimiento, del arte, de la amistad, de fantasmas y, sobre todo, del amor.

Mother Mary: las heridas del amor
Lowery nos habla de todo aquello que realmente importa en lo interpersonal. De lo que todas y todos podemos reconocer haber sentido alguna vez cuando nos dejábamos sentir, cuando mirábamos a la cara, cuando escuchábamos de verdad. Y lo hace desde la mirada de un verdadero artista.
La primera media hora de Mother Mary puede hacernos pensar (o temer) que la película será una cadena de diálogos cortantes y afilados como cuchillas que realizan heridas de una belleza literaria apabullante entre sus dos protagonistas. Algo que podría llegar a desesperar e incluso aburrir en tiempos de inmediatez y adicción a estímulos. Pero nada más lejos de la realidad.
Sin salir del estudio de Sam, el director, como si se tratara de una matrioska, destapa y convierte espacios en lugares que recrean los recuerdos de sus protagonistas para que nosotros los visualicemos junto a ellas, a las que también convierte en espectadoras.
En esos momentos, en los que Lowery se desnuda de la palabra para vestirse de imágenes, es cuando vemos al maestro. Su capacidad para construir espacios oníricos de una riqueza estética apabullante no tiene límites. El mundo del que nos habla a veces puede parecer futurista y otras incluso de ese medievo fantástico que tanto le gusta.
Pero la potencia visual de sus imágenes, como en toda su obra, siempre va acompañada de la belleza sonora. En esta ocasión, además, como Mother Mary es cantante, ha colaborado con artistas y compositores tan fascinantes como Charli XCX, Jack Antonoff, y FKA Twigs. La música como viene siendo habitual ha corrido a cargo del compositor Daniel Hart.
La película nos habla del dolor desde la belleza, de la herida desde lo artístico, y del amor desde la sangre.

Mother Mary: desgarro emocional
Tanto Anne Hathaway como Michaela Coel realizan unas interpretaciones maravillosas. Ambas actrices están entregadas a sus personajes. Se desgarran emocionalmente y hacen eso tan difícil de desnudarse por dentro mientras lo que dicen está vestido de mil capas, disfrazado de dureza cuando lo que hay es vulnerabilidad, o de distancia cuando se desea la unión.
Es hipnótico ver el trabajo que realizan. Dan verdad a un diálogo poético y narrativo que en manos menos expertas sonaría artificial y vacío. Además, Anne Hathaway canta todas las canciones de su personaje tan bien como nos mostró en Los miserables, y en una escena brutal, realiza una coreografía salvaje y tan desgarradora como sus emociones. Sin duda, una de las escenas de la película.
Pero Michaela Coel, no se queda atrás, la protagonista de Podría destruirte vuelve a demostrar con su mirada, honestidad y brutal presencia escénica, que su talento aún está lejos de tocar techo.

Mother Mary: la herida del cine
Seamos claros, una película como Mother Mary, que hace gala de un diseño sonoro y banda sonora espectacular; un diseño de vestuario fascinante a cargo de la figurinista Bina Daigeler; un diseño de producción y arte sorprendente como el que realiza Francesca Di Mottola; una dirección de fotografía gótico-pop a cuatro manos de parte de Andrew Droz Palermo y Rina Yang, interpretaciones en estado de gracia de sus protagonistas y, la visión única de su director, no puede hacer otra cosa que fracasar en taquilla.
Porque el cine está herido. Y no solo el cine, el mundo del arte.
El cine debe comunicar con imágenes y eso es lo que sabe hacer David Lowery. Pero la industria cinematográfica nos reeduca como espectadores para que rechacemos ese tipo de cine. Ese que no te escupe las historias masticadas a la cara. El que no te las radioteatraliza o te cuenta por enésima vez la misma historia de la misma manera que ya conoces y has visto un millar de veces. El cine original que exige atención e implicación de quien lo ve. El cine que da sentido a que el cine se considere séptimo arte.
Por todo eso recomiendo Mother Mary. Una película de terror gótico, actual, pop, con su castillo, sus fantasmas y su pareja de amor inmortal, que no te dejará indiferente. Porque cada vez son menos este tipo de películas. Porque el cine se muere. Porque su herida abierta, como la de Mother Mary, busca a quien conectarse, pero, en este caso, no encuentra a nadie, ni dentro ni fuera del cine. Las puertas están cerradas.
Saludos furiosos.
