‘Solanin’, una canción que termina

Pese a quien le pese, el ímpetu, la pasión de los primeros años, la energía de cada acción adolescente, que es como un torrente descontrolado, acaba entrando, con el paso del tiempo, en un cauce más estable y tranquilo, que apenas se desliza suavemente, pero sin detenerse. Hasta que lo hace. Y de repente el agua azul brillante ya no refleja nada y no es más que un barrizal, agua estancada. Un charco en medio de la nada. Como si la vida se detuviera por completo.

Lo cierto es que no siempre es tan trágico, pero desde la angustia vital se suele tender a la dramatización de los hechos, que no por ello se acercan menos a la realidad.

Así que, en este marco de dramatización, un charco de agua es lo que tenemos en Solanin, una de las obras más míticas de Inio Asano. Asano, autor de manga reconocidísimo tanto en Japón como fuera de él por obras como Buenas noches Punpun, la chica a la orilla del mar o la misma Solanin, ha acabado trascendiendo el target clásico del manga llegando a lector que no solían frecuentar este mundo, gracias, en parte, a obras como Solanin, con la que fue nominado al premio Eisner.

Solanin.
Solanin.

El día de la marmota

La historia sigue a Meiko y su grupo de amigos, que intenta afrontar como buenamente pueden la vida adulta. Es decir, la incertidumbre, la falta de expectativas y la repetición continua a la que lleva un trabajo que apenas permite la supervivencia están a la orden del día en sus vidas.

En cierta forma, podría decirse que la historia nos mete de lleno en esa ruptura que se produce entre la infancia – adolescencia y la vida adulta. Más bien nos lleva al momento exacto en el que parece que todo ha dejado de moverse: un trabajo que ahoga y no gusta, como el que tiene mucha la gente, demasiadas cosas que pagar, una casa pequeña que arrejunta recuerdos de mala manera y una rutina, que lejos de ser una cotidianidad simpática, se convierte en el escenario gris y repetitivo, con pocos sobresaltos. Como si todo lo que se desplegara mirando al futuro fuese solo una prolongación de lo ya conocido. ¿Somos entonces ya adultos? ¿Es suficiente esto para serlo? ¿No vamos a poder salir de aquí?

Meiko. Solanin.
Meiko. Solanin.

De esa forma, a los 24 años y apenas iniciándose en el mundo laboral, Meiko ya está agotada. La saturación, la repetición y la supervivencia en un mismo patrón, del que no se puede salir y que se convierte en una cárcel demasiado pequeña, aprieta y ahoga. Lo que acaba pasando factura también en las relaciones interpersonales. Una situación fácilmente identificable, para desgracia de muchos, y que se va cerrando sobre uno, como un monstruo acechante, llevando casi al asilamiento.

Por lo que, sin ver muchas otras opciones, Meiko acaba dejando el trabajo en un intento por oxigenar la realidad en la que vive.

Rock it

Y en esa realidad en blanco y negro se cuela un sueño casi adolescente que se convierte en el alimento y el motor que vuelve a generar movimiento: su pareja y sus amigos continúan con la antigua banda de rock que tenían. A partir de ahí, el ritmo se acelera. ¿Dedicarse por completo a la música? ¿Es fácil conjugar un sueño con el quehacer adulto? Muchos sabrán y pueden que estén de acuerdo en que mantener el equilibro entre esas dos realidades es el verdadero sueño, la utopía deseada.

El grupo de Meiko.
El grupo de Meiko.

Así todo se va sucediendo con tropezones continuos que lo hunden a uno en la miseria, y es que, no en vano, es Inio Asano la mano que lo dibuja. Demuestra a la perfección esa capacidad que tiene para adentrarse en las angustias y los deseos, tanto a través de los diálogos como con el dibujo, que consigue transmitir con una grandísima belleza los peores dramas y la felicidad más desbordante.

De esta forma Meiko, pegándose con la realidad, consigue agarrarse, aunque sea un poquito, a una canción que tiene un regusto a vida todavía por muchos motivos: Solanin. La canción que en algún momento ella misma acabará cantando.

Solanin,
Solanin.

Solanin: Un canto a la vida

Sin embargo, todas las canciones, nos gusten más o menos, terminan. No se puede vivir para siempre en una canción, aunque uno siempre puede volver a escucharla, pero ¿hasta qué punto eso solo será una fantasía de lo que una vez fue?

Bien es sabido que, para una primera impresión, esa que lleva al movimiento, a la acción y a la vida, solo hay una única oportunidad.

Solanin.

Solanin es aceptación, a la fuerza casi, de una realidad en la que Meiko se revuelve, pero ¿es adaptación o resignación? ¿Se descubre la vida de nuevo con otros ojos o uno aprende a conformarse? Es inevitable negar la frustración que está presente en la historia de principio a fin. Difícil es que esta visión apesadumbrada desaparezca.

Y sin embargo, en medio de toda esta inestabilidad vital y emocional, Solanin también es, y eso no puede negarse, un canto a la vida, y en el camino también enseña lo que es su ausencia. Y no hay peor drama en la vida, bien es cierto, que descubrir la ausencia de ella. Pero descubrirlo puede que solo lleve a una irremediable búsqueda.  

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