Sitges 2025: ‘Alpha’, Julia Ducournau convierte el cuerpo en mito en la inauguración del Festival de Sitges 2025
El Festival de Sitges abre su 58.ª edición con una película que huele a fiebre y metal. Alpha, el nuevo trabajo de Julia Ducournau, llega como una promesa de contagio: una historia sobre cuerpos que se petrifican, familias que se agrietan y el deseo que, una vez más, se convierte en territorio prohibido. La directora de Titane y Crudo sigue obsesionada con la materia del cuerpo, pero aquí la lleva a otro lugar: el del mito.
En Alpha, el mundo parece suspendido en un tiempo indeterminado. Una enfermedad misteriosa transforma lentamente a las personas en estatuas. No hay sangre ni vísceras: el horror es más silencioso, más íntimo. Es la petrificación de lo vivo, el castigo de la sensibilidad.
La protagonista (interpretada por Mélissa Boros) descubre una marca en su piel que podría ser el primer síntoma. Su madre, médica, intenta detener lo inevitable, mientras su hermano ya es un cuerpo casi inmóvil, una figura trágica en proceso de fosilización. A partir de ahí, Ducournau construye una historia de contagio familiar, culpa heredada y resistencia imposible.
El cuerpo vuelve a ser, como siempre en su cine, un campo de batalla. Pero ahora lo corporal se convierte en metáfora pura: la piedra que avanza es el miedo, el trauma, la imposibilidad de cambiar. Lo que antes supuraba y sangraba, aquí se endurece.

Alpha: La poética de la mutación
Ducournau filma el cuerpo como si fuera un paisaje en extinción. Cada plano es una coreografía entre el deseo y la descomposición. Las luces frías, los tonos ocres, la textura áspera de la piel: todo contribuye a esa sensación de belleza enfermiza que solo ella sabe conjurar.
En Alpha no hay héroes ni redención. Solo la certeza de que la transformación es inevitable y que cada intento de detenerla solo acelera el proceso. Lo biológico se vuelve político: ¿qué ocurre cuando una sociedad entera teme a sus propios cuerpos? ¿Qué queda de la identidad cuando la piel se convierte en máscara mineral?
La película funciona como una fábula contemporánea sobre la fragilidad, pero también sobre la necesidad de soltar lo que ya no puede salvarse. En lugar de ofrecer respuestas, Ducournau invita a contemplar la mutación con una mezcla de horror y ternura. Como si el fin del cuerpo fuera también una forma de belleza.

Alpha: : el monstruo ahora es el silencio
Si Titane rugía con motores y metal caliente, Alpha susurra. Es una película más contenida, más espiritual, casi melancólica. No hay shocks ni provocaciones gratuitas; el impacto es más emocional que físico. Ducournau se atreve a mirar el dolor de frente, sin disfraces.
El ritmo hipnótico, las pausas prolongadas y los silencios densos obligan al espectador a quedarse dentro del cuerpo de la película, a sentir cómo se solidifica el aire. Es un cine que no busca complacer, sino envolver, incomodar, erosionar poco a poco.
Y en ese proceso, Alpha se convierte en un espejo incómodo: habla de las enfermedades que heredamos, de los miedos que se transmiten sin palabras, de las madres que protegen hasta asfixiar y de los hijos que aprenden a morir despacio.

Alpha: un estreno que marca territorio
Que Alpha inaugure Sitges no es solo una decisión de programación: es una declaración de intenciones. Ducournau representa una forma de entender el terror que ya no necesita monstruos externos. El monstruo está dentro. Es el cuerpo, es el deseo, es la transformación que no se puede controlar.
En un festival que celebra lo fantástico, Alpha recuerda que lo más fantástico de todo sigue siendo la carne. Que el miedo no siempre grita, a veces se endurece en silencio. Que el cuerpo, ese lugar de placer y de dolor, de poder y de vulnerabilidad, sigue siendo el mejor escenario para hablar del mundo.
Julia Ducournau vuelve a diseccionar lo humano con bisturí de poeta. Alpha es menos brutal que Titane, pero más madura, más triste, más bella. Es el resultado de una directora que ya no necesita demostrar su ferocidad, solo seguir explorando sus grietas.
Y lo hace con la elegancia del mármol… y la fiebre de quien sabe que bajo la piedra todavía late algo.
