‘Marbella’: el lujo donde el crimen siempre encuentra refugio

El mejor truco del diablo fue hacer creer al mundo de que no existía. Es uno de los lemas de una película que ha terminado convirtiéndose en objeto de culto cinéfilo: Sospechosos habituales (1995). Una de esas trampas adorables, repleta de giros rocambolescos de guion, bendecida con un casting tornado en Dream Team donde Keyser Söze, el mal que acecha en la esquina, ha logrado que incluso la policía lo tomé en una especie de hombre del saco para asustar a los propios delincuentes.

A lo largo de las últimas décadas, las series españolas parecen haber oscilado paulatinamente hacia el noir, pero negándose a perder su esencia natural. Crematorio (2011), excelente adaptación del material literario de Rafael Chirbes, abría las puertas a desconfiar de las grandes constructoras, de la limpieza alrededor de los concursos públicos y al poder del cemento para tapar miserias. Casi dos lustros después, la aguda mirada de Victoria Luengo como protagonista nos llevó al mundo de grises en Antidisturbios (2020), un ácido e inteligente microscopio de Isabel Peña, Rodrigo Sorogoyen y Eduardo Villanueva para tocar fibras tan sensibles como los desahucios, las escuchas ilegales, el abuso de autoridad, las cabezas de turco frente a los medios comprados, etc.

Un panorama cada vez más rico donde la serie Marbella (2024-actualidad), de Movistar Plus+, se erige en una especie de punto de inflexión. Casi inconscientemente, exhibe ser un lugar donde converge mucho de ese movimiento, el deseo inherente del ser humano a querer tirar del velo o abrir la caja de Pandora… 

Marbella.
Marbella.

Marbella: Las filloas da fariña

Se trata de un postre gallego exquisito. Presenta similitudes con otra joya de la gastronomía como son los crepes de origen galo, pero su combinación de leche, huevos y una fina masa de harina merece consideración propia. Desafortunadamente, no es lo primero que nos viene a la mente cuando escuchamos la palabra fariña. Buena parte de la culpa ha de recaer en Nacho Carretero, un periodista que siguió la máxima de Roberto Saviano en el puerto de Nápoles: observar, hacerse preguntas y conversar para ver qué sucedía realmente en su ciudad.

Fariña, publicada por primera vez por libros del K. O. en 2015, fue un monumental ejercicio periodístico que iba más allá de la carrera delictiva de Sito Miñanco, tornándose en la radiografía de años fundamentales para explicar la evolución de antiguos contrabandistas costeros de toda la vida a auténticos señores feudales de la droga. Ironías del destino, de la justicia vino la orden del cese de su comercialización frente a la caja de los truenos destapada, propiciando que no pocas personas cruzasen la raya, como hubiera dicho la historiadora Pilar Huerga Criado, para hacerse con el codiciado botín literario en la vecina Portugal de estraperlo.

El deportivista Carretero triunfó a medias. Logró que volviera a ser legal la distribución de su reportaje, pero quedaba un regusto amargo en el sistema. Si no había mentido, quienes debieron sentarse a los interrogatorios fueron otros, mucho más próximos a lujosos barcos dorados, financiados por las lanchas internadas en la noche con la valiosa mercancía prohibida. Obviamente, terminó siendo material audiovisual, constituyendo Fariña (2018) una miniserie espléndida que lograba ficcionar los datos reales en un reparto sumamente creíble (Eva Fernández, Tristán Ulloa, Isabel Naveira, Javier Rey, etc.). 

Era cuestión de tiempo que Carretero cruzase caminos con otro Ben Urich como él.

Marbella: el pacto de Riazor

Se conocían, compartían colores blanquiazules y oteaban el horizonte con una forma de narrar que casi pedía futuras películas sobre los resultados de sus pesquisas. En abril de 2021, Arturo Lezcano, otro solvente periodista gallego, sorprendía a la comunidad lectora de El País con un trabajo a medias junto a Nacho Carretero donde nos sumergían en la Costa del Sol en su lado menos luminoso. Al igual que con Fariña, el interés por algo que siempre había estado ahí se reactivó y los titulares, antaño reducidos a medios locales y en categoría de microhistorias, se juzgaban relevantes.

Niña bonita del turismo en el sur europeo en los años del desarrollismo, era cuestión de tiempo que aquel clima idílico y hermosísimos paisajes atrajeran a las élites. Jet Marbella Set (1991) bien podía ser uno de los últimos reductos de un ya vetusto cine del destape y del director Mariano Ozores, lejos de sus mejores años como cineasta, pero acertaba casi instintivamente en la diana de que algo se estaba moviendo entre las bambalinas del balneario más sofisticado.

A partir de ahí debían colocarse los cimientos. La productora Ailalelo se erigió en la hija autónoma de sendas plumas, algo que los llevaría a trabar contacto con Buendía Estudios, el lugar desde donde poder negociar cara a cara con una compañía como Movistar Plus+. A fin de cuentas, allí se alojaron proyectos como El inmortal (2022), una trepidante serie de acción que evocaba a la infame banda de los Miami en el Madrid noventero. A fin de cuentas, era mera cuestión que la línea telefónica bajase a suelo marbellí. 

De hecho, un sello con el prestigio de HBO había alumbrado El pionero (2019), documental en cuatro capítulos alrededor de Jesús Gil y Gil, su peculiar adquisición del Atlético de Madrid y sus días como alcalde de cierto municipio. 

Elvira Mínguez y Natalia de Molina en Marbella.
Elvira Mínguez y Natalia de Molina en Marbella.

Tell Me More, Tell Me More

Indudablemente, poner el foco en Gil no era hacerlo de manera casual. No en vano, periodistas deportivos como Iván Castelló López evocaron esos años de pelotazo, populismo y omnipresencia televisiva en libros como Salvaje: La imperiosa historia de Jesús Gil y Gil (2017). Un resabio donde se mezclaba la prensa rosa, el monopolio futbolístico (recomendable el Informe + Atlético Marbella. Aquel Fútbol de los 90) y los entresijos de la política menos honorables. 

Dirigentes como Gil fueron evocados en otro engranaje Movistar: La Liga de los hombres extraordinarios (2022), donde presidentes populistas descubrieron que podían ser su propia versión de Berlusconi en un escaparate de masas y maletines que podía abrir llaves de poder político. Desafortunadamente, como los propios Carretero y Lezcano intuían, aquella dosis folclórica estaba muy bien, pero hacía falta algo más. Torrente 2: Misión en Marbella (2001), una especie de sucesión audiovisual de la ya citada pieza de Ozores, volvía a acertar de oídas cuando insinuaba cosas de grandes mentes criminales operando entre clubes tan exclusivos como los de Puerto Banús.

No es casual que otra integrante del cuarto poder gallego, Marta Otero Mayán haya sido quien mejor desgranó el proceso para el gran público: en primer lugar, la idea original de Marbella se transformó a lo largo de meses en un guion por obra y gracia de Dani de la Torre y Alberto Marini. Carretero y Lezcano no permanecieron ociosos, acompañando a los dos creativos televisivos por el mundo de las discotecas, restaurantes reservados y ese lujo que nos puede llevar de ver veraneando allí a una estrella internacional como Dua Lipa o a descubrir el asesinato de un búlgaro tiroteado misteriosamente en Fuengirola.

Eso habilitada una mezcla de realismo con un toque exótico, llevando al auditorio a rincones inexplorados.

Marbella: El letrado viste de Prada

“Si crees que esto tendrá un final feliz, es que no has estado prestando atención”. Las palabras de Ramsay Bolton, perfectamente caracterizado en su crueldad por Iwan Rheon, captaban una de las esencias de la narrativa de George R. R. Martin: colocar el fabuloso universo de Tolkien en una realidad de consecuencias más próximas a nuestro mundo que al de la Tierra Media. No siempre la nobleza se premia y hay auténticas maldades que prosperan en las sombras, algo que el exquisito show de la HBO cuidó al máximo a lo largo de sus temporadas.

Algo de ese espíritu, cual aterrado Theon Greyjoy, podría tener la audiencia de Marbella al contemplar la injusticia; al menos,si no existiera un profundo sustrato de humor en su enfoque. No obstante, confundir esa amable sonrisa con un velo a la verdad sería erróneo. Si bien es un personaje puramente ficticio, el César de Hugo Silva tiene varios referentes, sobresaliendo el afamado letrado Ricardo Álvarez Ossorio, cuyo bufete de abogados penalistas poco tendría que envidiar a la sofisticada boutique personalizada para clientes de élite que vemos en la pantalla.

Con premios tan prestigiosos como la Toga de Oro de la Sociedad Europea, esta marca propia ha logrado incluso suscitar la atención de medios nacionales para querer entrevistar a quien sensacionalistamente hablando bautizan como “el abogado del diablo en el Estrecho” (La Sexta, 2018). Con un punto de humor y autoconsciencia, el propio Ossorio no vaciló en hacer un cameo en la primera temporada del show de Movistar + en calidad de juez.

En realidad, normalmente suele hallarse al otro lado del estrado, defendiendo por la vía legal a algunos de los sospechosos más habituales de la Costa del Sol, siendo inolvidable como Lezcano lo describió para Vanity Fair: reloj Bulgari, traje personalizado, gafas de Sol, etc.

Hugo Silva en Marbella.
Hugo Silva en Marbella.

Marbella: Better Call Hugo Silva

Es uno de esos reclamos publicitarios a los que una compañía de moda no puede rehusar. Incluso desaseado como un vulgar delincuente común en el oepning de Agallas (2009), escupitajo de un diente incluido, Hugo Silva es capaz de mantener el atractivo. Aupado al estrellato por Los hombres de Paco (2005-2021), el intérprete madrileño conocía varias de las claves de la noche que ahora estaban explorando Carretero y cía. No en vano, había confesado a Luis Alegre en El Reservado que en su juventud había trabajado para discotecas aprovechando ese don de gentes, un magnetismo que le llevaba saber dar la tarjeta del local al chico o chica del grupo de amigos que podía tirar del resto.

En esta ocasión, su rol protagonista es César, un destacadísimo letrado que se disputa, principalmente con dos colegas de profesión, a los clientes más indeseables y con las cuentas corrientes más abultadas. Probablemente, el espectro de Saul Goodman oteé en el horizonte a la hora de utilizar a un picapleitos para verlo danzar entre los bad guys y las fuerzas del orden.

Con todo, el carismático secundario de Breaking Bad es en esencia un chico de la calle, un pícaro habilidoso que se mueve en el asfalto. Merced a la buena acogida de su trabajo, Bob Odenkirk permitió un spin-off que acentuó su condición de buscavidas, ascendiendo inclusive más en el santoral televisivo por su preciosa relación con Kim Wexler (personificada por una actriz con mayúsculas como Rhea Seehorn).

Por el contrario, el César marbellí de Hugo Silva es un auténtico sibarita. Puede compartir con el antiguo Jimmy McGill es su astucia para retorcer la verdad en beneficio de sus defendidos, pero su círculo social es distinto. Nada menos que una auténtica ONU del crimen organizado.

Marbella: Expediente judicial: Io, Claudio

Supone un auténtico hallazgo. Sorprende muy poco que haya aparecido tanto en la primera temporada como en la secuela que es Marbella: Expediente judicial (2026). Desde que posamos la vista en Claudio, a quien da vida el actor transalpino Daniele Fileti, comprendemos que estamos frente a aquello que Martin Scorsese inmortalizó como wise guys. Un tipo listo que se ha convertido en el primer inter pares en un edificio que funciona desde sus sólidos cimientos.

Fileti sabe perfectamente de lo que está hablando al haber pasado buena parte de su carrera profesional trabajando en la Marbella más noctámbula. El guion lo coloca como integrante de la temida ‘Ndrangheta, el más poderoso músculo de la mafia calabresa. La persona lectora que quiera profundizar más en este peligroso grupo puede acudir de inmediato a los enciclopédicos conocimientos de John Dickie, uno de los investigadores británicos más prestigiosos en la materia.

Con un look mucho más próximo al de don Jaime de Mora, otro de los estandartes de la cúspide más frívola de aquel paraíso, que a al de un temible capo mafioso, Claudio es uno de los grandes contactos de César para saber por dónde soplan los vientos. Lejos de la agresividad de las bandas más jóvenes que vienen de todos los rincones del mundo, el experimentado criminal italiano es consciente de que hay momentos para repartir el pastel y evitar los grandes titulares. César es una especie de consigliere, si bien, de momento, el hombre de leyes ha evitado cruzar el Rubicón de ser directamente un forajido.

Cada uno por motivos distintos, ven con interés la irrupción de la Mocro Maffia en su hábitat: es decir, sofisticados grupos delictivos de origen marroquí que controlan el narcotráfico desde sedes en los Países Bajos y Bélgica.

Hugo silva y Daniele Fileti en Marbella.
Hugo silva y Daniele Fileti en Marbella.

El reparto musical de Marbella

Aquello era atractivo, pero también una responsabilidad. Ana Isabelle no parecía la primera elección que vendría a la mente para un show como Marbella. Cantante portorriqueña, algo hizo clic en las cabezas de Eva Leira y Yolanda Serrano, las reclutadoras, para entender que podía ser justo el tipo de pareja exótica, divertida y con flow para alguien con la personalidad de César.

Además, eso permitía el enésimo guiño a Ossorio, siendo su pareja sentimental de origen latino. Pronto, la química entre Isabelle y Silva hace clic, siendo creíbles como un dueto que busca el lujo a toda costa, aunque el guion acierta en darles debilidades humanas propias de la vida cotidiana. La joven Manuela Calle da vida a Alex, la hija de una anterior relación de Katy, la mujer de César. Pese a no compartir vínculo de sangre con la muchacha, el letrado se involucra realmente en esa función paterna, si bien su trabajo podría tener tristes efectos colaterales para las dos personas más importantes de su mundo (con permiso del dinero).

Otra personalidad de la música, Khalid el Paisano, irrumpe en la primera campaña del show para encarnar a Yassim, el miembro de Mocro Maffia que acude a territorio andaluz para ver cómo puede su entidad facturar en esos asuntos. Actor novel en estas lides, encaja a la perfección con la esencia del nuevo rico, quien es cortejado de inmediato por Esteban Setién (Fernando Cayo), el gran rival de César, y nuestro protagonista. Queda patente que a ninguno de los dos estudiosos de las leyes les quita el sueño pretender defender a alguien que ya cuenta con varios cadáveres bajo su alfombra.

Yassim solamente parece tener una debilidad confesable: Anne (Aurora Moroni), algo más que una compañera de aventuras, puesto que entrará de lleno en la vida de Katy y César.

Marbella.
Marbella.

Respeto al adversario

No cualquier intérprete puede hacer de Clara Campoamor. Elvira Mínguez supo salir airosa de semejante trance, subrayando la capacidad de esa artista para hacer personajes con carácter y carisma. Sobre el papel, casi podríamos decir que su inspectora Marta Codes es la villana de la historia. No obstante, hemos de recordar que los seis primeros episodios son contados rompiendo la cuarta pared por César, un encantador de serpientes. Igual que sucede en los filmes de Scorsese, es sencillo para la audiencia caer en un síndrome de Estocolmo.

Mínguez no solamente ha destacado frente a la cámara, también es una escritora que incluso ha llevado a lo audiovisual algunos de sus trabajos (por ejemplo, La sombra de la tierra). De inmediato, sabe aportar su garra a una de las pocas personas en un engranaje complejo que quiere hacer verdaderamente lo correcto: detener a los delincuentes.

Si bien cuenta con algunos agentes de nivel (uno de ellos caracterizado por el siempre solvente Juanlu González, sin ir más lejos), su inteligencia no cuenta con las ventajas del bufete de César. En un reflejo de que se han aprendido bien las lecciones de Lezcano y Carretero, las dos temporadas confirman algunos sinsentidos y ralentizaciones de los operativos que terminan beneficiando a aquellas personas que realmente está lucrándose con el narcotráfico.

La dualidad lleva al máximo en las escenas que comparten Silva y Mínguez. En todo momento, es visible que César tiene en alto concepto las capacidades de su perseguidora. Incluso, desoyendo las máximas del cine de mafiosos, siempre intenta que sus victorias no conlleven la aniquilación de una gran oponente. Por el contrario, Marta se ha consagrado a acabar con un tumor difícil de extirpa: la red que “Los Tres Cerditos”, así bautizados por ella misma, han hecho para que los grandes capos campen a sus anchas. Y no puede hacerlo sola.

Elvira Mínguez en Marbella.

El acento de la justicia

Si sabes que podría usarse contra ti, debes convertirlo en una armadura. Natalia de Molina es una intérprete de origen giennense que ha sido perfectamente consciente de que su procedencia le da un tono de habla realmente singular. Lejos de ocultarlo o querer adquirir un tono más neutro, ha subrayado lo evidente, algo que ha hecho a la artista de Linares una marca reconocida. Con mucha gracia, se autoparodió a sí misma durante su estelar intervención en esa joyita que fue El fin de la comedia (2014-2017), broma a Geraldine Chaplin incluida.

Es decir, una actriz con tremendo desparpajo para colocarse en cualquier casilla del tablero. Nuevamente con unas directoras de casting amigas de barajar las cartas a lo grande, la segunda campaña de Marbella, a la que se le añadía la coletilla de expediente judicial, la destacaba a ella como coprotagonista (con el mismo metraje que la estrella Hugo Silva y pudiendo hablar su personaje rompiendo la cuarta pared como el letrado) y en el rol de una enérgica fiscal del distrito.

Sobre el papel, una selección cuestionable. ¿Ver a una de las adultas de Las niñas (2020) queriendo desactivar a la red de abogados que protegen a los dueños del narcotráfico? Esa duda razonable se desmonta con facilidad por la capacidad de Natalia de Molina para ser verosímil en cualquier situación, recordando que cualquier persona con un trabajo relevante, por importante que sea, tiene una faceta doméstica y privada como el resto. En base a su cotidianeidad, incluyendo reformas de piso, sabe meterse al público en el bolsillo y recordarnos que hay una línea que separa al bien del mal.

En un ejemplo del guion, la heroína no es perfecta. Tendrá sus contradicciones y pequeños pecados, pero eso únicamente redunda para subrayar sus otras virtudes.

Marbella

Marbella: la paradoja del valor

Supuso una de las bases del pensamiento del economista Adam Smith. Una simplificación al absurdo que exponía que las cosas no siempre podían suponer el mismo coste, desmontando de paso siglos de normas gremiales. De manera paralela, una ficción hábil puede llevarlos a otra aparente incongruencia: ver al villano con algún código moral y constatar que las fuerzas del orden no siempre siguen las reglas.

Como la propia fiscal admite, César todavía conserva algún rescoldo de ética. No es una persona particularmente violenta, ni siquiera cuando está arrinconada. Como Carlito Brigante en Atrapado por su pasado (1993), es capaz de arriesgarse a sufrir condena en lugar de delatar a sus cómplices. De hecho, si en lugar del personaje de Sean Penn hubiera tenido a César, el criminal en busca de redención de Al Pacino se habría salido con la suya y recibiendo una indemnización del estado por el camino.

De entre la legión de perseguidores, nadie es más implacable y astuta que la inspectora Marta Codes (Elvira Mínguez). En su juego del gato y el ratón, el defensor del diablo logra que sus contactos den una salida honorable a un rival que considera a su altura: un ascenso a Madrid que es una manera sutil de obligarla a abandonar sus indagaciones en Marbella. Nada de asesinatos o bombas debajo de su coche, simplemente desactivar a Marta con los propios resortes del sistema.

Unas contradicciones que la fiscal tiene en su propio hogar. Nieve de Medina y Paco Tus dan vida a sus progenitores, un matrimonio que funciona en base a vendas en los ojos: el segundo provee de todo al linaje con sus acuerdos bajo cuerda para construir a cambio de que no se pregunta de dónde viene el dinero o por sus infidelidades fuera de casa.

Marbella: Los Salado

Una cuestión que el argumento tuvo muy presente para Marbella: Expediente judicial era la necesidad de agitar un poco la coctelera en cuanto a los tipos de conflicto que se iban a generar. Ello era difícil a través de personajes consolidados como César o la inspectora Marta, los cuales están bien trazados y únicamente un giro demasiado violento de los acontecimientos les harían cambian en sus actuaciones. Por ello, el buque insignia de esa ruptura con lo anterior son los defendidos por el abogado del diablo: los Salado, un clan poderoso, aunque también disfuncional y lejos del autocontrol que pudimos apreciar en los actos más oscuros de Yassim.

Por motivos de cuadratura de agenda, el letrado comete el error de propiciar una breve interacción entre Álex y los miembros de un clan que combina sofisticada tecnología con las leyes del barrio. En concreto, el joven Rafita pronto encaja bien con la joven, en pleno proceso de separación de su madre con César, visitando cada integrante de la pareja el mundo del otro. Si bien insiste mucho a su retoña de los riesgos de involucrarse con ese tipo de gente, el hombre de leyes es máximo paradigma de la contradicción.

Con unas actuaciones realmente espontáneas y bien llevadas, el linaje narco autóctono está bien balanceado: Juan, el mayor, es quien mejor cabeza tiene para los negocios y el verdadero enlace con el bufete. Por desgracia para su causa, adolece de la fuerte personalidad de otros familiares, destacando Rocío, una auténtica presencia. Claudia Galán logra una metamorfosis de registro para este rol que será clave cuando el grupo cruce la línea y decida tomar represalias por la caída de Pedro, alguien con don de gentes para los subalternos, pero sin la materia gris de Juan.

marbella
Marbella.

Marbella: Aut Caesar auth nihil

En un estilo provocador que recuerda al añorado Ray Liotta, el personaje de Hugo Silva vuelve a desafiar a “los buenos” en su último parlamento televisivo (de momento, no importaría para nada que hubiera una tercera campaña). Y sería tentador quedarse con eso. Un mundo gris, regido por la cuenta corriente y en la que nadie es malo del todo porque forma parte de una gigantesca red de araña. Lo interesante de la ecuación, y donde se supera a la primera campaña, es que Natalia de Molina da la réplica con un toque propio de Ned Stark: al final, lo justo es justo. Incluso cuando pone en riesgo la integridad física de quien acomete la empresa.

Puede pasar desapercibido en un primer visionado de la secuela que Michael John Treanor, actor de imponente presencia, repita en Marbella como Sergei. En los compases iniciales, César logra con habilidad que vuelvan a detener de su defendido porque descubre que maltrata a las prostitutas a las que solicita servicios. Un pequeño detalle de cierta compasión por parte del protagonista. Sin embargo, es muy llamativo que recurra de nuevo a él para incordiar a su insistente fiscal. Lavándose las manos, arroja a Carmen hacia un peligro que ella sortea con entereza. Y no puede ser lo mismo una cara de la moneda que la otra.

Curiosamente, Treanor ya había sido un secundario de lujo en la infravalorada Nasdrovia (2020-2022), una especie de Promesas del este (2007) con acento madrileño y en plena pandemia. Allí ya estaba Hugo Silva, compartiendo foco con la espléndida Leonor Watling en un show que conectaba con ese noir que viene años gestándose en la ficción española.

Cierra el círculo Ana Wagener, quien ya robó corazones con su veterana maestra en La otra mirada (2018-2019), convertida en una jueza verdaderamente imparcial a diferencia de contrapartidas como su colega Ortega.