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‘Saint Maud’, de Rose Glass: el cuerpo, la fe y la insoportable necesidad de ser elegida

En su extraordinaria ópera prima, Rose Glass encierra a dos mujeres ante la proximidad de la muerte y convierte la fe religiosa en deseo, castigo y necesidad de trascendencia. Con una maravillosa Morfydd Clark al frente, Saint Maud demuestra que para construir una película de terror de culto basta a veces con una mujer convencida de que Dios le habla.

Hay algo profundamente inquietante en las personas que creen haber encontrado una respuesta para todo. Maud la ha encontrado. Dios existe, se comunica con ella y, además, le ha encomendado una misión. A partir de esas certezas, Rose Glass construye en Saint Maud una de las óperas primas más personales que ha dado el terror británico reciente: una película pequeña y asfixiante en la que la fe puede confundirse con el deseo, el sacrificio con el placer y la necesidad de salvar a alguien con el impulso de dominarlo.

Estrenada en 2019, aunque su distribución internacional quedó alterada por la pandemia, Saint Maud se sitúa en ese territorio del terror contemporáneo más interesado en perturbar que en asustar. Sin embargo, sería injusto reducirla a la etiqueta de “terror psicológico”. La película de Glass es, sobre todo, extraordinariamente física. Está obsesionada con el cuerpo que enferma y el cuerpo que desea, con el dolor voluntariamente infligido, con la respiración, los espasmos, la piel y la posibilidad de que aquello que llamamos revelación espiritual no sea más que otra experiencia corporal llevada hasta el límite.

Maud (Morfydd Clark) es una joven enfermera que comienza a trabajar como cuidadora de Amanda (Jennifer Ehle), una antigua bailarina enferma de cáncer que pasa sus últimos meses en una enorme casa de una localidad costera inglesa. Amanda bebe, fuma, recibe visitas y mantiene una relación con una mujer más joven. Sabe que va a morir y se enfrenta a esa certeza combinando el miedo con una actitud desafiante, a veces sarcástica. Maud contempla ese comportamiento desde el extremo contrario. Solitaria, rígida y recientemente convertida a una forma intensísima de cristianismo, pronto deja de considerar a Amanda simplemente una paciente. Está convencida de que Dios la ha puesto en su camino para que salve su alma.

La relación entre ambas será el corazón de una película que, bajo sus imágenes de horror religioso, habla de algo mucho más reconocible: la necesidad desesperada de que nuestra existencia signifique algo.

Póster de Saint Maud.
Póster de Saint Maud.

Saint Maud: habitar el cuerpo como campo de batalla

Amanda y Maud parecen inicialmente construidas como opuestos. La primera ha dedicado su vida al cuerpo. Ha sido bailarina, ha experimentado el deseo, mantiene relaciones sexuales, bebe y continúa buscando pequeños placeres mientras ese mismo cuerpo que le permitió vivir comienza a destruirla. Maud, por el contrario, parece desconfiar del suyo. Intenta disciplinarlo, castigarlo y, finalmente, trascenderlo.

La oposición, sin embargo, es engañosa, porque las dos mujeres están buscando algo parecido. Amanda se aferra a las sensaciones que todavía puede experimentar mientras Maud intenta alcanzar mediante la religión una intensidad semejante. De esa manera Rose Glass convierte el éxtasis religioso en una experiencia sorprendentemente carnal. Cuando Maud siente a Dios, su cuerpo se contrae y se arquea, su respiración cambia y la frontera entre revelación mística y orgasmo resulta deliberadamente difícil de establecer.

Glass no necesita verbalizar esa relación. La cámara se aproxima al rostro de Morfydd Clark y permanece junto a ella mientras la experiencia espiritual se manifiesta físicamente. El Dios de Maud no habita tanto en una iglesia como dentro de su propio cuerpo, precisamente el lugar del que ella parece empeñada en escapar.

Esta tensión atraviesa toda Saint Maud. El dolor tampoco supone para Maud únicamente una penitencia, sino una vía de acceso hacia algo superior. Introduce clavos en las plantillas de sus zapatos y camina sobre ellos como si cada punzada pudiera aproximarla un poco más a la pureza. Lo que desde fuera contemplamos como autolesión adquiere, dentro de su relato personal, el significado del sacrificio. Glass consigue que ambas percepciones convivan y ahí reside buena parte de la incomodidad de Saint Maud: sabemos que estamos viendo a una mujer hacerse daño y, al mismo tiempo, comprendemos que ella cree estar avanzando hacia la salvación.

Morfydd Clark es Maud en Saint Maud.
Morfydd Clark es Maud en Saint Maud.

Saint Maud: cuando cuidar significa controlar

El trabajo de Maud consiste en cuidar a Amanda, pero la película empieza a volverse verdaderamente perturbadora cuando esa tarea deja de ser suficiente. Maud no quiere acompañar a una mujer durante sus últimos meses de vida, sino decidir cómo debería vivirlos. Su preocupación por la salvación de Amanda va transformándose lentamente en una forma de apropiación.

La sexualidad de su paciente se convierte en un problema que debe corregirse y sus relaciones comienzan a ser interpretadas como obstáculos para la misión que Dios le ha encomendado. Incluso ante la muerte, Amanda descubre que alguien pretende explicarle qué debería hacer con su cuerpo y con su alma.

Aquí aparece una de las lecturas feministas más interesantes de la película. Durante siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido un territorio sobre el que instituciones religiosas, médicas, políticas y sociales han pretendido ejercer algún tipo de autoridad. Glass introduce una variación particularmente incómoda porque no coloca a un hombre ejerciendo ese poder sobre Amanda, sino a otra mujer convencida de estar actuando por su bien.

El mecanismo resulta reconocible precisamente porque Maud nunca piensa que esté haciendo daño. Cree estar cuidando. Está convencida de que conoce una verdad que Amanda todavía no comprende y esa certeza le permite ignorar progresivamente la voluntad de la persona que tiene delante. La salvación termina convirtiéndose así en una forma extrema de paternalismo ejercido entre mujeres.

Saint Maud plantea de esta manera una pregunta que rebasa ampliamente el terreno religioso: ¿en qué momento cuidar a alguien deja de consistir en respetar sus decisiones y comienza a significar imponerle las nuestras? Maud quiere salvar a Amanda, pero solo puede hacerlo convirtiéndola en aquello que ella considera que debería ser.

Morfydd Clark es Maud en Saint Maud.
Saint Maud.

Antes de Maud estaba Katie

Rose Glass podría haber convertido a su protagonista en una fanática religiosa convencional, pero toma una decisión mucho más interesante. Poco a poco descubrimos que Maud no siempre fue Maud. Antes se llamaba Katie y trabajaba como enfermera en un hospital, donde ocurrió un episodio traumático relacionado con la muerte de un paciente. La película administra ese pasado mediante imágenes breves y recuerdos que nunca terminan de organizarse en una explicación tranquilizadora.

La nueva identidad religiosa puede entenderse entonces como una reconstrucción. Maud no solo ha encontrado a Dios, sino que se ha inventado a sí misma después de algo que parece incapaz de soportar. La fe introduce orden allí donde había culpa, vergüenza y caos, pero también le proporciona algo quizá todavía más importante: un propósito.

Si Dios habla directamente contigo, tu existencia deja de ser insignificante.

Esa necesidad convierte la soledad en uno de los elementos más dolorosos de la película. Maud vive en una habitación diminuta, camina entre personas con las que apenas sabe relacionarse y parece observar la vida desde fuera. Cuando intenta regresar durante una noche al mundo anterior a su conversión, la experiencia resulta desoladora. No sabe conversar, no sabe seducir, no sabe integrarse y tampoco encuentra en los demás la conexión que busca. Glass muestra entonces la vulnerabilidad que se ocultaba detrás de la aparente superioridad moral del personaje.

Su misión divina empieza a parecer menos una demostración de arrogancia que una defensa frente a una posibilidad terrible: que nadie la necesite. Amanda no es únicamente el alma que Maud debe salvar, es la prueba de que Maud tiene una razón para existir.

Jennifer Ehle es Amanda en Saint Maud.
Jennifer Ehle es Amanda en Saint Maud.

Saint Maud: deseo, represión y una intimidad imposible

La relación entre Maud y Amanda posee además una corriente de deseo que Glass mantiene deliberadamente en una zona ambigua. La fascinación de Maud por su paciente excede pronto los límites profesionales. Observa su cuerpo, escucha sus historias y se siente atraída por la vida que representa, al mismo tiempo que condena buena parte de aquello que la hace atractiva.

Amanda también participa inicialmente en ese juego. Le divierte la solemnidad de su cuidadora y parece fascinada por su fe. Hay momentos en los que ambas consiguen establecer una intimidad inesperada, como si durante unos minutos cada una pudiera ofrecer a la otra aquello que le falta. Amanda encuentra alguien dispuesto a escuchar su miedo ante la muerte y Maud descubre a una persona que parece tomarse en serio su mundo interior.

El problema es que Maud no sabe habitar esa intimidad sin transformarla en una misión.

La religión proporciona entonces un vocabulario con el que reinterpretar emociones difíciles de admitir. El deseo puede convertirse en voluntad de salvación, la excitación puede experimentarse como éxtasis y la necesidad de ser querida puede adoptar la forma mucho más grandiosa de una comunicación directa con Dios. Glass evita establecer una equivalencia simplista entre represión sexual y fanatismo religioso, pero sí utiliza las semejanzas físicas entre deseo y experiencia mística para mantener abierta esa lectura.

Amanda y Maud buscan, cada una a su manera, escapar de los límites del cuerpo. Una mediante aquello que todavía puede sentir y la otra mediante la promesa de trascenderlo.

Saint Maud.
Saint Maud.

Una película encerrada dentro de la cabeza de Maud

Una de las grandes decisiones formales de Saint Maud consiste en no observar a su protagonista desde una cómoda distancia racional. Rose Glass introduce al espectador en su percepción hasta hacer que lo imposible resulte momentáneamente plausible. Las luces cambian, los cuerpos parecen elevarse, las voces aparecen donde no deberían y determinadas experiencias adquieren una cualidad genuinamente sobrenatural.

La pregunta acerca de si Dios está realmente hablando con Maud importa menos de lo que podría parecer. Lo esencial es que para ella está ocurriendo.

Morfydd Clark sostiene esa ambigüedad con una interpretación extraordinaria. Maud puede parecer aterradora y frágil dentro de una misma secuencia, pero también arrogante, infantil, divertida o profundamente triste. Clark evita convertirla en una caricatura de la locura religiosa y consigue que entendamos emocionalmente a una mujer cuyas decisiones resultan cada vez más incomprensibles.

Jennifer Ehle construye un contrapunto magnífico. Amanda es sensual, irónica y aparentemente mucho más segura de sí misma, pero la proximidad de la muerte también ha abierto bajo sus pies un abismo. Su libertad no elimina su miedo. Por eso el enfrentamiento entre las dos funciona tan bien: ninguna posee realmente aquello que la otra está buscando.

Glass encierra gran parte de la película entre la casa decadente de Amanda y la pequeña habitación de Maud, mientras la localidad costera que las rodea aparece como un espacio extraño, lleno de luces de neón, salones recreativos y diversiones nocturnas. Hay algo miserable y a la vez hipnótico en ese paisaje, como si el mundo exterior continuara celebrando una fiesta de la que Maud ha quedado definitivamente excluida.

Un segundo capaz de destruir Saint Maud

EXPOILER: A partir de este punto se desvela el final de Saint Maud.

La extraordinaria secuencia final revela hasta qué punto Rose Glass ha conseguido encerrarnos dentro de la percepción de su protagonista. Después de regresar a casa de Amanda y asesinarla, convencida de enfrentarse a una presencia demoníaca, Maud llega a la playa segura de haber completado la misión para la que había sido elegida.

Ante los bañistas, se rocía con un líquido inflamable y se prende fuego.

Durante unos instantes contemplamos lo que ella contempla. Maud parece transformarse en una figura sagrada envuelta en luz mientras las personas que la rodean se arrodillan ante ella. Todo aquello que ha deseado durante la película parece confirmarse finalmente. El sufrimiento tenía un propósito, Dios la había elegido y el sacrificio culmina en trascendencia.

Entonces Rose Glass necesita apenas una fracción de segundo para destruirlo.

La película abandona por primera vez esa percepción gloriosa y muestra un cuerpo humano ardiendo en una playa. Maud grita de dolor.

La brutalidad del corte procede precisamente de su brevedad. No existe tiempo para elaborar otra interpretación ni para encontrar belleza en la imagen. Durante toda la película hemos contemplado el mundo a través de una conciencia capaz de transformar el sufrimiento en revelación. Durante ese último instante lo contemplamos desde fuera.

No hay ningún milagro.

¿Qué queda en Sangre en los labios de Saint Maud?

Vista desde Sangre en los labios (Love Lies Bleeding, 2024), la segunda película de Rose Glass, Saint Maud parece contener ya muchas de las obsesiones que la directora llevaría después hacia un territorio mucho más expansivo y visceral. Ya hice una comprataiva entre ambas películas en mi crítica de Sangre en los labios, pero ahora la enfocaré más al mundo de Saint Maud.

En ambas, el cuerpo femenino es simultáneamente fuente de deseo, poder, transformación y violencia, aunque Glass trabaje en direcciones casi opuestas: Maud intenta someter y trascender el suyo mediante la fe y el castigo, mientras Jackie, la culturista interpretada por Katy O’Brian, busca hacerlo más grande y poderoso hasta convertirlo prácticamente en una fantasía.

También cambia la escala del deseo. En Saint Maud permanece reprimido, confundido con el éxtasis religioso y encerrado en habitaciones asfixiantes; en Sangre en los labios, el deseo entre Jackie y Lou (Kristen Stewart) es explícito, sudoroso y desbordante.

Las dos películas terminan incluso permitiendo que la subjetividad de sus protagonistas deforme físicamente la realidad. Lo que en la primera conduce a la destrucción de una mujer que necesita escapar de su propio cuerpo, en la segunda se convierte en una celebración monstruosa y liberadora de su capacidad para transformarlo.

Vistas juntas, las dos películas revelan hasta qué punto el cine de Glass parece fascinado por una misma pregunta: qué ocurre cuando aquello que una mujer desea deja de caber dentro de su propio cuerpo.

Sangre en los labios, de Rose Glass.
Sangre en los labios, de Rose Glass.

Saint Maud: El terror de no haber sido elegida

Interpretar Saint Maud únicamente como un ataque contra la religión empobrecería una película mucho más triste y compleja. Glass parece menos interesada en ridiculizar la fe que en explorar nuestra necesidad de construir relatos capaces de hacer soportable la existencia. Maud necesita creer que su sufrimiento significa algo, que la culpa puede convertirse en misión y que la soledad no es realmente soledad porque existe una presencia superior observándola.

La tragedia consiste en que esa explicación termina devorándola.

Rose Glass consigue así que el terror de Saint Maud permanezca mucho después de su estremecedor último plano. No porque exista la posibilidad de que Dios esté hablándonos, sino porque conocemos la necesidad humana de que alguien lo haga. La necesidad de sentir que nuestras pérdidas obedecen a algún propósito, que el dolor conduce a alguna parte y que nuestra vida forma parte de una historia más grande que nosotros mismos.

Maud no soporta la idea de ser una mujer sola en una habitación que cometió un error terrible y necesita continuar viviendo después de él. Necesita ser una santa, una elegida, alguien a quien Dios haya reservado una misión excepcional.

Y quizá ahí se encuentre la imagen verdaderamente aterradora que deja Saint Maud: no la de una mujer hablando con Dios, sino la de una mujer que necesita desesperadamente que Dios le responda.