Erin Brockovich ha vuelto para recordarnos que internet también bebe agua
Durante años imaginamos Internet como un territorio casi inmaterial. Pero la inteligencia artificial necesita enormes extensiones de terreno, electricidad, agua y centros de datos que empiezan a transformar las comunidades donde se instalan. Erin Brockovich, la mujer que obligó a Estados Unidos a mirar el agua contaminada de Hinkley, ha decidido ahora mirar debajo de la nube.
Hay una escena de Erin Brockovich que explica bastante bien por qué seguimos recordando a su protagonista más de veinticinco años después del estreno de la película. Erin se reúne con los abogados que representan a la empresa contra la que lleva meses peleando. Ellos tienen títulos, despachos, dinero y una montaña de documentación. Ella conoce a las personas. Sabe quién está enfermo, recuerda sus teléfonos, conoce los nombres de sus hijos y sabe qué les ocurrió. Cuando uno de los abogados le pregunta por un número de teléfono como quien pretende ponerla a prueba, Brockovich lo recita de memoria.
La escena funciona porque la cuestión que está en juego no es realmente la memoria de Erin, sino su legitimidad. Una mujer sin formación jurídica está sentada frente a quienes supuestamente poseen el conocimiento y, para desconcierto de todos, resulta que sabe cosas que ellos ignoran.
Tres décadas después de Hinkley, Brockovich vuelve a hacerse una pregunta parecida ante una industria construida, precisamente, alrededor del conocimiento. Su nuevo objetivo son los gigantescos centros de datos que están extendiéndose por Estados Unidos para sostener el crecimiento de la inteligencia artificial.
No ha emprendido una cruzada contra los algoritmos ni pretende detener el desarrollo de la IA. Lo que le interesa sucede bastante antes de que escribamos una pregunta en una pantalla. Le interesan los terrenos sobre los que se construyen esas instalaciones, la electricidad que necesitan, el agua utilizada para refrigerarlas, el ruido que pueden generar y las comunidades que descubren que uno de esos enormes complejos va a convertirse en su nuevo vecino.
En abril de 2026 puso en marcha Brockovich AI Data Center Reporting, una iniciativa que permite a los ciudadanos comunicar la existencia de centros de datos proyectados, en construcción o ya operativos y explicar qué está sucediendo en sus comunidades. Durante el primer mes recibió cerca de 4.000 comunicaciones procedentes de prácticamente todo Estados Unidos. Entre las preocupaciones aparecen el consumo de agua y electricidad, el ruido, la pérdida de terrenos y el posible incremento de las facturas, aunque una cuestión se repite por encima de las demás: muchos ciudadanos sienten que nadie les ha explicado qué se está construyendo junto a sus casas.
Para Brockovich, el problema comienza ahí. No sostiene que todos los centros de datos sean perjudiciales ni que deban paralizarse, sino que una infraestructura capaz de transformar un territorio no debería llegar a él envuelta en acuerdos de confidencialidad, decisiones administrativas poco conocidas y proyectos que los vecinos descubren cuando buena parte del proceso ya está en marcha.
La nube nunca fue una nube
Durante años hemos utilizado un vocabulario tecnológico extraordinariamente eficaz para olvidar que Internet necesita materia. Guardamos fotografías “en la nube”, navegamos por espacios “virtuales”, consumimos productos “digitales” y ahora conversamos con inteligencias que parecen existir en algún lugar indeterminado al otro lado de la pantalla. Las palabras han conseguido hacer desaparecer los edificios.
La nube, por supuesto, nunca estuvo en el cielo. Detrás de cada búsqueda, vídeo, fotografía almacenada o conversación con un modelo de inteligencia artificial existen servidores instalados en centros de datos que ocupan terreno y necesitan energía y refrigeración. Lo que ha cambiado con la expansión de la IA es la escala de esa infraestructura y la velocidad con la que se está construyendo.
Algunos grandes centros de datos estadounidenses pueden consumir millones de litros de agua al día, dependiendo de su tamaño, tecnología y sistema de refrigeración. El crecimiento acelerado de estas instalaciones ha llevado la discusión tecnológica a un territorio que hace apenas unos años parecía ajeno a ella. Ya no se trata únicamente de privacidad, automatización, derechos de autor o puestos de trabajo. También hay que hablar de acuíferos, redes eléctricas, suelo y planificación urbana.
La inteligencia artificial, quizá la tecnología que mejor representa nuestra fantasía contemporánea de lo inmaterial, está obligándonos a recordar que Internet siempre tuvo un cuerpo. Brockovich se ha limitado a señalar dónde está.
Erin Brockovich: una mujer que no debía saber tanto
Cuando Steven Soderbergh estrenó Erin Brockovich en el año 2000, Hollywood encontró una forma extraordinariamente eficaz de convertir una historia de contaminación industrial en una película protagonizada por Julia Roberts. También convirtió a Brockovich en un personaje inmediatamente reconocible. Las minifaldas, los escotes, los tacones, su forma de hablar, sus tres hijos, sus divorcios y su falta de formación universitaria construían la imagen de una mujer que parecía haberse equivocado de habitación.
La película utiliza ese prejuicio continuamente. Los demás creen saber quién es Erin antes incluso de escucharla. Su aspecto funciona como una forma de desacreditación anticipada hasta que descubren que ha leído los documentos, ha recorrido las casas de Hinkley y conoce el caso mejor que muchos de los profesionales que la observan por encima del hombro.
La verdadera Brockovich trabajaba como empleada jurídica cuando comenzó a investigar por qué Pacific Gas & Electric estaba comprando propiedades en aquella pequeña localidad del desierto de Mojave. La investigación sobre la contaminación de las aguas subterráneas con cromo hexavalente terminaría desembocando en 1996 en un acuerdo de 333 millones de dólares para los afectados.

Brockovich no era abogada, científica ni ingeniera ambiental. Su aportación comenzó con algo bastante menos espectacular: escuchó a la gente que vivía allí y prestó atención a lo que otros consideraban hechos aislados.
Ese aspecto de su historia resulta hoy más interesante que la imagen pop de Julia Roberts caminando entre archivadores. Buena parte de nuestra relación con la tecnología contemporánea se basa precisamente en hacer lo contrario. Hemos aprendido a delegar la comprensión.
Utilizamos herramientas cuyo funcionamiento desconocemos, aceptamos condiciones que no leemos y almacenamos nuestra vida en infraestructuras que nunca vemos. La complejidad técnica produce además una forma particular de confianza: si algo es demasiado complicado para que podamos entenderlo, suponemos que alguien capacitado habrá comprobado que funciona como debería.
Brockovich lleva treinta años interesándose por lo que ocurre cuando ese supuesto deja de cumplirse.
Cuando el futuro llega al pueblo
El mapa creado por Brockovich permite observar algo que rara vez aparece en las presentaciones sobre inteligencia artificial. Al desplazar la mirada desde Silicon Valley hacia los lugares donde se construyen sus infraestructuras, el futuro adquiere una apariencia sorprendentemente convencional. Hay obras, excavadoras, líneas eléctricas, generadores, sistemas de refrigeración y enormes extensiones de terreno. Y lo más importante: también hay vecinos.
En distintas comunidades estadounidenses han surgido conflictos relacionados con el ruido, el consumo energético, la disponibilidad de agua o la pérdida de suelo agrícola. No todas las instalaciones presentan los mismos problemas ni todas las protestas tienen necesariamente razón en sus sospechas, pero el fenómeno permite formular una pregunta que va más allá de la inteligencia artificial: qué participación deben tener los vecinos de un territorio cuando una infraestructura de gran escala puede modificarlo.
La propia Brockovich ha explicado que lo que más le sorprendió al comenzar a recibir testimonios no fue encontrar una única catástrofe ambiental que se repitiera por todo el país. Fue descubrir la frecuencia con la que aparecía la misma sensación de exclusión. Vecinos que aseguraban desconocer proyectos ya avanzados, autoridades locales sometidas a acuerdos de confidencialidad y desarrolladores que apenas proporcionaban información alimentaban una impresión común: las decisiones importantes se habían tomado antes de que quienes vivirían junto a esas instalaciones pudieran participar en la conversación.
La cuestión resulta especialmente significativa porque hablamos de una industria que ha convertido los datos en su materia prima. Mientras las empresas tecnológicas acumulan cantidades de información sin precedentes, algunas de las comunidades que albergarán su infraestructura reclaman algo mucho más elemental: información sobre lo que ocurrirá al otro lado de su calle.
Hinkley también era un lugar pequeño
La conexión entre la Erin Brockovich de los años noventa y la de 2026 no está únicamente en el agua ni en las grandes corporaciones. Está también en la periferia.
Hinkley no era un centro de poder, sino una pequeña comunidad del desierto californiano. Sus habitantes no podían producir estudios propios ni contratar grandes equipos jurídicos. Lo que podían hacer era observar su entorno, comparar experiencias y explicar qué estaba sucediendo en sus casas.
El nuevo proyecto de Brockovich recupera esa misma lógica. Su mapa no pretende convertir los testimonios ciudadanos en pruebas científicas y la propia organización advierte de que la información enviada por terceros debe ser verificada. Su utilidad está en otro lugar: permite detectar patrones y formular preguntas que después tendrán que investigarse.
Esa distinción importa. Escuchar a una comunidad no significa aceptar cualquier sospecha como un hecho demostrado, pero tampoco asumir que el conocimiento solo puede circular desde los expertos hacia los ciudadanos. Quien vive durante décadas en un lugar posee información sobre ese lugar, aunque necesite después de científicos, técnicos o administraciones para averiguar qué significa aquello que está observando.
Brockovich construyó buena parte de su carrera precisamente en ese espacio incómodo que existe entre darse cuenta de que algo ocurre y conseguir que quienes tienen capacidad para investigarlo acepten que merece la pena hacerlo.
Erin Brockovich: el problema de no ver
Las grandes industrias del siglo XX nunca pudieron ocultar completamente su presencia. Una mina transforma un paisaje, una refinería parece una refinería y una chimenea expulsando humo deja poco espacio para imaginar que la actividad industrial sucede en un mundo distinto al nuestro.
La industria digital ha disfrutado de una ventaja cultural enorme: casi toda su infraestructura permanece fuera de nuestra experiencia cotidiana.
Escribimos una frase y recibimos una respuesta. Generamos una imagen, traducimos un texto o resumimos un documento y el resultado aparece en segundos. Entre nuestra orden y aquello que recibimos no vemos prácticamente nada. Esa invisibilidad ha terminado formando parte de nuestra idea de lo digital. Hemos confundido no ver la infraestructura con que la infraestructura no exista.
La expansión de la inteligencia artificial está empezando a romper esa ilusión porque su crecimiento exige construir cada vez más mundo físico. El algoritmo podrá ser invisible, pero el edificio que lo ejecuta no lo es. Tampoco lo son la subestación eléctrica que lo alimenta, las tuberías que lo refrigeran o las hectáreas sobre las que se levanta.
Quizá por eso Erin Brockovich encaja de una manera casi perfecta en esta historia. Mientras buena parte de la conversación sobre IA mira hacia un futuro poblado de agentes autónomos, inteligencias superiores y máquinas capaces de hacer cosas que todavía no imaginamos, ella dirige la vista en la dirección contraria y pregunta qué está ocurriendo ahora mismo con el terreno que tenemos bajo los pies.
Después de Julia Roberts
Hollywood convirtió a Erin Brockovich en una heroína perfecta. Una mujer sin las credenciales adecuadas se enfrentó a una gran corporación, Julia Roberts ganó el Oscar y millones de espectadores conocieron una historia en la que David conseguía derrotar a Goliat.
Hay algo tranquilizador en esa clase de relatos. Podemos admirar a una mujer excepcional sin preguntarnos demasiado por qué hizo falta que apareciera una mujer excepcional.
La historia de Hinkley resulta más incómoda cuando se observa desde ahí. El interrogante deja de ser cómo consiguió Brockovich saber tanto sin poseer un título universitario y pasa a ser por qué quienes poseían los conocimientos, los recursos y la autoridad tardaron tanto en escuchar a quienes vivían allí.
La pregunta vuelve a tener sentido ante una industria que produce una nueva forma de autoridad. Pocas tecnologías han llegado acompañadas de tantos expertos explicándonos simultáneamente que transformarán nuestra vida y que son demasiado complejas para que la mayoría podamos comprenderlas. Brockovich introduce una objeción sencilla a ese razonamiento: no hace falta saber entrenar un modelo de lenguaje para querer conocer qué efectos tendrá el edificio que lo mantiene funcionando.
Dentro de unos años, los centros de datos que hoy estamos construyendo pueden parecer rudimentarios. Nuevos sistemas de refrigeración, fuentes energéticas distintas o tecnologías más eficientes podrían reducir algunos de sus impactos. También es posible que parte de las preocupaciones actuales terminen resultando exageradas y que otras se hayan quedado cortas. Esa incertidumbre no invalida las preguntas; es precisamente lo que hace necesario formularlas antes de conocer las respuestas.
Porque el asunto que Erin Brockovich ha vuelto a colocar sobre la mesa no trata en realidad de estar a favor o en contra de la inteligencia artificial. Trata de algo mucho más antiguo: quién decide qué entendemos por progreso, quién conoce sus costes antes de que llegue y cuánto derecho tenemos los demás a preguntar por ellos.
Durante años llamamos nube a la infraestructura que sostenía nuestra vida digital y conseguimos olvidar que estaba en alguna parte. La inteligencia artificial está haciendo cada vez más difícil mantener esa fantasía. Debajo de cada algoritmo sigue habiendo un mundo físico y, tarde o temprano, alguien tiene que vivir al lado.
