‘El conflicto no es abuso’: Sarah Schulman contra la cultura del castigo y la victimización
¿Todo lo que nos hace daño constituye una forma de abuso? ¿Podemos confundir el sufrimiento con la violencia? En El conflicto no es abuso, la escritora y activista feminista Sarah Schulman cuestiona nuestra relación con el daño, las dinámicas de poder y la justicia punitiva. Un ensayo que nos invita a revisar nuestras certezas y a recuperar la responsabilidad colectiva y la reparación frente al castigo.
Nos hemos acostumbrado a interpretar muchas de nuestras relaciones en términos de víctimas y agresores. Una discusión de pareja puede terminar convertida en una acusación de maltrato, un desencuentro entre amistades puede desembocar en la exclusión de una de las partes y una diferencia de opinión puede adquirir dimensiones desproporcionadas cuando interviene el grupo. Pero ¿qué ocurre cuando confundimos un conflicto con una situación de abuso? ¿Y qué consecuencias tiene esa confusión para nuestras relaciones y comunidades?
Estas son algunas de las preguntas que plantea Sarah Schulman en El conflicto no es abuso. La exageración del daño, la responsabilidad de la comunidad y el deber de reparación, publicado originalmente en 2016 y editado en castellano por Capitán Swing en 2026, con traducción de Nicolás Cuello y Diego del Valle Ríos y prólogo de Laura Macaya Andrés.
Schulman, escritora, periodista, historiadora del sida y activista por los derechos LGTBIQ+, lleva décadas vinculada a los movimientos feministas, antirracistas y de liberación sexual. Su experiencia en organizaciones como ACT UP, que desempeñó un papel fundamental en la lucha contra la crisis del sida, atraviesa un ensayo que se mueve entre las relaciones íntimas, la violencia institucional y los conflictos internacionales.
Su tesis es tan provocadora como pertinente: vivimos en una cultura que responde de manera insuficiente al abuso real y, al mismo tiempo, reacciona de forma exagerada ante determinados conflictos cotidianos. Para la autora, esta contradicción favorece la exclusión, el castigo y la renuncia a asumir responsabilidades, en lugar de promover soluciones que permitan transformar las relaciones.

El conflicto no es abuso: el sufrimiento no siempre significa abuso
Uno de los argumentos centrales de Schulman es que experimentar dolor no demuestra, por sí mismo, que otra persona haya ejercido violencia sobre nosotras. Podemos sentirnos rechazadas, incomprendidas, traicionadas o heridas sin que necesariamente exista una conducta abusiva detrás de esas emociones.
La autora analiza cómo determinadas experiencias anteriores pueden condicionar nuestra interpretación del presente. Una persona que ha sufrido una relación violenta puede experimentar temor ante situaciones que le recuerdan aquella experiencia, aunque las circunstancias actuales sean diferentes. El sufrimiento es real, pero la percepción de amenaza no siempre se corresponde con un peligro existente.
Esto no significa que debamos desconfiar sistemáticamente de quienes denuncian haber sufrido violencia. Schulman propone algo bastante más complejo: aprender a distinguir entre las emociones que experimentamos y las acciones concretas que las provocan, prestando atención al contexto y a las relaciones de poder.
En el primer capítulo, dedicado a las relaciones afectivas, la autora reflexiona sobre el deseo, el rechazo y los malentendidos sentimentales. A partir de experiencias personales, cuestiona que determinadas expresiones de atracción puedan interpretarse automáticamente como acoso y recuerda cómo el deseo homosexual ha sido históricamente criminalizado o utilizado para justificar la persecución.
Su planteamiento resulta especialmente interesante cuando introduce la dimensión política del deseo. Durante mucho tiempo, las personas LGTBIQ+ han sido consideradas peligrosas por manifestar sentimientos que la sociedad heterosexual interpretaba como amenazas. Para Schulman, esta historia demuestra que la percepción de una agresión puede estar profundamente condicionada por los prejuicios de quienes ostentan el poder.
Sin embargo, también conviene reconocer los límites de esta reflexión. No todas las situaciones de incomodidad constituyen abuso, pero tampoco todas las conductas aparentemente cotidianas son inocentes. El acoso, el control coercitivo o la intimidación pueden manifestarse de formas sutiles, y distinguirlos de un conflicto requiere atender a las circunstancias concretas, no únicamente a las intenciones declaradas.
El conflicto no es abuso: cuando una discusión termina convirtiéndose en una guerra
Schulman dedica buena parte del ensayo a analizar cómo los conflictos pueden intensificarse hasta convertirse en enfrentamientos mucho más graves que su origen. La autora denomina escalada del conflicto a este proceso, en el que una diferencia o un desacuerdo se interpreta como una amenaza que exige una respuesta cada vez más contundente.
Uno de los ejemplos que utiliza procede de la comunicación digital. Los correos electrónicos y los mensajes de texto pueden favorecer malentendidos cuando las personas interpretan las palabras ajenas sin disponer del tono, los gestos o las aclaraciones que proporciona una conversación. Un mensaje ambiguo puede convertirse en una ofensa, y una reacción defensiva puede provocar otra todavía más intensa.
La autora considera especialmente perjudicial que, ante estas situaciones, algunas personas opten por interrumpir completamente la comunicación sin ofrecer posibilidades de aclaración. Este comportamiento, conocido como shunning, consiste en excluir o ignorar deliberadamente a alguien, impidiendo que participe en la conversación sobre un conflicto que también le afecta.
Schulman no habla simplemente de terminar una relación, una decisión que puede ser perfectamente legítima, sino de convertir la exclusión en una forma de castigo. El problema se agrava cuando otras personas participan en esa dinámica, respaldando una interpretación unilateral de los hechos y rechazando cualquier información que pueda cuestionarla.
Este fenómeno resulta reconocible en determinadas dinámicas de las redes sociales, donde los enfrentamientos pueden adquirir una dimensión pública y las personas implicadas quedan rápidamente clasificadas como víctimas o culpables. Aunque el libro se publicó antes de algunos de los debates más recientes sobre la cultura de la cancelación, sus argumentos permiten reflexionar sobre la facilidad con la que una comunidad puede organizarse alrededor del rechazo compartido.
La cuestión no consiste en negar la necesidad de señalar comportamientos perjudiciales, sino en preguntarnos si todas nuestras respuestas contribuyen a resolver los problemas o si, en determinadas circunstancias, terminamos reproduciendo las mismas dinámicas de hostilidad que pretendemos combatir.
El conflicto no es abuso: ¿Acompañar significa dar siempre la razón?
Una de las aportaciones más relevantes de El conflicto no es abuso es su cuestionamiento de la manera en que entendemos la solidaridad. Para Schulman, una amistad o una comunidad no demuestra necesariamente su compromiso respaldando todas las afirmaciones de sus integrantes, especialmente cuando existe un conflicto con otras personas.
La autora observa que muchos grupos construyen su cohesión mediante la identificación de un enemigo común. En lugar de escuchar diferentes perspectivas, sus miembros se sienten obligados a elegir un bando y a demostrar su lealtad participando en la exclusión de quienes han sido señalados.
Esta dinámica puede aparecer en familias, círculos de amistades, organizaciones políticas e incluso espacios activistas que se presentan como defensores de la justicia social. Schulman advierte de que las comunidades progresistas tampoco están libres de reproducir comportamientos autoritarios, especialmente cuando confunden el compromiso colectivo con la obediencia.
Su propuesta consiste en recuperar la responsabilidad de quienes presencian un conflicto. Las personas que forman parte de una comunidad pueden contribuir a reducir la tensión, cuestionar interpretaciones precipitadas y facilitar conversaciones que permitan reconocer responsabilidades. La alternativa es permanecer como espectadoras o participar en una escalada que puede acabar perjudicando a todas las personas implicadas.
Esta reflexión resulta particularmente significativa para los movimientos feministas, que históricamente han reivindicado la importancia de las redes de apoyo y los cuidados colectivos. La cuestión que introduce Schulman es si esos cuidados deben limitarse a respaldar emocionalmente a alguien o si también incluyen la capacidad de ayudarle a reconocer sus errores.
Desde esta perspectiva, acompañar no siempre significa dar la razón, del mismo modo que discrepar no equivale necesariamente a abandonar a una persona. La solidaridad puede exigir conversaciones difíciles, especialmente cuando queremos construir relaciones basadas en la igualdad y la responsabilidad compartida.
El conflicto no es abuso: feminismo, violencia machista y los límites del castigo
Una de las partes más controvertidas del ensayo es la crítica de Schulman a la creciente dependencia del sistema policial y judicial para gestionar conflictos que anteriormente podían abordarse mediante mecanismos comunitarios.
La autora recuerda que los movimientos feministas desempeñaron un papel decisivo en el reconocimiento de la violencia doméstica y sexual como problemas públicos. Durante décadas, las agresiones dentro del matrimonio fueron toleradas socialmente, y las mujeres encontraron enormes obstáculos para denunciar a sus agresores y obtener protección.
Este cambio supuso una conquista fundamental, pero Schulman considera que también abrió un debate que sigue pendiente: hasta qué punto las instituciones punitivas son capaces de ofrecer respuestas verdaderamente transformadoras frente a la violencia.
Su análisis parte de una tradición feminista crítica con el sistema penal, especialmente atenta a las consecuencias que la intervención policial puede tener sobre las mujeres racializadas, las personas migrantes y las comunidades empobrecidas. La autora cuestiona que recurrir al castigo institucional constituya siempre la respuesta más adecuada, sobre todo cuando existen alternativas capaces de detener el daño y promover responsabilidades.
Aquí aparece una tensión que merece especial atención. La crítica al punitivismo no debería hacernos olvidar que muchas mujeres continúan necesitando la protección de las instituciones frente a situaciones de violencia machista. De hecho, en Las Furias Magazine hemos abordado los fallos institucionales en la protección de las víctimas de violencia vicaria, una realidad que demuestra hasta qué punto la falta de intervención puede tener consecuencias devastadoras.
Por eso, las propuestas de Schulman requieren una lectura que no confunda la reparación con la impunidad. La justicia restaurativa y transformativa puede ofrecer herramientas valiosas, pero su aplicación exige condiciones de seguridad, voluntariedad y reconocimiento del daño que no siempre están presentes en las relaciones abusivas.
La posibilidad de reparar tampoco puede convertirse en una obligación para las víctimas. Hay situaciones en las que mantener la distancia, acudir a las instituciones o interrumpir definitivamente una relación constituye una decisión necesaria de protección.
Lo interesante del ensayo es que nos obliga a pensar más allá de la oposición entre castigar y no hacer nada. Schulman reivindica una tercera posibilidad: desarrollar respuestas colectivas que permitan detener las conductas dañinas, exigir responsabilidades y, cuando sea posible, transformar las condiciones que las han hecho posibles.
El conflicto no es abuso: la criminalización del VIH y la construcción del enemigo
La trayectoria de Sarah Schulman como activista contra el sida adquiere especial protagonismo en el capítulo dedicado a la criminalización del VIH en Canadá.
La autora analiza cómo determinadas políticas y respuestas judiciales contribuyeron a presentar a las personas seropositivas como amenazas para la sociedad, incluso en situaciones donde el riesgo de transmisión era inexistente o muy reducido. Su crítica se dirige a un sistema que, según argumenta, utilizó el miedo y el estigma para justificar medidas punitivas desproporcionadas.
Schulman examina el modo en que las desigualdades raciales, económicas y sexuales influyeron en estos procesos. Las personas con VIH no fueron tratadas únicamente como ciudadanas con derechos y responsabilidades, sino también como sujetos sospechosos cuya condición médica podía convertirse en un instrumento de criminalización.
El capítulo conecta directamente con su experiencia durante los primeros años de la epidemia del sida, cuando los movimientos de activistas tuvieron que enfrentarse a la indiferencia institucional, la discriminación y la ausencia de políticas sanitarias adecuadas.
La autora recuerda que muchos de los avances conseguidos no surgieron de la buena voluntad de las instituciones, sino de la organización colectiva de personas que se negaron a aceptar su exclusión. Las acciones de ACT UP y otros movimientos consiguieron transformar la percepción social del VIH y exigir respuestas políticas ante una crisis que durante años había sido ignorada.
Este recorrido permite comprender una de las ideas fundamentales del ensayo: las personas que se resisten a una situación injusta pueden ser presentadas como agresoras por quienes ejercen el poder. Cuando eso sucede, la resistencia deja de interpretarse como una reivindicación legítima y pasa a utilizarse como justificación para intensificar el castigo.
El conflicto no es abuso: del conflicto personal a Palestina
El ensayo da un salto de escala en su última parte, dedicada a la ofensiva israelí sobre Gaza en 2014. Schulman analiza cómo los mecanismos psicológicos y políticos que identifica en las relaciones personales pueden reproducirse, con consecuencias mucho más graves, en los conflictos internacionales.
Su argumento parte de una idea central: quienes ejercen una posición de dominio pueden interpretar la resistencia de las personas sometidas como una agresión que justifica nuevas formas de violencia. De esta manera, la percepción de amenaza se convierte en un recurso para legitimar actuaciones desproporcionadas.
Schulman observa este mecanismo en la violencia policial racista de Estados Unidos, en determinadas relaciones marcadas por la dominación masculina y en la política del Estado israelí hacia la población palestina. Aunque se trata de situaciones diferentes que requieren análisis específicos, la autora identifica un elemento común: la dificultad de reconocer el propio ejercicio del poder y la tendencia a presentar cualquier oposición como un peligro.
La experiencia histórica de Schulman como activista judía crítica con el sionismo ocupa un lugar importante en estas reflexiones. Su análisis cuestiona los discursos que utilizan el sufrimiento histórico de una comunidad para justificar el daño infligido a otras poblaciones.
La cuestión adquiere una dimensión especialmente relevante al abordar la deshumanización de las personas palestinas. Cuando una población es representada exclusivamente como una amenaza, resulta más sencillo invisibilizar sus experiencias, sus derechos y las consecuencias de la violencia que sufre.
La relación entre cultura, memoria y violencia también ha estado presente en Las Furias Magazine, donde hemos abordado la tragedia palestina a través de la poesía de Hala Alyan y la memoria de varias generaciones palestinas en la película Todo lo que fuimos.
La reflexión de Schulman, escrita a partir de los acontecimientos de 2014, resulta especialmente significativa por su manera de relacionar las experiencias íntimas con las estructuras políticas. Sin embargo, este planteamiento también presenta dificultades: los conflictos personales y la violencia ejercida por los Estados no son fenómenos equivalentes, y sus mecanismos de responsabilidad, reparación y justicia no pueden trasladarse de un ámbito a otro sin considerar las diferencias de poder y sus consecuencias.
El conflicto no es abuso: el trauma no nos convierte automáticamente en víctimas de nuevas agresiones
Otro de los aspectos más interesantes, y también más discutibles, del ensayo es la relación que Schulman establece entre las experiencias traumáticas y determinadas respuestas ante los conflictos.
La autora plantea que tanto las personas que han sufrido experiencias de violencia como quienes mantienen posiciones de superioridad pueden desarrollar, por motivos diferentes, dificultades para tolerar la incertidumbre y las diferencias. En ambos casos, determinadas interpretaciones de amenaza pueden favorecer respuestas defensivas, intentos de control o comportamientos que intensifican los conflictos.
Esta aproximación resulta sugerente porque cuestiona la idea de que nuestras experiencias anteriores determinen inevitablemente nuestra conducta presente. Haber sufrido una injusticia no garantiza que nuestras decisiones posteriores sean siempre justas, del mismo modo que una historia de sufrimiento no elimina nuestra responsabilidad sobre el daño que podamos causar a otras personas.
No obstante, conviene introducir algunos matices. Las respuestas al trauma son diversas y no pueden reducirse a la necesidad de controlar a los demás. Además, establecer semejanzas entre comportamientos derivados del sufrimiento y dinámicas de dominación puede resultar problemático si no distinguimos sus causas, contextos y consecuencias.
Schulman no escribe un manual clínico ni desarrolla una teoría psicológica experimental. Su aproximación combina experiencias personales, pensamiento político y reflexiones procedentes de diferentes tradiciones intelectuales. La propia autora presenta su trabajo como una invitación al debate, y no como una demostración académica definitiva.
Precisamente por eso, el ensayo resulta más enriquecedor cuando lo leemos de manera crítica, aceptando las preguntas que propone sin necesidad de compartir todas sus explicaciones.
El conflicto no es abuso: reparar no significa perdonar ni olvidar
La última parte del libro desarrolla la propuesta que atraviesa toda la obra: sustituir, siempre que sea posible, la lógica del castigo por una cultura de la responsabilidad y la reparación.
Schulman considera que muchas personas prefieren mantener una interpretación de los acontecimientos que preserve su imagen de inocencia antes que reconocer su participación en un conflicto. Admitir que hemos cometido errores puede resultar doloroso, especialmente cuando implica cuestionar la idea que tenemos de nosotras mismas.
Sin embargo, la autora sostiene que la transformación personal y colectiva exige precisamente esa capacidad de autocrítica. Pedir disculpas, reconocer el daño causado y escuchar una perspectiva diferente son acciones que pueden contribuir a reparar relaciones deterioradas, aunque no garanticen una reconciliación.
La responsabilidad tampoco debería limitarse a quienes protagonizan directamente un conflicto. Las personas que forman parte de su entorno pueden intervenir para evitar que la situación empeore, facilitar la comunicación y cuestionar las dinámicas de exclusión.
Esta propuesta conecta con los principios de la justicia transformativa, que busca abordar las causas sociales y relacionales de la violencia en lugar de centrarse exclusivamente en sancionar a quienes la ejercen. Su objetivo no consiste únicamente en responder a una conducta perjudicial, sino también en modificar las condiciones que permiten que vuelva a producirse.
Ahora bien, reparar no equivale necesariamente a restablecer una relación. Una persona puede reconocer sus errores y asumir responsabilidades sin que la otra esté obligada a perdonarla. Del mismo modo, una comunidad puede trabajar para prevenir nuevas situaciones de violencia sin exigir que las víctimas participen en procesos que no desean.
La reparación necesita voluntad, recursos y condiciones que permitan afrontar el daño sin reproducir las desigualdades existentes. Convertirla en un mandato universal podría terminar generando nuevas formas de presión sobre quienes ya han sufrido una situación injusta.
El conflicto no es abuso: aprender a convivir con el conflicto
El conflicto no es abuso es uno de esos ensayos que nos obligan a cuestionar algunas de nuestras respuestas más habituales ante el sufrimiento. Schulman nos recuerda que las relaciones humanas están atravesadas por diferencias, malentendidos y contradicciones que no siempre pueden evitarse. Pretender que cualquier vínculo esté libre de conflictos puede llevarnos a interpretar las experiencias desagradables como amenazas y a renunciar a la posibilidad de resolverlas.
Su crítica a la victimización y al castigo resulta especialmente interesante cuando se dirige hacia quienes utilizan una posición de poder para justificar la exclusión de otras personas. También plantea preguntas incómodas para los movimientos sociales, que necesitan desarrollar mecanismos de autocrítica si no quieren reproducir las dinámicas autoritarias que combaten.
Al mismo tiempo, algunas de sus propuestas requieren precaución, especialmente cuando se trasladan a situaciones de violencia machista, abuso sexual o control coercitivo. La distinción entre conflicto y abuso es necesaria, pero también puede convertirse en una herramienta peligrosa si se utiliza para minimizar experiencias de violencia o responsabilizar a quienes las sufren.
Quizá una de las mayores virtudes del ensayo sea que no permite resolver estas contradicciones con respuestas sencillas. La autora nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de nuestras decisiones, el papel de quienes nos rodean y nuestra capacidad para reconocer errores, pero también sobre la manera en que las instituciones y las estructuras de poder condicionan las posibilidades reales de justicia.
Desde una perspectiva feminista, esta discusión resulta especialmente necesaria. Hemos avanzado mucho en el reconocimiento de violencias que durante décadas permanecieron silenciadas, pero todavía necesitamos desarrollar herramientas colectivas que permitan prevenirlas, abordarlas y reparar sus consecuencias sin depender exclusivamente del castigo.
La propuesta de Sarah Schulman nos recuerda que construir relaciones más justas no consiste únicamente en identificar a quienes causan daño. También exige aprender a gestionar las diferencias, asumir responsabilidades y crear comunidades capaces de intervenir antes de que los conflictos se conviertan en formas de violencia. Porque reconocer un abuso es imprescindible para combatirlo, pero aprender a convivir con el desacuerdo también forma parte de una cultura verdaderamente comprometida con la justicia.
Foto de portada: Drew Stevens.
