La delgada línea entre el empoderamiento y la autocosificación
Durante los últimos años, la palabra “empoderamiento” nos la encontramos hasta en la sopa. Está en anuncios, en redes sociales, en discursos políticos, ha entrado en la agenda mediática a calzador y hasta vemos la palabra de moda en productos que se venden como si fueran pequeñas cápsulas de autoestima. Y, en principio, suena bien. ¿Quién no querría sentirse más libre, poderosa, más dueña de sí misma? Pero todo esto tiene una cara B: la delgada línea entre el empoderamiento y la autocosificación. Vamos a reflexionar un poco sobre este asunto.
A medida que el concepto de empoderamiento se ha ido popularizando, también se ha ido volviendo más difuso y, cómo no, también un filón para las ventas, lo que nos lleva en muchos casos a la temida fatiga feminista. A veces cuesta distinguir cuándo estamos hablando de una verdadera conquista de autonomía y cuándo, en realidad, estamos repitiendo viejos patrones con un envoltorio nuevo. Ahí es donde aparece esa sensación incómoda de estar caminando por una línea muy fina.

¿Empoderamiento o tratar de encajar mejor en lo de siempre?
Una de las cosas más complejas de todo esto es que el empoderamiento no siempre se reconoce fácilmente. No hay una fórmula clara, ni una lista de cosas que sí o sí lo definan. Y, sin embargo, hay momentos en los que algo no termina de encajar. Por ejemplo, cuando muchas de las imágenes que asociamos a mujeres empoderadas siguen respondiendo a los mismos códigos de siempre: cuerpos normativos, estética cuidada al milímetro, sensualidad medida y perfectamente encuadrada… No es casualidad que muchas de esas representaciones coincidan con lo que históricamente ha sido considerado atractivo desde una mirada bastante concreta. ¿No crees?
Esto no significa que haya algo malo en mostrarse, en gustarse o en jugar con la propia imagen. Nada de eso. De hecho, durante mucho tiempo a las mujeres se nos ha negado incluso ese espacio, el espacio del propio cuerpo, de disponer de él a nuestro antojo. El problema no está ahí, sino en lo difícil que resulta separar lo que realmente deseamos de lo que hemos aprendido a desear; de lo que se supone que es correcto que deseemos. Aviso a navegantes: cuando una elección encaja demasiado bien con lo que el sistema espera de ti, quizá merece la pena detenerse un momento y preguntarse de dónde viene.

La ilusión de elegir en un entorno que ya decide por ti
Vivimos en una época de espejismos milimetrados y perfectamente orquestados. Se nos repite constantemente que podemos hacer lo que queramos, ser como queramos y mostrarnos como queramos. Y, en parte, es cierto. Pero esa libertad no surge en el vacío, sino dentro de un contexto que ya está bastante definido y perfilado.
Las redes sociales son un buen ejemplo de ello. Basta con echar un vistazo rápido para ver qué tipo de imágenes reciben más atención, más likes, más validación. Y, de nuevo, no parece casual que muchas de ellas sigan una estética muy concreta, donde el cuerpo femenino ocupa un lugar central y muy codificado. Y aquí es cuando entra en juego la autocosificación, aunque no siempre se nombre como tal. No porque haya una intención consciente de convertirse en objeto, sino porque es fácil terminar mirándose a una misma desde fuera, desde esa mirada que evalúa, que compara y que premia ciertos rasgos por encima de otros. De alguna manera podemos tender a potenciar esas supuestas virtudes apropiandonos de esa decisión como algo consciente, que quizá tien mucho de constructo social.
Y para rizar el rizo, lo complicado es que todo esto puede convivir con una sensación real de poder, de empoderamiento. Una puede sentirse bien, segura, incluso fuerte, mientras participa en esa dinámica. Y eso no invalida la experiencia, pero sí la vuelve más compleja.
El cuerpo propio… pero no del todo ajeno a lo social
Nos gusta pensar que el cuerpo es algo íntimo, personal, casi un territorio privado. Y lo es, en gran medida. Pero también es un espacio atravesado por normas, expectativas y significados que proceden del exterior. Como bien sabes, a lo largo de la historia el cuerpo de las mujeres ha sido observado, regulado y, en muchos casos, juzgado con bastante dureza. Eso no desaparece de un día para otro. De hecho, muchas de esas miradas siguen presentes, aunque ahora adopten formas más sutiles o incluso aparentemente positivas.
Por eso, cuando hablamos de empoderamiento femenino ligado al cuerpo, conviene tener en cuenta todo ese contexto: no para limitar lo que cada una decide hacer, sino para entender que esas decisiones no nacen de la nada, todo viene de algún lugar en esta sociedad.
En algunos ensayos recientes, como El mito de la belleza de Naomi Wolf, ya se señalaba cómo ciertos ideales estéticos funcionan como una forma de control que se adapta a cada época. Lo interesante es que, hoy en día, ese control muchas veces se presenta como elección personal, lo que lo hace mucho más difícil de detectar y combatir.

Empoderamiento: reapropiarse no siempre significa cambiar las reglas
Otro argumento que suele aparecer en este debate es el de la reapropiación: usar los códigos que antes limitaban para darles un nuevo significado. Y, en algunos casos, esa estrategia puede ser potente y transformadora. Sin embargo, no siempre implica una ruptura real con lo anterior. A veces lo que ocurre es más bien una adaptación, donde la forma cambia ligeramente pero el fondo sigue siendo bastante parecido. Si el reconocimiento, la validación o incluso la autoestima siguen dependiendo en gran medida de encajar en ciertos parámetros, quizá el cambio no es tan profundo como parece.
Esto no convierte automáticamente esas elecciones en algo negativo, pero sí invita a mirarlas con un poco más de matiz, con una lupa de más aumento, deteniéndonos un momento en lo que hay detrás y no solo en lo que se ve. Porque no todo se reduce a la superficie de la decisión, sino al contexto que la rodea: qué referentes hemos tenido, qué tipo de validación recibimos cuando actuamos de una manera u otra, qué discursos hemos interiorizado sin darnos cuenta. Afinar esa mirada no significa juzgarse ni cuestionarlo todo desde la culpa, sino entender mejor los mecanismos que influyen en cómo nos construimos y nos mostramos.

Vivir en la contradicción (y no pasa nada, de verdad)
Llegados a este punto, lo más honesto probablemente sea reconocer que no hay respuestas simples. No existe una línea clara que separe el empoderamiento de la autocosificación de forma absoluta, ni una manera correcta de situarse siempre en el lado “correcto”, si es que eso existiera.
Es posible disfrutar de la propia imagen, sentirse bien con ella y, al mismo tiempo, ser consciente de que todo eso ocurre dentro de un marco que no hemos elegido del todo. Y esa contradicción no tiene por qué resolverse necesariamente. Quizá el punto más interesante no sea tanto decidir qué está bien o mal, sino mantener una cierta capacidad de cuestionamiento. Preguntarse de vez en cuando por qué hacemos lo que hacemos, qué nos hace sentir bien y qué papel juega el entorno en todo eso.
Porque, al final, el empoderamiento no tiene por qué ser algo perfecto ni completamente puro. A veces se parece más a un proceso lleno de matices, de dudas y de pequeñas tensiones. Y, lejos de ser un problema, quizá ahí es donde realmente empieza a tomar forma.
