‘Éramos unos niños’, las memorias de Patti Smith y su estrella azul

Con Éramos unos niños, Patti Smith, además de ser una de nuestras rockeras favoritas, se ha convertido en una de nuestras escritoras de cabecera.

Aguda y accesible como la propia Smith, se centra en la amistad de esta con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, y cuenta la historia de ambos antes de convertirse en artistas renombrados.

La madre del punk nos atrae con una extraña melodía, bailando descalza, y se apodera de nosotros.

En manos de Dios

Yo protesté con vehemencia y anuncié que no iba a convertirme nunca en nada salvo en mí misma, que pertenecía al clan de Peter Pan y nosotros no nos hacíamos adultos.

Éramos unos niños.

Patti Smith nació el 30 de diciembre de 1946 en Chicago, Illinois, pero se crio entre Filadelfia y Nueva Jersey.

Éramos unos niños comienza con el breve relato de su infancia, juntando recuerdos borrosos, como huellas dactilares en platos de cristal. Su familia estaba compuesta por sus padres, sus tres hermanos menores, y ella. Aunque no tenían mucho dinero, eran ricos en cariño, lo cual se hace evidente en las páginas del libro.

La madre de Patti fue quien le introdujo el concepto de Dios desde la más tierna infancia. También el hábito de la oración, el cual no ha abandonado hasta el día de hoy. La pequeña se imaginaba al Creador como una presencia benévola que flotaba por encima de ella, “en continuo movimiento, como estrellas líquidas”.

Pese a no ser una mujer religiosa, Patti conserva todavía esa idea divina, que se refleja en Éramos unos niños a través de la reverencia que siente hacia sus ídolos musicales y literarios, su afinidad estética con lugares y símbolos sagrados, y su mística concepción del arte.

El libro salta rápidamente a una Patti adolescente en la estación de autobuses de Nueva Jersey, sin dinero suficiente para comprarse un billete a Nueva York. Desesperada, se mete en una cabina telefónica para llamar a una de sus hermanas. Ahí se encuentra con un bolso de plástico blanco con treinta dólares y ninguna identificación.

Tomándoselo como una señal del Altísimo, coge el dinero y se dirige a cumplir con sus sueños. El tiempo, sin duda, terminaría por darle la razón.

Estrellas líquidas

«Nadie ve como nosotros, Patti», repitió. Siempre que decía cosas como aquella, por un mágico instante, era como si fuéramos las dos únicas personas en el mundo.

Éramos unos niños.

Estamos a finales de los años 60, y John Coltrane acaba de morir. Nueva York es un sitio agreste, marcado por la paranoia nuclear, pero también inmerso en una vorágine artística de vanguardia encabezada por Andy Warhol, Allen Ginsberg, y su séquito de excéntricas personalidades.

Patti Smith pasa sus primeros días en la gran ciudad buscando trabajo y durmiendo en Central Park, cerca de la estatua del Sombrerero Loco. Esto es, hasta que se topa con Robert Mapplethorpe, un joven bello y extravagante con inquietudes similares a las suyas.

PAtti Smith y Robert Mapplethorpe.
Patti Smith y Robert Mapplethorpe.

Robert procede de una familia de Queens de clase media, profundamente estricta y conservadora. Esto choca radicalmente con su pasión por el arte y su personalidad ciclotímica. Con Patti forma una pareja peculiar. Él es un dandy refinado, con el pelo largo y bisutería de su propia creación, una especie de Óscar Wilde de la era de la bomba atómica. Ella, por su parte, es una chica demasiado delgada y de aspecto rudo, un animal rimbaudiano.

Juntos, sin embargo, se procuran una felicidad desconocida hasta el momento, apoyándose en el hambre y la pobreza, leyendo, dibujando y escuchando música juntos. Cada uno siente una confianza extrema en las posibilidades del otro, lo que les ayuda a ir alcanzando sus metas, poco a poco, a pesar de los obstáculos.

Patti lo llama su estrella azul, pues así era como Robert firmaba sus dibujos. Y estrellas llegaron a ser ambos, cada uno en su campo, mucho antes de lo que cualquiera que los observase malviviendo en su primer apartamento pudiera sospechar.

Te recuerdo bien en el Chelsea Hotel

Corrían rumores de que los baúles de Óscar Wilde languidecían en el sótano que se anegaba con frecuencia. Allí pasó sus últimas horas Dylan Thomas, sumergido en la poesía y el alcohol. Thomas Wolfe lidió con los centenares de páginas manuscritas de su You can’t go home again. Bod Dylan había compuesto Sad-eyed lady of the lowlands en nuestra planta y se decía que Edie Sedwick, colocada de speed, había prendido fuego a su habitación mientras se pegaba sus tupidas pestañas falsas a la luz de una vela.

Éramos unos niños.

En 1969, Patti viaja por primera vez a París, donde pasa buena parte de la primavera y el verano. Robert, por su parte, aprovecha ese tiempo para explorar sus límites, tanto artísticos como sexuales.

Cuando se reúnen, deciden mudarse al famoso Hotel Chelsea, construido a finales del siglo XIX, el epicentro de la bohemia neoyorquina del momento, situado en el número 222 Oeste de la calle 23, entre las avenidas Séptima y Octava.

Ahí encuentran el lugar ideal para seguir dando rienda suelta a su creatividad, conociendo a distintas personas que les influyen tanto en lo artístico como en lo personal (mentores y parejas afectivas), pero siempre con el denominador común de su mutua compañía.

Robert se centró en la fotografía, y definió su estilo transgresor y homoerótico, y Patti continuó trabajando en su principal fijación: la poesía. Su primer recital se produjo en una tertulia moderada por ni más ni menos que Jim Carroll, otro poeta y futuro cantante punk.

Patti Smith y Jim Carroll.
Patti Smith y Jim Carroll.

Éramos unos niños está repleto de anécdotas de este tipo, que hacen las delicias de nostálgicos y mitómanos como el que suscribe. Otro ejemplo de ello es el episodio en el que Ginsberg se fija en Patti Smith por primera vez y la invita a comer pensando que ella es un hombre joven especialmente guapo. O cuando Salvador Dalí se le cruza en la recepción del Hotel Chelsea, le pone una mano en la nuca, y le dice que es “como un cuervo, un cuervo gótico”.

La lista de celebridades que aparecen en el libro es interminable, y entre ellas destacan algunas como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Johnny Winter, William Burroughs, etc.

Elegía

Nos dejábamos notas, pastelitos. Cosas. Como si pudiéramos taponar el agujero, reconstruir la pared resquebrajada. Llenar la herida que habíamos abierto para permitir la entrada a otras experiencias.

Éramos unos niños.

Éramos unos niños traza el camino que siguió Patti Smith para convertirse en un icono de la música rock, repasando sus primeros bolos y el éxito inesperado de sus primeros discos.

Pero, más que eso, es un alegato a la amistad, probablemente el sentimiento más noble y hermoso de todos. En sus cerca de trescientas páginas (en la edición española), deja claro que la expresión “más que amigos” no es más que una falacia. Y es que no se puede llegar a ser más que amigos. Quizá otra cosa, sí. Pero no hay nada que supere el afecto intenso y genuino de una verdadera amistad.

Éramos unos niños.
Éramos unos niños.

La relación entre Patti y Robert pasa por distintas fases en las que el cariño es una constante. Dicho cariño es reflejado por la autora con una ternura que destruye y no deja un ojo seco cuando llega a su inevitable final, descrito desde el principio (así que no es espóiler).

Robert Mapplethorpe murió de sida en marzo de 1989. Antes de morir, le pidió a su amiga que escribiera su historia conjunta. Y eso hizo, casi veinte años después, una vez superado el golpe de la muerte del propio Robert, sus padres, su hermano y su marido, Fred «Sonic» Smith.

Éramos unos niños vio la luz en enero de 2010, y fue publicado originalmente por la editorial norteamericana Ecco. En marzo de 2012 fue traducida al castellano por la editorial DEBOLSILLO, en su colección de Ensayos, y todavía puede conseguirse fácilmente en librerías.

Antes de ello, Patti compuso una elegía para Robert, Memorial song, que fue incluida en el disco recopilatorio No alternative, lanzado en 1993 en apoyo a las víctimas del sida.

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