El 8M y la fatiga feminista: ¿por qué algunas mujeres se están desenganchando del movimiento?
Hace tan solo unos años, allá por 2018, el feminismo parecía imparable. Las calles llenas, las conversaciones digitales desbordadas, la palabra “patriarcado” entrando en prime time… Era un momento expansivo y explosivo. Parecía que los mensajes cocinados durante años, por fin cogían el espesor necesario como para calar en la sociedad actual. Las redes se inundaron de voces feministas, nuevas y consagradas. Había energía y urgencia por el cambio.
El 8M y la fatiga feminista
Pero en 2026, el paisaje es bien distinto. El feminismo no ha desaparecido —ni mucho menos—, pero algo ha cambiado en el tono, en la forma, en los apoyos. Entre algunas mujeres, especialmente las más jóvenes, aparece un fenómeno incómodo de nombrar, pero que está cargado de cansancio, desafección y distancia. Es lo que algunas teóricas ya denominan: fatiga feminista.
Se palpa en el ambiente y va más allá de la confrontación de los partidos más a la derecha del tablero. Este cansancio del que hablamos es algo más sutil: chicas que apoyan la igualdad, pero evitan la etiqueta; que comparten discursos feministas, pero no quieren debatir; que sienten que la conversación se ha vuelto agotadora. Que les da una pereza que te mueres, vamos…

¿Por qué ocurre esto? ¿Es una reacción al propio éxito del movimiento? ¿Es el impacto del algoritmo? ¿Desgaste emocional? ¿O es que el feminismo está perdiendo a las mujeres más jóvenes? La pregunta no es menor. Porque si el movimiento feminista quiere seguir siendo transformador, necesita entender también sus zonas de fricción, sus puntos críticos.
Del entusiasmo a la sobreexposición
Las generaciones más jóvenes han crecido en un contexto de hiperexposición política constante. No hay descanso. Cada día hay un debate nuevo: identidad, sexualidad, violencia, representación, consumo cultural, relaciones, lenguaje inclusivo… La producción en masa llega a los discursos, a los debates.
Todo se discute. Todo se analiza. Todo se convierte en posicionamiento. Y la maquina debe seguir bien engrasada para provocar más discursos de odio, más caos, más análisis sin fin.
Para muchas jóvenes, el feminismo no fue un descubrimiento gradual. Fue un tsunami. Redes sociales, hilos interminables, cancelaciones públicas, disputas internas retransmitidas en tiempo real. El espacio digital amplificó la confrontación y la sensación de estar siempre en guardia. Parece que hay que opinar constantemente, pero también correctamente para no decir algo que pueda volverse en tu contra.
La fatiga feminista no nace del rechazo a la igualdad; nace del agotamiento ante la intensidad permanente.
La mercantilización del movimiento y la fatiga feminista
A esto se suma otro fenómeno: la mercantilización del feminismo. En pocos años ha pasado de ser un movimiento incómodo para convertirse en estética, en eslogan, en camiseta, en campaña publicitaria. Cuando algo se convierte en tendencia, pierde parte de su potencia disruptiva.
Muchas jóvenes perciben esa contradicción. Ven discursos de empoderamiento junto a estructuras laborales precarias. Ven mensajes de libertad mientras el mercado sigue sexualizando sus cuerpos. Ven grandes declaraciones mientras su realidad material no mejora tanto como prometía la épica. Y eso genera escepticismo. Como es lógico.

La presión de ser “la generación más consciente”
Hay otro elemento que raramente se menciona: la carga emocional. Las jóvenes de hoy no solo gestionan estudios, precariedad laboral, incertidumbre climática y ansiedad digital. También cargan con la expectativa de ser la generación más consciente y crítica. Se espera que detecten micromachismos al instante; que eduquen a su entorno; que revisen sus relaciones. También que cuestionen el consumo cultural y que sean políticamente coherentes en todo momento.
El feminismo ha ampliado la conciencia, pero esa ampliación también implica responsabilidad constante. Y la responsabilidad constante cansa. Algunas chicas sienten que no pueden simplemente vivir sin convertir cada experiencia en un análisis estructural. Que no pueden disfrutar de ciertas narrativas sin culpa. Que cualquier matiz puede interpretarse como una traición.
En paralelo, el discurso antifeminista ha ganado sofisticación en redes. No siempre aparece como ataque frontal. A veces se presenta como discurso “moderado”, como defensa de la libertad individual frente a lo que describen como “exceso ideológico”. Y ese relato, sin duda, conecta con el deseo de descanso.
¿Crisis del feminismo o transformación generacional?
Coincidiendo con la conmemoración de un nuevo 8M, sería fácil interpretar esta fatiga feminista como señal de debilidad del movimiento. Pero quizá sea algo más complejo.
Cada ola feminista ha tenido sus tensiones internas y sus momentos de reajuste. Lo que hoy se percibe como desgaste puede ser una fase de transición. Un desplazamiento del activismo visible hacia formas menos ruidosas. Algunas jóvenes no se identifican con ciertos marcos discursivos, pero siguen defendiendo la autonomía, la libertad sexual, la independencia económica o el derecho a decidir. Tal vez el problema no sea el fondo, sino el tono, quizá la sensación de rigidez en determinadas discusiones… También es posible que estemos confundiendo menor exhibición pública con menor compromiso. No todas las formas de militancia son performativas. No todo apoyo necesita pancarta.
Sin embargo, ignorar la fatiga feminista sería un error. Si un movimiento se vuelve emocionalmente invivible para parte de quienes deberían encontrar en él un espacio de emancipación, algo necesita revisarse.

Cómo volver a la pregunta incómoda
La fatiga feminista no significa que la desigualdad haya desaparecido. Significa que el modo de enfrentarse a ella está generando desgaste en algunos sectores.
Tal vez el feminismo necesite recuperar algo que tuvo en sus momentos más expansivos: la sensación de alegría compartida y de descubrimiento colectivo. De apoyo mutuo más que de vigilancia mutua. Las jóvenes no se están desenganchando necesariamente de la igualdad. Se están desenganchando, en algunos casos, de la tensión permanente.
La cuestión es si el movimiento sabrá escuchar esa señal sin convertirla en acusación. Porque si el feminismo quiere seguir siendo refugio y no solo trinchera, tendrá que preguntarse no solo cómo combatir la desigualdad, sino cómo sostener a quienes la combaten.
Y esa pregunta, incómoda pero necesaria, también forma parte del 8M de 2026.
