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Sitges 2025: ‘La vida de Chuck’ y ‘Her Will Be Done’: el miedo de existir y el de pertenecer

El Festival de Sitges 2025 sigue explorando los límites del miedo. En esta jornada, dos visiones opuestas se dan la mano: La vida de Chuck, de Mike Flanagan, transforma la muerte en una celebración melancólica y Her Will Be Done, de Julia Kowalski, invoca a los fantasmas del linaje femenino. Dos películas que hablan del horror más íntimo: el de vivir y el de repetir.

La vida de Chuck: morir al revés

Mike Flanagan vuelve a demostrar que el terror no siempre necesita fantasmas. En La vida de Chuck, adaptación del relato de Stephen King, el miedo es la vida misma: el paso del tiempo, la pérdida, la fugacidad del instante.

La película se despliega en tres actos que avanzan hacia atrás. El mundo se desmorona: apagones, grietas en el cielo, la realidad deshilachándose. Mientras tanto, un hombre llamado Chuck (un espléndido Tom Hiddleston) muere en un hospital cualquiera. A partir de ahí, retrocedemos hacia su infancia, su adolescencia, sus primeros bailes, los gestos mínimos que dan sentido a todo.

Flanagan aparca el horror explícito de La maldición de Hill House para abrazar algo mucho más íntimo: una melancolía cósmica donde el fin del universo se confunde con el final de una biografía. Su puesta en escena tiene un tempo de despedida y un pulso profundamente humano. Hiddleston sostiene el tono con la serenidad de quien ya ha visto el final y aun así sonríe.

La vida de Chuck no busca asustar, sino reconciliar. Es cine sobre la belleza de lo efímero, sobre la idea de que todo lo que amamos, aunque se apague, sigue brillando un instante más. En un Sitges plagado de sangre y gritos, Flanagan entrega la película más luminosa del festival.

Póster de La vida de Chuck.
Póster de La vida de Chuck.

Her Will Be Done (Que ma volonté soit faite): la herencia del fuego

Si Flanagan mira al cielo, Julia Kowalski mira hacia la tierra. Her Will Be Done se hunde en el barro de lo heredado: una granja, una familia y una joven mujer asfixiada por un destino que no eligió.

La protagonista (interpretada con una intensidad hipnótica por Maria Wróbel) vive entre supersticiones, silencios y rituales que la empujan a repetir la vida de su madre muerta. La llegada de una vecina, Sandra (Roxane Mesquida), abre una grieta: la posibilidad de escapar, de desobedecer. Pero en el universo de Kowalski, la libertad tiene precio.

El film avanza como una fábula rural envenenada. El viento parece un personaje más, los animales miran con demasiada conciencia, y la casa, esa cárcel con raíces, se convierte en extensión de la mente. Lo sobrenatural es apenas un rumor, una metáfora del peso de la tradición.

Her Will Be Done pertenece a esa estirpe de cineastas europeas que entienden el horror como una cuestión de linaje: el miedo a repetir el destino de las mujeres que vinieron antes. Entre el folclore y el cuerpo, Kowalski construye una película de atmósfera densa y mirada ferozmente política, donde el exorcismo no es espiritual, sino social.

Póster de Her Will Be Done.
Póster de Her Will Be Done.

Sitges 2025: Epílogo de día

La vida de Chuck y Her Will Be Done podrían proyectarse una tras otra como dos caras del mismo espejo. La primera habla del fin con dulzura; la segunda, del origen con rabia. Una nos enseña a aceptar que todo termina; la otra, a desafiar lo que se nos impone al nacer.

Sitges 2025 sigue demostrando que el terror puede ser un gesto de resistencia: ya sea para celebrar lo que se apaga o para prender fuego a lo que nos mantiene quietos.