‘Las ceremonias del verano’ de Marta Traba

Las ceremonias del verano es una de las mejores novelas de Marta Traba y de la literatura latinoamericana. Los encuentros que se narran en medio de la canícula estival, no son fortuitos, están cargados de pasión, profundidad y poética. En librerías el 22 de septiembre.

Mucho antes de que García Márquez traspasara las fronteras,
Marta Traba ya había hecho oír su voz.

Elena Poniatowska

Las ceremonias del verano

En 1966, un jurado compuesto por Alejo Carpentier, Mario Benedetti, Manuel Rojas y Juan García Ponce otorgaba el Premio Casa de las Américas a Las ceremonias del verano, de Marta Traba.

«Por su alta calidad literaria, que considera a la vez los problemas de expresión y estructura; por la constancia de su ritmo poético, la inteligencia para equilibrar las situaciones y el logro de una difícil unidad de composición».

A través de secuencias fragmentarias que evocan cuatro etapas en la vida de la protagonista. Entre sus catorce y sus cuarenta años, que determinarán su entrada en la adultez y el despliegue de su identidad como mujer. La autora emprende un viaje teñido de ironía, lirismo y desencanto por los abismos de la subjetividad femenina. Las ceremonias del verano es una intensa novela con ecos de James Joyce o Clarice Lispector, en la que ya alentaban los elementos e intereses definitorios de su obra posterior.

La novela nos habla de un pequeño pueblo a las afueras de Buenos Aires, París, Castelgandolfo y una ciudad sin nombre que bien podría ser Bogotá o Nueva York. Esos lugares conforman las teselas —independientes, pero no autónomas— de ese vasto mosaico emocional.

Siempre con el verano de fondo, asistimos a las transformaciones sucesivas de un personaje que asume el papel de Ulises al tiempo que el de Penélope en sus diversas facetas: la adolescente rebelde, la joven desengañada por la pérdida amorosa.

La madre soltera que se debate entre la huida y la autoafirmación. Y por último, la mujer en crisis, asendereada y solitaria que contempla el derrumbe de sus mitos. La que a duras penas encuentra su lugar en un mundo que le ha cerrado las puertas.

Portada de Las ceremonias del verano. Editorial Firmamento.
Portada de Las ceremonias del verano. Editorial Firmamento.

Descubriendo a Marta Traba

Hija de emigrantes gallegos, Marta Traba (Buenos Aires, 1930 – Madrid, 1983) nació y creció en el contexto de la «década infame» y el «peronismo clásico» argentinos. Hecho que marcaría sensiblemente su infancia y adolescencia y forjaría el carácter de su juventud, asentada en un fuerte compromiso político.

Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires, viajando posteriormente a Roma y París para especializarse en Historia del Arte. Se instaló en Colombia en 1954, iniciando una intensa labor como agitadora de la vida cultural de la época. Hasta convertirse, en palabras de Elena Poniatowska, en «una figura imprescindible en un país en el que mandaban los militares».

Profesora de Historia del Arte en la Universidad de América desde 1956, incursionó muy pronto en la televisión nacional en el empeño de convertir el arte en un bien accesible y atractivo para el público general.

Algunos años más tarde, convertida ya en la crítica de arte más respetada del panorama artístico colombiano por sus aportaciones al estudio de dicha disciplina en Latinoamérica, fundaría el Museo de Arte Moderno de Bogotá, todavía en activo.

Marta Traba.
Marta Traba.

Dejó un legado compuesto por más de veinte volúmenes de historia y crítica de arte, innumerables artículos, una colección de poemas, siete novelas y dos libros de cuentos.

De su obra narrativa conviene destacar Las ceremonias del verano (1966, 1981; Firmamento, 2021), Los laberintos insolados (1967), Pasó así (1968), Homérica Latina (1979), Conversación al sur (1981) y En cualquier lugar (1984), esta última publicada póstumamente.

Falleció en noviembre de 1983, en Mejorada del Campo, Madrid. En un vuelo con destino a Colombia, adonde viajaba para asistir al I Encuentro de la Cultura Hispanoamericana, invitada por el presidente Belisario Betancur, que algunos meses antes le había otorgado la nacionalidad colombiana.

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