‘Martha Washington’, de Frank Miller: la gran obra olvidada
Cuando se habla de Frank Miller siempre aparecen los mismos títulos. Batman: The Dark Knight Returns. Sin City. Born Again. 300. Obras gigantescas que cambiaron el cómic estadounidense y redefinieron la cultura popular de finales del siglo XX. Pero entre todas ellas hay una creación extraña, incómoda y muchas veces olvidada que quizá sea una de las más fascinantes de toda su carrera: Martha Washington.
Y resulta curioso que así sea. Porque pocas obras resumen tan bien todo lo que hizo especial al mejor Miller: sátira política, violencia pulp, crítica social, ciencia ficción paranoica, imaginación visual y personajes atrapados dentro de sistemas monstruosos. Pero también porque Martha Washington contiene algo que muchas de sus obras posteriores perderían por el camino: humanidad.
Publicada inicialmente en 1990 bajo el sello Dark Horse junto al legendario dibujante Dave Gibbons (Watchmen), la saga arrancó con Give Me Liberty y continuó expandiéndose en diferentes miniseries y especiales. Lo que comenzó como una distopía militar y política acabó convirtiéndose en una epopeya futurista desquiciada que mezcla cyberpunk, propaganda bélica, sátira mediática y delirio tecnológico.
Y, aun así, debajo de todo eso, late un personaje profundamente humano.

Martha Washington: una heroína imposible en la América de Frank Miller
Martha Washington nace en un Estados Unidos roto. Un país dominado por las desigualdades extremas, las corporaciones, el militarismo y la manipulación política. La protagonista crece en los Projects de Chicago, espacios de pobreza y violencia que Miller retrata como cárceles urbanas olvidadas por el propio sistema.
Desde el principio queda claro que Martha no es la típica heroína superheroica. No tiene poderes. No es una millonaria traumatizada. No es una elegida cósmica. Es una superviviente. Y precisamente ahí reside parte de la fuerza del personaje.
Porque Martha Washington funciona como una especie de contrapunto a muchos protagonistas masculinos del propio Miller. Frente al cinismo nihilista de algunos de sus antihéroes, Martha mantiene una capacidad casi obstinada para seguir adelante incluso cuando el mundo se desmorona a su alrededor. No porque sea ingenua, sino porque comprende perfectamente la brutalidad del sistema que la rodea. La gran diferencia es que todavía cree que merece la pena resistir.
Y eso resulta especialmente interesante dentro de la obra de Miller, un autor muchas veces acusado —con razón en ocasiones— de glorificar la violencia, el autoritarismo o cierta masculinidad extrema. Martha Washington no está libre de esos elementos, pero sí introduce algo mucho más ambiguo y complejo: la posibilidad de que la resistencia individual no sea solo destrucción, sino también empatía y supervivencia.

Dave Gibbons: el equilibrio perfecto para Miller
Hablar de Martha Washington sin hablar de Dave Gibbons sería imposible.
Porque si algo demuestra esta obra es que Frank Miller muchas veces alcanzaba su mejor versión cuando trabajaba junto a colaboradores capaces de equilibrar sus excesos. Y Gibbons lo consigue constantemente.
Acostumbrado a la claridad narrativa milimétrica de Watchmen, el dibujante británico aporta aquí una legibilidad y una solidez visual fundamentales para sostener el caos conceptual de Miller. Donde otros artistas podrían haberse dejado arrastrar por la exageración, Gibbons mantiene el relato anclado a los personajes y al espacio físico.
Eso permite que el universo de Martha Washington resulte creíble incluso cuando se vuelve completamente delirante.
Porque la saga no tarda en desmadrarse —en el mejor sentido posible—. A medida que avanza, Miller convierte el universo de Martha Washington en una espiral cada vez más extrema donde las guerras futuristas, las inteligencias artificiales, las conspiraciones gubernamentales y las sociedades militarizadas se mezclan con tecnologías absurdas, propaganda constante y delirios políticos casi operísticos.
Incluso cuando la historia se lanza hacia el espacio o abraza conceptos cada vez más desmesurados, siempre permanece esa sensación de decadencia estadounidense y de país consumido por sus propias contradicciones.
La combinación entre el guion explosivo de Miller y la precisión quirúrgica de Gibbons crea una de las colaboraciones más interesantes del cómic americano de los noventa.

La distopía que acabó pareciéndose demasiado al presente
Vista hoy, Martha Washington resulta todavía más inquietante que en su publicación original. Muchas de las exageraciones políticas y mediáticas que Miller utilizaba como sátira parecen haberse acercado peligrosamente al presente. La polarización extrema, el poder desmedido de las corporaciones, la manipulación informativa, la militarización permanente o la conversión del espectáculo en forma de control social hacen que algunas partes de la obra parezcan menos ciencia ficción de lo que probablemente pretendían ser.
Aunque Miller recurre constantemente a la hipérbole y al exceso, hay momentos en los que su retrato de Estados Unidos resulta sorprendentemente lúcido y actual.
Eso sí, Martha Washington no es una obra sutil. Miller dispara ideas constantemente. Algunas brillantes. Otras excesivas. Otras directamente absurdas. Pero precisamente ahí reside parte de su encanto. La saga transmite la sensación de estar viendo a un autor todavía lleno de hambre creativa, todavía interesado en experimentar y llevar sus obsesiones hasta el límite.
Algo que muchas de sus obras posteriores perderían. Porque si buena parte del Miller tardío acabó cayendo en la autoparodia grimdark, Martha Washington todavía conserva curiosidad, imaginación y energía narrativa real.

¿Es Martha Washington una obra feminista?
Hablar de feminismo y Frank Miller puede parecer casi una contradicción. Especialmente porque buena parte de su obra posterior ha sido de caer en visiones hipermasculinas, personajes femeninos reducidos a fantasías noir o discursos excesivamente agresivos y simplificados. Por eso Martha Washington resulta tan interesante dentro de su trayectoria.
Porque Martha no está construida como accesorio emocional de ningún hombre ni como simple fantasía estilizada. Es el centro absoluto del relato. La historia existe desde su mirada, desde su experiencia de clase y desde su forma de sobrevivir a estructuras de poder profundamente violentas.
Y lo más importante: la obra no intenta convertirla en símbolo perfecto.
Martha se equivoca, se radicaliza, se rompe, duda y cambia constantemente. No responde al modelo de “mujer fuerte” superficial que años después acabaría dominando buena parte del blockbuster contemporáneo. Su fuerza no nace de parecer invulnerable, sino precisamente de seguir resistiendo incluso cuando el sistema intenta deshumanizarla una y otra vez.
Además, resulta difícil ignorar cómo la saga conecta militarismo, pobreza, racismo, propaganda y control político con los cuerpos de las mujeres y las personas vulnerables. El lugar donde crece Martha funciona como espacio de exclusión social brutal donde el Estado y las corporaciones convierten a la población pobre en material desechable. Y Martha debe aprender a sobrevivir dentro de un mundo construido por estructuras profundamente patriarcales y autoritarias.

La gran obra olvidada de Miller
Quizá el mayor problema de Martha Washington sea haber quedado atrapada entre gigantes.
No tiene el impacto cultural inmediato de The Dark Knight Returns. No revolucionó un personaje icónico como Born Again. No generó una estética imitada hasta la saciedad como Sin City o 300. Y tampoco tuvo adaptaciones cinematográficas gigantescas que la mantuvieran viva en el imaginario colectivo.
Pero precisamente por eso hoy puede leerse casi libre de ruido. Y al hacerlo aparece una obra enormemente rica, imperfecta, excesiva y profundamente fascinante. Una mezcla extraña entre ciencia ficción militar, sátira política y aventura pulp protagonizada por una mujer que nunca termina de convertirse en símbolo vacío.
Porque Martha Washington sangra, duda, cambia y envejece. Y eso la convierte en uno de los personajes más humanos de toda la bibliografía de Frank Miller. Quizá por eso sigue funcionando tan bien.
Porque detrás de los disparos, los robots, las guerras imposibles y las distopías hiperviolentas, todavía queda algo que en el mejor Miller siempre fue fundamental: personajes intentando sobrevivir dentro de un mundo roto.
