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Sin City en el 7º arte: Cristales rotos

Podría ser uno de esos sofisticados anuncios de perfumes o prestigiosas marcas de ropa. Dos figuras apolíneas (encarnadas por Josh Harnett y Marley Shelton) tienen un encuentro fortuito en la azotea de una de esas ciudades gigantescas que parecen un laberinto de asfalto que se intuye desde las alturas. Entre los dos hay química, presuponemos el inminente beso y el título del producto apareciendo en los créditos.

Incluso el blanco y negro queda ecléctico en el proceso. Sin embargo, un disparo súbito y frío nos saca del ensimismamiento. No estamos ante lo que pensábamos. Se nos da la bienvenida sin filtro a “The Customer is Always Right”, adaptación a la gran pantalla de un relato del genial Frank Miller en la década de los noventa del pasado siglo.

La escena que hemos descrito pertenece a Sin City (2005), una de esas películas que nunca dejan indiferente. Esta apertura despiadada conllevaba la finalización de un largo sendero. El camino iniciado por Miller para el sello Dark Horse en la década de los noventa del pasado siglo. Una experimentación constante entre el noir más clásico y el nervio superheroico que dicho creador conocía a la perfección por trabajos previos. 

Unas viñetas viscerales con unos personajes extremos y que se alejaban de lo políticamente correcto. Malestares físicos, desquiciamientos morales e incluso cicatrices en el alma se contemplaban en unas viñetas que, al igual que las calles de Gotham City de Batman: Año Uno, les gustaba estar sucias.

Había que estar completamente loco para querer coger aquel material entre el objeto de culto y el malditismo para hacer un film sobre el mismo.

Carla Gugino y Mickey Rourke en Sin City.
Carla Gugino y Mickey Rourke en Sin City.

Hell’s Kitchen

Es su sitio en el mundo. Frank Miller (Olney, 1957) ha tenido una prolífica, polémica y vibrante trayectoria como autor de cómics. No obstante, legiones de fans y detractores coincidirían en que la Cocina del Infierno nunca había sido retratada como él lo hizo, perfectamente acompañado por los lápices de David Mazzucchelli, en las páginas de Daredevil.

No tiene nada de extraño que escogiese un bar en ese barrio neoyorquino para entrevistarse con ese Robert Rodríguez que tanto interés estaba mostrando en adaptar su material a la gran pantalla. Pese a la insistencia del texano, Miller se muestra escéptico al principio. Casi convencido de que es imposible llevar Sin City al séptimo arte sin que el resultado sea un disparate.

Pesa todavía en su mente el fracaso que supuso para él su incursión en la franquicia de RoboCop. Joaquín Rodríguez, autor del excelente libro Frank Miller: Honor y furia, hace sobresalir la buena sintonía que surge entre los dos. Algo que se produce en un respeto absoluto a la hora de trasladar los cómics originales y su singular estética a la gran pantalla.

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Robocop 3 fue el motivo por el que Miller se alejó de Hollywood hasta Sin City. Lo que hicieron con su guion fue absolutamente vergonzoso.

Rodríguez va logrando convertir al reticente autor en su cómplice. Miramax Films dará su consentimiento a un cineasta hiperbólico que en sagas como Desperado o Spy Kids ha demostrado saber moverse con gracia entre las aguas de la personalidad propia y lo comercial.

Miller y él firman un pacto entre caballeros para llevar aquella ficticia Sodoma estadounidense a una orgía visual que solamente necesita las piezas adecuadas para ser inolvidable.

Sin City: El mejor casting que el dinero podía comprar

Convencido Miller de la empresa, Rodríguez inicia una audaz maniobra. Quiere aprovechar un hecho que parece una desventaja: ninguno de los dos miembros del proyecto reside en Los Ángeles. Camino de LA, el astuto director hace correr el rumor de que el célebre autor de cómics y él van a estar muy poco tiempo en tierras californianas con una oferta que no se podía rechazar.

La táctica funciona admirablemente. No en vano, escritores como Stephen King habían ponderado públicamente obras como El regreso del Caballero Oscuro (1986). Estrellas de la taquilla con el rango de Bruce Willis o Jessica Alba podrían haberse visto tentadas de dar un poco de margen a su decisión de no haber sido por esta celeridad a la hora de tomar decisiones. 

Parte del impresionante reparto de Sin City.
Parte del impresionante reparto de Sin City.

Elijah Wood, Carla Gugino, Jaime King, Clive Owen o Mickey Rourke, entre otros, aceptan participar en una bestial travesura donde figuras que suelen tener películas para su entero lucimiento aceptan repartirse el pastel de forma admirable. Especialmente gente como Rourke asumen sin problemas convertirse en casi irreconocibles de rostro para encarnar a antihéroes como Marv.

Rodríguez quiere hacer algo más que transmitir el espíritu del cómic, pretendiendo que cada plano se hermane con el estilo del trazo de los lápices de Miller, quien se coloca tras la cámara de igual a igual, lo cual dota de singularidad a la puesta en escena y resultará especialmente chocante para la audiencia que no conocía Sin City previamente.

Irónicamente, en un marco de tantas cicatrices y cortas, la figura más malvada y atenazadora apenas alza el puño: Powers Boothe resulta magnífico como el senador Roark, el todopoderoso y corrupto señor de la urbe.

Powers Boothe en Sin City.
El fallecido Powers Boothe en Sin City.

Al cóctel salvaje únicamente le restaba un último ingrediente.

Bloody Fiction

Junto con un reparto que parece un combinado All Star de lo mejor que Hollywood podía ofrecer a comienzos del nuevo milenio, Rodríguez termina logrando la colaboración de un invitado muy especial para que participe en el set con ellos. Se trata de una amistad tan entrañable como peligrosa para él dentro del campo artístico.

Con talento y visceralidad, el cineasta halla a un clon peligroso y mejorado en la figura de su camarada Quentin Tarantino. Conforme han avanzado sus trayectorias, está claro que ninguno de ellos carece de inventiva o espectacularidad, pero el segundo va consiguiendo conformar una filmografía casi redonda, perfectamente encaminada. Siguiendo los designios shakespearianos, hay un método en su locura.

Cualquier productora es consciente de que colocar el apellido vinculado a joyas como Pulp Fiction (1994) conlleva exhibir un sello prestigioso. Como es sabido, el genio de Tarantino solamente es responsable directo en Sin City de la escabrosa escena donde Dwight (Clive Owen) cree que está hablando con el fallecido Jackie Boy (Benicio del Toro). 

De cualquier modo, parece que hubo una influencia más que notable en otros apartados. Cuesta poco identificar armas de la mítica saga Kill Bill (2003-2004) en esos callejones,  siendo reconocibles algunos de los chispeantes diálogos de uno de los enfants terribles de la industria. 

El toque tarantiniano llevará a jugosos extras en el mercado del DVD. Algo que Rodríguez piensa explotar con ediciones donde las escenas eliminadas, audio-comentarios y un toque transmedia permitirán sacar pingües beneficios. 

Sin City: Toxic Games

Álex de la Iglesia, perro viejo de olfato fino, no ha dudado en ponderar que le gusta el universo Miller, sin negar que Sin City tiene un componente indudable de “fascismo enloquecido”. Así lo es en muchas de sus vertientes, al igual que Gabrielle D’Annunzio, cada uno de los protagonistas de esa urbe pondera la acción sobre la reflexión.

La Segunda Enmienda y las barbaridades que han provocado también generan inquietantes fantasmas en una Sin City donde cada integrante del drama tiene su pequeño armamento personal para hacer al mundo arder. Especialmente tras el 11S, la deriva de Miller hacia postulados extremos y sed de justicia atávica, reflejadas en obras tan desconcertantes como Holy Terror (2011), un panfleto tan propagandístico que DC Cómics no quiso que se asociase a Batman, siendo reemplazado por The Fixer.

El Miller más fascistoide de Holly Terror.
El Miller más fascistoide de Holly Terror.

Los colores se cuelan en esta fantasía pulp con altos niveles de testosterona, casi siempre para acentuar la sangre o las transformaciones de unas personalidades que están a una última afrenta, real o imaginaria, de explotar. Pese a ello, su violencia resulta menos perturbadora precisamente por ser tan fiel al cómic, pudiendo verse como un espejo deformado de feria de la realidad.

Eso no quiere decir que el producto no esté exento de belleza en algunas de las composiciones. Ver el duro semblante de Bruce Willis recreando el drama de Hartigan en su celda es una traslación natural de las viñetas de Basin City, nombre original de la urbe que permite el pecaminoso juego de palabras.

La estética alrededor del universo femenino es otro de los puntos de acalorado debate, puesto que todas y cada una de ellas parecen cumplir con una fantasía masculina extrema. Irónicamente, con Rodríguez se logra, sin renunciar a ese vestuario, dar algunos giros de tuerca interesantes a esta dimensión.  

Las chicas de Sin City junto a Hartigan, Dwight y Marv.
Las chicas de Sin City junto a Hartigan, Dwight y Marv.

Raṷxšnā

Hay un vínculo. Alejandro Magno de Oliver Stone se estrena en 2004 por la Warner Bros. Sin City hace lo propio un año después. ¿Hay algún denominador común en dos cintas de temática tan diferente? Sí, una actriz: Rosario Dawson.

Bien avanzado el metraje del conquistador macedonio, descubrimos a la formidable princesa persa de las montañas, Roxana. Caracterizada por esta intérprete de ascendencia portorriqueña que ya no necesitaba presentación para el gran público, el cual la había observado en piezas tan interesantes como La última noche (2002) de Spike Lee

En principio, costaría imaginar que hubiera mucho en común entre la “pequeña estrella resplandeciente”, significado del nombre de Roxana, y la endurecida Gail, una mujer acostumbrada a sobrevivir con éxito en las duras calles de la prostitución en Sin City. De cualquier modo, la sangre inyectada en los ojos de Dawson es la misma. Un fuego que impone y capta la atención de la audiencia desde la primera toma.

Rosario Dawson.

Gail posee cosas de la versión que Miller dio de Selina Kyle en Batman: año uno (1988): decidida, valiente, sensual y dura, aunque con un punto de protectora con las suyas. Más allá del cuero, el verdadero fanservice sería ver entrar a Jack El Destripador y que la líder de The Girls of Old Town hiciera un simple gesto para que “sus chicas” mandasen al londinense de vuelta a su carruaje hecho pedacitos.

De hecho, incluso hay también para algunos compases de algo parecido al sentimiento amoroso, bajo el particular prisma de Marv en su noche de pasión con Goldie. Su trágico resultado lleva a una búsqueda de venganza, cabezas cortadas y escenas inquietantes.

Lo que no arrojó dudas fue su éxito en taquilla, evidenciado por Lou Lumenick: “No se parece a nada que hayas visto antes”.

A Film to Kill For

La feliz acogida dio alas a las aspiraciones cinematográficas de Miller, además de respaldar a la figura de Robert Rodríguez, quien se aupaba como uno de los directores más comerciales a la hora de aplicar con habilidad las nuevas tecnologías. Baste pensar en 300 (2006) de Zack Snyder para percibir la influencia que tuvo la ciudad del pecado en el celuloide.

Otra joya de Miller excelentemente adaptada.

De hecho, el propio Miller se decidió a dar el paso definitivo al colocarse en solitario detrás de la cámara para The Spirit (2008). Adaptación del célebre personaje de Will Eisner. Sea como fuere, aquella operación, a pesar del brillante reparto que tuvo bajo sus manos, confirmo, como advirtió Maharbal a Aníbal, que los dioses no conceden todos los dones a una misma persona.

Miller no encontró una voz cinematográfica propia. Sin embargo, siempre estuvo la seductora opción de hacer una segunda parte de Sin City. En las páginas de The Washington Post, Desson Thompson daba una advertencia que aquella franquicia podía tener una larga vida por delante si jugaban bien sus cartas. Sin embargo, el paso que marcaban las clepsidras iba alejando la posibilidad de establecer una franquicia.

No se materializó hasta 2014, cuando el paladar ya estaba más que acostumbrado a esas fantasías extremas a través de filmes como Sucker Punch (2011). Rodríguez propuso para la ocasión un giro interesante: en lugar de pequeñas historias, configurar un gran relato con subtramas y donde todo terminase convergiendo. Además, tuvo un presupuesto más elevado.

A Dame to Kill For se antojaba como la más sugerente, puesto que el propio Miller se había visto obligado a descartarla de la primera parte por excesivamente larga.

Sin City: Cristales rotos

Finalmente, Miller escribe dos nuevas historias para la ocasión y que se centrarán en dos protagonistas: Nancy y Johny. El segundo sería un hijo bastardo del malvado senador Roark y su característica sería una formidable suerte en los juegos de azar.

De igual forma, realizó en persona el storyboard del film. Junto con tramas urbanas inéditas, hay algunos momentos de mayor consistencia y emotividad en el elenco, destacando el halo trágico de Johny, caracterizado por Joseph Gordon Levitt, un talento que deberá probarse en toda una lección de carácter al estilo de Paul Newman en El Buscavidas (1961).

En frío, todos los ingredientes habrían invitado al optimismo, pero el público cautivo de la predecesora de A Dame to Kill For había superado su expectación ante el retraso. De la misma forma, hay un refuerzo de lujo al casting: Eva Green, la imagen soñada para personificar a la femme fatale que tanto proliferó en la literatura negra estadounidense del pasado siglo. En unos días de cortapisas a las figuras femeninas, aquellas damas podían asumir roles que parecían coto privado de los hombres, mostrando incluso superior pericia a la hora de alcanzar sus ambiciones. 

Eva Green en Sin City.
Eva Green en Sin City.

Green tenía su propia carta de visita. Desde Soñadores ha sido una de las apariciones más emblemáticas del celuloide reciente. Su Ava es una señora del crimen con piscina que no tiene nada que envidiarla a la que poseía Norma Desmond, con una obsesión equiparable a la Laura (1944) de Gene Tierney.

Paradójicamente con menos sangre, la tragedia de Nancy alcanza en la secuela su mayor dimensión. Jessica Alba sobrepasa el registro de su primera composición para brindar a un alma rota, atenta solo al espectro de Hartigan y que terminará aceptando todos los sacrificios como en los cuentos crueles para tener una oportunidad ante el todopoderoso senador.

Missing third piece

Vapuleada desde su estreno y con más problemas de distribución a otros países, A Dame to Kill For bien podría ser una pieza a revindicar en no pocos de sus elementos. Posee una construcción de personajes más sólida, si bien paga el peaje de no tener el factor sorpresa.

Ciertamente, por muchas operaciones de cirugía que se compongan, chirría el intercambio entre Clive Owen y Josh Brolin, siendo ambos buenos actores. También hay una sexualización extrema que parece antesala del futuro caso Weinstein.

Pese a las inconveniencias y recaudación por debajo de lo esperado, tanto Rodríguez como Miller afirmaron tener ideas de sobra e ilusión por una futurible tercera parte. Siendo fantástica en muchos aspectos, la perspectiva del tiempo muestra algunas fisuras en Sin City, superado lo novedoso de su planteamiento. Denostada su continuación, quizás el único pecado imputable a ella fue haber acudido a la cartelera con retraso.

Y, con todo, que a gusto acudiríamos al cine para esa tercera parte.