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‘Personas, lugares y cosas’: Irene Escolar y su adicción a la emoción

Personas, lugares y cosas, la obra de teatro de Duncan Macmillan, se estrena el 25 de noviembre hasta el 11 de enero en la sala grande del Teatro Español, dirigida y adaptada por Pablo Messiez y protagonizada por una soberbia Irene Escolar. Las Furias tuvo el privilegio de asistir a uno de sus últimos ensayos antes del estreno, y, sinceramente, fue una experiencia fantástica, sobrecogedora y más que recomendable. Os cuento un poco de qué va:

Cartel de Personas, lugares y cosas.
Cartel de Personas, lugares y cosas.

Personas, lugares y cosas: ¿adictos a la vida?

La obra de teatro nos cuenta la historia de Emma (Irene Escolar), una actriz que se nos presenta interpretando a Nina, la protagonista de La Gaviota de Chéjov. Pero el espectador ya puede ver que ahí ocurre algo extraño. La respiración de Nina va a cien por hora, dejamos de ver al personaje para encontrarnos con Emma, la actriz que lo encarna. Y ahí comienza realmente la presentación de su personaje. La escenografía se transforma en una fiesta de techno que termina con Emma hablando con su madre por teléfono intentando encenderse un cigarrillo.

Emma, consciente de su problema de adicción a las drogas, habla con su madre antes de entrar en un centro de desintoxicación. Dentro conocerá a diferentes personajes en situaciones parecidas a la suya que le harán plantearse su foucaultiana visión de las drogas y de las instituciones sanitarias y de poder que las controlan. Descubrirá quién es. Aprenderá a escuchar, a tener paciencia y a dejar de mentir, porque sí, Personas, lugares y cosas va de una actriz, adicta al alcohol y otras drogas que carga una maleta de traumas y no puede parar de mentir. La obra va de una actriz para quien el peor personaje que interpreta es el de ella misma.

Irene Escolar en Personas, lugares y cosas.
Irene Escolar en Personas, lugares y cosas.

Irene Escolar es Emma, Nina, Hedda Gabler y quien le apetezca

No hace falta nada más que esa primera escena de presentación de personaje en la que vemos a Emma hablando por teléfono con su madre, para darnos cuenta de que estamos ante una de las mejores interpretaciones de una actriz enorme como es Irene Escolar, y eso, teniendo en cuenta sus anteriores trabajos, no es ninguna tontería.

Mientras Emma habla por teléfono con su madre antes de entrar en un centro de desintoxicación, Irene consigue que su personaje pase por numerosas emociones. No solo las que nos da el texto, sino otras generadas por su maravilloso trabajo de cuerpo en el que a partir de su agitación y precisa respiración consigue que sintamos su frustración por no poder encenderse un cigarrillo. Una acción física sencilla que en otras manos podría pasar desapercibida, en las suyas es un auténtico poema de Bukowski.

El trabajo corporal que acompaña la interpretación de Irene durante toda la obra es abrumador, así como su capacidad para dejar entrar y salir cualquier emoción, por muy dura que sea. Su interpretación como Emma es incuestionable. Al punto de que no ves a la actriz en ningún momento, solo ves a Emma y a todas esas otras “Emmas”, que el propio personaje se inventa. Porque a ella le pasa algo que a todas nos ha pasado en algún momento. Quien no haya querido ser otra persona en uno o muchos momentos de su vida por miedo de enseñar realmente quién es, que levante la mano.

Personas, lugares y cosas: su reparto

Pero Irene Escolar no está sola, otras actrices y actores la escuchan, le devuelven la mirada y le hacen reaccionar. Todas y todos son espejos en los que Emma ve perfiles de ella misma que desconocía. Esos personajes están interpretados por actrices como Sonia Almarcha (maravillosa en sus tres personajes), Mónica Acebedo, Blanca Javaloy, Claudia Faci, y la bailarina Josefina Gorostiza. Por el lado de los actores encontramos al maestro Tomás del Estal (siempre extraordinario), el televisivo Brays Efe, Manuel Jumillas y dos jóvenes actores a los que les auguro un futuro más que prometedor: el experimentado, Javier Ballesteros y el artista multidisciplinar, Manuel Egozkue.

Todo el reparto rema a favor de obra. Funcionan como una única pieza, y se nota que están vivenciando sus personajes porque consiguen que los encontremos, así: vivos, reales e interesantes. Aunque la protagonista absoluta sea Irene Escolar, todas y todos manejan y controlan su espacio en el texto de Macmillan con maestría. Es un gusto ver cómo juegan.

Irene Escolar en Personas, lugares y cosas.

Personas, lugares y cosas: la obra de Pablo Messiez

Pablo Messiez consigue que la obra funcione como un reloj. Tiene buen ritmo, crea escenas, que, aunque ya las hayamos visto antes, siguen emocionando (como los maravillosos pasajes techno). Juega con la profundidad del espacio y sus tres niveles de forma acertada e, incluso, original; tiene la capacidad de crear momentos oníricos de una belleza plástica brutal, aun siendo algunos de ellos, opresivos y pesadillescos, y sabe perfectamente qué está contando y cómo lo está contando. Messiez entiende el texto de Macmillan y lo ha hecho suyo. Pero hay algunas cuestiones, en su dirección y adaptación que echo de menos o no acabo de entender:

Personas, lugares y cosas es una obra larga, de más o menos dos horas, quizá por ese motivo, el director haya decidido hacer una pausa de 20 minutos antes de la traca emocional final. En esos 20 minutos de descanso puedes salir a la calle, como hizo la mayoría, o disfrutar de una gloriosa sesión de música electrónica de a manos de Manuel Egozkue. El problema de esta incomprendida pausa es que, como espectador, sales del duro y a la vez fascinante mundo en el que te habían introducido y te habías dejado llevar. Además, si has salido a la calle, allí has podido volver a encender tu teléfono, cómo no, y así alejarte aún más del momento teatral.

Pero ahí no acaba la cosa, el problema es que la vuelta a la función, muchos de los que salieron a la calle no volvieron a apagar su teléfono, con lo que aparecieron los molestos sonidos de mensajes e incluso llamadas. Había personas que incluso hablaban entre ellas como si estuvieran en el cine en vez de en el teatro. Algo muy molesto para el resto de las y los espectadores y, especialmente, para las actrices y actores de la obra. Por suerte, el público tardó muy pocos minutos en volver a inmiscuirse en Personas, lugares y cosas.

Irene Escolar y Sonia Almarcha en Personas, lugares y cosas. Foto de Mario Zamora.
Irene Escolar y Sonia Almarcha en Personas, lugares y cosas. Foto de Mario Zamora.

Personas, lugares y cosas: ¿adicciones duras o edulcoradas?

Desde una perspectiva de género, los personajes femeninos podrían pasar el test de Bechdel sin problemas, pero hubiera sido de agradecer que igual que hay mujeres de diferentes grupos etarios, en el reparto también se encontraran cuerpos no normativos e intérpretes racializados.

Algo que me llamó la atención de la adaptación de Messiez es que, quizá, independientemente de las ideas postestructuralistas de su personaje protagonista, se echa en falta una mirada que se acerque a la problemática de las adicciones de forma más transversal, ya que, en la obra, a Emma tan solo parece afectarle de forma laboral y familiar, lo que minimiza demasiado los efectos contextuales de las adicciones.

Lo mismo se podría decir sobre las consecuencias físicas y mentales de la desintoxicación en el centro. Habría sido un gustazo poder ver en una actriz tan física como Irene Escolar ese tipo de efectos secundarios causados por la abstinencia.

La ausencia de esos pasajes realmente no traiciona la obra, ya que, como indica su director, Personas, lugares y cosas no va de adicciones, aunque su acción se desarrolle alrededor de estas, sino de “la complejidad, el absurdo y la maravilla de estar vivos”, algo que la obra consigue que reflexiones sobre ello a la perfección.

Saludos furiosos.