Al otro lado

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Ella cruzaba la calle intentando evitar pisar los innumerables charcos. Parecía que hubieran sido colocados allí como parte de un juego. Esquivarlos y llegar al otro lado sin mojarse para ganar la partida. Un juego que no era nada fácil. Tenía múltiples obstáculos que superar.

En la mano izquierda su gran paraguas amarillo. Aunque en ese momento paraba la lluvia que caía, portarlo era una dificultad añadida. La fuerza del viento lo agitaba en todas direcciones.

En la mano derecha un par de bolsas de esos grandes almacenes que se visitan en fechas importantes. Unas voluminosas bolsas que contenían variados regalos para toda la familia. Ropa y algún otro artículo de una menor utilidad. Estas no paraban de golpear sus piernas cuando aceleraba el paso, convirtiéndose en herramientas enemigas para frustrar su objetivo en esta partida: llegar al otro lado.

En una de las bolsas se encontraba el jersey. Ese que unas semanas antes habían visto cuando visitaron los grandes almacenes. No lo compraron porque a él le pareció caro. Ella sabía que le había gustado mucho. Lo dejaron de nuevo en su lugar a pesar de habérselo probado y tenerlo en sus manos. Ella no lo había olvidado. No dejó pasar ni un instante más de lo debido. Al llegar a casa aquel día llamó inmediatamente por teléfono. Tuvo una breve conversación con María, la responsable de la sección, para decirle el modelo y la talla. Quedó reservado, guardado, apartado del resto. Lo había recogido hacía unos minutos. Al hacerlo se iluminó su cara y sonrió.

Las luces de los vehículos que circulaban por aquella calle se reflejaban en el agua acumulada. Su pelo rubio y lacio, de un largo que sobrepasaba los hombros, se abalanzaba sobre su cara. Sus manos ocupadas le impedían apartarlo. Se sucedían leves giros de cabeza para que el cabello volviera a su lugar y no la cegara. Dos pasos más y el objetivo estaba cumplido. Un pequeño salto final para llegar al otro lado de aquel camino.

Solo unos lentos pasos para refugiarse en un pequeño hueco bajo un balcón. Una mirada a su alrededor y a su equipaje. Todo parecía estar bien. Lo había conseguido.

Desconocía que, a unas pocas calles, él, que también jugaba su propia partida, yacía en el suelo.

Él no había llegado al otro lado.

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