Cómo reconocer a una persona peligrosa

Alicia Louzao es doctora y licenciada en Filología Hispánica y licenciada
en Filología Inglesa. Cursó un Máster en Formación literaria y trabaja como
profesora de Lengua y literatura. Sus dos poemarios publicados son: Manual para la comprensión del insomnio (El Transbordador, 2019) y El circo volador (Versátiles, 2020). En 2021 saldrá su tercer poemario, con Ediciones Liliputienses. Ha ganado diversos certámenes literarios y colabora en diferentes revistas culturales con reseñas y artículos.

Cómo reconocer a una persona peligrosa

Existen personas peligrosas.

Personas que llevan sus tentáculos por debajo de la bata de dormir y aspecto pálido.

Personas que se sientan en el metro, saludan a un extraño, se agarran a la barra y esperan pacientemente su parada comprobando la hora que le pincha la muñeca. Y es una persona peligrosa. De pelo corto y metro ochenta y bolsas del mercadona.

No dirías que es una persona peligrosa.

Pero lo es. Tengo la certeza.

Sin embargo, le abres la puerta.

Y enciendes la estufa y le abres las tapas de los yogures con una sonrisa como la palma de tu mano. A una persona peligrosa. A un extraño.

Los extraños son arañas que caen del techo.

Existen personas peligrosas.

Y no hablo de gente que corta brazos en medio de un bosque o de gente que desaparece en el desierto y acecha dentro de un pozo,

escorpiones en los ojos.

Hablo de personas transparentes, limpias, agua de cristal que se remueve con un palito y tú embelesado abriendo las tapas de los yogures y comprando leche de almendras y describiendo a la perfección cada cuadrícula de tu ducha y cada pensamiento que estalla y deja humo en el aire.

Y lo mandas todo con un lacito a la persona peligrosa.

Las personas peligrosas se abalanzan sobre ti con todas sus pecas y todos sus brazos.

Y tú ventilas tu cuarto y compras leche de almendras y preparas las sábanas que huelen a prado.

La persona peligrosa entra.

Se bebe tu té.

Te coge de la cintura.

Te suelta todas sus pecas.

Te escucha mirando a la lámpara.

Duerme en tu cama.

Y siempre sonriendo y sin dejar de mirarte, como una avispa en la estación equivocada,

se despide rápido como había venido.

Como un tornado de hojas.

Unos pelos en el suelo como huella alternativa de alguien que pasó por aquí.

Un “sí, yo creo que lo vi una vez, estaba en un banquito y agarraba una mochila” que comenta alguien que se cruzó con la persona peligrosa y así compruebas que no fue todo un delirio porque aunque yo confundo los sueños con la piedra sé que abrí la puerta a una persona peligrosa.

Y conocí muchas personas peligrosas.

Que me dejaron envoltorios de chicle y puñados de pelos y toallas sucias.

Que sonreían mirándote fijamente a los ojos,

escorpiones negros.

Que olían a pan y olían a jabón de Marsella y venían con el viento que se mueve como una onda de arena y luz. Que tenían una madre bajita que pesaba lo mismo que un botón, que tenían un árbol que daba fruta rosada, que tenían los ojos tristes.

Esas,

precisamente esas,

son las personas peligrosas.

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