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Batman y Peter Pan: ¡Santo Nunca Jamás, Hombre Murciélago! (1ª parte)

Sergio Márquez

Si estás pasándote por esta página y leyendo este artículo, probablemente seas una persona a la que le gusten las ficciones. Alerta de espóiler: a mí me encantan.

Si te hablase acerca de un personaje imaginario que dejó de crecer en un momento concreto de su infancia. Que se rodeó de gente aparentemente afín en aventuras posteriores, pero que está abocado irremediablemente a la soledad… ¿a cuál me estaría refiriendo?

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 “Todos los niños, excepto dos, crecen”

Pongámonos en contexto primero. Llamamos “mitología post-industrial” a aquellas ficciones, creadas desde finales del siglo XIX para acá, para el consumo de una nueva clase social con ciertas posibilidades económicas y necesidad de escapismo y ocio. Ficciones que han tenido un calado profundo en nuestra conciencia colectiva.

Huckleberry Finn, por ejemplo, o el Conde Drácula, Mickey Mouse, Betty Boop, Spock, etc. Personajes a los que nadie en su sano juicio adora como se hiciera hace siglos en el monte Olimpo con los dioses griegos, pero con los que todos estamos familiarizados, hemos visto en libros, cómics, películas, y llevamos por ahí en bolsos y camisetas. Personajes que comienzan a estudiarse como señas de nuestra cultura e, incluso, como arquetipos psicológicos.

Dos de los más conocidos son, sin duda, los que nos ocupan en este artículo: Batman y Peter Pan. El hecho de compararlos podría parecer absurdo. ¿Qué tienen que ver el uno con el otro? Sin embargo, esta comparativa, además de divertida, tiene su parte de sentido, hacedme caso.

Diferencias fundamentales

La creación de ambos personajes está separada por treinta y cinco años. Peter Pan fue invención de James Mathew Barrie, autor escocés que estrenó “Peter Pan; or the Boy Who Wouldn’t Grow Up” en Londres, en diciembre de 1904. Batman, por su parte, fue creado por un historietista americano llamado Bob Kane (con la ayuda más que indispensable de un tal Bill Finger) para la revista “Detective Comics”, en 1939.

Peter Pan fue concebido como una historia cerrada, primero en teatro y después en novela. Batman se ideó para el cómic, formato en el que se contaban historias seriadas que se iban inventando sobre la marcha, en función de los cambiantes gustos de la época. Por otro lado, Peter Pan se pensó para un público adulto que pagaba sus buenas libras esterlinas para ir al Duke of York’s Theatre, mientras que Batman estaba dirigido a niños que tenían que rebuscarse entre los bolsillos para encontrar los diez centavos que costaba un tebeo.

Peter Pan bebía del folklore escocés, las novelas de aventuras de la época Victoriana, y las vivencias de su autor. Batman, por su parte, se creó por encargo, como reacción a Superman (la gran sensación del momento), con influencias pulp, y a expensas de lo que se les ocurriera a sus coautores de un día para otro.

Aunque en años posteriores se han realizado varias secuelas y precuelas en distintos formatos, la historia canónica de Peter Pan sigue férreamente ligada a la obra original de su creador. La naturaleza del cómic americano (y del género de superhéroes, en particular), sin embargo, han propiciado que Batman haya pasado por un sinfín de guionistas y dibujantes a lo largo de más de noventa años, así como multitud de reinvenciones, reboots, y demás recursos editoriales y cinematográficos para mantener al personaje fresco y relevante.

Aun así, el concepto bruto del hombre murciélago es tan sólido, que puede trazarse una línea continua en su abrupto historial. Esta línea nos permite tratarlo como un personaje tan definido y completo como el propio Peter Pan. Así que vamos allá.

Peter Pan

La idiosincrasia de ambos, parte de un trauma infantil relativo a sus padres. La primera mención a Peter Pan por parte de Barrie fue en una novela llamada “The White Little Bird”. En esta, el personaje principal idea una serie de historias sobre un niño mitad pájaro, que escapa volando de su casa para mezclarse con las hadas en Kensington Gardens (parque real en el centro de Londres y versión primigenia del país de Nunca Jamás en la ficción). Estas historias fueron después recogidas en otro libro titulado, convenientemente, “Peter Pan in Kensington Gardens”.

El Peter que aquí se nos presenta carece de muchas de las características que asociamos habitualmente con él. Todavía no ha dejado de crecer, ni reniega de la figura de su madre. Tan solo se marcha una noche para disfrutar en compañía de las hadas, y se deja entretener por ellas durante “muchas lunas”. En este tiempo, sin embargo, sigue teniendo intención de volver a casa. Una vez lo hace, de hecho, entrando por la ventana de su habitación y encontrándose ahí a su madre dormida, esperándolo fielmente.

Convencido de que ella no se cansaría nunca de esperarlo, Peter decide no despertarla y regresar a Kensington Gardens a divertirse otro poco. Sin nada que temer. Cuando se resuelve a volver definitivamente a casa, sin embargo, se encuentra con la ventana de su cuarto cerrada. Con barrotes de hierro, y otro bebé en su lugar en los brazos de mamá. Es en este momento, al sentir la ausencia materna, cuando el reloj se detiene para él. Vuelve con las hadas de forma definitiva, renegando de una madre que, en el fondo, añora.

Es confuso determinar la edad de Peter cuando esto ocurre. En “Kensington Gardens” se nos dice que tiene apenas siete días de vida, pero se le otorga el comportamiento y las facultades de raciocinio de un niño más mayor. En la novela publicada en 1911 “Peter and Wendy” (que es la que tenemos casi todo el mundo en la estantería bajo el título “Peter Pan”) se dice que conserva todavía los dientes de leche. Sin embargo, el propio autor escogió la imagen de un prepúber cuando se erigió una estatua a su personaje en 1912.

Teniendo todo esto en cuenta, digamos que el Peter Pan canónico tiene entre doce y catorce años, ¿vale? Vale.

Batman

El origen de este personaje no fue revelado hasta seis meses después de su primera publicación. La escena es más que conocida: el joven Bruce Wayne sale del cine (el “Monarch”, normalmente) de la mano de sus padres, por la solitaria calle “Park Row”, en la ciudad de Gotham. En ese momento se les cruza un delincuente exigiendo las perlas que Martha Wayne lleva al cuello, a punta de pistola. Thomas Wayne se mueve para proteger a su esposa, el ladrón se alarma, y dos disparos bastan para asesinar a ambos frente a su hijo, que observa el crimen impotente.

Bruce cae al suelo, de rodillas, y entre que alguien observa lo ocurrido, llama a la policía, y la escena se va llenando de sirenas y luces rojas y azules, toma una firme resolución: vengar la muerte de sus padres asegurándose de que nadie más vuelva a sufrir lo mismo que él. Es la promesa de un niño, claro, un razonamiento ilógico, un imposible, fruto del trauma de alguien que no es suficientemente maduro como para aceptar lo ocurrido y pasar el duelo.

La edad de Bruce Wayne cuando mueren sus padres también es complicada de establecer. A juzgar por las diferentes versiones del evento que se han publicado a lo largo de los años por DC, podemos asumir que tenía entre ocho y diez años.

Pues bien, desde ese momento, Bruce dedica su vida entera, su extraordinario intelecto, y su amplia fortuna familiar, a cumplir con ese juramento infantil. Deja de crecer, metafóricamente, creándose para sí esta sombra con vida propia que lo acompaña durante el resto de sus días en una misión delirante y autodestructiva. El asesinato de sus padres es el momento en el que Bruce vuelve volando a casa y se encuentra la ventana cerrada.

Qué lástima. Disculpadme un segundo, que voy a por un kleenex.

Ya está.

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