Veraneando con Éric Rohmer

Silvia Panadero

Hablar de la situación actual es ponerse cansino, pesado y monotemático hasta la saciedad. Me gustaría retroceder a la época pre (pre-mascarillas, pre-virus, pre-estado de alarma y pre-crisis sanitaria). Concretamente al 11 de enero de 2020.

Ese día hizo diez años de la muerte de uno de los representantes de la nouvelle vague francesa. Y no, no es Truffaut, no es Godard, Chabrol ni Varda. Ese día de enero de hace diez años Éric Rohmer abandonó el mundo dejando un legado de 30 largometrajes. El último de ellos estrenado tan solo tres años antes de su muerte, en 2007, y algo alejado del estilo característico del francés, más cercano al filme de época que adaptó a finales de los 70 La marquesa de O (1976).

El cine de Rohmer trata temas elevados, problemas complejos y filosóficos que a todos se nos han pasado por la cabeza alguna vez. Por supuesto, en el primer mundo, ya que estas son películas para la clase acomodada. Son piezas tremendamente poéticas, la mayoría sin música ni artificios, con las que solo se puede empatizar si tenemos el nivel de vida adecuado y las necesidades primarias cubiertas.

Dejando claro esto, el aura “rohmeriana” puede atrapar de una manera casi mística. Y es que las historias son muy sencillas. Si hubiera que reducir a un par de frases algunas sinopsis de sus obras quizá nos parecerían hasta argumentos pobres. No obstante, creo que es ahí precisamente donde radica su genialidad. Lo que a simple vista puede parecer algo sin mucha sustancia o consistencia, acaba siendo un debate filosófico en toda regla sobre cuestiones especialmente relacionadas con la vida en sociedad y con la clase alta francesa.

La magia del cine de Rohmer

Esta magia que puede inspirar el cine de Éric Rohmer viene dada por la forma tan reconocible de narrar que tiene el autor, pero también por las atmósferas que crea. Sus largometrajes bien podrían ser cuentos y, algunos de ellos, parten de ahí. Así, hay un bloque de seis de ellos aunados bajo el título Seis cuentos morales (La carrera de Suzanne, La panadera de Monceau, La coleccionista, Mi noche con Maud, La rodilla de Claire y El amor después del mediodía). Del mismo modo, también están los Cuentos de las cuatro estaciones (Cuento de primavera, Cuento de invierno, Cuento de verano y Cuento de otoño).

Los Seis cuentos morales parten de una serie de relatos cortos que Rohmer escribió y a partir de los cuales más tarde desarrolló los guiones para las seis películas que los integran en el medio audiovisual.  

Además de esta forma de narrar tan específica y reconocible, otro de los puntos que destacar de su cine son los espacios. Muchos de sus filmes están ambientados en lugares de belleza particular, sitios comunes a todos los que hemos veraneado por las costas del sur de Europa y cargados de salitre, amores de verano y, cómo no, playas.

El eterno verano rohmeriano

Un ejemplo muy representativo de esto es Pauline en la playa (1983). La sensación refrescante que transmiten Pauline y su prima Marion es tan especial que parecerá que hemos viajado con ellas, que estamos en esa playa de Granville y vamos a ponernos a aprender windsurf en cualquier momento.

Cuento de verano (1996) también está ambientada de principio a fin en la playa. Concretamente entre Dinard y Saint-Malo. Si bien en Pauline en la playa podíamos ver el despertar adolescente de la sexualidad, y la entereza y madurez de Pauline en cuestión de amor con respecto a su prima Marion (bastante mayor que ella), en Cuento de verano nos situamos en una adolescencia ya muy madura, que casi es etapa adulta, pero aún no del todo.

Dicho vulgarmente, puede considerarse esta historia como un lío de faldas, pero tal y como se ha mencionado antes, esto es solo un resumen reducido al absurdo de una sinopsis con casi toda probabilidad también absurda.

Cuento de verano no es solo el amor y la amistad estacional entre Margot y Gaspard, es revisitar las costas de nuestras vacaciones. Es viajar en el tiempo a los 90, oler la sal más pura y recordar esos amigos que hicimos durante aquellas semanas que parecían eternas y de los que nunca volvimos a saber nada.

Otra obra centrada en las vacaciones de verano es El rayo verde (1986), ya estamos en la etapa adulta. La protagonista, Delphine, se ha quedado sin plan para sus vacaciones a última hora. El calor de París es sofocante y ella está perdida en todos los sentidos posibles. Delphine viaja a varios destinos sin encontrarse verdaderamente cómoda en ninguno, ya que va sola. Finalmente, tras varias idas y venidas de la costa a la ciudad, acaba por volver al mar con un desconocido para tratar de ver ese rayo verde que le dé un poco de esperanza.

Como gran diferencia con las otras dos, El rayo verde es más seria, con más momentos de silencio y más escenas de una protagonista solitaria, perdida y muchas veces incomprendida. Retratando así que, por momentos, las vacaciones de verano pueden ser más un problema y un motivo de estrés que de lo contrario.

En La rodilla de Claire (1970) avanzamos más en cuanto a madurez. El papel principal lo encarna un hombre de mediana edad a punto de casarse y que acaba encontrándose con una vieja amiga en un paraje extraordinario de los Alpes. Rohmer prescinde esta vez de la playa, pero nos lleva hasta un lago rodeado de montañas en el que los personajes se mueven como peces en el agua.

A poco de pasar por el altar a Jerome le asaltan, más que dudas, ganas de seducir. Inducido por su vieja amiga trata, de manera casual, de tener un romance con Claire, una joven cuya belleza le hace dudar de sí mismo. Entre idas y venidas, los actores se preguntan por el significado del amor en una etapa más reflexiva de la vida.

Quizá las dos primeras sean de las más representativas del verano rohmeriano. Es posible que esto este causado por la gran frescura que traspasa la pantalla y por los recuerdos que podemos tener asociados a ellas por los amores y amistades de verano vividas en nuestra juventud. No obstante, la época estival y las playas (o lagos) salpican, aunque sea levemente, otros de sus largometrajes como Mi noche con Maud (1969), que acaba con la familia yendo de vacaciones al mar; Cuento de Invierno (1992), que comienza con un amor de verano en la costa, conductor de toda la trama principal; o El amigo de mi amiga (1987), en la que dos de los protagonistas se divierten y afianzan su relación en los estanques de la localidad de Cergy, cercana a París.

La mayor parte de las películas de Rohmer tienen como tema principal el amor o las relaciones personales derivadas de este, pero también el verano, las vacaciones y esa época de pausa en la que parece que todo se detiene. Nos hablan del paréntesis estival y de las aventuras y relaciones que se establecen en él y que luego quedan durante mucho tiempo en la memoria, intactas y atesoradas como los mejores recuerdos, protegidas por el calor y el agua veraniegos.

No se me ocurre mejor forma de rememorar el verano, pre nueva normalidad, que pasearse por estas obras para visitar las costas francesas y refrescarnos más la mente que los pies con el arrullar del mar rohmeriano.

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