‘Alejandro Magno’ fue un desastre… pero nadie habla de lo que realmente ocurrió entre Jolie, Kilmer y Farrell
En otro tiempo, podría haber sido su héroe. Conforme transcurrieron los años, Oliver Stone defendió la energía que brindaba aquel actor a la pantalla, hasta el punto de juzgar injusta a la Academia por no haber apreciado su valía en The Doors (1991). Val Kilmer era eléctrico, atractivo y con un punto extravagante. Hubiera sido coherente imaginar que, en algún instante, pasase por la imaginación del director la idea de enfundarlo en un casco de forma leonina para lanzarlo a conquistar el imperio de los persas.
Sin embargo, un nuevo milenio comenzaba y la edad del intérprete desaconsejaba rotundamente ofrecerle el papel de Alejandro Magno, el macedonio más célebre de la Historia y una musa de la Antigüedad. Stone, un amante de representar los horrores de la guerra en el celuloide, sentía que, al fin, iba a poder cumplir su sueño de hacer un biopic sobre una personalidad que cumplió su sueño infantil de emular a Aquiles: vivir brevemente y con gloria antes que pasar desapercibido en una longeva existencia.
No obstante, Val Kilmer seguiría desempeñando un rol relevante en aquel empeño. Ya no sería el protagonista, pero estaba destinado a ser un Filipo II digno de elogio y a conocer a una de las colegas de profesión que más impacto provocarían en su vida personal: Angelina Jolie. Hay muchas formas de aproximarnos a la controvertida Alejandro Magno (2004), aunque una de las más peculiares es a través de dos personalidades que parecieron converger en el momento justo.

Val Kilmer y Colin Farrell: mentorías
Liam Neeson era sencillamente perfecto. Además, estaba interesado en el papel. Todo encajaba, puesto que el artista era un experto en hacer de maestro y figura paterna de jóvenes paladines. De cualquier modo, Oliver Stone no dejaba de evocar la posibilidad de Kilmer, incluso cuando las negociaciones con el británico iban viento en popa. “Quería que Val fuera el padre, Filipo”. De hecho, la elección provocaba un juego metaficcional con guiños a la Historia: de no haber sido por su hijo y la más célebre de sus esposas, Filipo II de Macedonia habría sobrevivido en el imaginario popular como el más afinado estadista y victorioso general de Grecia.
Tan sencillo como eso. De idéntica manera, Colin Farrell se estaba colocando en los zapatos de un rol que en el pasado habría podido pertenecer al veterano intérprete, quien admitía estar sanamente celoso de la meteórica carrera de un joven que tenía un don para trabajar con algunos de los mejores directores de la industria. Eso pronto llevó a que su química en pantalla fuera realmente extraña, una curiosa miscelánea entre la afinidad y un muro invisible que los separaba.
Durante el rodaje, Kilmer demostraría ser una esponja que había asimilado muchas enseñanzas de la época de Alejandro Magno. Al igual que Connie Nielsen en Gladiator (2000), se había empapado de bibliografía sobre aquellos días del pasado y quería asesorar a un Farrell que prefería optar por asimilar a su manera al personaje. Una especie de sutil conflicto generacional que el monarca de la dinastía de los Argéadas tuvo con su principal heredero. Autoras sagaces como Mary Renault han subrayado lo fácil que fue el vínculo paterno-filial cuando debían abordar un problema del reino y sus innumerables complicaciones para convivir mutuamente en el hogar.
Un hogar… con una reina.

Alejandro Magno: Nido de víboras
Aquello había ido contra las reglas fijadas en la escena. Farrell quedó visiblemente sorprendido, pero pudo continuar la actuación. De hecho, incluso justificó la bofetada de su compañera de reparto: “Su mirada, el brillo de sus ojos y la manera en la que mantenía la compostura, esa realeza”. En la escena que estaban representando, un Alejandro en vísperas de ser coronado recibe una reprimenda de su madre, Olimpia, por una falta de respeto: Angelina Jolie, la estrella encargada de encarnar a la quinta (o, tal vez, cuarta) esposa de Filipo de Macedonia.
Si el intérprete irlandés se sintió mal por cómo la epopeya histórica de Stone le sembró de dudas profesionales frente a las feroces críticas recibidas, nunca ha vacilado en todo este tiempo en elogiar la tarea llevada a cabo por Jolie como su madre, aportando gran fuerza a una presencia indispensable para entender aquella época. Kilmer tardó asimismo muy poco en caer rendido a sus encantos. De hecho, según comentó en su autobiografía, mantuvo un romance con ella al poco de iniciar este rodaje que sería una de las relaciones que más marcaron al recientemente fallecido intérprete.
Sin menoscabo de los muchos elogios que dio a Jolie en aquellas páginas, hemos de ser cautos a la hora de aceptar sin reparos esa versión, puesto que la otra parte interesada no se ha pronunciado sobre esa parcela de su vida privada.
Dentro de ese marco de fuentes a contrastar, Jolie representa una vida paralela a Olimpia, quien comenzó llamándose Políxena, aristócrata epirota por cuya sangre, según los mitos, corría la sangre de Aquiles y de la propia Andrómaca, viuda del héroe troyano Héctor. Poseemos la certeza de que, al menos, en dos ocasiones más alteró su nombre. Curiosamente, siempre por homenajes a hombres: su nieto, su esposo…

Alejandro Magno: Misterios en Samotracia
Desde su estreno, se convirtió en una presa apetecible a la que asaetear. El propio Colin Farrell buscó enterrar aquella experiencia en lo más profundo de su recuerdo, convencido de que casi hizo tambalearse su carrera en ciernes como estrella actoral. Hasta llegaron demandas desde Grecia por el tratamiento de un héroe nacional. Otros mentideros aprovechaban la circunstancia para cobrar viejas deudas contra Oliver Stone, un artista de corte ideológico acentuado y que no se había granjeado precisamente las simpatías de los gobiernos estadounidenses por su particular forma de concebir la historia norteamericana.
Conforme han pasado las décadas, esas turbias manchas de sangre en el Egeo quedan bastante embellecidas. Diferentes montajes del film a cargo del realizador (hay hasta cuatro actualmente) han mostrado un producto mucho más complejo y que rellenaba varias de las lagunas que el corte más comercial había forjado. Especialmente, los flashbacks de la infancia del protagonista brillaban con luz propia, una labor donde la mano de Rodrigo Prieto, director de fotografía de plena confianza para Stone, buscó filtrar una luz especial para aquellos días donde el príncipe macedonio veía como figuras titánicas a Olimpia y Filipo.
En una difícil bruma entre la leyenda y la crónica histórica, suele referenciarse que los progenitores del conquistador se conocieron en los rituales mistéricos de la isla de Samotracia. Algo plausible teniendo en cuenta sus edades y condición aristocrática. Un posible flechazo que en nada desdice la inteligente política de poligamia ejecutada por Macedonia, ansiosa de estrechar lazos con un vecino tan estratégico como Epiro. Una especialista como Verity Jane Platt afirma ver toques de Fritz Lang o Goddard en el tratamiento efectuado por Prieto para recrear esos pequeños sorbos del pasado, esas vivencias donde el séptimo arte puede cruzar las líneas que la investigación histórica rigurosa no debe permitirse.

Angelina Jolie: La corona de Medea
Es como salir con cualquiera otra superestrella… solamente que ella es mejor
Val Kilmer.
Así resumía Val Kilmer en sus memorias la sensación que producía estar ante aquella presencia. Su reputación entre los mentideros de Hollywood solamente iría en aumento, especialmente cuando iniciara una relación sentimental con otro rey de la taquilla: el fenómeno Brangelina fascinó por igual al séptimo arte y a los tabloides. Antes de esos días de glorioso reinado en la prensa rosa y grandes contratos, Jolie, al igual que otros compañeros de reparto, hubo de afrontar el agravio de los premios Razzies.
Uno de los chistes más recurrentes radicaría en su escasísima diferencia de edad, apenas un año, con Colin Farrell. Algo llamativo entre madre e hijo, si bien hay un exceso de querer aposentarse en la superficie y no ver más allá. Ya sea la peluca de Richard Burton en 1956 o aquí este particular vínculo materno-filial, conviene bajar de la punta del iceberg para observar las ricas profundidades.
Si su marido Filipo tuvo la mala fortuna de topar con la afilada pluma de Demóstenes, Olimpia tampoco escapó a la damnatio memoriae: fuentes como Plutarco la aproximaron sin dudar hacia un rol similar al de Medea, mientras que diádocos como Casandro (en el largometraje de Stone personificado en Jonathan Rhys-Meyers, adelantándose en el tiempo su viaje a Asia) se dedicaron a exterminar físicamente a todo su linaje. Jolie, quien buscó inspirar sus diálogos en el acento de Albania (una parte del antiguo reino epirota estaba allí) da fuerza de mantis religiosa a una figura histórica que nunca ha carecido de testimonios adversos.
Expertas como Elizabeth D. Carney han subrayado que sus presuntos “delirios religiosos” en las crónicas masculinas escondían una autoridad religiosa del culto a Dionisos que ella, astutamente, supo aprovechar para tener esferas de poder.

Jolie con un toque de Bette Davis
Elizabeth D. Carney siempre había jugado con aquel casting en su erudita mente de investigadora. De hecho, solía ser una de las pocas personas en el debate que recordaba el telefilm de 1968 protagonizado por William Shatner. De haber tenido éxito, aquella obra habría derivado en una serie para la pequeña pantalla, quizás una pista para espíritus audaces como la de Oliver Stone: cuando el novelista Gisbert Haefs calificó a Alejandro Magno como el señor de las diez mil almas, apenas exageraba un poco lo complejo de abordarle.
Por ello, Carney era voz autorizada para establecer sus recelos alrededor de una cinta que naufragó en los Estados Unidos y recuperó plata para las arcas en una Europa por entonces más sosegada a la hora de entender el tierno vínculo entre Colin Farrell y Jared Leto (el futuro Joker daba vida a Hefestión). Nuestra historiadora aceptó ser una de las plumas en el altamente recomendable Responses to Oliver Stone’s Alexander: Film, history and cultural studies (2010). En su capítulo, afirmaba que Angelica Houston habría sido una formidable matrona epirota. No podemos negar su buen gusto eligiendo talentos interpretativos.

De cualquier modo, Carney exhibió una notable preocupación por los estereotipos perpetuados a través de la creación alrededor de Jolie: su Olimpia es una Medea reencarnada capaz de atar con firmes e invisibles lazos a un príncipe digno de Eurípides. Stone, amante de esa dramaturgia, buscó ese acercamiento con la petición a Jolie, quien le había deslumbrado en Gia (1998) de que afrontase el reto como lo hubiera hecho Bette Davis. Es decir, una fuerza poderosa y explosiva, alguien capaz de sobrevivir en un palacio plagado de esposas y herederos que quisieran usurpar el legado de Alejandro. Habiendo sido madre ella misma hacía poco, la estrella emergente aceptó el desafío.
Alejandro Magno: un fracaso glorioso
Uno de los pocos puntos en que amantes y detractores concuerdan alrededor de Alejandro Magno es que Anthony Hopkins era un formidable y envejecido Ptolomeo. Desde su biblioteca de Alejandría, dicta a sus escribas sus recuerdos de esos años. Bien asesorado por Robin Lane Fox, Stone no ha dejado al azar a la voz narradora de su Ciudadano Kane (1941) particular: Ptolomeo fue el general alejandrino que supo hacerse fuerte en Egipto, robar el cadáver de su amado conquistador y vencer en la batalla del tiempo con unas crónicas que, pese a no habernos llegado, influyeron en mucho a los futuros historiadores que las cogieron.
Unos cronistas masculinos normalmente aterrados frente a los excesos de Olimpia, tachada de bruja en no pocas ocasiones. Hopkins, evocador en sus parlamentos, termina afirmando que las intentonas de unificar el mundo bajo las sarisas macedonias terminó en fracaso, pero que dicha caída brillaba más que los mediocres éxitos de otros aspirantes a pasar a la posteridad.

De igual manera, aunque defraudó a quienes esperaban una nueva Troya (2004) de Wolfgang Petersen, cada nueva edición en Blu-ray con escenas añadidas abre un nuevo estimulante debate de un paso que en la película se muestra mucho más viva de lo que se suele en este género: las estatuas y templos están pintados, una vivacidad que queda acentuada por las memorias de infancia del protagonista, rodeado de un padre y madre tan excepcionales como complejos.
Con elegancia, Stone no solamente leyó las críticas fundamentadas de profesionales como Elizabeth D. Carney: el libro de la universidad de Wisconsin culminaba con el propio cineasta, aquel talento regresado del Vietnam a quien detectó el olfato fino de Martin Scorsese, dando una sosegada réplica y admitiendo varios aciertos en la historiadora al censurar su forma de abordar la maternidad de Olimpia.
El nudo Gordiano
Pocos personajes de la ficción podrían presumir de haber tenido más vivencias que Cleopatra, Aníbal Barca o Gengis Kan. Hay auténticos laberintos de estimulantes páginas a cargo de Mary Renault, Robin Lane Fox, Adolfo Domínguez Monedero, Anthony Everitt y un distinguido etcétera. Toda esa abundante bibliografía no es óbice para que siga quedado mucho por decir del conquistador macedonio… y su época.
Sean Stone, retoño del propio director, acertó al ver la labor prometeica de su padre como la metáfora de su propio documental sobre el rodaje: Fight Against Time: Oliver Stone’s Alexander (2005). Particularmente, el director de Platoon (1996) quería explorar los años de su musa histórica en lugares como Afganistán para contraponerlos a las propias campañas norteamericanas en dicho suelo en época contemporánea. Seleccionar una parcela de αλέξανδρος ο μέγας siempre exige un sacrificio: otra dimensión quedará oculta.
Observar la estimulante secuencia de los entrenamientos infantiles del muchacho bajo el preceptor enérgicamente interpretado por Brian Blessed, ya da pistas de que sus primeros años ya darían para una película completísima. Y eso habría permitido dar más metraje a Christopher Plummer como Aristóteles, el filósofo a quien Filipo encomendó la educación de su hijo y principales amigos. Stone quiso sumergirse en la tarea imposible de abarcar más de treinta años de maremoto donde las figuras alrededor del protagonista son tan fascinantes como él mismo.
Aprovechando el acento irlandés, la película busca marcar en ese sonido diferente una pequeña barrera entre los macedonios y los griegos, algo perfectamente visible en la cuidada puesta en escena del nuevo matrimonio de Filipo con la hija de uno de sus compatriotas: Átalo. Liz Carville ha apreciado la inquietante conexión de ese culto al alcohol y el exceso con la violencia ejercida sobre las mujeres de aquella sociedad.

Enseñanzas en las cavernas
Hay un cierto aroma a manuscrito de Platón. Cuando Angelina Jolie y Val Kilmer miran a Jessie Kamm (encargado de ser el protagonista durante su infancia), saben transmitir toda la pasión y preocupación que llevan aparejados los lazos de sangre. La Olimpia de Jolie logra adiestrar a su “pequeño Aquiles” para no vacilar ante ninguna situación, ni siquiera estar frente a una serpiente en su propio lecho. Por su parte, el Filipo del largometraje de Stone se adentra, antorcha en mano, para mostrar al príncipe ya adolescente (en este caso le da vida Connor Paolo) unas inquietantes muestras pictóricas de algunos de los mitos más aterradores de Grecia.
La obra fílmica no siempre alcanza la perfección. Hay algunos errores extraños en la sucesión de acontecimientos de dominio popular (el motivo por el que Aquiles se retira de las murallas de Troya o cuándo Hércules perdió la cordura), impropios de un trabajo tan cuidado en otros aspectos. Sea como fuere, la esencia del drama lleva a un halo de tragedia, a profecía de Casandra autocumplida. No hay ninguna constancia de que Filipo hubiera encontrado ese rincón tan antiguo de su palacio… pero, de haber existido, habría hecho ese viaje con el joven Alejandro o su hermanastro Arrideo.
Bajo una broma alrededor de su necesidad de rodar escenas románticas con Angelina Jolie, Kilmer insistía a Stone en que sería positivo algún flashback de una época donde Olimpia y Filipo estuvieran en pleno romance. La pasión no tenía nada que ver en aquella Grecia con el matrimonio, pero no es nada descabellado que tuvo que darse una coyuntura donde aquellas dos formidables personalidades estuvieron en armonía. La Olimpia celosa y manipuladora contra el Filipo eternamente borracho habría hecho las delicias de la crónica ateniense, pero se aleja de la realidad.

El sueño real de Alejandro Magno
Si fuera un capítulo dentro de una serie histórica financiada bajo un sello como el de la HBO, estaríamos hablando de un fresco memorable. Sazonando las Vidas paralelas de Plutarco con otras fuentes, Stone recrea los festejos de la última boda de Filipo con una desbordante dramaturgia. Kilmer, ojo cerrado incluido, sabe exhibir las cicatrices de un hombre destrozado, cuyos mejores días han pasado, pero que sigue sosteniendo el timón de un reino llamado bárbaro y al que ahora las otras polis miran con obligado respeto.
Jolie, entre bambalinas, cual adoradora de Hera, es una majestuosa reina caída en desgracia, ansiosa de garantizar que futuros hijos macedonios no menoscaben la posición de su adorado muchacho, un Colin Farrell obligado a vagar por la fiesta como un alma en pena. Gary Stretch, aprovechando su físico de boxeador fajado, intenta consolarlo desde su posición de escolta y joven guerrero que goza del favoritismo del rey. La película y la audiencia saben que, en un futuro no tan remoto, Alejandro terminará atravesando con una lanza a ese guerrero, apodado Clito el Negro, alguien cuya hermana amamantó al propio príncipe.
El también irlandés Nick Dunning, quien fuera asimismo el progenitor en la ficción de otra atractiva prometida en Los Tudor, lanza un brindis malicioso para cuestionar la pureza de sangre de Alejandro. La forma de beber, cantar, mantener relaciones sexuales y las muestras mal entendidas de hombría están tan presentes en la toma como podría darse en las mejor de las descripciones de un espía de Demóstenes.
Una discusión ebria que provocó el exilio de Alejandro y su madre a Epiro, un instante de suma emotividad que suele pasar desapercibido en el maremàgnum de una pieza con recreaciones como Gaugamela. Tal vez, el sueño real de que todo esto hubiera sido una saga de varios filmes.

En el nombre del hijo
Aparentemente, resultaba una curiosa elección, máxime teniendo en cuenta que había una colosal batalla con elefantes recreada con audaz estilo por Stone, incluyendo un cambio de tonalidades. Sin embargo, Angelina Jolie no dudaba en citar un breve diálogo de Val Kilmer en Alejandro Magno como uno de sus instantes favoritos: “Clito, quiero que corra el vino día y noche. Tienen que aclamarme”. Las palabras de un tenso Filipo II se ubican en el flashback esencial y que provoca una fábula de cuento, un libreto donde están todos los elementos de una tragedia griega.
Oliver Stone no quería ocultar la muerte de Filipo II, un asesinato en pleno teatro de Egas cuando el rey estaba en la cúspide de su fama: honrado en escultura entre las estatuas de las deidades olímpicas y a punto de reforzar su alianza epirota al casar a su hija Cleopatra con Alejandro de Epiro, hermano de Olimpia. Cabalgando junto a Colin Farrell, el público recibe la pieza del rompecabezas que faltaba: ¿por qué el príncipe macedonio volvió a sentarse a la derecha del padre tras su exilio?
Espoleada por la música de Vangelis, la tranquila cabalgada está llena de malos augurios y momentos de ternura. Kilmer logra transmitir el infinito de amor de un padre por un hijo, a la par que su rabia. “La gente ya dice que Filipo era un gran general, pero que Alejandro es, simplemente, grande”. Miradas cómplices que el curtido actor no duda en complementar con el orgullo herido: “Si vuelves a insultarme, te mataré”. Una posición de réplica incómoda para Farrell, un hombre destinado a mandar y que aquí está en una posición de jaque. “Te he añorado” terminan siendo las palabras que afloran de una versión de Filipo mucho más compleja y fascinante que en anteriores etapas.

Filipo y JFK bajo la mirada de Oliver Stone: la daga de Lee Oswald
A pesar de los miles de años entre los dos imperios, hay un cierto aroma a caída de Camelot cuando Filipo cae atravesado por uno de sus guardias en presencia de sus aliados griegos, quienes le habían aceptado, al fin, como el hegemón que tomaría Persia. Oliver Stone siempre ha mostrado una enorme curiosidad por el magnicidio del presidente John Fitzgerald Kennedy, algo palpable en su monumental J. F. K.: Caso abierto (1991). En esta ocasión, el Lee Harvey Oswald para la posteridad será Pausanias (le da vida el actor Toby Kebbell), un guardia resentido con su soberano por una afrenta no vengada a manos de Atalo.
El propio Aristóteles dejó una breve referencia a que la caída de Filipo fue una venganza con tintes homoeróticos. Sin embargo, el largometraje es consciente de que, tal vez, no fuera un asunto tan simple: siguiendo tanto a Plutarco como la puesta en escena de Eurípides, la cámara juega con la inquietante calma de una Angelina Jolie deslumbrante y vestida en tonalidad roja. Desde siempre, incluso los admiradores de Alejandro hallaron un excelente chivo expiatorio en la hechicera de Epiro: ella sería la máxima responsable en el baño de sangre en el ascenso al trono, dejando al conquistador en un agradable segundo plano.
“Sé fuerte, padre. Recuerda que con cada paso que das honras tu valor”. Más allá de las múltiples teorías (que van desde la corte persa del rey Darío a la fiera Esparta, pasando por la Atenas de Demóstenes) sobre quién se benefició del asesinato, la película de Stone busca siempre el reencuentro entre padre e hijo. En varias ocasiones, Kilmer y Farrell se tienden la mano mutuamente, pero nunca tienen la sincronicidad adecuada para recibir una buena respuesta. La mirada desgarrada de Farrell es de suma elocuencia.

La reina de Babilonia
Sería el final perfecto de una primera parte de una trilogía. Una donde la segunda entrega hubiera podido profundizar más en el punto de vista persa, incluyendo obstáculos como el audaz estratega rodio Memnón. Sea como fuere, Oliver Stone apostó por una pieza única, una escultura incompleta, pero plagada de auténtico arte. Sin duda, esa última conversación en persona entre Farrell y Jolie sería un cierre perfecto para dejar con ganas de más. Como bien apunta la elegante voz de Hopkins, nunca más volverían a verse, si bien la correspondencia entre madre e hijo fue tan frecuente como intensa.
La voz de Jolie es escrutadora, incluso a un mar de distancia, viendo los futuros peligros que afrontará su hijo, cuya generosidad convertirá a sus generales en serpientes traicioneras. La actriz logra transmitir la ambición de la epirota cara a poder ser recibida en Babilonia y poder orden al vasto imperio que está creando su hijo, erigiéndose en una soberana temida y respetada también en Oriente.
Más allá de las atávicas “afrentas homosexuales” que algunos sectores se obsesionaron con ver en la conexión Alejandro-Hefestión-Bagoas, las relaciones sexuales más explícitas del film y con mayor desagrado son heterosexuales. El Alejandro niño observa atemorizado a un Filipo alcoholizado intentando forzar a su madre con él oculto en el cuarto, mientras que el propio protagonista reproduce esa violencia animal con Roxana (una espléndida Rosario Dawson), una de sus esposas persas.
Basándose en sus propios recuerdos paternos y maternos, Stone coloca mucho de sus miedos en ese vínculo que parece trazado por las Moiras. Incluso al consumar su pasión con Roxana en una noche de bodas bárbara, el Alejandro de Colin Farrell considera a la indómita mujer de las montañas como un pálido reflejo de lo que para él representa Olimpia.

Una verdad incómoda
En muchas ocasiones, a Clío le gusta materializarse así. Sin importar que el hombre detrás de la cámara sea un declarado admirador de Alejandro Magno, el film de 2004 no quita ni un ápice de dignidad a Gary Stretch cuando censura en una noche de abusos cómo su monarca quiere borrar el recuerdo de Filipo y gusta de ser adorado como un dios por los griegos que le habían regalado esas conquistas con su sangre y sudor. Cual fantasma de Shakespeare, un ensangrentado Val Kilmer toma el cuerpo de Clito el Negro para provocar una alucinación que perturba totalmente a un Alejandro presa del vino.
Verá asimismo a su padre cuando acepte, al fin, la derrota ante sus exhaustas tropas en la India. Apreciar altares de la cultura helena en un rincón tan alejado de esa civilización sirve como prueba de la ambición del rey cara a ser un nuevo Hércules. Queriendo añadir algo a la mera testosterona de un mundo patriarcal, en algunos instantes del Filipo de Stone conversando con Parmenio (John Kavanagh) y Clito se ve a alguien que ama a su prole y se siente forzado a curtirlos. “Un rey debe ser capaz de herir a aquellos que ama” llegará a afirmar al adolescente a su cargo en la ya citada visita a las cuevas.
De idéntica manera, el espectro de Jolie acompaña cada acto de su hijo, desde sus confidencias privadas como Hefestión a su forma de intentar relacionarse con Roxana. Vilipendiadas en su momento, las aportaciones de Angelina Jolie y Val Kilmer resultan de una emotividad pasmosa, una que, en algunos flashbacks, aspira a abrir la caja de Pandora y poder ver el mundo con los ojos de aquel niño con talento musical a quien sus progenitores querían convertir en una leyenda.