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‘Vampiros de John Carpenter’: cuando Laura Palmer se hizo vampira

Helicópteros sobre las sierras de Santa Fe (Nuevo México). La mirada de John Carpenter asiste complacida ante esta primera escena de su equipo de rodaje: el espíritu de batallas como El Álamo sobrevuela el lugar mientras que los nombres de la geografía en la zona aluden incluso a la sangre de Cristo. Para un maestro del terror nacido en New York (1948) y obligado a desplazarse al sur más profundo estadounidense de pequeño, esta zona fronteriza es el lugar predilecto para trazar su nueva obra: Vampiros de John Carpenter.

Paralelamente llegan las noticias de que Blade, la genial creación de cómic vampírico a cargo de Marv Wolfman y Gene Colan, tendrá su propia adaptación al séptimo arte con la estrella del cine de acción Wesley Snipes.

Probablemente, en su cabeza ya suena la melodía Degüello en un claro homenaje a su admirada Río Bravo (1959), una de las piezas maestras del idolatrado Howard Hawks. Se va a tratar de una ecléctica fórmula donde se entremezclarán elementos que parecen incompatibles, pero el cineasta está recuperando la confianza perdida tras algunos reveses a finales de esa década de los noventa que está expirando. La principal culpable es su mejor asociada, un alma gemela que le ha brindado está oportunidad de volver a clavar los colmillos sobre la garganta del séptimo arte.

Vampiros de John Carpenter
Póster de Vampiros de John Carpenter.

Vampiros de John Carpenter: tormenta perfecta

Se trataba de cumplir un antiguo anhelo. Sandy King conocía los entresijos de la industria y Storm King Productions había recibido su impulso en aras de ayudar a artistas como su esposo, John Carpenter, a tener el auténtico control en los proyectos audiovisuales que soñaban. El célebre director se hallaba en una encrucijada creativa tras descubrir que 2013: Rescate en L.A. (1996) no cumplió las expectativas en taquilla. Desafortunadamente, las leyes del mercado impidieron al matrimonio tener esa independencia anhelada, pero su compañía se postuló como una interesante inversión para majors que tuvieran ideas un poco fuera del margen convencional.

No podían ni imaginar que el éxito de Abierto hasta el amanecer (1996), una audaz mezcla de géneros por parte de Robert Rodríguez, iba a hacer reflotar un tema tan fascinante como algo trillado: ¿qué podían ofrecer los vampiros todavía en la industria que no se hubiera hecho ya con maestría? Bien apoyado por compinches como Quentin Tarantino y estrellas emergentes como la mexicana Salma Hayek, el cineasta exhibió que la ambientación de Sam Peckinpah podía casar con los murciélagos y sus poderes nocturnos.

El espectro de la admirada Hammer orbitaba en aquel set de mucha aridez. La intención era resucitar su espíritu y añadirle las pulsiones propias del western que el coguionista (junto a Debra Hill) de La noche de Halloween (1978) albergaba en su fuero interno. No iba a ser tarea sencilla, puesto que se estaban basando en una historia especial, un texto literario que gozaba de una legión de fans incondicional y dispuesta a examinar con lupa cualquier intento de alejarse de la prosa original.

Con justicia, el talento de John Steakley se había ganado que Vampiro$ (1990) fuera una novela de culto. Al poco tiempo, Largo Entertainment compró los derechos para una futura adaptación bajo el manto ejecutivo de Dan Mazur. Arrancaba una epopeya.

John Carpenter y Sandy King.
John Carpenter y Sandy King.

Traduttore, traditore

Steakley supo llevar un género muy popular a nuevos espacios geográficos. El protagonista de su relato, el cazador Jack Crow, era realmente antiheroico y fronterizo. Su única debilidad la profesaba hacia Félix, un amable tabernero que era prácticamente la única figura de la obra que no provocaba aversión por su personalidad. De inmediato, Mazur puso manos a la obra a Don Jacoby, alguien que había demostrado ante el teclado (versionó previamente a autores como Colin Wilson) poder hacer un argumento que funcionase en la gran pantalla.

Justo cuando creía haber hallado la Montesi Formula, Jacoby descubrió lo impredecible de su negocio: 1991 fue un pésimo año para Largo Entertainment donde Larry Goldman, el fundador, se marchó con varios hombres clave del staff como el propio Mazur, su principal valedor. Su adaptación se vio obligada a dormir en uno de esos cajones que, cual cripta de conde transilvano, podrían permanecer cerrados durante centurias.

Por fortuna, el fino olfato de King fue capaz de rastrear a la presa más recóndita. Supo aguardar el instante en que JVC, una inversora japonesa que daba los principales réditos a Largo Entertainment, le iba a retirar su apoyo. Fruto de una conversación aparentemente inocente, la sagaz productora descubrió que había un guion de chupasangres en las tierras áridas de California que respondía a sus plegarias más paganas. Como buena estratega, tenía un plan B para su marido tras la cámara: en caso de que no recibieran luz verde, marcharían con The Mutant Chronicles, la cual terminaría siendo dirigida, muchos años después, por Simon Hunter.

A esas alturas, Jacoby ya tenía todo bien atado en su adaptación, la cual se rumoreó que iba a trasladarse a las salas por Russell Mulchay, si bien el propio Mazur (el cual terminó volviendo) perdió entusiasmo por el asunto. 

Vampiros de John Carpenter: las primeras cruzadas de Sandy King

Steakley quedó bastante desilusionado al apenas poder identificar algunos de sus diálogos originales. Con una diplomacia bizantina, Sandy King se encargó de que el escritor se sintiera cómodo durante su estancia en aquel incómodo set de elevadas temperaturas, ratificando con simpatía el aprecio que todos los implicados en el rodaje tenían por su obra original. No obstante, había dos obstáculos insalvables que llevaban a la explotación cinematográfica hacia territorios distintos a los de la palabra escrita.

Trabajando con el argumento recién adquirido, Carpenter se hizo acompañar por su amigo personal y su propia esposa para añadir algunas modificaciones imprescindibles. La primera quedó claro en cuanto a armamento: los cazadores dejaban la tecnología punta y todo volvía a cierto refinado salvajismo, siendo prácticamente una compañía de cruzados que, en compañía de su sacerdote correspondiente, llevaban una tarea evangelizadora con hierros punzantes y ballestas en las que enganchar a sus ancestrales enemigos para freírlos bajo la luz del Sol.

De hecho, cual líderes bárbaros, colocarían las calaveras de las víctimas a plena luz del Sol sobre sus vehículos. Ni rastro de la nobleza victoriana, la empatía de Mina o el temple de Quincy Harker en los célebres cómics La tumba de Drácula.

La segunda cuestión era presupuestaria. La Santa Sede desempeñaba un rol básico en la pieza original de Steakley, algo lógico cuando era en el Vaticano donde moraban los superiores de Crow y sus soldados de fortuna. Aunque una buena producción y la pericia de un director forjado en el género del horror desde sus días universitarios al Sur de California daban mucha fuerza a lo mostrado, Vampiros no pudo permitirse al final marchar a la Ciudad Eterna, debiendo hacer más claustrofóbica la trama. 

James Woods, estrella a quien el director veía con facilidad para interpretar rasgos psicopáticos, sería Crow. Comenzaba el juego.

James Woods como Jack Crow en Vampiros de John Carpenter.
James Woods como Jack Crow en Vampiros de John Carpenter.

Vampiros de John Carpenter: un motel californiano

Se trata uno de esos temas que nunca envejecen. Hotel California es el estandarte de un gran álbum de los Eagles, una música que impregna un fuerte realismo oscuro a algunos de los ideales estadounidenses. Como era de esperar, algo tan popular no han permanecido alejado de las teorías de la conspiración, incluyendo posibles mensajes sobrenaturales ocultos por parte de una minoría tendente a teorías conspirativas. Sea como fuere, hay cierto glamour en el concepto hotel en tierras de L.A. que se puede enturbiar si nos adentramos en algunos moteles recónditos de carreteras perdidas, alusión a otro maestro del dark side del sueño de Hollywood como David Lynch, justo donde los cazadores de Crow celebran un trabajo bien hecho.

En los minutos anteriores ya habíamos asistido a la limpieza de un nido de vampiros por parte de los enviados por el mismísimo papado. Lejos de ser piadosa, la tarea es ejecutada con tanta brillantez como crueldad, quedando solamente algo serio Crow porque es perfectamente consciente de que han acabado con muchos… pero que no había ningún rastro del maestro que suele estar detrás de estas comunidades. Carpenter muestra a ese infame señor bajo tierra, agazapado y aguardando a la noche para devolver el favor.

Pese a todo, distamos de hallarnos frente al aplomo de Peter Cushing cuando daba vida al profesor Van Helsing. Nuestra camada de luchadores vampíricos dista bastante de poder ser invitada a una fiesta de etiqueta. Carpenter y King contrataron a varias strippers de la zona para una fiesta regada el alcohol y lujuria donde la cámara se recrea en una celebración animal, un festival de carne y donde la masculinidad del grupo se refuerza en su forma de festejar.

La única excepción es Montoya (Daniel Badlwin), lo más próximo al Félix novelesco que hallaremos en las filas de Crow.

Vampiros de John Carpenter.
Vampiros de John Carpenter.

Sheryl Lee: la chica perfecta, el fuego eterno

Era la única en Twin Peaks que se sorprendía por el reflejo del espejo. Mientras el resto veía a la alumna de notas impecables y de cabellos perfectos, Laura Palmer reconocía algo más. Sheryl Lee supo captar a la perfección un alma atormentada a la que David Lynch dio un regalo, una cinta de terror infravalorada por colocarse un tanto al margen de la célebre serie que había hecho con Mark Frost: Fuego camina conmigo (1992) es uno de esos metrajes inquietantes donde la actriz protagonista contagia su desesperación en una comunidad oscura bajo las sonrisas en el porche.

Por ello, sorprende poco que Sandy King seleccionase a una intérprete ideal para sumergirse en aguas tan turbulentas como esta danza vampírica bajo un Sol abrasador. Katrina es una de las chicas de compañía que se aproximan al grupo justo antes de la feroz venganza del monstruoso líder. A diferencia de las otras desventuradas víctimas, el personaje de Lee resulta algo más afortunado: es mordida (en una escena plagada del erotismo oscuro que escritoras como Anne Rice han sabido impregnar al género) por la ancestral criatura.

Al igual que le sucedía a Mina Murray, la infección conllevará una progresiva transformación… que incluye un vínculo psíquico realmente especial con su involuntario maestro. Tanto Crow como Montoya son conscientes de ello, si bien el primero únicamente entiende a Katrina como un cebo para el pez gordo. Bastante frialdad la suya cuando previamente parecía haber tenido química con la reciente infectada. Por el contrario, Montoya pronto empieza a desarrollar algo más que empatía hacia la gran oportunidad que tienen de descubrir los planes Valek.

Tan eficaz en sus métodos de enfrentamiento como ciego frente a los sentimientos ajenos (o los propios), Crow deja a su camarada en un motel seguro para ir controlando la progresiva metamorfosis de Katrina.

Sheryl Lee en Vampiros de John Carpenter.
Sheryl Lee como Katrina en Vampiros de John Carpenter.

Fangs and bondage

Durante su estreno, fue una de las escenas más censuradas por un amplio sector de la crítica especializada. Como aludiendo a una de esas escenas entre turbias y eróticas de los clubs de máscaras de Twin Peaks, Sheryl Lee aparecía en primer plano desnuda y bocabajo en una cama de motel donde permanecía atada y amordazada. En contra de la creencia popular, aquello no había sido una idea de Carpenter: se trató de una apuesta personal de Sandy King.

Pese a las reticencias propias y ajenas, el director terminó aceptando la idea de su esposa, convirtiéndose posteriormente en una de las escenas icónicas del film. Nadie como Lee podía abordar mejor una interpretación tan delicada que volvía a conectarla con las dos naturalezas de Laura Palmer: seducción e indefensión, luz y oscuridad. A medida que las visiones sobre Valek la van haciendo imprescindible para los cazadores, sus incipientes poderes la hacen un arma de doble filo.

Thomas Ian Griffith lo pasó también mal con su poderoso vampiro, puesto que el rodaje le exigió estar en varias secuencias bajo tierra con una incipiente claustrofobia. Lejos de hermosos ataúdes, los chupasangres de este relato deben usar la aridez para que sirva como seguro refugio de sus igualmente violentos adversarios. Como si fueran adelantados de Castilla explorando las Indias, la muerte de su antiguo capellán fuerza a Crow en aras de aceptar el reclutamiento del inocente padre Adam (Tim Guinee), mucho menos habituado a las feroces prácticas del chico para todo del Vaticano.

Es muy meritoria la performance de una Sheryl Lee que se torna en uno de los grandes atractivos de la cinta. Quitando al personaje de Baldwin, la rudeza y falta de modales de sus improvisados captores hace anhelar, en parte, que pudiera terminar retornándoles el favor en su nueva condición.

Sheryl Lee en Vampiros de John Carpenter.
Sheryl Lee en Vampiros de John Carpenter.

Vampiros de John Carpenter: falsas riquezas

Normalmente, Álex de la Iglesia deja muy curiosas opiniones sobre el mundo del celuloide. No obstante, pocas son más sugestivas que las palabras que dejó sobre una de las piezas favoritas de los maestros Rafael Azcona y Luis García Berlanga: “Aquí noto que hace falta más pasta”. Y no lo decía el cineasta vasco sobre una cinta cualquiera, nada menos que aludía a La vaquilla (1985), considerada normalmente como una de las últimas grandes colaboraciones de la genial dupla.

De cualquier modo, volver a ver esta joya de la comedia ácida hispana tiende a darle la razón: la primera mitad del largometraje es trepidante, provocadora y vertiginosa. Lo restante sigue rayando a gran altura, pero harían falta más pesetas oportunamente colocadas en el equipo de rodaje para plasmar lo que verdaderamente está en mente. A lo largo de Vampiros, Carpenter exhibe todo su don para la violencia y amortizar el terror como nadie. Sea como fuere, la incorporación del interesante cardenal Alba (Maximilian Schell) confirma que, ahora sí, esta fascinante pieza de terror es de arcas modestas. Haría falta algo más para el fuego final en California.

Las interpretaciones están geniales y la banda sonora (con el grupo The Texas Toad Lickers y la propia aportación de Carpenter en los teclados) entiende el metraje a la perfección. Un repetitivo blues nos sitúa en la desértica geografía paralelamente hay un hábil despliegue de sintetizadores y la guitarra de Steve Cropper se eleva a las alturas infernales. En cambio, el duelo final con Valek precisaba de algo más espectacular, además de que no disfrutamos lo suficiente de Sheryl Lee en esos compases decisivos.

Los muchos guiños a Grupo salvaje (1969), a Sergio Leone y a Corbucci van como anillo al dedo, aunque hay una carencia del último duelo al Sol bajo mordiscos, sin los dispendios que merece. 

Vampiros de John Carpenter.
Thomas Ian Griffith como Valek en Vampiros de John Carpenter.

Sandy King: La reina en el olvido

Sandy King seguía soñando a lo grande. Aunque el filme vampírico tardaría todavía un poco en dar más dividendos al pasar al formato físico, la sagaz productora sabía que había material para una potente secuela. No solamente eso, tanto Carpenter como ella estaban convencido de poder colocar los cimientos de una saga que terminase derivando incluso en alguna serie televisiva.

De hecho, los primeros rumores no podían ser más motivantes: Sheryl Lee estaba en negociaciones y se antojaba dispuesta a repetir como Katrina, ahora convertirá en una reina de las criaturas de la noche. Curiosamente, el líder de los cazadores, en las primeras tentativas rumoreadas, iba a ser el padre Adam, aquel humilde sacerdote que había ayudado decisivamente al personaje de James Woods. Las ganas de ver a la encarnación de Laura Palmer como la gran villana iban en aumento, especialmente porque por su personalidad y carisma podía terminar cayendo más simpática que aquel mundo de paladines con tantos estallidos de testosterona.

Desafortunadamente, la ensoñación acabó con varias imposiciones de la productora Screen Gems que terminaron provocando reemplazos, elecciones discutibles de casting y un recorte presupuestario que llevó a Tommy Lee Wallace a convertirse en el sucesor tras la cámara de Carpenter. Tanto él como King pudieron darse el gusto de no responder a la posterior llamada de auxilio para buscar arreglar algo en la sala de montaje de la que sería Vampiros: Los muertos (2002). A esas alturas, Woods y la propia Lee se habían bajado hacía tiempo del barco.

Sea como fuere, resulta bonito soñar con esa promesa incumplida. Al igual que con la posible venganza de Vernita Green sobre Black Mamba, esa segunda parte non nata podría provocar dudas razonables en la audiencia: poder colocarse en el lado de “los malos” y verlos más simpáticos que sus contrapartidas.

Vampiros de John Carpenter.
Vampiros de John Carpenter.

Vampiros de John Carpenter: fascinación

En muchos sentidos, King y Carpenter habían concebido una especie de trilogía que llevaría la sensación de cerco de Zulú (1964) al género vampírico. Conforme han transcurrido los años, esa idea se evaporó con amargura. Para colmo de males, un desgraciado cáncer se llevó a Steakley antes de tiempo en 2010, el padre de aquel universo tan fascinante. Woods y aquellos zooms sobre su curtido rostro no abundaron lo suficiente para haberle transformado en el Charles Bronson que necesitaba la reactualización de Drácula para el siglo XXI.

Empero, quizás sin Katrina Buffy, cazavampiros no hubiera entrado con tanta naturalidad por los hogares televisivos. Aquellos momentos en Santa Fe y el Plaza Hotel de Las Vegas no generaron una saga cinematográfica a la altura, pero sí una película de culto, una de esas piezas que toca revisitar cada cierto tiempo. Solamente por ver a Thomas Ian Griffith con un despliegue físico a lo Christopher Lee ya merece la pena Vampiros, pero hay mucho más.

King, el alma de todo el proceso, defendió a capa y espada a Baldwin, con quien la crítica especializada se cebó por una supuesta frialdad actuando. La productora no pudo olvidar que se contagió tanto de la amabilidad de ese tabernero literario que hasta hizo sopa a todo el equipo de rodaje durante una contagiosa enfermedad que les dejó maltrechos. Ni ella ni Carpenter quisieron saber nada de Vampiros 3: El retorno (2005), trasladada a Tailandia y con muchas artes marciales.

Probablemente, frustrada aquella segunda parte con Sheryl tornada en soberana de los condenados, lo mejor que podían hacer para rendir tributo a Steakley permanecía bien enterrado en un motel californiano.