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Entrevista a Eva Cosculluela: “En un momento tan crispado como este, el Lyceum me parece un buen espejo donde mirarnos”

Con motivo del centenario del Lyceum Club Femenino, la escritora e investigadora Eva Cosculluela recupera la historia de una de las iniciativas más transformadoras y olvidadas de la España del siglo XX en El club de las modernas. A través de una exhaustiva investigación, rescata la memoria de las mujeres que desafiaron las normas de su tiempo para reclamar educación, cultura y derechos en igualdad.

En esta entrevista, Eva Cosculluela reflexiona sobre el legado del Lyceum Club Femenino, los ataques que sufrieron sus integrantes, el intento de borrar su huella durante el franquismo y la vigencia de un proyecto que sigue ofreciendo valiosas lecciones para el feminismo y la sociedad actual.

Portada de El club de las modernas, de Eva Coscuella.

Aunque es cierto que la historia del Lyceum Club, la primera asociación feminista de España, es conocida en entornos progresistas, ¿crees que se tiende a silenciar el papel que jugó en nuestro país?

Más que un silenciamiento consciente, creo que sobre el Lyceum ha pesado un desconocimiento absoluto fruto de la escasa —o nula— importancia que se ha concedido a lo largo de la historia a todo lo que concierne a las mujeres. No creo que nadie haya decidido que entre hablar del Lyceum —o incluirlo en un texto académico, en un libro de texto, etc.— y hablar de una entidad equivalente, como podría ser la Residencia de Estudiantes, se quedaba con la segunda: es peor que eso, porque lo que en realidad sucede es que ni siquiera llega a darse esa elección, porque el Lyceum no contaba, ni siquiera se consideraba.

Para poder reivindicar algo, primero hay que conocerlo. Si no nos han contado lo que fue el Lyceum y quiénes fueron las brillantes mujeres que lo fundaron, no podemos reivindicarlo hoy y pedir que se conozca y se estudie igual que otras iniciativas llevadas a cabo por hombres. Y esto sirve para el Lyceum y sus fundadoras, pero también para cualquier iniciativa desarrollada por mujeres.

¿Cuántas veces hemos oído que en los museos hay menos obras de mujeres porque ellas no solían dedicarse a la creación? En parte es cierto —aunque no era una decisión voluntaria de ellas, sino de la sociedad que no les permitía dedicarse a cualquier asunto intelectual—, pero también es debido a que las mujeres que desafiaban la norma y se dedicaban al arte eran menospreciadas y ninguneadas: lo que hacían no era considerado arte, sino mero entretenimiento y, como tal, no merecían ser tenidas en cuenta.

Lo que hicieron estas mujeres hace cien años fue absolutamente transgresor: quisieron ocupar un espacio público propio y poder expresar sus opiniones y que fueran tenidas en cuenta igual que las de los hombres.

Eva Cosculluela, escritora e investigadora

Ahora que se cumple el centenario de su nacimiento, ¿cómo podríamos explicar a las nuevas generaciones la importancia del Lyceum?

Creo que para darse cuenta de lo que significaba fundar un lugar como el Lyceum lo mejor es que lean los ataques a los que fueron sometidas y los insultos de los que tuvieron que defenderse: viendo lo que decían de ellas —que estaba locas, que eran peligrosas, que había que encerrarlas…— por algo que hoy nos parece tan inocente como crear un espacio donde las mujeres puedan reunirse, alguien que no conozca el Club ni la época puede darse cuenta de que el Lyceum llegó desafiando el orden social establecido.

La sociedad de la época quería que la mujer fuera el ángel del hogar: que fuera sumisa, que se quedara en casa atendiendo a su marido y teniendo hijos, siendo la esposa y madre perfecta, y, sobre todo, que estuviera callada.

Lo que hicieron estas mujeres hace cien años fue absolutamente transgresor: quisieron ocupar un espacio público propio y poder expresar sus opiniones y que fueran tenidas en cuenta igual que las de los hombres, consideraron que la cultura y la educación eran el motor que haría que la sociedad progresara, reivindicaron el derecho de las mujeres a ejercer carreras profesionales, pelearon por conseguir que leyes como el código civil o el penal dejaran de ser profundamente injustas con las mujeres sólo por el hecho de serlo… Muchos de los derechos que hoy tenemos ganados y damos por sentados, ellas tuvieron que pelearlos.

¿Qué aspectos consideras más relevantes que han podido trascender hasta la época actual?

Sobre todo, la lucha por los derechos de la mujer. Al poco tiempo de inaugurar su sede, y pese a haber incluido en sus estatutos una coletilla que indicaba que el club se iba a mantener ajeno a la política, elevaron una petición a la Comisión de Códigos para que se modificara el Código Civil, que decía que el hombre debía proteger a la mujer y la mujer debía obedecer al marido.

Pedían que se eliminara esa asimetría, igual que otras, como que el marido administrara los bienes de su mujer —ya fueran producto de su trabajo o de una herencia—, que tuviera la tutela de los hijos… Y pidieron, sobre todo, que se eliminara el infame artículo 438 del Código Penal, que libraba de pena a aquel hombre que descubriera a su mujer cometiendo adulterio y le causara cualquier mal, pero no así al revés: si una mujer descubría el adulterio de su marido y le causaba un mero rasguño, iba a la cárcel.

Pelearon mucho, dieron charlas y conferencias allá donde las dejaran hablar, hicieron una intensa labor de pedagogía, y al final consiguieron que se cambiara la redacción de este artículo y se equipararan las penas para los dos sexos.

El Lyceum impulsó dos proyectos sociales que, de nuevo, hoy vemos de lo más normal, pero fueron pioneros e innovadores en su época. El primero es la Casa de los Niños, precursora de lo que hoy conocemos como guarderías públicas.

Preocupadas por la alta tasa de mortalidad infantil por desnutrición y la ascendente tasa de delincuencia infantil, las liceístas fundaron un lugar donde las madres obreras, muchas de ellas en condiciones de extrema pobreza, pudieran llevar a sus hijos mientras iban a trabajar, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, desde los dos a los seis años —en la práctica acogían incluso a bebés—; allí les daban sus tres comidas, los vacunaban, los bañaban todos los días, tenían vigilancia médica… A nadie le extraña hoy llevar a su hijo a una guardería, pero hace cien años no existía nada así, y menos sin estar regido por monjas, como lo estaban los centros educativos.

El segundo proyecto es el Comité del Libro para el Ciego, un taller donde las liceístas leían en voz alta obras maestras de la literatura y libros técnicos para que unas copistas ciegas los pasaran a sistema braille. Querían que los ciegos pudieran leer y formarse igual que las personas que podían ver, y para eso decidieron imprimir estos «libros blancos». Llegaron a conseguir que la Biblioteca Nacional les cediera una sala donde los ciegos pudieran ir a leer. Hoy hay entidades como la ONCE con bibliotecas bien dotadas donde los ciegos pueden formarse, pero en los años veinte un gran porcentaje de los ciegos estaba abocado a la mendicidad.

¿Cuáles fueron las voces más destacadas del Lyceum Club Femenino?

Allí estaban las mujeres más importantes de la época, intelectuales de primer orden y muchas de ellas con carreras profesionales notables. Como escribió un periodista en 1926 al ver los nombres de las fundadoras, más que un club parecía la Academia Goncourt. Algunas son conocidas: ; María de Maeztu, su presidenta, gran pedagoga, directora de la Residencia de Señoritas y figura indispensable para la educación de las mujeres; Clara Campoamor y Victoria Kent, las primeras diputadas en el parlamento español; Elena Fortún, la creadora del genial personaje de Celia; María Lejárraga, escritora, dramaturga y diputada de las Cortes; Zenobia Camprubí, traductora de Tagore; Carmen Conde, primera mujer nombrada académica de la RAE; Concha Méndez, poeta, editora e impresora…

Y hay otras mucho menos conocidas, pero igual de importantes: Isabel Oyarzábal, la primera mujer embajadora de España; María Rodrigo, primera española compositora profesional y primera persona en estrenar una ópera en español; Pilar de Zubiaurre, marchante de arte y principal promotora del trabajo de sus hermanos, los pintores Valentín y Ramón de Zubiaurre; Consuelo Bastos, enfermera autodidacta que asistió en quirófano durante toda su vida; Magda Donato, precursora del periodismo «gonzo» mucho antes de que se acuñara el término… He intentado recuperarlas y contar lo que hicieron, porque no podemos reivindicarlas si no las conocemos. Esto ha sido una idea importante a lo largo de la escritura del libro.

Victorina Durán escribió en sus memorias que en el Lyceum se reía, y eso es algo que muchos no podían soportar.

Eva Cosculluela, escritora e investigadora

¿Qué tipo de reacción social generó entonces un espacio así y hasta qué punto resultaba peligroso para determinados sectores de la época?

Para muchos, que existiera un lugar como el Lyceum resultaba tan transgresor que era inexplicable. ¡Cómo se atrevían estas mujeres a organizarse, a ocupar el espacio público, a ser influyentes, a poner en marcha proyectos de gran entidad! Todo eso era cosa de hombres, que por supuesto no tenían conciencia de su privilegio, sino que para ellos era de justicia que las cosas fueran así.

Que estas mujeres, con la mera existencia del club, constataran que lo que reclamaban era una cuestión de justicia social dejaba en evidencia que la sociedad seguía considerando a las mujeres seres inferiores—o diferentes, como decían algunos, utilizando un eufemismo que no se sostenía—. Y, para colmo de males, no tenían un asesor espiritual, habían decidido que la iglesia no iba a entrar en el club más allá de las creencias personales de casa liceísta, y eso era la gota que colmaba el vaso.

A diario salían titulares en los periódicos exigiendo su cierre —«Un grave mal que amenaza España», decía uno de ellos—, las llamaron «el club de las descontentas», «el club de las maridas» y afirmaron cosas como «¡Desgraciados niños los que tienen una madre liceómana!».

Las acusaron de ir con las piernas al aire —que les debía de parecer un pecado tremendo—, que fumaban cigarrillos egipcios, que habían montado un casino, que destetaban a sus hijos con cerveza… Las acusaron, sobre todo, de ser malas madres y abandonar a sus hijos para ir a pasárselo bien. No soportaban que las mujeres disfrutaran. Y las liceístas lo hacían: no sólo se enriquecían intelectualmente con los conciertos, lecturas poéticas y exposiciones, sino que para ellas era importante celebrar.

Hacían muchos bailes, banquetes y tés en honor de las liceístas que habían tenido éxito en su trabajo, o de una personalidad que visitaba España… Cualquier excusa era buena para pasarlo bien. Victorina Durán escribió en sus memorias que en el Lyceum se reía, y eso es algo que muchos no podían soportar.

La parte más conservadora de la sociedad no podía consentir que llegaran las mujeres a socavar el orden establecido, pero ellas no flaquearon, aguantaron los ataques demostrando una fuerza y una firmeza increíbles y se defendieron con sus hechos, mostrando a la sociedad que lo que hacían no sólo no era peligroso, sino que era necesario.

Háblanos sobre la investigación que has llevado a cabo, ¿Qué la motivó y qué has descubierto que te haya sorprendido?

Por un lado, que muchas mujeres —y no sólo las liceístas— que vivían y obraban de acuerdo al feminismo más canónico no se reconocieran como feministas.

Me dejó muy sorprendida leer a Carmen de Burgos —que había abandonado a su marido, había criado a su hija sola, venía de una relación con Gómez de la Serna, que era veinte años más joven que ella, había escrito infinidad de textos reivindicando los derechos de la mujer— rechazar de plano la etiqueta de feminista. ¡Si había alguien feminista en su época era ella! Sin embargo, tanto Carmen de Burgos como muchas de las fundadoras del Lyceum ejercieron lo que a mí me gusta llamar «feminismo de acción», aunque no se reconocieran en ese término, que estaba demonizado y retorcido y se utilizaba para asustar y crear confusión.

También me sorprendió mucho descubrir que algunos de los ataques que sufrió el Lyceum no provenían de los sectores más reaccionarios de la sociedad, sino de otras mujeres que por naturaleza debían haber sido sus supuestas aliadas: la propia Carmen de Burgos, la periodista Teresa de Escoriaza o Federica Montseny —que más tarde sería la primera ministra de este país—  escribieron en contra del club y de sus fundadoras por considerarlas burguesas. Anteponían la lucha de clases a la lucha feminista. Sin embargo, desde el Lyceum se pusieron en marcha proyectos sociales dirigidos, precisamente, a las clases más desfavorecidas —como la Casa de los Niños de la que antes hablaba.

Estas mujeres burguesas que podían haber estado haciendo obras de caridad en la iglesia prefirieron poner su dinero, su tiempo y su talento al servicio de un proyecto como el Lyceum, y creo que eso es de agradecer.

¿Te has encontrado con trabas?

La traba más importante fue que no existe un archivo que custodie la documentación del Lyceum, y eso, que al principio me pareció una dificultad enorme, me ha permitido llegar mucho más lejos. Cada hilo que encontraba me llevaba a otros muchos hilos que a su vez me llevaban a otros nuevos… Ha sido un trabajo mucho más laborioso que si hubiera existido ese archivo, pero, a la vez, mucho más fructífero y enriquecedor que, sin duda, me ha permitido descubrir cosas que no hubiera descubierto de otro modo.

Además de leer todo lo que encontré sobre ellas — las memorias de sus fundadoras y asociadas, sus biografías, artículos académicos, libros que hablaban de la época…— , he pasado muchas horas buceando en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional: fue una búsqueda casi sin final que no sólo me permitía ver qué hicieron, sino también cómo fueron recibidas y cuál fue la respuesta social, sus apoyos y los muchos ataques a los que tuvieron que hacer frente.

A partir de ahí, entrevisté a algunas descendientes de las fundadoras, visité archivos públicos y privados como el del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el de la Universidad de Navarra, el de la Casa de Alba en el Palacio de Liria, el de la Fundación Ortega-Marañón, la casa natal de una de las fundadoras para consultar los documentos que trajo su nieta del exilio mexicano…

Contrastar y ordenar toda esa información también ha supuesto un reto, porque el volumen de documentos que he reunido es ingente. Y me ha resultado difícil también acotar dónde paraba, qué entraba en el libro y qué dejaba fuera para que no se convirtiera en una enciclopedia de nombres y datos: antes que contar hasta el último acto que hicieron, he preferido ponerlas en contexto con la vida, contar qué supuso su llegada, cómo influyeron en la sociedad de la época, cómo cambiaron la vida de algunas personas…

¿Con qué documentación inédita nos vamos a encontrar?

En el libro incluyo imágenes del censo de Pilar de Zubiaurre que nunca antes se han publicado: es un documento importante, pues permite reconstruir los nombres de más de cuatrocientas asociadas. Ese censo, por ejemplo, nos permite confirmar que Hildegart fue socia del Lyceum junto con su madre. También incluyo al final un censo reconstruido a partir del de Pilar de Zubiaurre, del mecanografiado por Zenobia Camprubí, del publicado por la investigadora Concha Fagoaga y de una revisión exhaustiva de la prensa de la época y las memorias y epistolarios de las liceístas, que, aunque no es completo del todo, es el más extenso de cuantos se habían publicado.

También aporto información que yo no había leído hasta ahora sobre María Lejárraga y su autoría de los textos que firmaba su marido, Gregorio Martínez Sierra: he encontrado artículos de prensa de la época que confirman que en su momento esta autoría exclusiva de María era conocida, tanto era así que se escribía en los periódicos confirmándola.

¿Qué diferencias había entre el Lyceum Club español y otros espacios feministas o culturales similares que existían en Europa?

El Lyceum Club español nace en plena dictadura de Primo de Rivera, y por tanto no puede ser comparable con otros nacidos en países donde se respetaban los derechos civiles y sociales. En sus diez años de actividad vivió, además de la dictadura de Primo de Rivera, la «dictablanda» de Berenguer que vino después, la caída de la monarquía y el advenimiento de la República, la alternancia entre los distintos gobiernos republicanos y el estallido de la guerra civil. Fue una época muy convulsa y eso hace que no resulte fácil compararlo con otros Lyceums europeos que vivieron en climas mas estables.

Pero todos ellos mantenían una filosofía común, bebían del espíritu del club londinense, donde su fundadora, la escritora Constance Smedley, quiso crear un «cuartel general de la intelectualidad europea».

¿Qué impacto tuvo el franquismo en la desaparición de la memoria del Lyceum y de sus integrantes?

El franquismo quiso borrar el Lyceum, hacer como que nunca había existido, igual que hizo con cualquier símbolo de libertad y de progreso de este país y con muchos derechos civiles de los ciudadanos. Un buen símbolo de esto fue lo que hicieron con los libros de la biblioteca.

Tras la guerra civil, la sede del Lyceum fue incautada por Serrano Suñer y se la entregó a la Sección Femenina, que puso en marcha allí el Círculo Medina. Además de expoliar los artículos de valor y venderlos en almonedas, se quedaron con aquellos libros de la biblioteca que pasaron la censura eclesiástica. Al poner el sello del Círculo Medina, no lo hicieron al lado del sello del Lyceum, sino encima: querían borrarlo, humillarlo, reírse del vencido.

En el Círculo Medina quieren seguir con la idea de un club femenino donde formar y educar a las mujeres, pero dentro del orden establecido. Ya no las formaban en derecho o idiomas, sino en cocina o costura, cualquier cosa que les enseñara a ser buenas esposas y madres, a ajustarse a un modelo de mujer radicalmente opuesto al que las liceístas defendían.

Muchas veces se habla del Lyceum desde una visión muy idealizada. ¿También existían contradicciones internas, diferencias ideológicas o limitaciones dentro del propio club?

Claro que las había, y eso era sano. La fundación del Lyceum implicó que las liceístas hicieran un ejercicio de generosidad y dejaran a un lado sus diferencias, que eran muchas —las había monárquicas y republicanas, religiosas, ateas y laicas, de distintos signos políticos…— para centrarse en algo que suponía un bien común que estaba por encima, como era la lucha por la igualdad. Zenobia Camprubí destacó la riqueza que ofrecía la mezcla de ideas y tendencias, y no lo veía un problema, sino una oportunidad para construir algo tan valioso e importante como el Lyceum, algo que lo hacía mejor.

Es cierto que en 1931, con el advenimiento de la República, esa unión que las había mantenido tan firmes en sus propósitos se resquebrajó un poco, no sólo por las diferencias ideológicas —Carmen Baroja, por ejemplo, se dio de baja; y María Lejárraga fundó otra asociación llamada La Cívica donde pretendió recuperar ese espíritu inicial— sino porque muchas de las fundadoras adquirieron responsabilidades políticas o salieron de España acompañando a sus maridos en cargos diplomáticos, y eso hizo que ese primer «núcleo duro» que tenía tan claro que debían dejar a un lado sus diferencias ya no estuvo tan presente.

¿Consideras que sería necesario “rescatar” y popularizar espacios como este?

Afortunadamente, hoy no nos extrañamos al ver asociaciones feministas reivindicando la plena igualdad, y eso es gracias a que hemos tenido referentes que hace cien años, cuando sí que extrañaba, lucharon contra viento y marea por impulsarlas.

Creo que es imprescindible rescatar y reivindicar el Lyceum y a sus fundadoras, son una parte importante de nuestra historia y merece ser tan conocida y valorada como, por ejemplo, la Residencia de Estudiantes. En la Residencia sucedieron cosas fascinantes y fundamentales para la cultura española, pero en el Lyceum también; en la Residencia se reunían los poetas de la generación del 27, pero en el Lyceum lo hacían las poetas de la generación del 27 y ellas, como sucede tantas veces, no fueron tenidas en cuenta.

En el Lyceum se celebró un acto llamado «Las faldas del Parnaso» donde recitaron poetas como Concha Méndez, Carmen Conde, Ernestina de Champourcin, Josefina de la Torre… De ese acto pudo salir también un canon, o al menos parte del canon oficial de esa generación, y sin embargo no fue así. Recordándolas hoy les devolvemos la visibilidad que no merecieron perder, porque, como decía antes, no podemos reivindicarlas si no las conocemos.

¿Crees que recuperar experiencias como la del Lyceum puede ayudar también a repensar el presente y futuro del feminismo?

Por supuesto. Creo que el ejemplo de estas mujeres, que como explicaba antes supieron dejar a un lado sus diferencias ideológicas para centrarse en el bien común, deberíamos mirarlo de cerca hoy. Ellas supieron ponerse de acuerdo, identificaron la necesidad de pelear por la igualdad como derecho básico y no como privilegio, y quisieron centrarse en construir en lugar de discutir. Tuvieron claro que sólo conseguirían algo estando unidas, trabajando juntas y creando redes de complicidad. En un momento tan crispado como este en el que vivimos, el Lyceum me parece un buen espejo donde mirarnos y un buen modelo del que aprender.

Eva Cosculluela.

Cuestionario furioso de Eva Cosculluela

Película favorita:  Surcos, de Nieves Conde; Plácido, de Berlanga —y con guion del gran Azcona—; El pisito, de Marco Ferreri —también con guion de Azcona—;El espíritu de la colmena de Víctor Erice; y de cine internacional, Noche en la tierra, de Jim Jarmusch, La noche americana, de Truffaut, Ser o no ser, de Lubitsch…

Serie preferida: Poquita fe, Breaking Bad, Treme, Fargo.

Libro de cabecera:  la poesía de Wislawa Szymborska, de Emily Dickinson o de Anne Sexton, Peces en la tierra (antología de mujeres poetas de la generación del 27)…

Cómic favorito: Persépolis, de Marjane Satrapi; La araña del olvido, de Enrique Bonet.

Cantante/grupo de música:  Amaral, Bebo Valdés, Billie Holiday… el pop de los 80, en general.

Artista plástico favorito: Ángeles Santos, Maruja Mallo, Antonio Santos. Y Goya, claro.

Miedo tecnológico: que no sepamos distinguir lo que es real de lo que es inventado, y no hablo sólo de fake news sino de imágenes generadas con IA: hasta ahora, si veías un vídeo de alguien hablando, sabías que era real; pero ya podemos ver vídeos de personas diciendo cosas que jamás han dicho en lugares donde no han estado. Va a ser necesario dudar de todo, poner en cuestión la veracidad de todo lo que veamos y escuchemos, y eso nos va a volver desconfiados. El espíritu crítico va a ser más necesario que nunca.