‘El perfume, historia de un asesino’: cómo el cine humaniza a un monstruo

La pirámide justificaba todo el Ancien Régime. Se trataba de un sistema cruel, pero irrefutablemente lógico. El criterio de sangre marcaba dónde estaría cada uno. El poderoso dinero podría hacer ciertas concesiones, pero dentro de un orden. Faltaba un tiempo para que la pujante burguesía pudiera abanderar una revolución que haría poderosa a su billetera y llegaría hasta nuestros días. Para el resto, únicamente quedaba la resignación de un universo tan coherente como descarnado en el que era fácil saber qué esperar.

A la altura de 1982, el historiador francés Alain Corbin abrió una nueva puerta al publicar Le miasme et la jonquille: L’odorat et l’imaginaire social, XVIIIe-XIXe siècles, un trabajo que buscaba explicar los abismos que diferenciaban a los estamentos a través del olor. Apenas unos años después, el enigmático novelista Patrick Süskind coincidía en su diagnóstico al sacar a la luz editorial El perfume: historia de un asesino, una de esas contadas novelas que marcan a toda una generación lectora.

Basándose en un don sensorial que la palabra escrita, en teoría, no posee, el literato buscó componer una trama que mostraría las luces y sombras de la Ilustración mediante un genio abominable. Al igual que Napoleón o Fouché, su Jean-Baptiste Grenouille generaría una mezcla de asombro y repugnancia a partes iguales.

El perfume.
Póster de El perfume.

El perfume: La boîte de Pandore

Se trataba de un regalo que podría resultar abrasivo. Casi queriendo alimentar lo singular de su obra, Süskind se reveló como un genio elusivo, la clase de personalidad hermética que no deseaba que la popularidad de sus páginas traspasase a su esfera privada. Ambientando su mágico relato en la Francia inmediatamente anterior a la Bastilla, el artista bávaro consiguió despertar la atención de los estudios cinematográficos, pero su carácter introvertido y la particular dificultad de adaptar su naturalismo tan único en su especie, retrasaron durante años el salto al cine.

Sería cuestión de paciencia. Y el productor Bernd Eichinger la poseía a raudales. Sufrió varios rechazos dolorosos, sin importar que conociera al autor personalmente. En el año 2000 logró su gran propósito. Constantin Film llegó a mirar con lupa el generoso desembolso de su ejecutivo, quien además tuvo claro desde el principio que Süskind no iba a querer salpicarse lo más mínimo a la hora de llevar a la gran pantalla a su criatura. Probablemente, eso ya supondría la primera enemistad con un sector de la fiel legión de personas devotas de una novela venerada como uno de los hitos de la narrativa a finales del pasado siglo.

Daba igual, eso también podría traer aparejada libertad para hacer los necesarios ajustes. Una cosa estaba clara: Andrew Birkin aceptó ayudarle con el argumento y coincidía en el diagnóstico. El perfume era genial en su medio, aunque garantizaba el fracaso si se trasladaba tal cual. Su protagonista era demasiado hermético, inabarcable y hacía desfilar su talento a través de un sentido como el olfato, el cual no sería fácil de contagiar mediante la cámara. En cuanto a financiación, la coproducción europea parecía mucho más factible y garantizaba una comodidad de no hacer tantas concesiones como habría pedido una major norteamericana.

Buscando unicornios

No resultó tarea sencilla ni hallar al director detrás de las cámaras ni al protagonista que debía encarnar a un personaje entre un millón. Se barajaron grandes nombres de la industria, pero finalmente Tom Tykwer se erigió en la candidatura perfecta. Era alemán, conocía lo suficiente de la peculiar prosa de Süskind y estuvo en sintonía con lo elaborado por Birkin y el propio Eichinger.

Pese a lo acertado de la elección, todavía restaban años para consolidar la aventura. Tykwer se convirtió en uno más de los libretistas de un texto que se revisó en decenas de ocasiones, casi como si estuvieran destilando hasta hallar el aroma que buscaban. Ensayo y error. Cuando eso funcionó, era la hora de una dama: Michelle Guish, una agente de casting convencida de que el público debía quedar absolutamente sorprendido por el actor principal que eligieran. Debía ser alguien virginal para la audiencia, a quien no se pudiera asociar a otros papeles previos. Pronto puso a alguien en la palestra: Ben Whishaw.

Tykwer y Eichinger viajaron hasta Inglaterra para sondearlo, convencidos del buen olfato de Guish. Allí se encontraron a un intérprete con resabios shakesperianos y que podía esconder mucha tortura interior. Realmente, había algo en el muchacho. La paradoja de Süskind es que se refería a un personaje absolutamente adelantado a su tiempo en una faceta, una entidad genial cuyos aborrecibles crímenes tenían el tapiz de una profunda incomprensión. Con otras reglas del juego, Jean-Baptiste Grenouille podría haber sido tan célebre como Talleyrand o el mismísimo Bonaparte.

Whishaw aportaba eso. Sería un rostro que sorprendería a todo el Viejo Continente, pero asimismo transmitía un potencial que se había pasado por alto. En ese sentido, estaban hermanados, si bien su condición física podía plantear la primera guerra civil con la novela de la que emanaba todo.

Ben Whishaw es  Jean-Baptiste Grenouille en El perfume.
Ben Whishaw es Jean-Baptiste Grenouille en El perfume.

El espejo oscuro

El mal debe ser desagradable a kilómetros de distancia. Al menos, eso parece que nos hemos contado a lo largo de generaciones de fábulas. De hecho, cualquier alteración de ese axioma, incluso las más recientes, revuelven algo en el público. Es factible ver a alguien tan poco admirable como Adolf Hitler ante estandartes totalitarios en una arenga. Pese a ello, observar a Daenerys Targaryen (máxime con la fina estampa de Emilia Clarke) provocó no pocas críticas y abucheos, como si una de las damas más increíbles de Westeros no pudiera caer en la locura de sus desagradables y vetustos antepasados.  

Patrick Süskind se dejó seducir por ese axioma a la hora de firmar al protagonista de su obra maestra. Grenouille fue un bebé que pudo resultar adorable de no haber sido por su falta de olor e inquietante don, como si su naricita hubiera podido ser inquisidora de todos los secretos de los adultos a su alrededor. Sea como fuere, sus trabajos como curtidor huérfano y enfermedades por los malos hábitos higiénicos de la época (sarampión, cólera, etc.) pronto le afean hasta límites indecibles.

La pequeña joroba que surge por su maltrecha espalda acentúa a una persona que sería objeto de burlas e incomprensión bajo el estandarte de la superficialidad. Curiosamente, la novela no desarrolla en exceso esa triste realidad, mostrándose desde el principio al atípico joven como alguien capaz de sumergirse en sus pensamientos y permanecer ajeno al mundo exterior con deleite. Ello no ocurre con Ben Whishaw, más bien un outsider inquietante que alguien capaz de provocar una repulsa apenas entre en una sala.

Curiosamente, la madre de Grenouille es descrita como muy hermosa, pese a los sinsabores del tercer estado y sus varios embarazos. Del padre nada sabemos.

Karoline Herfurth: la chica de las ciruelas

La cámara de Tom Tykwer logra transmitir la fascinación que su incómodo protagonista siente al embriagarse por los olores de París. Una capital poblada y con barriadas que dan unos códigos únicos a un superdotado de un mundo sumamente efímero: el de los olores. De cualquier modo, el film sabe que atraviesa su puente más quebradizo una noche donde las facultades del futuro perfumista le descubren un oscuro secreto a través de una desventurada víctima.

Hay algo sumamente agradable en la contemplación de una humilde vendedora de ciruelas a quien da vida Karoline Herfurth. Sin saber exactamente qué emociones le está suscitando el singular aroma de la muchacha, Jean Baptiste sale de las sombras para intentar retener ese instante para siempre en su memoria. En la descripción de Süskind, se trata claramente de un homicidio voluntario y perpetrado con una sangre fría inclasificable. En cambio, la película exhibe el crimen como una torpeza sin igual, la falta de habilidad de Grenouille para comunicarse y cobrando un peaje irreparable.

En ambos, casos, presenciamos un escabroso asesinato. Sea como fuere, el metraje ahorra un factor sumamente incómodo para poder proseguir la fabulosa historia:  la intencionalidad. Embelesado por la esencia de esa anónima vendedora, las dos versiones del mismo acontecimiento convergen en que, a partir de ese horrible acto, solamente tendrá un propósito: descubrir qué fórmula hay detrás de esa núbil doncella para almacenarla. Con todo, el caso de Whishaw deja una mínima rendija de humanidad, un pequeño sector de la ventana abierto para ventilar las fechorías que habremos de contemplar en el futuro.

El propio guion colabora a ello cuando la introducción ya nos confirma la detención del criminal. Todo es un gigantesco flashback, si bien las personas que han leído la novela saben que queda el último giro final, la transgresión definitiva. 

Eau de Salieri

Como bien apuntó Lisa Simpson, la fabulosa película Amadeus (1984) hizo un flaco favor a la realidad histórica de dos músicos del Setecientos: Wolfgang Amadeus Mozart fue un trabajador infatigable y Antonio Salieri se erigió hasta el final de sus días en un compositor respetado. Obviamente, a nivel dramático nada de eso importaba en la pieza de Milos Forman, una metáfora que escapaba a los corsés de Clío para reflexionar sobre la diferencia entre el muy buen profesional y el genio.

Bernd Eichinger, Tom Tykwer y Andrew Birkin no esconden del repertorio esa influencia para su argumento, convirtiendo al perfumista Giuseppe Baldini en una especie de avejentado Salieri a quien se le aparece una gallina de los huevos de oro tras un accidente casual que le hace conocer a un presuntamente torpe curtidor. De entre los secundarios que pueblan el relato de Süskind, este italiano trasladado a Francia es una de las pocas voces que la omnisciente narración permite, pudiendo conocer bastante de su oficio, familia, aspiraciones y franca decadencia.

Merced a Tykwer, resultó mucho más sencillo contactar con la estrella internacional que estaban buscando: Dustin Hoffman, quien se había admirado por la película Corre, Lola, corre (1998). El estadounidense brindaría una gran energía a Baldini, convirtiéndolo en un agradable interludio dentro de una obra con sucesos tan escabrosos.

Amante de las rígidas órdenes gremiales, la interpretación de Hoffman da un toque singular a un artesano que va debiendo aprender a convivir con un fuoriclasse. Al igual que Süskind, se acentúa una cuestión: Grenouille tiene tanto talento natural como falta de técnica para destilar. Ambos hombres se necesitan y fraguan una alianza que se les antoja imprescindible. Baldini quiere reflotar su negocio y el aprendiz descubrirá los secretos que le llevarán a su futuro museo de los horrores del que debe salir el perfume imbatible.

Dustin Hoffman como Baldini en El perfume: historia de un asesino.
Dustin Hoffman como Baldini en El perfume: historia de un asesino.

Ejercicio de género

Debía ser un peligro a evitar. Contratar a un actor con las tablas de Alan Rickman funciona en cualquier superproducción que se precie de tal. De cualquier modo, su rol podía llevar a un camino inquietante: monsieur Antoine Richis es, junto a Baldini, una de las pocas piezas en el tablero de Jean-Baptiste que comparten sus pensamientos con nosotros. Un hombre ilustrado, adinerado y capaz de comprender, a diferencia de sus supersticiosos paisanos, que están ante una amenaza distinta: un asesino en serie previo a que siquiera se acuñara ese término en criminología.

Conforme avanzan los años (y quitando un viaje introspectivo de autoexilio en el texto de Süskind que aquí se agiliza mucho), Grenouille descubre cómo utilizar a sus víctimas femeninas para ir experimentado con su obsesiva invención. Se va tornando un psicópata frío y calculador que escapa por completo a los métodos que las anticuadas fuerzas del orden tienen para amenazas de esa índole.

Embriagarse de la solidez de Rickman, el cual encarna al padre de la última víctima de Grenouille, podía dar la vuelta al calcetín: al final del día, la audiencia sentiría que estaba viendo un thriller ubicado en el siglo XVIII donde un respetable padre de familia protege a su única hija de un monstruo despiadado. Buena premisa para una narración clásica, pero El perfume necesita de ingredientes más inquietantes. Para que sea algo especial, Antoine Richis debe ser un secundario de lujo, una aportación imponente, aunque siempre orillada en segundo plano a la hora de contar la historia.

De entre todos los familiares preocupados, es él quien logra traducir el nuevo lenguaje del mal, uno que, siguiendo una fría lógica, solamente puede conducir a esa bestia hacia su retoña: Laura Richis, interpretada por Rachel Hurd-Wood.

Antoine y Laura Richis. El perfume: historia de un asesino.

Cherchez la femme

Con un toque muy personal, Wood ya había dado luz a una de las metáforas más palpables de ficción en cuanto a hablar de la inocencia y los paraísos perdidos: Wendy. Con mucho criterio, Antoine Richis empieza a intuir qué es lo que pretende la espada de Damocles que pende sobre su Casa y que únicamente Laura es la candidata al toque final, la fórmula que le inspiró aquella malograda chica de las ciruelas.

La cámara de Tykwer nos da más tiempo para conocer a mademoiselle Richis. Süskind parece caer en la tentación de Oscar Wilde para Sybil Vane: el principal personaje femenino es un vehículo útil para provocar una catarsis en el protagonista masculino, pero queda intencionadamente desdibujada en sus anhelos propios. En la película sabemos algo más del vacío que dejó en ella la prematura muerte de su madre, además de cierta rebeldía propia de la adolescencia que dificulta las medidas protectoras que quiere imponer su padre.

Es muy revelador que el gran don de Grenouille se termina materializando en una violencia contra las mujeres sin precedentes. Además, escogiendo un tipo de víctimas propias a las Vírgenes Vestales de Roma, buscando arrebatar la pureza de una forma salvaje y donde, sin embargo, como advierte monsieur Richis, no hay un objetivo sexual, lo cual hace todavía más desconcertante su atrocidad inherente.

Una blasfemia en la ficción que llevó a un producto derivado tan atípico como Parfum, donde la guionista Eva Kranenburg se atrevió a recoger el testigo de Süskind para llevarnos al presente en Alemania y hablar de un grupo de personas inquietantemente fascinadas por si se podía llevar la fábula de Grenouille a la realidad. Fue estrenada por Netflix en 2018.

Cicatrices del alma

Adso era un necio. Como tal, había sido concebido en las páginas de El nombre de la rosa por Umberto Eco. Una personalidad mucho más próxima al doctor Watson de expresión bobalicona en blanco y negro antes que la apostura o eficacia del ayudante de Sherlock que brindó Jude Law. No obstante, al visionar la química entre Sean Connery y Christian Slater en aquella abadía le ocurrió algo al intelectual transalpino: aquí maestro y discípulo se importaban realmente.

Contra el tópico de que siempre es mejor el libro que la adaptación, máxime cuando lo versionado es una obra maestra en su género, el film de Jean-Jacques Annaud traspasaba una capa de piel distinta. Andrew Birkin había estado dentro del grupo de guionistas que osaron mejorar lo que ya funcionaba como mecanismo de relojería. Ahora estaban haciendo lo propio con El perfume, permitiéndose nada menos que robar el fuego sagrado de Prometeo en uno de los instantes cruciales de la prosa de Süskind.

Grenouille en su máximo momento, el apogeo donde logra la última cuestión que necesita para confeccionar y destilar su arma perfecta. Ni siquiera Napoleón colocando sus baterías en las vísperas de Austerlitz podía estar tan seguro de haber alcanzado el pico de maestría de este antiguo aprendiz de Baldini. Entonces la cámara nos sumerge en la última noche de Ben Whishaw. El Jean-Baptiste escrito jamás pudo esperar nada de la bondad de los desconocidos, ni siquiera de su madre.

En cambio, por un breve segundo, el celuloide permite una mano tendida por Karoline Herfurth. El equipo de rodaje quedó tan complacido por el desempeño de la actriz berlinesa que la resucitan en una alucinación que, a su manera, hace algo parecido a lo que logran Ryan Gosling y Emma Stone: viajar en el tiempo para enmendar el error de una primera cita.

El perfume: Ciudad gótica

Se quedaron prendados. Cada integrante de la comitiva de El perfume fue consciente de que no podrían hallar ningún otro rincón mejor. Barrios góticos, calles laberínticas y hermosos exteriores con reminiscencias a centurias atrás. La Plaza Mayor del Poble Espanyol les aguardaba para el cierre final, la traslación de una de las ideas más geniales de una novela que se caracteriza por albergar muchos conceptos brillantes: el triunfo de Grenouille en la plaza pública el día de su ajusticiamiento.

En una ironía realista, el único obstáculo para llevar allí las cámaras es que todo estaba bien cuidado y conservado. Con sumo tino, hubo que ensuciar los alrededores para hacer verosímil aquel viaje en el tiempo donde la turba acudiría complacida para ver cómo el mal recibía su castigo. Esa sed de sangre que poco tiene que ver con la justicia y que hallamos en otros productos europeos de calidad como El baño del diablo (2024). Por horrible que sea el criminal que acude al cadalso, hay algo siniestro en la masa que se junta para verle sangrar con regocijo.

Aquellas escenas entre Barcelona y Girona son sumamente especiales, puesto que, además, exigían una coreografía distinta. Dueño ya de la fragancia definitiva, la última voluntad de Grenouille le permite rociarse con la poción mágica que le hace pasar de ser el individuo más odiado de Grasse a alguien adorado. Las normas y conductas púdicas del Antiguo Régimen quedaban pulverizadas y expuestas en una oda al desenfreno, un acto de pasión sin ninguna clase de atadura moral.

El triunfo del villano es tal y tan apabullante que no se le puede poner ninguna objeción o cabo suelto. Incluso Richis, el hombre cuya sed de venganza hacia el perfumista debía ser imparable, termina hechizado. Al igual que en la literatura, el éxito de una oscuridad genial.

El perfume: historia de un asesino.
El perfume: historia de un asesino.

Un acto de amor

La Fura dels Baus fue la excelente compañía teatral que se prestó a la descarnada danza final de Grenouille. Una escena atípica y que rendía justo tributo a la portentosa imaginación de Süskind. A cambio, el metraje se permite explorar más a su villano en una insólita situación: como si el Doctor Muerte pudiera sentarse en un trono hecho con la piel de los Cuatro Fantásticos o Morgana acariciase la tabla de la Mesa Redonda con Arturo de rodillas.

Whinshaw transmite la inmolación final de un joven que podría presentarse en Roma y ser proclamado Mesías por el Papa. O, si lo prefiere, acudir al palacio del zar y hacerse proclamar emperador de todas las Rusias con más autoridad de la que nunca tuvo Catalina la Grande. No obstante, Grenouille termina desesperado y carente de lo único que había deseado. El espectro de Herfurth y Hurd-Wood se convierte en algo demasiado inabordable para alguien que será incapaz de conocerlas, si bien ha podido almacenarlas como un arquitecto de sueños y conservador de almas.

El último acto de El perfume mantiene su capacidad intacta de desconcertarnos como una fragancia tan exótica como inolvidable.