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‘Agua herida’, de María Fragoso

María Fragoso es una escritora, ilustradora, docente y promotora cultural mexicana. Licenciada en Literatura y Filosofía por la Universidad Iberoamericana UIA de Puebla. Es autora de una colección de cuentos y una novela corta. Agua herida es uno de sus cuentos.

Agua herida. María Fragoso.

Agua herida

Quedo empapada.

Empapadísima.

Ha pasado la ola y mi esposo ya no está. Me quedo quieta, mirando hacia donde estaba él. Yo estoy en la azotea de mi casa. Me subí cuando dijeron que el río se desbordaba, que el océano nos llegaba, que quién sabe quién ya se había ahogado porque la furia del agua venía cerro abajo.

No sé qué voy a hacer, cuanto tiempo me quedaré aquí, mojada.

Entre Ever y yo había un río, que llegaba a la altura del techo de mi casa. Me estaba gritando; pero pasó una ola y ya no está. Yo también me lo hubiera llevado si hubiera sido agua porque estaba tan enojada como estaba enojado el río de este lugar.

Más o menos año y medio atrás, dos quizá, antes de que me casara, se escuchaban historias de que el río estaba tomando venganza. Se había llevado a los niños del compadre Miguel, el que tenía la jabonera, donde hacía fragancias y jabones para vender en la ciudad. Parecía que le hubieran cobrado por todas esas tinajas tóxicas que había aventado entre las rocas del río, como si nadie lo viera. Pero todos lo veíamos; incluso veíamos el matadero de puercos en el patio de su casa y cómo la grasa sobrante reposaba en el hilito de río cuando había sequía. Por eso el río se vengó y se llevó a sus niños en la primavera del año pasado, cuando el río ya comenzaba a amenazar que crecería así de grande.

Yo hubiera estado igual de enojada. Como si nos pareciéramos.

Cuando me casé llovió, y me dijeron que era de buena suerte. Yo no sé qué buena suerte había en casarme con Ever Romero, quién supo mi nombre solo cuando llegamos hasta el registro civil. Aunque me tomó la mano y me dijo que yo era su señora, me pregunté si la lluvia que caía del cielo me quería más que el hombre de mi matrimonio. Por ese entonces el río ya se hinchaba; cuando nos fuimos a la casa que compró mi suegro, pensé que el riachuelo había mandado sus gotas para sentir compasión por mí.

De dos meses para acá también llovió, y pensé que era de buena suerte. Porque a Ever no le gustaba, decía que se deprimía, y se salía de la casa para dejarme sola. Desde que se me fue un hijo al cielo sin haber nacido, Ever me había dicho que no servía para nada, que yo le daría siempre hijitos crudos. Quizá por eso se iba. Yo, en cambio, me subía a la azotea con un paraguas y miraba llover. Llegué a pensar que el río se recuperaba con el agua del cielo; con su agua reciclada, el río se quitaba las malas vibras, las malas cosas que los hombres groseros le hacían.

Ahora que el río ha crecido hasta la azotea, cuando temo que el agua me alcance los tobillos. Me dan ganas decirle a alguien que estoy igual de enojada que sus gotas. Porque cuando a mi marido se le ocurrió matar a Don Miguel para quedarse con la jabonera, no sólo descubrí que se había quedado también con su mujer, sino que el cadáver lo había echado al río. Todos supimos que el agua estaba envenenada, pues no se toma agua de donde aparecen muertos.

Porque para Ever no había sido suficiente, y me llegaron rumores de más difuntos. Ayer en la noche, mientras me llegaban gritos de la calle para decir que atáramos a las vacas y a las gallinas, llegó una vecina a advertirme que mi marido se había peleado. Yo me quedé asustada; cuando llegaba peleado, llegaba tomado, y me agarraba de los brazos para darme con la escoba y decirme, una y otra vez, que no servía para nada. Que estaba igual de sucia e infértil que el río de los muertos.

Me puse a llorar otra vez, en la noche. Tenía cuidado en no frotarme las lágrimas porque me imaginaba que las lágrimas de las personas llegaban hasta el río, y así le hablaría de mis penas a la distancia y me consolaría. Los dos estábamos heridos por mi marido, por Ever Romero, quien había echado las vísceras de otro hombre en las inmediaciones del riachuelo.

Ahora escucho como truenan las casas, las ventanas, los muebles, las almas, debajo del cuerpo del río. Le pido perdón por la acción de todos ellos. Ya no siento la rabia agria que me quemaba la boca. El río se ha llevado a Ever Romero y a muchas otras personas que lo habían ofendido.

Yo, sin embargo, me pongo a llorar.

Es lo más que puedo ofrecerle a esta agua tan herida.