‘Black Bear’: el oso oculto en la carretera

La película dirigida por Lawrence Michael Levine es una pieza brillante. Dirigida a un público activo. El cual debe estar dispuesto a ser sorprendido con cada punto de giro. Giros de 180° que literalmente ponen bocabajo el argumento inicialmente esbozado. Black Bear es un juego de muñecas rusas donde cada pequeño descubrimiento dentro de otro es cada vez más rico y complejo.

En el presente filme, la protagonista Allison, interpretada por una excelsa Aubrey Plaza, busca inspiración como cineasta en la casa rural de una pareja. Esta situación, va desencadenando una serie de circunstancias que van tensando el relato y absorbiendo a la audiencia en una espiral de narración cinematográfica brillante.

Póster de Black Bear, de Lawrence Michael Levine
Póster de Black Bear, de Lawrence Michael Levine

La metadiscursividad como eje vertebrador

Movimientos cinematográficos como la Nouvelle Vague ya reclamaron el valor del cine más puro. El cual hacía más evidentes los entresijos del universo cinematográfico. Haciendo despertar a las personas espectadoras ante la anestesia del cine más comercial. Directores como Woody Allen con su película La rosa púrpura del Cairo (1985), o David Lynch y su aclamada Mulholland Drive (2001), daban forma al concepto de lo metadiscursivo o metafílmico. Idea que hace referencia a la construcción de un discurso fílmico dentro de la propia película. A la recogido de un mismo tipo de discurso dentro del otro. El cine dentro del cine.

Aubrey Plaza y Christopher Abbott, en Black Bear.
Aubrey Plaza y Christopher Abbott, en Black Bear.

Uno de los ingredientes más ricos que incrementa el sabor del filme es el juego de sentidos. Una obra muy en la línea de películas como las de Yorgos Lanthimos o David Lynch. Directores que juegan con el sentido de las construcciones narrativas. Imágenes que aparentemente quieren decir una cosa, pero transmiten algo diferente. O simplemente juegan con los recursos cinematográficos para explotarlos hasta su máximo exponencial.

Black Bear: Un triángulo de vértices afilados

La construcción del triángulo de personajes comienza a perfilarse desde el inicio. En una cena donde las conversaciones se tornan cada vez más afiladas. Dando forma a una atmósfera cada vez más tensa. Basada en las miradas y comentarios perfectamente esbozados e interpretados. En la construcción de dicho triángulo, hay una clara mención a los roles de género y el feminismo. Los roles tradicionales son subvertidos. Los celos, las relaciones heterosexuales ortodoxas, la maternidad y paternidad. Las expectativas de la audiencia son totalmente derruidas al mismo tiempo que la de los personajes. La masculinidad de Gabe (Christopher Abbott), es puesta cuestión por su propia pareja Blair. Esta última encarnada por una brillante Sarah Gadon.

Christopher Abbott y Sarah Gadon, en Black Bear.
Christopher Abbott y Sarah Gadon, en Black Bear.

Gracias a este conjunto, se consigue una inmersión espectatorial espléndida. Un relato de tintes filosóficos que se torna más complejo con el avance de los fotogramas.

El concepto de la kill joy feminist esbozado por Sara Ahmed es trasladado a la pantalla de forma excelsa. Una conversación entre el feminismo y el sistema patriarcal donde el ambiente se tensa por el choque de ideas. Donde además se recurre al humor negro para intentar destensar la atmósfera. Una sacudida a los pilares tradicionales a través de un relato cinematográfico genuino. Relato que además destaca por su excelsa dirección de fotografía en manos de Rob Leitzell. Dando forma así a una construcción visual perfecta para el argumento y subtexto esbozado.  

Un relato cinematográfico original que hace tambalear las expectativas

El filme se divide en dos partes. Donde la segunda, muñeca rusa oculta bajo la primera, sorprende de forma espectacular a la audiencia. Las expectativas establecidas en las personas espectadoras con la primera parte, son completamente derrumbadas a mitad del filme. Aparentemente, la narrativa va en una carretera en línea recta. No obstante, oculto en la oscuridad se encuentra un obstáculo que puede cambiar absolutamente todo. Un giro bestial que toma a la audiencia por sorpresa. Como ese oso negro que se cruza en la carretera, provocando un volantazo inesperado y peligroso.

Todo comienza con Allison sentada con su bañador rojo en un puerto de madera. Mirando hacia el agua que la rodea. Una imagen que, aunque se repite, tiene distintas connotaciones a lo largo de la película. Como una escena que se rueda una y otra vez, cambiando completamente su sentido dependiendo de la toma.

Black Bear.
Black Bear.

El instinto animal que hay dentro del ser humano. La pasión y las emociones. Una bestia oscura que reside en el interior de cada persona. Y que es representado de forma brillante en Black Bear (2020). En la selección del formato y esbozo del discurso reside su mayor valor. Dando como resultado una pieza cinematográfica incontestable. Que retoma la idea del valor del cine. Y del trabajo audiovisual que pone en valor los recursos cinematográficos invisibles en el cine más mainstream.

En esta misma línea, la película de Lawrence Michael Levine también funciona como pieza crítica hacia el mundo del cine. Hacia las presiones sobre las actrices, así como la complejidad del trabajo audiovisual. Todos y cada uno de los roles técnicos esenciales son representados y puestos en valor. Regalando así a la audiencia una obra tan compleja y angustiosa como brillante.  

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