¿A quién le interesa alimentar el discurso antifeminista?
En los últimos años, el discurso antifeminista ha dejado de ser un murmullo marginal para convertirse en un ruido constante, amplificado en redes sociales, tertulias y ciertos espacios mediáticos. Como puedes imaginar a estas alturas de la película, no aparece de la nada, ni es espontáneo. Se construye, se difunde y, sobre todo, se alimenta con intereses muy concretos. La pregunta no es tanto por qué existe, sino a quién le resulta útil, a quién le interesa alimentar el discurso antifeminista.
Antifeminismo contemporáneo: cuando el ruido camufla lo importante
El antifeminismo contemporáneo suele presentarse como una reacción “natural” frente a supuestos excesos del feminismo, así es como se viste el relato. Pero esa narrativa simplifica un fenómeno mucho más complejo. En realidad, estamos ante una estrategia discursiva que busca generar desconfianza, cansancio y polarización. Y lo consigue. Basta con observar cómo cualquier avance en igualdad es rápidamente reinterpretado como una amenaza o un privilegio injusto.

Aquí es donde entra el juego político y económico. La polarización no es un efecto secundario: es el objetivo. Cuanto más enfrentada está la sociedad, más fácil es desviar la atención de problemas estructurales como la precariedad laboral, la crisis de la vivienda o la desigualdad económica. En ese contexto, el feminismo se convierte en un chivo expiatorio perfecto: visible, incómodo y, sobre todo, fácilmente caricaturizable.
No es casualidad que este discurso se refuerce en momentos de incertidumbre. Como ya mostraban obras como El cuento de la criada, las crisis suelen venir acompañadas de retrocesos en derechos. No porque la sociedad “vuelva atrás” de forma natural, sino porque ciertos actores aprovechan el contexto para reordenar prioridades y recuperar privilegios que consideran amenazados.

El negocio del enfado
El antifeminismo también tiene un componente claramente rentable. Las plataformas digitales funcionan a partir de algoritmos que premian la interacción, y pocas cosas generan más clics que la indignación. El enfado vende, y el antifeminismo lo sabe explotar muy bien, especialmente en redes sociales.
Creadores de contenido, opinadores “profesionales” y ciertos medios de comunicación han encontrado en este discurso una fuente constante de visibilidad. No importa tanto la coherencia como la capacidad de provocar. Así, se construyen relatos simplificados en los que el feminismo aparece como una fuerza homogénea, radical y excluyente, ignorando su diversidad interna y sus debates legítimos.
Este fenómeno no es nuevo. Ya en Network (1976), aquella película de Sidney Lumet que parecía anticipar el futuro de los medios, se advertía de cómo la televisión podía convertir la indignación en espectáculo. Hoy, esa lógica se ha multiplicado en redes sociales, donde cada polémica se convierte en contenido y cada contenido en una nueva forma de hacer caja.
Pero hay algo más profundo. Este tipo de discurso conecta con emociones muy básicas: miedo, pérdida de control, sensación de injusticia. Y lo hace apelando especialmente a hombres jóvenes que se sienten desplazados o confundidos en un contexto de cambio social. En lugar de ofrecer herramientas para entender esa transformación, el antifeminismo les ofrece un enemigo claro. Eso es mucho más rápido y sencillo. Es más fácil señalar culpables que cuestionar estructuras. Y ahí reside gran parte de su eficacia.
Política, poder y relato en el discurso antifeminista
No se puede entender el auge del antifeminismo sin mirar a la política. En muchos países, este discurso se ha integrado en estrategias electorales que buscan movilizar a ciertos sectores del electorado. No siempre de forma explícita, pero sí a través de guiños, marcos narrativos y silencios calculados.
El feminismo, al cuestionar desigualdades estructurales, incomoda. Y cuando algo incomoda, se convierte en terreno fértil para la manipulación. Convertir la igualdad en una amenaza permite reforzar identidades y consolidar apoyos. Es una herramienta poderosa, especialmente en contextos donde otras propuestas políticas carecen de contenido sólido.
Además, el antifeminismo permite construir un relato de defensa frente a un supuesto exceso. Se habla de “ideología”, de “imposición”, de “censura”, generando la sensación de que hay algo que proteger. Este tipo de marcos no solo simplifican el debate, sino que lo distorsionan profundamente.
En el cine, películas como Joker han explorado cómo ciertos discursos pueden canalizar el malestar social hacia formas destructivas. Salvando las distancias, algo similar ocurre aquí: el malestar existe, pero su dirección no es inocente. Se orienta, se moldea y se amplifica con fines concretos.

Entre el cansancio y la resistencia
Uno de los efectos más visibles del discurso antifeminista es el cansancio, la conocida como fatiga feminista. La sensación de que todo está en discusión, de que cada avance debe justificarse una y otra vez. Este desgaste no es casual. Forma parte de una estrategia de saturación que busca desactivar el cambio.
Sin embargo, también hay resistencias. El feminismo no es un bloque monolítico ni una moda pasajera. Es un movimiento diverso, con tensiones internas y capacidad de adaptación. Y, sobre todo, con una base social amplia que no desaparece por mucho ruido que se genere en su contra.
Quizá la clave esté en cambiar el foco. En lugar de reaccionar constantemente al antifeminismo, volver a poner en el centro las cuestiones que importan: los cuidados, la igualdad real, la redistribución del tiempo y los recursos. Porque, al final, el verdadero problema no es, como apuntan algunas voces críticas, el feminismo como tal, sino lo que pone en evidencia.
La polarización seguirá existiendo, porque forma parte del juego actual. Pero eso no significa que haya que asumirla como inevitable. Entender quién se beneficia de ella es un primer paso para desmontarla. Y tal vez ahí esté la respuesta a la pregunta inicial: el discurso antifeminista interesa, sobre todo, a quienes prefieren que nada cambie demasiado., quienes quiern mantener el statu quo.
