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Gloria Fuertes y su vida de película: De la niña que fui a la poeta de guardia

Cuando aún no sabía leer los libros eran mis juguetes, los manoseaba, los pintarrajeaba y los trasportaba de un lado a otro de la casa solo porque sí, sin un sentido lógico. Al crecer, y aprender, empecé a leerlos. Había uno, en concreto, que releí más de veinte veces. A cada rato lo abría, leía un poema, subrayaba una palabra o hacía un garabato. En una de aquellas ocasiones en que lo terminé, al cerrar la tapa, por la parte de atrás, vi la foto de una señora. Gloria Fuertes García.

¿A cuento de qué estaba la foto de una señora en mi libro repleto de poemas y dibujos que me encantaban? Durante un tiempo esto permaneció como un misterio hasta que un día pregunté a mis padres. Me dijeron que ella era Gloria Fuertes y que había muerto hacía algunos años. Sin saber bien por qué eso me entristeció, ¿ya no habría más libros como ese que tenía entre las manos y que tanto me gustaba?

La obra, aun manoseada y destartalada entre mis estanterías, es Versos fritos. Se trata de un compendio de poemas de Fuertes publicado en 1994 y dedicado a poesía infantil. Tras sus apariciones televisivas, la poeta es tradicionalmente conocida por sus creaciones para niños, pero Gloria, además de adorar la infancia, también fue surrealista, postista y escribió mucho, mucho para adultos.

Para conocerla mejor, para reivindicarla, para hablar de Gloria Fuertes en todas sus facetas y no solo como protectora de los niños, Jorge de Cascante hizo en 2016 una antología de vida y obra de la poeta. Un libro de más de 400 páginas al que no le falta un detalle y que se paladea en un segundo: El libro de Gloria Fuertes.

De cuando Gloria Fuertes vivía en Lavapiés y su casa no tenía baño

Gloria Fuertes nació en 1917 en el madrileño barrio de Lavapiés. Concretamente en la calle de la Espada número 3. Su padre era portero en un edificio cercano a su casa, su madre era costurera y limpiadora. Desde bien pequeña Gloria ya sentía la punción de la escritura. No solo eso, sino que ya estaba especializada en cuentos para niños, pues por el barrio y en el colegio, se inventaba historias que contaba a los chicos de su edad.

No tenía muchas amigas. Por eso, para disimular y que los vecinos pensaran que sí, iba por la calle gritando el nombre de Pepita y llamándola para que bajase a jugar. Ni que decir tiene que Pepita no existía, claro.

Ya desde bien joven el drama se presenta en forma de catástrofe en casa de la niña Gloria, no solo por la escasez y humildad de su familia, sino por la muerte, con la que se topó siendo muy joven.

En casa, además de los padres y Gloria, vivían tres hermanos y una hermana. Todos eran mucho más mayores que Gloria, salvo Angelín, que era su compañero de juegos. Aunque ella le tenía cierto recelo, pues decía que a él le querían algo (a ella nada). Esto termina pronto, Angelín muere antes de cumplir los siete años. Diez años más tarde, la madre de Gloria también fallece y dos años más habrían de pasar para que se iniciase la Guerra Civil española, que convirtió a la ya poeta en una pacifista radical.

Gloria Fuertes de niña.
Gloria Fuertes de niña.

De cuando la niña se convirtió en poeta e hizo sus primeros pinitos

La madre de Gloria Fuertes limpiaba, entre otros sitios, la redacción de la revista Lecturas, que por aquel entonces no era el batiburrillo de cotilleos que es hoy. Gloria había de acompañarla de tanto en tanto y, en una de esas noches de limpieza, una poeta de 15 años dejó sobre la mesa del director de la revista un poema:

Nacer, vivir, crecer, saltar,
reír, chillar, mentir,
aprender, amar, estudiar,
brincar, jugar, correr,
reír, reír… ¡niñez!

Hablar, pasear, cantar,
moverse, andar,
jugar a amar,
cambiarse de lugar,
sin quietud… ¡juventud!

Sufrir, llorar, gemir,
sentir, pensar no vivir,
quietud, resignación,
desolación…
tristeza, dejadez… ¡vejez!

Al día siguiente, la breve pieza aparecía publicada de forma anónima en la revista Lecturas. Comienza de este modo una carrera prolífica, llena de etapas, como aquella en la que fue profesora en Estados Unidos o cuando empezó a salir en la tele. Antes de eso, Fuertes habría de pasar por grises y oscuras oficinas que le ponían mal cuerpo.

Al término de la guerra, Gloria trabaja para el Ministerio de Turismo (en esas “siniestras oficinas”), pero también se atreve a ilustrar unas historietas que envía a la revista Maravillas, suplemento del diario falangista Arriba. Se las publican todas entre 1939 y 1955. Además aparece en otras revistas y en 1947 gana el primer Premio de Letras para Canciones de Radio Nacional de España. Empieza a ser una habitual de la radio y su popularidad va en aumento.

Paralelamente crea el grupo femenino Versos con Faldas que pretende desmitificar la poesía que hacen (y que parece la única que se hace) los hombres que van de académicos y acercarla a las mujeres. Esta asociación debe enfrentarse a ciertos escollos. No hay que olvidar el contexto franquista en el que se movían, pero sobrevive un tiempo llevando la poesía femenina a la primera plana. Reclamando un foco de luz que las alumbrase también a ellas.

Gloria se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil vivir de sus poemas y estudió biblioteconomía e inglés en el Instituto de la Mujer. Esto la llevó durante un tiempo a ser bibliotecaria, ella lo define como una de las mejores épocas de su vida: “Dios me hizo poeta y yo me hice bibliotecaria. Fue una de mis épocas más felices. Aquellos años en los que, yo al frente de una biblioteca, aconsejaba y sonreía a los lectores. Mi jefe era el libro, ¡yo era libre!”

Gloria Fuertes con 20 años.
Gloria Fuertes con 20 años.

Del amor y la Gloria

Es en 1955, con 38 años, cuando conoce al amor de su vida. Antes de eso había tenido varios novios que, en un bando y en otro, habían muerto durante la Guerra Civil. También había mantenido una relación con Chelo, que estaría con ella hasta el final de sus días ocupando diferentes papeles en su vida.

Pero el gran amor de Gloria fue la estadounidense Phyllis Turnbull. La norteamericana trabajaba en el Instituto de la Mujer e inician una relación que estaría llena de poesía y amor. Juntas hacen una casa en Chozas de la Sierra (lo que hoy es Soto del Real) y crean una biblioteca infantil ambulante. Consiguen que todos los niños del pueblo aprendan a leer y les dan el regalo de la poesía.

Con intermediación de Phyllis, Fuertes consigue una beca Fullbright que la lleva durante tres años a Pensilvania donde enseña literatura. Allí se mezcla con los jóvenes, que la adoran, dirige la Casa Española (una suerte de hermandad de la cultura patria) y es feliz. Aunque echa de menos a Phyllis, que sigue en España.

La etapa más movida y prolífica (en cuanto a proyectos, ya que en cuanto a poemas siempre fue prolífica) de Gloria toca a su fin en 1971, cuando detectan un cáncer a Phyllis y muere a los pocos meses. La poeta, que no poetisa, se sume en una fuerte depresión. Se queda ya hasta el fin de sus días viviendo en ese piso de la calle Alberto Alcocer que había compartido con la americana.

Bebo porque la gente no me gusta,

porque a la gente quiero demasiado;

las cosas cambian y el ímpetu se enferma,

sé lo que dan de sí los hombres;

sé que hay muchos que me encarcelarían.

Bebo para olvidar que estoy bebiendo.

Porque la noche es larga y tiene seres,

la vida es corta en cambio y tiene prisa,

la alcoba es grande y el sereno bizco

y un chinche trepa por el techo.

Bebo para recordar estas cosas.

Bebo para olvidar que estoy muerta.

Gloria Fuertes y Phyllis Turnbull.
Gloria Fuertes y Phyllis Turnbull.

De cuando Gloria Fuertes se hizo protectora de los niños

La poeta tenía algo muy claro, ella era autodidacta, de un barrio obrero y pobre de Madrid, había crecido en la miseria, y quería llevar la poesía a todos. Por ello, su lenguaje a veces acusado de simplista, de naif, es ideal para los niños y para aquellos adultos que nunca se hayan aproximado a la poesía y quieran empezar a leerla. Es una poesía para todos.

Dijo en algún poema que ella escribía poesía de niños para comer y de adultos para vivir. Sus apariciones en televisión, especialmente en los años setenta, la transformaron en la poeta de la infancia y esto hizo que su relación con los niños siempre fuera especial. Reportó, del mismo modo, un sinfín de anécdotas increíbles.

En una ocasión, una niña decidió que qué mejor que presentar un cuento escrito por Gloria Fuertes a un concurso de relatos infantil. Lo retocó un poco y lo presentó como si fuera suyo. Lo curioso no es tanto que el jurado no se diera cuenta de que la pieza era de Gloria, que la había leído varias veces en televisión, sino que quedó en tercer puesto. Fue una cura de humildad para la autora y un chascarrillo bastante divertido.

Otra vez, en el Premio Gloria Fuertes de Poesía Escrita por Niños, un pobrecillo de Ávila subió al escenario temblando para recoger su galardón. La impresión por tener frente a él a la poeta era total y acabó llorando. Ella le preguntó “¿me das una lágrima”, el chiquito asintió y la escritora dijo “¿me la puedo beber?”. Se la bebió y al pequeño le dio un ataque de risa que fue aplaudido por todos.

Su relación con la parte más tierna (a veces brilla por lo contrario, por ser despiadada) del ser humano era de amor-odio: “Me pasa con los niños como con los perros: me siguen, me notan algo raro, nos miramos a los ojos, les hago “kuri kuri” con la mirada y ya no se separan de mí. Los niños no me caen mal de uno en uno, pero cuando se juntan es que son tantos que tengo que salir por la puerta de atrás. Parezco uno de los Beatles. Me aterran”.

El programa Un globo, dos globos, tres globos es el que encumbra a Gloria televisivamente. Los fans, en su mayoría niños, la persiguen, la asedian con cartas, por la calle, llegan a agobiarla y a cabrearla. Llega a mandarlos a la mierda.

Pero es que Gloria siempre fue muy niña, no solo por su forma, aparentemente poco ortodoxa para los círculos académicos, de escribir, sino (y sobre todo) por su manera de pensar y aproximarse a la infancia.

De cómo vivió bonito y sin reservas

Gloria Fuertes murió el 27 de noviembre de 1998 por un cáncer de pulmón. Está enterrada en el cementerio de La Paz, en Madrid. En su lápida puede leerse: Gloria Fuertes, Poeta de Guardia: Ya creo que lo he dicho todo y que ya todo lo amé

En el número 42 de la calle Alberto Alcocer una placa apunta a que la poeta vivió allí entre 1963 y 1998. En la calle de la Espada, en Lavapiés, junto al número 3, otra placa amarilla señala que la autora nació allí.

En Estados Unidos los versos de Gloria son de lectura obligatoria. Aquí, apenas si la estudiamos en un breve párrafo dentro del grupo de la Generación del 50, al que también perteneció. Le hace falta más espacio, nos hace falta más Gloria y más poesía como la suya.

La vida de Gloria Fuertes es fascinante. Jorge de Cascante, que ya avisa en la introducción al libro que no se trata de una obra académica (no se encontrará fecha u obra al que pertenecen sus poemas, y están mezclados los infantiles con los adultos) sino de una obra de vida.

Además de hacer un repaso biográfico al principio, y uno bibliográfico al final, el escritor nos intercala imágenes de la autora junto con fotografías de archivo y poemas inéditos (como el publicado en la revista Lecturas). El libro de Gloria Fuertes es un documento de gran valor y se percibe ya en las primeras páginas que está hecho con cariño y respeto por la figura de la poeta que no recitaba (ella leía sus poemas).

El libro de Gloria Fuertes, de Jorge de Cascante.
El libro de Gloria Fuertes, de Jorge de Cascante.

Gloria tuvo una vida, jodida por partes, feliz por otras y especialmente trepidante. La llevó a codearse con todo tipo de personalidades, destacando los escritores, claro. Que la hizo enamorarse de la cantante Mari Trini, que la acompañó ya hasta el final, en su lecho de muerte. Que la llevó a recibir una corbata de parte del mismísimo rey de España, don Juan Carlos I. Que acabó con una anécdota en la que un sereno empuñó su artilugio larguirucho contra ella y sus amigos porque fueron a recitarles unos versos (él creyó que se le estaban pitorreando en las narices).

Que la hizo cruzar el charco para aprender inglés a marchas forzadas dando tumbos por Estados Unidos y enseñando en Pensilvania. Que la volvió, al principio surrealista, y finalmente postista (este fue un movimiento de vanguardia español cuyas claves no estaban muy claras ni para sus mismos miembros y del que también participó Francisco Nieva, gran amigo de la poeta). Que fue marcada para siempre por la “garra de la guerra” y la transmutó en un ser profundamente pacifista.

En definitiva, una vida que a muchos no nos importaría vivir, con sus más y sus menos. Resulta loable el amor de Gloria por las personas, su afán por llevar la poesía a los lugares más recónditos, por aprender, por amar sin reservas y ser amada.

A todos los, ya no tan niños, que conocieran a Gloria Fuertes en la infancia, este libro puede abrirles un camino a su poesía más madura, más cruda también y a una vida que vivió muy bonito.

Si uno espera con paciencia

notará, sin ciencia,

cómo Gloria se le mete dentro,

le impregna,

y muy suave,

en una oreja,

le dicta poemas

para que duerma.

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