‘High Art’ o cómo el deseo también puede destruirte
Hay películas que no buscan gustar. Ni siquiera buscan ser comprendidas del todo. Se instalan en un lugar incómodo, casi íntimo, como si te obligaran a mirar algo que no deberías estar viendo. High Art, dirigida por Lisa Cholodenko en 1998, pertenece a ese tipo de cine que no se ofrece, que no seduce de forma evidente, pero que acaba atrapando precisamente por su capacidad de incomodar. Es una película que habla de deseo, de poder, de creación y de autodestrucción, pero lo hace desde una mirada sucia, honesta y profundamente humana. Y eso, en el cine de finales de los noventa, no era tan habitual como nos gusta recordar.

High Art: el deseo como motor y como trampa
En una industria que todavía hoy sigue encasillando las historias queer en narrativas más o menos digeribles, High Art se adelantó a su tiempo sin hacer ruido. No hay grandes discursos, no hay reivindicación explícita, no hay necesidad de subrayar nada. La relación entre Syd y Lucy existe, simplemente. Y en ese gesto aparentemente sencillo se esconde una de las decisiones más radicales de la película. Porque lo queer aquí no es el conflicto, sino el punto de partida. Lo conflictivo es otra cosa. Lo conflictivo es el deseo cuando se mezcla con la admiración, con la dependencia, con la necesidad de ser visto.
Syd, interpretada por Radha Mitchell, es una joven editora en una revista de fotografía que aspira a encontrar algo más que su rutina cómoda y algo insípida. Su vida, en apariencia ordenada, se ve sacudida cuando conoce a Lucy Berliner, encarnada por una inmensa Ally Sheedy. Lucy es una fotógrafa que en otro tiempo fue brillante, influyente, imprescindible, y que ahora vive retirada, atrapada en un limbo de drogas, apatía y relaciones tóxicas. Entre ellas se establece una tensión que no necesita demasiadas palabras. Basta con una mirada, con un silencio sostenido, con la forma en que Lucy observa a Syd como si la estuviera encuadrando incluso fuera de la cámara.

High Art: los límites entre la creación y la explotación
Lo interesante de High Art es cómo construye esa relación sin idealizarla. No hay romanticismo fácil. No hay redención. Lo que hay es una atracción peligrosa, casi inevitable, en la que una busca encontrarse y la otra parece haber renunciado ya a hacerlo. Syd ve en Lucy una posibilidad, una puerta hacia algo más auténtico, más intenso, más verdadero. Lucy, en cambio, encuentra en Syd un espejo incómodo, una oportunidad de volver a crear, pero también un recordatorio de todo lo que ha perdido. Y en ese intercambio desigual se va tejiendo una dinámica de poder que resulta tan fascinante como destructiva.
La película se mueve en espacios cerrados, cargados, casi asfixiantes. El apartamento de Lucy es un personaje más. Oscuro, desordenado, lleno de cuerpos que entran y salen, de sustancias, de ruido, de vida que parece estar siempre al borde del colapso. Frente a ese caos, el mundo de Syd resulta limpio, luminoso, pero también vacío. Y esa oposición no es casual. Cholodenko construye un contraste visual que refleja con precisión el viaje emocional de su protagonista. A medida que Syd se adentra en el universo de Lucy, su propia vida empieza a contaminarse. Y lo que en un principio parecía una liberación se convierte en una forma distinta de encierro.
Hay algo profundamente honesto en la forma en que la película retrata el proceso creativo. Lucy no es una artista torturada en el sentido romántico del término. Es una mujer que ha sido brillante y que ahora está rota. Y su talento no la salva de nada. Al contrario. La cámara, en sus manos, es casi una extensión de su propia herida. Cuando vuelve a fotografiar, lo hace desde un lugar incómodo, casi violento, utilizando a Syd como musa pero también como objeto. Y aquí es donde High Art se vuelve especialmente interesante desde una lectura contemporánea. Porque lo que plantea, sin decirlo de forma explícita, es una pregunta incómoda sobre los límites entre la creación y la explotación.

High Art: mirar, usar, crear
¿Hasta qué punto el arte justifica la invasión del otro? ¿Dónde termina la inspiración y empieza el uso? Syd quiere ser vista, quiere ser deseada, quiere formar parte de algo más grande que ella misma. Pero en ese deseo hay también una entrega que la deja expuesta. Lucy, por su parte, necesita crear para sentirse viva, pero lo hace a costa de quienes la rodean. Y esa tensión nunca se resuelve del todo. La película no ofrece respuestas. Se limita a mostrar las grietas.
Uno de los grandes aciertos de Lisa Cholodenko es no caer en la tentación de moralizar. No hay juicio sobre los personajes. No hay una mirada que intente corregirlos o redimirlos. Lo que hay es una observación casi clínica, pero cargada de empatía. Lucy no es un monstruo, pero tampoco es una figura romántica. Es contradictoria, egoísta, brillante y profundamente frágil. Syd no es una víctima pasiva, pero tampoco es completamente consciente de lo que está haciendo. Y en ese terreno ambiguo es donde la película encuentra su fuerza.
El ritmo pausado, casi hipnótico, contribuye a crear una sensación de deriva constante. No hay grandes giros narrativos, no hay momentos de explosión dramática en el sentido clásico. Todo ocurre de forma progresiva, como una caída que no parece una caída hasta que ya es demasiado tarde. Y esa decisión formal refuerza la idea central de la película. El peligro no siempre llega de golpe. A veces se cuela poco a poco, disfrazado de oportunidad, de deseo, de promesa.

High Art: una de las joyas de Lisa Cholodenko
En el contexto del cine independiente de los noventa, High Art ocupa un lugar particular. Comparte con otras películas de la época esa estética cruda, ese interés por personajes marginales, ese rechazo a las estructuras narrativas más convencionales. Pero al mismo tiempo aporta algo distinto. Una mirada femenina que no busca agradar ni cumplir expectativas. Una forma de contar el deseo entre mujeres que se aleja tanto del fetichismo como de la idealización. Y eso, incluso hoy, sigue siendo poco habitual.
Revisitar High Art en 2026 es enfrentarse a una película que ha envejecido de forma extraña. Hay elementos muy anclados en su tiempo, en esa escena artística de finales de siglo, en esa estética casi sucia que hoy puede resultar incluso nostálgica. Pero hay algo en su núcleo que sigue siendo radicalmente actual. La forma en que habla del poder en las relaciones, de la necesidad de validación, de la fragilidad del yo cuando se construye a partir de la mirada del otro. Todo eso resuena con una fuerza que va más allá de su contexto.
Quizá por eso sigue siendo una joya. No porque sea perfecta, sino porque es incómoda, honesta y profundamente humana. Porque no intenta salvar a sus personajes ni a su espectador. Porque entiende que el deseo no siempre es limpio, que la admiración puede convertirse en dependencia, que el arte puede ser tanto una forma de expresión como una forma de violencia. Y porque se atreve a quedarse ahí, en ese lugar incómodo, sin ofrecer una salida fácil.
En un momento en el que muchas narrativas parecen obsesionadas con cerrar, con explicar, con tranquilizar, High Art apuesta por lo contrario. Por dejar preguntas abiertas, por incomodar, por mostrar sin juzgar. Y en ese gesto hay algo profundamente político. Una forma de resistencia frente a la simplificación, frente a la necesidad de etiquetar y ordenar todo.
Al final, lo que queda no es tanto la historia de Syd y Lucy como la sensación de haber asistido a algo íntimo, casi prohibido. Como si hubiéramos mirado a través de una cámara que no nos correspondía. Y esa incomodidad, lejos de ser un defecto, es precisamente lo que convierte a High Art en una película que merece ser revisitada. Una de esas obras que no se agotan en un primer visionado, que siguen creciendo, incomodando y cuestionando cada vez que vuelves a ellas.
Porque hay películas que se ven. Y hay otras, como esta, que te miran de vuelta.
