La danza de Cabiria

Marcos Cañas

Medianoche en el puerto de Génova. Un lujoso Mercedes negro aparece. El poderoso príncipe de la Iglesia ha acudido, atendiendo a la súplica del padre Arpa, miembro de la orden de los jesuitas. Federico Fellini aguarda. El día anterior, su fiel brazo derecho, Luigi Giacosi, halló en una tienda de anticuario el sillón con almohadón rojo y flecos dorados que ahora ofrecen al huésped que puede evitar la quema de los negativos de su último rodaje. Cuando despertó, Cabiria Ceccarelli ya estaba allí.

En la imaginación de Fellini cabían muchas creaciones, aunque pocas como aquella muchacha soñada en las viviendas más modestas de Ostia. La presentó como entremés en la comedia El jeque blanco (1952), si bien sabía que algún día su cámara volvería para dar voz a sus noches en un film que fuese para ella sola.

Sucedió en 1957. Le notti di Cabiria. Una cinta tan especial que sigue suscitando fascinación. Puede que La dolce vita o La strada exhiban toda la inteligencia de un cineasta único, pero si en algún metraje Fellini guardó su alma, fue en este. Con todo, la censura estuvo a punto de extirparla, incluyendo las quejas del alcalde de Roma por la imagen que daba de la ciudad.

La proyección comienza. El cineasta se inquieta, casi juraría que el distinguido invitado da cabezadas. No obstante, Arpa es hábil, sabe incidirle cada vez que surge una de las procesiones populares que su amigo rueda como nadie en Italia. Ambos esperan el veredicto, el cardenal solo acierta a decir: “¡Pobre Cabiria, tenemos que hacer algo por ella!”. Fellini recupera el aliento. A fin de cuentas, era el duelo de un hombre de fe contra los ojos de Giulietta. El candidato a la tiara nunca tuvo la más mínima posibilidad.

Giulietta de los espíritus

Hacía mucho tiempo que no se veía esa difícil naturalidad. La forma de cambiar el gesto sin necesidad de artificios. Albergar en el mismo semblante debilidad y ternura. En no pocas ocasiones, se ha afirmado que Giulietta Masina fue la Chaplin italiana.  

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

Solamente ella pudo obrar esa alquimia. Nos hallamos ante una obra neorrealista descarnada, la mirada hacia el submundo donde se puede arrojar a alguien a las aguas del Tíber por 40.000 liras. Prostitutas romanas que malviven en cuevas de la urbe de extrarradio, desoladora soledad que, sin embargo, nunca logra evitar que estemos ante una de las películas más dulces de la Historia.

Cuando Cabiria baila, el mundo se ve agitado. Sería menos conmovedor su alegato si la viéramos ceder a la digna resignación o una furiosa vendetta. La pequeña protagonista muestra la grandeza de la inocencia que se niega a que bajen el telón, una fe inquebrantable en algo más.

A lo largo de una biografía peculiar, Fellini vio muchas cosas, incluyendo a su país sumido en la locura de una alianza insensata y la devastación de la II Guerra Mundial. Sea como fuere, como admitiría ante su amigo Giovanni Grazzini, la emoción que le desarmaba era la inocencia. Masina posee los ojos de la infancia y el encanto de la modestia.

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

Cuando el mago Aldo Salvini utilizó a la muchacha para despertar las sonrisas cómplices del público, la audiencia del film se siente ajena e incómoda frente al strip-tease emocional. Las noches de Cabiria es cervantina en el sentido de que no albergamos ningún deseo de compartir las burlas que se hacen sobre su protagonista; nos ilusionamos por sus anhelos y sentimos una punzada de compasión por ella ante cada revés.

Cuestión de intuición

El argumento pasó por varias manos de finos ebanistas. Tullio Pinelli, Ennio Flaiano y el propio Fellini. Sí, el mismo Flaiano que estuvo en esa obra maestra llamada El verdugo (1963). Berlanga y Azcona se jactaron de que mantuvieron su casticismo ante el lirismo de su colega italiano, quien con Cabiria sí se ve libre para dejarlo aflorar.

Cuidado, eso sí, no estamos ante una pieza cursi. Jamás habría inquietado ni molestado de haberlo sido. En su dulzura, Las noches de Cabiria esconde una bomba mortífera de alto alcance. Gerardo Sánchez la califica como un cuento sentimental.

Hubo una última colaboración. No parece casual que fuese Pier Paolo Pasolini. La mente que era capaz de crear El evangelio según San Mateo (1964) y la infernal Saló (1975) puso su contribución. Tal vez sin Fellini, Pasolini nunca hubiera filmado Accattone (1961), una brutal mirada a la prostitución callejera. Como fuere, ambos genios separaron caminos pronto, quizás sabiéndose demasiado diferentes.

Y toda moraleja necesita su melodía. Desde su primer film, una de las condiciones de Fellini fue hacerse acompañar de Nino Rota. Cuesta pensar que alguien como él, casi ajeno a las imágenes, pudiera componer una música tan inmaculada e inocente, casi nacida para acompañar al póster de Giulietta Massina fumando un cigarrillo, con su abrigo y tocándose la oreja, sin dejar de parecernos una niña. El vestuario fue adquirido en un mercado callejero de la capital.

La banda sonora resultante es una maravilla que logra la sencillez propia de los artistas generosos con su público. La música se pone al servicio de los estados de ánimo de Cabiria, un mambo donde no podemos pararnos a pensar excesivamente, todo es cuestión de instinto.

La eterna búsqueda

Pese a todos sus méritos, Las noches de Cabiria siempre ha molestado bastante. La mutilación de las escenas rodadas en el Santuario del Divino Amor son apenas la punta del iceberg de los muchos demonios ajenos que despierta esta asombrosa fábula romana. Y es que, si alguien puede ver algo pecaminoso en el personaje encarnado por Giulietta Masina, sin duda resta algo por aclararse en su fuero interno.

Desde los gélidos corredores de los salesianos que conoció en la primera juventud, Fellini tuvo una relación peculiar con la espiritualidad. No puede negarse, y eso lo capta a la perfección su actriz predilecta en la procesión a la que acude Cabiria para pedir ayuda la Madonna, que la liturgia católica era una parte fundamental de su imaginario.

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

En Via Appia Antica, el director intentó infructuosamente incorporar una de las anécdotas reales que le ocurrieron recorriendo las calles romanas de madrugada. Conoció a un extraño personaje que destapaba las rejas de alcantarillas y auxiliaba a personas desfavorecidas. Su caridad no tenía lugar en la ficción al no ser espiritual, resultando poco adecuada. 

La presencia de un filántropo laico desconcierta tanto como una mujer de la calle que sigue siendo la esencia de la bondad pese a verse arrastrada a vivir en un barracón y ofrecer servicios sexuales. La moral victoriana podía recrearse en morbosos detalles sobre los crímenes demenciales de un sádico en Whitechapel, pero condenó sin piedad a Oscar Wilde por contar en ficción lo que las gentes de bien hacían a puerta cerrada.   

Son los años donde el Parlamento italiano estaba discutiendo la propuesta de ley de la senadora Lina Merlin para prohibir las casas de citas. Con todo, Fellini huye de las alusiones políticas, más atento a la faceta personal y singular de la protagonista.

El bosque

Las noches de Cabiria alberga una estructura circular. Un cuento que tiene su clímax, como mandan los cánones, en el bosque. Tras casi dos horas de metraje, comprendemos que el principio y el final casi podrían intercambiarse sin alterar el resultado.

Fue precisamente comiendo en un bosque donde Fellini conoció a Wanda, una mujer de la calle que inspiró la idea que rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El terrible asesinato de una dama en las orillas del lago de Castel Gandolfo impresionó a Fellini, quien siguió las indagaciones que demostraron cómo la enamorada había sacado los ahorros de toda una vida para un presunto prometido que iba a casarse con ella. El desconocido y supuesto galán tenía otros desagradables planes que incluían eliminarla y quedarse con la dote.   

Wanda terminó de rematar aquellas emociones. Era una persona fascinante. Vivía en las chabolas cerca de un acueducto y trató de suicidarse en varias ocasiones por decepciones sentimentales. Con todo, al cineasta le llamaba la atención que ambas mujeres parecían mantener intacto hasta el último momento la sed por las ilusiones de la vida, incluyendo la fe de enamorarse. Sin duda, era la obra que quería hacer.  

La tarea, empero, no sería fácil. Ningún productor parecía dispuesto a correr riesgos con una temática tan desagradable donde incluso un elemento patrimonial como El Coliseo se mostraría como un nido de proxenetismo. Fue Dino De Laurentiis quien se presentó en casa del cineasta para reprocharle no haberle ofertado el proyecto antes que a nadie.

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

La historia era bastante compleja y así la han rastreado investigadores como Tullio Kezich. De Laurentiis había dejado de colaborar con Fellini antes de Il bidone (1955), pero el aura internacional que estaba alcanzando el creador le atraía. Ambos sellan la renovada alianza por Cabiria.

Once upon a time in Rome

Piero Gherardi, director artístico de origen toscano, recorre con Fellini las diversas localizaciones, usando su fino olfato para intuir los secretos tras los cipreses para la atmósfera de fábula en el Lacio que quieren realizar. Gherardi tiene la idea genial de que la casa de Cabiria no tenga techo, permitiéndoles jugar con la iluminación natural en todo momento.  

El film va a ser la metáfora soñada para cualquier inversión que se emprenda. No excesivamente costosa, termina alcanzado la ansiada estatuilla del Oscar, y el prestigioso David di Donatello en las categorías de dirección y producción. Giulietta Masina se alza en San Sebastián, Cannes y BAFTA. Como le ocurrirá a Berlanga con El verdugo, el éxito fuera de sus fronteras protege a la pieza de los fanatismos nacionales por el celo moral patrio.

Antes de esos días de gloria, conviene rememorar la incertidumbre, incluso cuando Fellini se permite llevar a Cabiria a otro rincón de su ciudad que conoce bien: la Roma de la dolce vita. La chica de barrio humilde es un elemento extraño en un ambiente de hedonismo disoluto, descapotables y máscaras, lo cual hace fascinante la propuesta.

Por ello es tan hermoso el hecho de que la aprobación definitiva no viniese en un cine atestado de la capital, sino al comienzo de nuestro relato: los caruggi eran los callejones del puerto de Génova, el poco atractivo lugar donde Giuseppe Siri, el cardenal más joven de Italia, accedió a ver aquella obra que estaba quitando el sueño a miembros del Ministerio del Interior. Aquellas voces autorizadas señalaban que era indigna candidata a Cannes por atentar contra el honor nacional.

No sabían los guardianes de la fe que Cabiria siempre se terminaba levantando, sin importar el color del golpe recibido. Érase una vez en Roma

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

Stazione di Rimini

A Fellini le gustaba decir que nadie podía conocer Rímini si no había nacido allí. Para él, se trataba del verdadero hogar, feudal e itálica, el sitio donde leyó a Dante por primera vez y cuando aprendió que ningún tema era banal, siendo la forma de tratarlo la que podía hacerlo sublime. Si no hubiera cogido aquel tren de Rímini ese día, nunca hubiera llegado a Roma en el momento preciso para conocer, Aberto Sordi dixit, a su ángel de la guardia.

Fueron prometidos en tiempos de guerra, amigos y confidentes. Giulietta Masina se inició en la radio y se convirtió en el corazón del universo de Fellini. Existe una entrevista deliciosa en Francia donde la intérprete da a intuir que hay un proyecto nuevo en el horizonte, justo cuando su Gelsomina en La Strada había puesto la crítica a sus pies. No se atreve a pronunciar el nombre de Cabiria, casi temiendo enseñar el diamante en bruto antes de pulirlo.

Hizo bien. Existen cosas que llegan en el momento justo. Antes de que los versos sabineros dedicasen una canción para la Magdalena, el galán Alberto Lazzari ya pudo comprobar qué era aquello de un corazón cinco estrellas cuando Cabiria guardó silencio y discreción. Qué poco juego habría dado la habitante de Ostia en la parilla televisiva actual.

Al referirse a su relación con Fellini, Masina admitía que se trataba de una de esas bellas historias que no quieres que se acaben. La dolce Giulietta, como Fellini se refería a ella por escrito, supuso la oportunidad de alcanzar fama internacional y algo mucho más importante. Las noches de Cabiria solamente puede alcanzar su grandeza al ser concebida en todo momento como un gran acto de amor.

Neorrealismo mágico

Cuando José Luis Vilallonga conoció a la esposa de su amigo Fellini, lo primero que llamó la atención del visitante español fue la pequeña mano que le tendió. Sin embargo, pronto toda su atención se focalizó en una mirada luminosa hasta niveles prodigiosos, capaz de custodiar la fuerza poética por sí sola.

Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.
Giulietta Masina en Le notti di Cabiria.

Probablemente sin ser consciente de ello con exactitud, Vilallonga había resumido a la perfección la clave de uno de los finales más conmovedores del cine italiano. Justo después de la escena con un François Périer magnífico. El preludio al instante donde unos ojos negros y perspicaces aceptan la serenata de cierre. No fue tare fácil, guionistas como Pinelli consideraban que el film debía culminar de forma desoladora. La actriz no quería saber nada de ello, protectora ante el personaje.  

La defendió incluso de su marido, quien se mostraba proclive al principio en mostrar a la protagonista casi cómica, mientras la intérprete intuía que el tono debía de ser melodramático. Si Gelsomina y su mundo de vagabunda circense marcaron en ella una exigencia, la chica de Ostia fue su papel predilecto, la emoción de un personaje obligado a caer mil veces al suelo en el argumento y levantarse otras tantas.

Al final, quedaría en tierra de nadie. El propio director lo admitía, aquella frágil y tierna criatura, repleta de ganas de vivir escapaba a las manos de todos los que intentasen explicarla. Era la gracia descubierta, el secreto mejor guardado en los barracones de Ostia. La danza de Cabiria.

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Redacción Las furias Cultural Magazine
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