‘La marcha sobre Roma’: picaresca y sátira sobre el fascismo italiano

Marcos Cañas

La marcha sobre Roma (La marcia su Roma) se estrenó en 1962 de la mano de un director tan dotado para el género humorístico como Dino Risi. Bajo la carcajada y aunar a dos de los mejores actores de su tiempo, escondía amargas verdades, con la sagacidad del bufón de la corte.

El pasado es un arma engañosa. En frío, podemos concluir que no tiene ninguna capacidad para dañarnos. Sin embargo, los efectos que provoca pueden resultar devastadores. Igual que con una espada, depende de los objetivos de quienes decidan empuñarla. Ninguna culpa podemos achacar a los eventos ya ocurridos, pero una mala utilización acabaría siendo venenosa y afilada.

Durante la década de los sesenta del pasado siglo, Italia estaba despertando de un mal sueño. En realidad, una pesadilla muy real que la arrastró a la locura, aunque, en su descargo, fue una plaga que se expandió por el resto de Europa y todo el globo.

Sus carteleras, inmediatamente culminada la II Guerra Mundial, intentaban silenciar y esconder sus efectos, tan visibles todavía en la arquitectura de sus ciudades.

Por comprensible que resulte, ello aleja la cicatrización de las heridas. Siempre sucede así con aquello que más miedo nos da. Pocos pasos resultan tan aterradores en su inicio como ese momento de hacer la primera broma o provocar la carcajada a costa propia.

Si el séptimo arte transalpino quería revisarse, debía ser sagaz e ingenioso ante las arrugas que viese ante el espejo.

Habían encontrado el camino del neorrealismo, una fórmula mágica que maestros como Vittorio De Sica elevaron a la categoría de arte. No obstante, hubo que esperar incluso un poquito más para que la picaresca y la comedia de películas como La marcha sobre Roma se cruzasen con el objeto prohibido, el día en que la Ciudad Eterna perdió la cabeza.

Comedia all’ italiana

La picaresca siempre ha sido terreno fértil en España e Italia. En los días de Carlos V, lejos de querer firmar una epopeya sobre los dominios del emperador, una sagaz cabeza gestó El Lazarillo de Tormes.

De la misma forma, a apenas un Mar Mediterráneo de distancia, incluso un género tan solemne como la ópera demostró poder coger un tono bufo entre los más hábiles músicos napolitanos.

Era mera cuestión de paciencia que llegase el día en que incluso Benito Mussolini pasase por ese cincel. Naturalmente, Il Duce no comparecería en persona.

Cuando se festejó el aniversario del descubrimiento de América, un artista tan singular como José Luis Cuerda no pensó en Colón o los Reyes Católicos, se fue directamente a por dos pobres diablos que protagonizarían La marrana (1992).

Del mismo modo, Dino Risi no quiere hablar de las primeras reuniones en la plaza del Santo Sepulcro de Milán o la creación de los camisas negras. Su lupa se centra en Domenico (Vittorio Gassman) y Umberto (Ugo Tognazzi), una pareja de perdedores azotados por una Italia que había oscilado en la Gran Guerra y ahora parecía comprender que se sentó en la mesa de los vencedores para no probar bocado. 

Dominic H. Gavin, uno de los grandes estudiosos de cómo el fascismo italiano se ha ido reflejando en el cine transalpino, acentúa un concepto para entender la forma en que sus películas harían ese examen de conciencia durante la década de los sesenta: protagonistas desorientados que van a verse inmersos en un torbellino del que comprenden muy poco.

Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman. La marcha sobre roma.
Ugo Tognazzi y Vittorio Gassman. La marcha sobre roma.

El ex combatiente

Vittorio Gassman es uno de los mejores actores europeos de su tiempo. Su gracia natural y particular físico le hicieron prolífico en un arte en peligro de extinción: el galán cómico. Puede resultar seductor, pero también cercano y enternecedor.

Indudablemente, la cámara de Risi está enamorada de él. La marcha sobre Roma es del mismo año que otra joya imprescindible, La escapada, un film donde Gassman volvía a encarnar al simpático canalla romano, formando una dupla impresionante con Jean-Louis Trintignant, cuya contribución en esta tragicomedia siempre se ha infravalorado.

El director sabe que cuenta con Gassman para ser un Domenico que funciona como un reloj suizo. Su perfil traza a un buscavidas que debe buscarse algo que echarse a la boca en la sociedad italiana tras la I Guerra Mundial, hasta el punto de fingir una antigua posición en el ejército que no le corresponde. Junto con el inolvidable Alberto Sordi, pocos rostros han sido más capaces de alternar dignidad y patetismo de esta manera.

Vittorio Gassman haciéndose el refinado en La marcha sobre roma.
Doménico (Vittorio Gassman), a la izquierda, haciéndose el refinado en La marcha sobre roma.

Sus inconvenientes se agravan cuando, al fin, alguien sí le reconoce y recuerda perfectamente su poco inmaculada hoja de servicios: nada menos que su antiguo teniente de pelotón, quien está ansioso de reunir a sus antiguos soldados para un movimiento recién gestado en Italia.

Son los primeros años del fascismo, pero el argumento de luminarias como Ettore Scola, Ghigo de Chiara o Agenore Incrocci, entre otros, va a contarnos una imagen diferente al temible ogro que todavía hoy recordamos.

Mítines en plazas vacías, burlas o indiferencia en el mejor de los casos son el pobre panorama que el capitán Paolinelli puede ofrecer a Domenico, si bien su mala fortuna va a arrastrarle a él junto con un viejo conocido que llegará a maldecir ese cruce de caminos. 

Roger Hanin es el capitán Paolinelli en La marcha sobre roma.
Roger Hanin es el capitán Paolinelli en La marcha sobre roma.

La marcha sobre roma: Los hijos de la tierra

El fascismo no fue una idea originaria de Mussolini. De hecho, copió el corpus teórico de una figura que merecería un film para él solo: el literato Gabriele D’Annunzio, estandarte del decadentismo, aventurero y contradictoria figura que llevó a la loca ocupación de Fiume, una Sodoma momentánea que hubiera hecho las delicias de Pasolini.

Gabriele D’Annunzio

Antiguo miembro del partido socialista y luego futuro enemigo acérrimo de esa tendencia, el futuro Duce usurpó con su figura y gestos humorísticos (imitados a la perfección por el comediante Jack Oakie) el papel en la historia del extravagante Annunzio. De cualquier modo, como recuerda la comedia de Dino Risi, el apoyo popular fue poco más que tibio en los primeros compases.

Charles Chaplin y Jack Oakie en El gran dictador.
Charles Chaplin y Jack Oakie en El gran dictador.

Nadie lo ejemplifica mejor que Ugo Tognazzi, el complemento ideal a la apostura y vacuidad de Gassman. Un personaje rural, con cierto toque Sancho Panza, que combina la ingenuidad con el instinto de supervivencia de quien se ve arrastrado por su amigo a afiliarse con poca convicción a esa nueva formación.

Tognazzi posee el físico perfecto para dar vida a un hombre que ha estado afiliado a sindicatos de jornaleros de inspiración católica. Cuyo gran objetivo vital es tener un poco de tierra que llamar suya.

Ugo Tognazzi a la derecha de la imagen en La marcha sobre roma.
Ugo Tognazzi a la derecha de la imagen en La marcha sobre roma.

Agudamente, Álvaro Lozano, en uno de los grandes manuales del fascismo italiano en lengua castellana, incide en cómo los servicios nacionales del trigo fueron uno de los buques insignia del auge de la política de Mussolini.

Risi no es dramático, pero cuando se adentra en el campo sabe transmitir la sensación de pobreza. Y cuando esos grupos son descuidados por el resto, pueden terminar creyendo en cualquier cosa. Incluso en los Fasci italiani di combattimento. Sarcásticamente, hoy día movimientos que se inspiran en ello no se toman ni siquiera la molestia de repartir trigo.

Tragedia + Tiempo

Una de las primeras misiones de los involuntarios fascistas es acudir para frenar una huelga de barrenderos, temiendo que haya consignas leninistas detrás de sus protestas. Los gags en esta clase de luchas callejeras tienen incluso ciertas resonancias chaplinescas, el primer genio en demostrar el juego que podía dar simple bandera roja.

Risi juega con el contraste entre su dupla y otros compañeros de escuadrón, sobresaliendo el brutal físico de Mario Brega, quien quizás aquí ya despertaría la atención del genial Sergio Leone para contratarlo como despiadado cabo en El bueno, el feo y el malo (1966). Su composición como Mitraglia es el recordatorio de esta comedia sobre lo que sucede detrás del telón.

Aceite de ricino, subidas clandestinas a camionetas, intimidación y otra clase de quiebres democráticos que empezaron a gestarse en un clima de desconcierto.

Mario Brega en La marcha sobre roma.
Mario Brega como Mitraglia en La marcha sobre roma.

Los golpes del fascismo fueron consentidos con la ingenuidad del amo de un perro rabioso que piensa poseer un animal que protegerá sus tierras. El problema suele ser que una vez aniquila a las presas externas, no tiene excesivos miramientos con quien le alimentó en el proceso.

Las burlas sobre el nivel intelectual de algunos de los militantes son visibles en los graves problemas que tiene Domenico para escribir una simple proclama en la pared. Con todo, Risi tiene una mirada perspicaz que se da cuenta de algo más.

Puede que las bases sean poco amigas de la poética, pero los creadores del aparato simbólico y la simplificación intencionada del lenguaje fascista supieron perfectamente qué estaban construyendo para su país.

Ello se ejemplifica cuando Domenico y Umberto parlamentan con Sua Eccellenza, un pintoresco marqués caracterizado por Daniele Vargas, simpatizante de esos exaltados, en una postura que no sería atípica en la aristocracia italiana.

La marcha sobre roma: El bando eterno

Cuando Roy Thomas, profundo admirador de La Ilíada, consiguió ser guionista de los cómics de Conan el Bárbaro, siempre quiso llevar a su personaje a una contienda tan grandilocuente como la mantenida por troyanos y aqueos.

No obstante, se impuso una condición: su antihéroe debía terminar en el bando derrotado, porque eso siempre es lo más interesante.

La marcha sobre Roma comulga con esa percepción. Umberto y Domenico son las dos caras de la misma moneda, una clase media-baja (más lo segundo que lo primero) que casi siempre va a elegir erróneamente causa. Como si fuesen Mortadelo y Filemón, los vemos meter la pata en unos camisas negras en gestación, todavía una minoritaria y desagradable nota impulsiva dentro del marco político de su nación.

Umberto y Domenico.

Y es que, pese a querer suprimir la lucha de clases, el movimiento al que se han adscrito sí hace distinciones por cuna o bolsillo. Pensando estar adecuando acorde con el partido, cometerán una afrenta en la que terminaría siendo la finca de un noble protegido por el movimiento. Algo que llevará a uno de sus superiores a propinarles una golpiza digna de las viñetas de Bruguera.

Particularmente Umberto intenta desertar en no pocas ocasiones de estas hordas enfurecidas, pero diferentes obstáculos se lo irán impidiendo.

En ocasiones, incluso se benefician de ello, como cuando son liberados de presidio al poco tiempo, señal que utiliza Risi para mostrar que algo se estaba gestando y aquellos desarrapados empezaban a parecer útiles a capas poderosas.

Emilio Gentile, uno de los referentes de la historiografía italiana para esa cuestión, ha desmenuzado los prolegómenos que llevaron a la catarsis de octubre de 1922, una larga marcha orquestada por los fieles a Mussolini que quería ser una exhibición de fuerza. Justo el instante que nuestra película utiliza para alcanzar el clímax.

Roma, ciudad abierta (con spoilers)

Naturalmente, tras todas las desventuras que observamos en una hora y media que demuestra ser el perfecto metraje para esta clase de sátira, los protagonistas logran al fin abandonar el abyecto proyecto. Nadie podría culparles, puesto que la caminata está ridículamente mal planificada, con pésima logística y nulas opciones de éxito.

Es ahí donde el argumento se guarda la broma final, un chiste de humor oscuro que sorprendió incluso a sus coetáneos. Las fuerzas del orden y ejércitos en Roma se habrían bastado con holgura para contener aquella intentona hasta con una facilidad insultante. Risi sigue minuciosamente esos pasos con la cámara, justo para sorprendernos con un desenlace amargo.

Víctor Manuel III no tenía ninguna intención de terminar como algunos ilustres colegas en la tierra de los zares. La Casa Románov había sido depuesta y desmembrada, algo que los Saboya temían ocurriese en su propia patria. Por ello, el soberano decidió hacer un pacto consciente y complacido con el diablo, abriendo las puertas de la Ciudad Eterna a Benito Mussolini.

Gassman y Tognazzi quedan tan perplejos del desfile victorioso como el auditorio. Con la ingenuidad que les caracteriza, incluso dialogan que bien podrían darles unos meses de prueba a ver cómo funcionan en el gobierno.

La marcha sobre roma.
La marcha sobre roma.

Teniendo en cuenta tragedias como la que aconteció con el heroico opositor Giacomo Matteotti, recreada por el director Florestano Vancino en Il delitto Matteotti (1973), el final de la pieza es terrorífico pese a las carcajadas.

Todavía debía llegar Saló, o los 120 días de Sodoma (1975) para cerrar el círculo infernal en una cinta oscura que mezcló los últimos estertores de la élite de Mussolini con el infierno de Dante. Sea como fuere, Risi nos termina contando lo mismo sin necesidad de mostrar el horror, incluyendo una sonrisa cínica.

El test de Eco

Existe algo mágico al finalizar esta comedia. Tognazzi ya había hecho maravillas como militante fascista en la curiosísima El federal (1961), si bien la película de Luciano Salce estaba ambientada en los años que marcaban el final de la II Guerra Mundial, todavía terreno permitido. Ahora, Gassman y él habían dado un paso más al radiografiar el pulso de una sociedad que aceptó la entrada de los monstruos.

Quedaba todavía, empero, camino por recorrer, puesto que la inflexible censura cortó un momento divertido y ambiguo que incluso insinuaba un posible homoerotismo entre los protagonistas, otra cuestión tabú en la era de Mussolini y que le sobreviviría varios años en un celuloide que todavía cargaba losas del pasado.

Umberto y Domenico.
Umberto y Domenico.

Umberto Eco, uno de los grandes provocadores de la intelectualidad italiana, confeccionó un inteligente test de apenas catorce preguntas que podría servir para entender si una persona comulga, incluso sin saberlo, con algunas consignas del primer fascismo.

En momentos de rabia o frustración, conviene o hacerlo, para ver que cierto sentimiento de decepción o descreimiento puede llevarnos a concordar con alguna de esas cuestiones.

Naturalmente, hacer el cuestionario completo revela la locura que hay detrás de esas consignas, más hábiles y venenosas de lo que pudieran parecer individualmente. Si hay una defensa contra esas artes oscuras, indudablemente el humor de filmes como el de Dino Risi lo poseen. 

Su legado fue imponiéndose. Ettore Scola, uno de los implicados en su guion, unió fuerzas con Ruggerio Maccari para regalar Una jornada particular (1977), la entrañable historia de Antonietta y Gabriele (la medalla del amor para el cine italiano, Sophia Loren y Marcello Mastroianni), otra historia de vidas anónimas en un mayo romano del 38 donde Adolf Hitler visitó a Mussolini.

Italia había dejado de temer reírse de su pasado.

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