La poesía desconocida de Julio Cortázar, al otro lado de ‘Rayuela’

Miguel A. Bernao

Tengo una espina clavada, una de esas espinas que punzan y agotan de dolor. Esas que se enquistan y curten la piel en malestar y que necesitan, la mayoría de las veces, un bisturí para sacarla. Pero de hoy no pasa, quiero vencer este dolor y, quizá, tras escribir estas palabras pueda conseguirlo.

Y es que hablar de Julio Cortázar (26 de agosto de 1914 / París, 12 de febrero de 1984) no es sólo hablar de Rayuela (1963), créanme. Pero antes de cauterizar mi herida debo hablar de Cortázar como escritor.

Embajador de la reflexión y el existencialismo, en búsqueda constante del sentido de la vida, pero sin dejar lo fantástico atrás, como un puzle con diez mil piezas sin conexión, donde la plenitud de la vida y la propia reflexión sobre ella encurte el éxtasis de toda su obra. Coetáneo de Borges, ambos tuvieron el mismo espejo donde mirarse.

Y así despierta en Cortázar el goce de los sentidos y el humor «cínico», a veces, que envuelven sus letras, un legado mágico de incalculable valor; donde el tiempo solo es un resorte hacia la interacción propia del lector, en un juego interpretativo y de observación. Y aquí, se alzan superlativamente los relatos breves y la antes señalada Rayuela, considerada una de las obras fundamentales de la literatura.

Pero Cortázar, atesora otro don, tan mágico como el narrativo, la belleza irreductible de sus poemas, escritos en la soledad, en ese espacio imperturbable donde la proximidad con uno mismo representa la cercanía con la emoción y el sentimiento. Así lo expresó Cortázar en repetidas ocasiones, considerando que sólo a través de la reclusión y el conocimiento interno se podría crear algo realmente bueno e interesante.

En Cortázar, la palabra en su poesía siempre propondrá un nuevo mundo, un destello de origen para hacernos llegar al éxtasis sin apenas notar tan trágico cambio, siempre lejos del convencionalismo banal y explorando nuevos espacios donde reposar, su palabra poética, su excéntrica manera de cohabitar entre dos mundos y en la contradicción de su propia inspiración.

Ya no duele amigos, la herida va sanando, al otro lado de Rayuela, se oye la poesía de Cortázar y vosotros estáis aquí para entenderlo.

Los amantes

¿Quién los ve andar por la ciudad

si todos están ciegos?

Ellos se toman de la mano: algo habla

entre sus dedos, lenguas dulces

lamen la húmeda palma, corren por las falanges,

y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva

hacia muertes de césped, hacia puertos

que se abren entre sábanas.

Todo se desordena a través de ellos,

todo encuentra su cifra escamoteada;

pero ellos ni siquiera saben

que mientras ruedan en su amarga arena

hay una pausa en la obra de la nada,

el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,

empiezan a salir los ciegos,

el ministerio abre sus puertas.

Los amantes rendidos se miran y se tocan

una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.

Y es sólo entonces

cuando están muertos, cuando están vestidos,

que la ciudad los recupera hipócrita

y les impone los deberes cotidianos.

Julio Cortázar

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