Las Giganteas: Girasoles para Don Paco

Sergio Márquez

Sin pretender limar sus asperezas personales, pero buscando resaltar su indudable genio literario, os presentamos una de las obras menos conocidas de Francisco Umbral. Os invitamos a este viaje alegórico, grosero y con duende, hacia la isla de los girasoles más grandes jamás soñados.

Breve reivindicación del cheli

 Vaya por delante que tengo un humor de mierda. Sé que eso de hacer o no gracia es muy subjetivo, pero debo admitir que lo mío es demasié. Una de mis chanzas preferidas con las que divertir (o torturar) a mi basca, consiste en lanzarme el extremo de una bufanda por encima de un hombro, poner cara de pasota, e imitar la voz profunda de Don Paco Umbral.

 Oscar Wilde dijo que “la imitación es el mayor halago que la mediocridad puede hacerle a la grandeza”. Cuando pronunció esta frase, no creo que estuviera refiriéndose a mí haciendo el membrillo. Sin embargo, bien puede aplicarse a la admiración que siento por el autor del libro que nos ocupa en este artículo. 

 Por cierto, todas las palabras marcadas en cursiva en esta breve introducción están sacadas del “Diccionario Cheli” redactado por Francisco Umbral y publicado en 1983 por “Ediciones Grijalbo”. Así que no es falta de vocabulario por mi parte. Es cheli. ¡Ostraspedrín!

Planta rara de un tiempo remoto

 Debido a mi (corta) formación y a mis gustos particulares, siempre he tendido a leer a autores extranjeros (sobre todo ingleses o americanos) antes que a españoles. En los últimos años, sin embargo, estoy procurando equilibrar un poco la balanza. Hará cuatro o cinco que un amigo me recomendó “Los Helechos Arborescentes”, de Umbral. ¿Paco Umbral? ¿El de “yo he venido a hablar de mi libro”? ¿En serio?

 Antes de haber leído una sola frase suya, lo consideraba un tío desagradable, adusto, miembro de una minoría académica rancia en el mejor de los casos, y de una farándula superficial e insulsa en el peor de ellos.

 Sin embargo, me puse a leer “Los Helechos”, más por compromiso hacia la persona que me lo había recomendado que otra cosa. Para mi sorpresa, me encontré devorando un libro agudo, inteligente, con un divertidísimo sentido del humor escatológico, y una poética que resaltaba, aquí y allá, entre lo descaradamente sórdido.

«A ti no te recordaba», me dijo Luna, posando en mi hombro una de sus manos oscuras, delgadas, llenas de inscripciones, lagartos y metales. Su voz era profunda, dulce, casi cansada. Todo lo decía como entregando el alma en una última declaración de amor o muerte.

“Los Helechos Arborescentes”

Tras las huellas de un animal literario

 Desde entonces he leído dieciocho libros más de Don Paco (al que así me refiero cariñosamente), y no he abarcado ni el diez por ciento de su obra. Como él mismo ha dicho en repetidas ocasiones, leía más poesía que prosa, lo cual se hace muy notable en su sentido del ritmo y la riqueza de sus imágenes.

 En cuanto a la novela, sus mayores influencias fueron Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós, Ramón Gómez de la Serna y, sobre todo, Ramón María del Valle-Inclán, además de escritores extranjeros posteriores tales como Henry Miller o Jack Kerouac.

 Su obra más conocida (de lectura obligada para cualquiera que desee descubrirlo estrictamente como escritor) es “Mortal y Rosa”, publicada con multitud de referencias por la editorial “Cátedra”. En ella, se habla de la tragedia que marcó su vida (y probablemente su controvertido carácter): la muerte de su único hijo, aquejado de leucemia, a la tierna edad de 5 años.

Octubre. Se perfecciona la redondez del mundo. Los árboles son violines cuya música es azul en el cielo. El bosque juega con mi hijo como un tigre verde con un jilguero. Somos el interior de una lentísima manzana cayendo silenciosamente en el tiempo.

“Mortal y Rosa”

 Sobre este libro se ha escrito a espuertas, y con bastante más criterio que el mío. En este artículo pretendo centrarme en otro algo menos conocido, y mucho más tornasolado.

 Nos internamos en el pequeño islote de las giganteas.

A golpe de remo

El río era grande, pardo, ancho, de un oro sucio, de un verde duro, de un negro rojo, el río era lento, raudo, solemne, salvaje, lleno de tribus y palacios, lleno de dioses y pirañas, lleno de muertos y de buques, el río venía nunca supe de dónde e iba hacia la muerte, la velocidad, la presa, el vacío, la nada, como el Finisterre de las cosas o el corte a pico de los mares, sonando a coro de ángeles machos bajo los puentes, sonando a primavera menstrual, errática y desnuda, en primavera.

“Las Giganteas”

 Esta novela empieza de manera muy similar a otra que escribió diecisiete años antes, “Balada de Gamberros”. Ambas transcurren en una versión ficticia del Valladolid de finales de los años 40. También, comienzan en un río que la rodea de manera similar a como lo hace el brazo fluvial que forman el Duero, el Pisuerga y el Esgueva en la realidad. Francesillo es su protagonista, un muchacho de quince años muy similar al Umbral de por aquel entonces.

 Sin embargo, “Las Giganteas” es un libro de realismo mágico. A poco que empieza a desarrollarse la trama, nos damos cuenta de que el río funciona como una gran alegoría acuática. Su deje casi costumbrista es roto abruptamente por un hecho sobrenatural que indica al lector que ya no se encuentra en Kansas, por así decirlo, y establece unas reglas nuevas para este mundo fantástico.

 Francesillo rema con el vigor de un hombre adulto. Surca el río para llegar hasta un pequeño islote donde crece un campo de girasoles gigantes, que su imaginación reviste de mitología homérica y bautiza como “la península de las giganteas”. En su viaje, topa con multitud de personajes que desarrollan su vida en el margen del río.

 Oliva es la dueña del embarcadero, que alquila barcas a peseta. Color y personificación del río, es amable e iracunda, a intervalos, y despierta en Francesillo una fascinación casi religiosa.  

 También están los gitanos, salvajes desde el punto de vista del muchacho, prácticamente demoníacos. Sus ritos sangrientos y, sobre todo, sus violentas conductas sexuales intrigan a Francesillo. Una niña gitana lo observa con ojos tristes desde la orilla, con un bebé en brazos, y seguida de una cabra que jugará un curioso papel en la historia.

 Por otro lado, están las monjitas, cuidando con esmero de su huerto. Una de ellas, especialmente joven, se para a conversar con él. Es jovial y coqueta, aun bajo los hábitos, pero rehúsa poner un pie en el río, sinónimo de una pubertad que hierve la sangre e incita a las tentaciones de la carne.

 Siguiendo con los encuentros femeninos de Francesillo, nos encontramos a las bañistas. Alegres y desinhibidas, el protagonista de la novela las desnuda en su mente, como a ninfas de cuento.

Girasoles imposibles

 Olvidito se encuentra presente desde el mismo principio de la historia, en forma de recuerdo. Francesillo lo conoció una vez, cuando ambos eran niños. Sin embargo, la tragedia se cebó con él cuando se ahogó en el río, que arrastra vida y muerte a capricho.

 De Olvidito nada más se supo hasta que su espíritu aparece en la barca junto a Francesillo, niño por fuera, todavía, pero cargado de una extraña suerte de sabiduría adquirida en el oscuro lecho del río. La aparición se nos presenta, no como un hecho macabro, sino como un singular prodigio. Olvidito tiene más de duende benévolo que de fantasma.

 Francisco Umbral une, así, a su yo adolescente con su hijo muerto. Juntos, se embarcan en una misión por descubrir su identidad propia, que divierte, fascina, y encoge el corazón al mismo tiempo. Y todo, claro, sin dejar completamente de lado la grosera socarronería por la que su autor se hizo famoso.

 En su travesía conocen a muchos personajes más que los antes mencionados. También se ven envueltos en todo tipo de situaciones inverosímiles, como la de volar por el cielo soleado, sobre el río, con ayuda de unas aves cómplices, como un par de Peter Panes. ¿Y qué otra cosa son un poco, si no, todos los artistas?

Iba a ser difícil escapar a la casa y la familia. La vida es una oscura tenería donde el adolescente se extenúa. No había otra huida que el río, remar, remar, en la mañana delgadísima, toda horizonte, como el cielo llenándose de río, allá a lo lejos.

“Las Giganteas”

El documento de su vida

 Pese a haberse criado entre Laguna del Duero y Valladolid, Don Paco nació y pasó su adultez en Madrid, de la que es un poco estandarte. Falleció en 2007 en el hospital “Montepríncipe”, en Boadilla del Monte. Para conmemorarlo hay un retrato suyo en el madrileño Café Gijón, que aun hoy puede contemplarse.

 Ahora que nos hemos distanciado un poco del controvertido Umbral que aparecía en revistas de papel cuché, creo que podemos disfrutarlo más como escritor. No es arriesgado afirmar que fue uno de los mejores prosistas del siglo XX. No os fieis solamente de mi palabra, no soy el único que lo dice.

 El pasado día 20 de noviembre (curiosa fecha) se estrenó «Anatomía de un dandy», un documental sobre su vida en el Festival de cine de Valladolid. Dirigido conjuntamente por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega, está narrado por la famosa Aitana Sánchez Gijón, y cuenta con la colaboración de numerosas personalidades del mundo del periodismo y la cultura, entre ellas su viuda, la fotógrafa María España.

 Yo, por mi parte, recomiendo encarecidamente la lectura de “Las Giganteas”, así como de varias de sus otras novelas. Esperemos que Francesillo haya encontrado, por fin, su ansiada isla de girasoles.

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