‘El león en invierno’: Leonor de Aquitania, la tigresa de Chinon
Pocas heroínas de la ficción han protagonizado más aventuras que Leonor de Aquitania. La célebre reina medieval demostró todo lo que una dama podía lograr incluso en días tan poco propicios para su sexo como los de la Edad Media. Sorprende poco que historiadores como Jean Flori bautizarán su biografía como La reina rebelde, justo tributo a quien desafió a las modas cortesanas de su época, las plagó de sensualidad y cálculo político, a la par que acompañaba al primero de sus esposos a las inclementes Cruzadas.
Sin dudas, aquella hija de duques habría visto con agrado que una actriz como Katharine Hepburn la encarnase en un largometraje muy especial: El león en invierno (1968), uno de esos contados ejercicios de género que ya están revestidos del aura de clásico al poco de su estreno. Infamemente acusada de “veneno para las taquillas” por las productoras durante una parte importante de su carrera en Hollywood, Cronos ha hecho justicia con los méritos de una gran estrella que es pieza capital de éxitos tan incontestables como Historias de Filadelfia (1940) o Adivina quién viene esta noche (1967).
Sea como fuere, hay algo en su representación de la soberana aquitana que sigue llamando poderosamente la atención, algo lógico debido a su especial química con otra leyenda del séptimo arte: Peter O’Toole volvió a colocarse la ceñida corona de Enrique II Plantagenet para el atípico festejo navideño que iba a producirse en una cinta realmente singular.

El león en invierno: Se non è vero
El mecenazgo de Leonor de Aquitania resultó propicio para el laúd, la picaresca de los juglares y la imaginación de los trovadores. A ellos rendía tributo James Goldman, un autor teatral que había fabulado sobre unas ficticias vacaciones de la regia familia en el año de 1183.
Al igual que sucede con El nombre de la rosa, de Umberto Eco, nos hallamos frente a unas páginas que escapan pronto de los rigores encorsetamientos de Clío: la corte del monarca no estaba en Chinon y nunca se celebró ese “agradable” encuentro familiar para iniciar un festín de cuervos. No obstante, la gracia del asunto es que Goldman es perfectamente consciente de ello y, al igual que Goscinny y Uderzo con Astérix, pueden crear y componer respetando la esencia de sus personajes para acercarlos a nuestro presente.
Nadie lo captó mejor que Hepburn, quien casi parece buscar nuestra empatía contemporánea cuando señala que sus hijos son unos bárbaros que poco van a traer a la civilización.
Amparado en las inquietantes esculturas y gárgolas de los títulos de crédito, junto con cantos en impecable latín, el cineasta Anthony Harvey tarda poco en presentar con los ribetes que merece a la gran dama de la película (con sagacidad, Embassy Pictures pagó al propio Goldman para que adaptase sus actos del escenario al lenguaje del guion cinematográfico): Leonor entra en irrupción en una imponente barca a orillas del Támesis. Tras una década de cautiverio por haber confabulado con los príncipes por el trono, la elegancia de Hepburn garantiza que el tiempo ha sido benigno con quien fuera una de las grandes bellezas de Europa.
En muchos sentidos, El león en invierno es un homenaje a otra gran señora: Agatha Christie. Bastaría con cambiar los asesinatos por las maquinaciones en la línea de sucesión para sentirnos en sus novelas.

El león en invierno: El rugido
Había algo único en la voz y ojos de Peter O’Toole. Enrique II no le era para nada desconocido, puesto que había encarnado al altivo soberano en la excelente Becket (1964), ambiciosa cinta británica donde se mostraban las tensiones de la testa coronada con el arzobispo de Canterbury, su antiguo y querido amigo Thomas Becket (Richard Burton). No sin malicia metaficcional, la Leonor de Aquitania de El león en invierno sabrá susurrar ese nombre para hacer rabiar a su cónyuge.
No obstante, hay muchos más líderes que han pasado por O’Toole. La enloquecida y carismática mirada de su Lawrence de Arabia se entrecruza con la serenidad afligida que concedió al rey Príamo de Troya (2004). Su choque de trenes con Hepburn es el de dos colosos de la actuación. Anthony Harvey ha reconocido en el audiocomentario de su película más célebre que entre las dos estrellas pronto corrió un cómplice sentido del humor que incluía motes del uno al otro. Asimismo, experimentado con Bette Davis, otra de las grandes damas de la actuación, el cineasta dejaba a Hepburn sus ocasionales pulsos para domar a su personaje y sentir la pieza como suya.
Aparentemente, al inicio hallamos a un rey inglés que lo posee todo. Pese a la clásica mortalidad infantil, él goza de tres herederos sanos para sucederle. Ha accedido graciosamente a liberar momentáneamente a su conjuradora esposa tras mucho cautiverio. Paralelamente, él ha convivido con muchas amantes, siendo la última de ellas la hermanastra del mismísimo rey de Francia: Alais (Jane Merrow). Ha ganado todas sus batallas importantes y, pasada la cincuentena, puede jactarse de ser la persona más vieja que conoce en una era donde la supervivencia no era poco.
De cualquier modo, la navideña festividad le revelará que no controla tanto como cree… especialmente a su familia.

Ricardo, Juan y Godofredo: el triunvirato
Dentro de un divertido capítulo consagrado a cómo se representaba el amor medieval en el celuloide, el libro La Edad Media en el cine (2007) rinde justa pleitesía a El león en invierno. Comparando ficción y realidad, los autores de la obra recuerdan que Leonor tuvo hasta ocho hijos con su afamado segundo esposo. Por supuesto, alguno de ellos murió a tierna edad por la dureza de la infancia en esa etapa de la medicina, pero la gran mayoría prosperó. En aras de simplificar la trama para el público, solamente hay tres candidatos en el metraje: Ricardo, Juan y Godofredo. Todos ellos presentan fortalezas y debilidades para reemplazar a su fallecido hermano: Enrique El Joven.
Ricardo, el predilecto de Leonor, apenas goza de la consideración paterna, sin importar su destreza militar. Harvey confió para ese rol en un actor que nunca había hecho cine, pero del que se hablaban maravillas en los escenarios. Desde la primera escena de presentación, Anthony Hopkins sabe mostrar el alma atormentada de un guerrero incapaz de frenar su cólera y carente de respaldos para aceptar su homosexualidad. Hepburn y Hopkins reflejaran en los pasadizos del castillo su tendencia a confabular y el favoritismo de la reina caída en desgracia por Ricardo.
Nigel Terry personificaría al príncipe Juan, destinado a caer en mal paso por el imaginario popular debido a la leyenda de Robin Hood: Juan Sin Tierra. De modales desagradables, reacio al combate físico y con extraña inventiva, es Juan quien ha logrado el amor de su padre. Eso deja en mala ubicación al astuto Godofredo (John Castle): no entra en las quinielas de nadie, pero posee inteligencia suficiente para complotar y mover a sus hermanos para conseguir sus propósitos. Con sagacidad, Harvey se dio cuenta de uno de los secretos de este corrosivo cóctel.

El león en invierno: Love of Thrones
Mucho antes de que George R. R. Martin usase con maestría La Guerra de las Dos Rosa en un marco de fantasía heroica, El león en invierno ya exhibió lo apasionantes que podían ser los pulsos entre bambalinas para obtener más poder en la aristocracia. Harvey, un director que había acumulado mucha experiencia trabajando para realizadores con el calibre de Stanley Kubrick, pronto se percató de una de las bendiciones de su casting para hacer tolerable tanto dardo envenenado y palabras hirientes: por mucho dolor acumulado, cada uno de los integrantes de la fábula es una personalidad que, extrañamente a tenor de sus actos, busca la aprobación y el amor de los suyos.
Hepburn logra transmitir en todo instante que, pese al deterioro que ha sufrido su matrimonio y su caída en desgracia, sigue admirando muchas cosas de Enrique. Por su lado, el Ricardo Corazón de León de Hopkins no solamente es hábil con la daga, también es un hombre digno de lástima por su incapacidad de poder mostrarse tal cual es. Intuimos que en algún rincón de ese aspirante a monarca y cruzado sigue habiendo algo del muchacho al que Leonor enseñó poesía. Igualmente, Juan y Godofredo, cada uno a su manera, son dos inadaptados que únicamente anhelan el reconocimiento, que el foco de los Plantagenet se fije, por fin, en ellos.
A lo largo de más de dos horas veremos el in crescendo de unas emociones agravadas por la presencia de Alais (Jane Merrow). La joven amante del rey, hermana del monarca de la mismísima Francia, una amenaza directa para todo lo que ha construido Leonor para su prole. Entre las dos mujeres, distanciadas por edad e intereses dinásticos, no dejará de haber una extraña simpatía por comprender la situación de la otra, sujetas al capricho masculino.

El león en invierno: Con licencia para conspirar
Sorprende poco que fuera escogido para ser James Bond en la década de los ochenta. Anteriormente, Timothy Dalton era una juvenil presencia que mostraba todas las condiciones que le harían un actor notable en los siguientes años. “Sigo buscando a tu padre en tus ojos”, le señalará con preocupación O’Toole en un hermoso diálogo donde Enrique II habla frente a frente con el más inesperado huésped navideño: Felipe II Augusto de Francia.
Cuando la casi aniñada Leonor de Aquitania, quien era asimismo condesa de Poitou, conoció París en su primer matrimonio bien pudo desesperarse. A la que sería una fabulosa ciudad y referencia cultural posterior, todavía le quedaba mucho para compararse con el imperio bizantino o la oriental Antioquía que la aristocrática dama descubriría en sus viajes. Por ello, en el guion de Goldman es relevante el joven rey galo que ha acudido a estas intrigas para modificar el pulso de la Historia: con él arrancaba una nueva fase donde los suyos buscarían desprenderse de las garras de Enrique II.
La curiosa ironía es que O’Toole siempre se refiere con afecto a Luis VII, el joven miembro de la dinastía de los Capeto recuerda otra versión de la historia. Una de humillaciones por parte del soberano del que es huésped, incluyendo el insulto final: consiguió que su progenitor amara a aquel enemigo. En una venganza servida lentamente, el Felipe II Augusto de El león en el invierno tiene las mejores flechas del carcaj: será él quien logré que los hijos de Enrique II se muestren tal cual son.
Dalton, quien se caracterizaría posteriormente por hacer protagonistas viriles, deja aquí patente su versatilidad. Más que un villano físico, es una astuta y sensual serpiente que se desliza por Chinon para detectar el lado más vulnerable de sus presas.

El león en invierno: velas que expiran
Harvey rodó esta red de conjuras en varios lugares de Francia, sobresaliendo la abadía de Montmajour y el castillo de Tarascon. Una cuestión llamativa es la proliferación de perros en los distintos enclaves del film, nada casual en un animal que suele ir asociado a la lealtad y que sirven de contraste a Enrique II con su despiadada prole. Eso sí, al igual que el shakesperiano rey Lear, en nada puede quejarse de su forma de aferrarse y codiciar el poder: es justo lo que han aprendido de él.
El juego morboso no llevará a ocultar al monarca inglés una mueca de satisfacción por cómo se revuelven los príncipes contra su destino. Más elocuente y lúcida es Leonor cuando confiesa que no le gusta en lo absoluto la personalidad de los retoños que han tenido. A medida que ahondamos en ella, vemos que su apoyo a Ricardo esconde únicamente una gran verdad: siente que es el único de ellos que inmediatamente la liberaría de su cautiverio.
Si hay guiños a víctimas mortales del rey como Becket, el ingenioso libreto también reserva un espacio para referencias a Rosamunda Clifford, una de las amantes más célebres del rey. Lejos de tener una vida sencilla, la experiencia de esta aristócrata debe servir de inquietante espejo para Alais, quien sabe que los favores que se le dispensan un día pueden ser rápidamente cancelados por el absolutista dedo que lo concedió.
De hecho, uno de los pocos reproches que se pueden hacer a esta intensa experiencia entre lo cinematográfico y lo histórico es que busca condensar muchísima información en poco tiempo. En algo más de dos horas, se nos abre una ventana a las aspiraciones de Leonor cara a salir al fin de las rejas de Salisbury, los problemas dinásticos y el futuro papel de Francia.

Padre de todos
Como el propio título advierte, más allá de los brindis y las chanzas, su principal protagonista masculino no deja de ser un poderoso rey de la selva, alguien desacostumbrado a ser contradicho. O’Toole, envejecido para la ocasión para hacer verosímil la edad Enrique II, casi parece un trasunto del Odín que hallamos en los cómics de Thor a cargo Stan Lee y Jack Kirby: un paterfamilias todopoderoso que puede pasar de la fácil carcajada cómplice a aplicar una justicia colérica digna del Antiguo Testamento.
El último acto de El león en invierno tiene ciertas resonancias a la trampa que Buñuel tendió a la burguesía en uno de sus filmes. Coger a gente sofisticada, prolongar su estancia en un lugar cerrado y dejar aflorar su lado más animalesco. Así sucede en un tercer acto de Goldman donde las viejas rencillas afloran y llegan a un clímax donde la tensión va en aumento, especialmente gracias a la música de John Barry. Junto con Goldman (mejor guion adaptado) y Hepburn (la cual compartió estatuita con Barbara Streisand), el compositor alcanzó los laureles en la gala de los Oscar por este espectacular trabajo.
Hay juegos increíbles que mezclan nuestro mundo actual con las raíces del pasado. Es muy divertido ver a nuestros protagonistas colocando regalos en el árbol, una tradición muy posterior, si bien no es menos cierto que, por herencia germánica, se los colocaba tal y como lo hacen Hepburn o Toole para rendir tributo a los espíritus de la naturaleza. El león en invierno no quiere ser escrupulosamente rigurosa en lo histórico, aunque sí quiere llevarnos a entender la idiosincrasia de la mentalidad de una fase concreta de Inglaterra.
Bromas como que los cónyuges se pregunten si han vuelto a ser excomulgados no dejan de ser aproximaciones a una realidad que sufrieron.
Leonor de Aquitania: Reina de corazones
Katharine Hepburn cogió el papel de Leonor de Aquitania en un momento realmente curioso de su biografía personal y profesional. Estaba muy próxima la muerte de Spencer Tracy, el compañero con el que más armonía había tenido en la gran pantalla y hacia el que le unía un vínculo tan inusual como duradero. Cierto aire de solemne viudedad preside sus pasos en un personaje que, a juicio de la propia actriz, siempre debía comportarse con una gran dignidad.
Esa es una de las claves en la película. Leonor no es, ni por asomo, una figura intocable en Chinon: sangra, llora, sufre, se consume de celos, confabula, etc. De cualquier modo, es un reto buscar algún fotograma donde no se reconozca en la cautiva reina un halo de dignidad que traspasa cualquier barrote. Justo la réplica que precisa el Enrique II de O’Toole en un experimento fascinante que sigue embelesando como un cantar de gesta bien contado del que queremos averiguar el desenlace.

Un legado de elegancia y carisma en su pareja protagonista que recibió justo tributo con Glenn Close y Patrick Stewart en el remake de 2003.
