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Verde Musgo

Hubo en algún siglo poco escrupuloso con las fechas un reino de proporciones tan discretas que los mercaderes extranjeros aseguraban que podía envolverse en un pañuelo. La exageración era injusta: se necesitaba uno bastante grande. Poseía una ciudad fortificada, cuatro aldeas, dos monasterios, un castillo de importancia más genealógica que militar, nueve familias que se consideraban antiguas y una cantidad considerable de personas dedicadas a recordar a las demás cuál era su sitio. Hacia el norte se levantaba una montaña cubierta por un bosque húmedo, casi siempre sumergido en niebla, que proporcionaba al reino madera, setas, varias leyendas y la conveniente sospecha de que todo cuanto nacía allí podía tener alguna relación con el demonio.

En una de aquellas laderas cayó un roble durante una tormenta. Era un árbol de tal antigüedad que tres monasterios discutían desde hacía décadas cuál de sus santos fundadores había descansado bajo su sombra, aunque ninguno aportaba documentos especialmente convincentes. El roble permaneció tendido durante años. Lo vaciaron los insectos, se abrió bajo las heladas, crió hongos en las junturas y acabó cubierto por un musgo grueso, oscuro y húmedo que, en determinadas épocas del año, adquiría una consistencia desagradablemente semejante a la piel.

Una mañana, un carbonero encontró sobre él a una niña desnuda. La criatura tendría unos meses. Dormía encogida entre el musgo, con hojas adheridas al cabello y unas fibras negras debajo de las uñas que el carbonero identificó de inmediato como raíces.

En el pueblo se discutió durante tres días si correspondía bautizarla, quemarla o esperar. Prevaleció el bautismo. El párroco argumentó que, de tratarse de una criatura demoníaca, siempre habría tiempo para quemarla después. Le pusieron María.

Fue criada por una viuda. María conoció el pan endurecido, los sabañones, las pulgas, el frío que entra por una pared de madera y esa modalidad particular de cortesía mediante la cual las personas acomodadas consiguen preguntar a un pobre por sus privaciones haciendo que parezcan defectos de carácter.

Pero la niña tenía una facultad extraordinaria para las palabras. Aprendió a leer ayudando al sacristán y muy pronto comenzó a copiar cuanto manuscrito caía en sus manos. Primero fueron salmos y homilías; después canciones, vidas de santos, poemas cortesanos, recetas medicinales, crónicas y algún tratado latino cuyo sentido comprendía solo a medias, pero cuya sintaxis la fascinaba. Con los pedazos de pergamino que los copistas desechaban escribía textos propios. Había en ellos una precisión que se distanciaba de su educación y, según afirmaban quienes llegaron a leerlos, una capacidad inquietante para encontrar parentescos entre cosas que hasta entonces habían tenido la prudencia de permanecer separadas.

María escribía sobre los árboles muertos, los animales que se hinchaban al borde de los caminos, las montañas, los paisajes. Escribió también sobre el silencio, sobre el lenguaje, sobre la poesía, aunque a los lectores más cultivados les interesaron especialmente sus escritos sobre la relación del lenguaje con el silencio.

Su talento llegó hasta el monasterio y, del monasterio, llegó a La Casa de los Escribanos.

La Casa era la institución más respetada del reino en todo cuanto concernía a las letras. Sus miembros copiaban códices, fallaban certámenes, asesoraban a los nobles en materia de elegancia, confeccionaban genealogías cuando una familia necesitaba descubrir un antepasado conveniente y determinaban qué autores merecían ser conservados para las generaciones futuras. El hecho de que muchos de aquellos autores fueran parientes, maestros o discípulos de los propios escribanos nunca fue objeto de estudio, probablemente por falta de interés filológico. La institución comunicó a María su deseo de reunir sus poemas en un códice.

Había, como sucede con las oportunidades extraordinarias, una condición ordinaria: debía entregar el manuscrito completo antes de la festividad de San Miguel. María aceptó y, desde el día siguiente, dejó de poder escribir.

Durante varias semanas permaneció ante el pergamino mientras las velas de sebo llenaban la habitación con su olor rancio. Cuanto más cercana parecía la posibilidad de ingresar en el mundo de los escribanos, más evidente le resultaba que aquel mundo había sido construido por personas que conocían desde la infancia reglas que ella todavía aprendía por observación.

María había pasado buena parte de su existencia sospechando que era una impostora. La invitación de La Casa le ofreció la ocasión perfecta para demostrarlo.

Una noche abrió un manuscrito de un poeta al que admiraba. Leyó uno de sus poemas, después lo copió. Al principio lo hizo, según se explicó a sí misma, para estudiar el movimiento de los versos. Cambió luego un halcón por un cuervo, una fuente por un río y un invierno por una enfermedad. Trasladó dos estrofas, eliminó otra y sustituyó algunas palabras.

El poema continuaba siendo del otro. María continuaba sabiéndolo. Entre ambas cosas apareció, sin embargo, una zona bastante confortable. Y repetir el procedimiento parecía lo más sensato.

Tomó versos de un códice venido del norte, una imagen de una canción provenzal, la arquitectura de otro poema, tres metáforas de una autora de la que apenas quedaban manuscritos y una estrofa perteneciente a un religioso muerto hacía tanto tiempo que María llegó a considerar que perjudicarlo resultaba técnicamente difícil.

Las justificaciones crecieron al mismo ritmo que el libro. La tradición, pensó, no era sino una conversación entre muertos. Todo escritor procedía de otros. Las palabras no podían tener propietario. Virgilio había leído a Homero. Los evangelistas compartían episodios. Los monjes copiaban a los Padres sin preguntarles nada.

Finalmente apareció la justificación decisiva, mucho menos sofisticada que las anteriores: nadie lo advertiría. El reino era diminuto y, como ocurre a veces en los lugares diminutos, sus habitantes habían desarrollado la convicción de que lo que ellos ignoraban apenas podía considerarse existente, así que terminó el códice.

Las damas solicitaron copias, algunos jóvenes memorizaron los poemas, un músico adaptó uno para laúd. El texto más celebrado recibió la Rosa de Plata en el certamen anual de La Casa. María fue invitada a banquetes y empezó a ser descrita como “la singular voz de la montaña”.

Durante algunos meses fue tratada con un respeto que la confundió profundamente. Descubrió que una misma peculiaridad podía denominarse rusticidad cuando se carecía de prestigio y autenticidad cuando se conseguía.

Después un monje reconoció un verso. Otro lector recordó una imagen. Apareció un manuscrito extranjero. Luego otro. Las coincidencias, inicialmente celebradas como influencias, alcanzaron una densidad incompatible con aquel término. La Casa inició una investigación.

Colocaron los textos sobre una mesa. Compararon estrofas, imágenes y estructuras. El procedimiento fue meticuloso y, para disgusto de algunos que esperaban controversia, bastante breve. María había plagiado.

Cuando fue convocada, reconoció ambas cosas: que había plagiado y que lo sabía. Devolvió la Rosa de Plata, renunció al códice y aceptó las disposiciones de La Casa y de las autoridades eclesiásticas. Pidió perdón públicamente, escribió a los autores vivos y a los herederos de los muertos, cumplió cuarenta días de penitencia y entregó una parte considerable de aquello que, en su caso, significaba una parte considerable de muy poco. Parecía, para cualquiera que no necesitara seguir hablando, un asunto concluido.

Por fortuna para el reino, no lo fue. Durante los tres años siguientes, María proporcionó conversación a personas que antes se habían visto obligadas a hablar del clima.

Su caso resultó extraordinariamente productivo. Se discutió en las tabernas, en las cocinas, en el monasterio, en los banquetes, en los baños y después de misa. Los escribanos organizaron controversias acerca de la naturaleza de la autoría. Los clérigos encontraron aplicaciones espirituales. Los padres comenzaron a mencionar a María cuando sus hijos mentían. Hubo incluso un vendedor de vino, famoso por contrabando, que bautizó una mezcla particularmente adulterada como “La Plagiaria”.

La discusión acabó desplazándose de los manuscritos hacia el cuerpo de María, un tránsito que nadie consideró metodológicamente problemático. Se evaluó su aspecto, su juventud, su manera de hablar con los hombres, la posibilidad de que hubiera obtenido favores y la supuesta arrogancia que implicaba continuar caminando por las calles y respirando el aire después de haber sido descubierta.

Algunos miembros de La Casa manifestaron que el asunto estaba cerrado. Otros opinaron que cerrarlo equivalía a trivializarlo. Esta segunda posición obtuvo mayor aceptación, en parte porque permitía seguir hablando.

No debe suponerse que los escribanos fueran hombres particularmente crueles. Eran, casi todos, esposos aceptables, padres razonables y autores de composiciones sobre la misericordia que sus contemporáneos consideraban conmovedoras. Tenían un gran respeto por los principios, sobre todo cuando los principios podían aplicarse a otra persona sin estorbar demasiado los propios hábitos.

Se concluyó finalmente que la reparación había sido insuficiente. La Casa aprobó una “restitución simbólica”. Tras varias sesiones se aprobó el escarnio público. La desnudez fue añadida después por razones que las actas no especifican.

La posibilidad de que cada ciudadano retirara una pequeña porción de piel del cuerpo de María apareció durante una deliberación posterior. La propuesta suscitó objeciones humanitarias, que quedaron satisfechas al establecerse que ningún participante podría tomar más de un fragmento.

El patíbulo se levantó en la plaza mayor. Llegaron familias de las aldeas. Los comerciantes vendieron morcillas, pan, cebollas, vino y tortas de miel. Los niños perseguían gallinas bajo las vigas del cadalso, como si la madera recién alzada perteneciera ya a una feria.

María llegó después del mediodía. Le quitaron la túnica. Al principio intentó cubrirse, pero los alguaciles consideraron que aquella modestia interfería con el carácter público de la pena y le sujetaron los brazos sobre la cabeza. La plaza quedó en silencio. Luego empezó el movimiento.

El primer escribano ascendió al cadalso con una cuchilla. Retiró un fragmento pequeño del hombro. María gritó. El hombre descendió con la piel entre dos dedos y recibió un aplauso casi de júbilo. Subió una mujer. Después un comerciante. Un estudiante. Un clérigo. Un poeta. La fila fue aumentando.

Algunos elegían el lugar con cuidado. Otros solicitaban consejo. El carnicero demostró una destreza que fue ampliamente celebrada. La sangre comenzó a deslizarse por las piernas de María y cayó entre las tablas. Llegaron moscas. El calor espesó los olores de la plaza: estiércol, sudor, grasa, vino, humo y sangre. La fila continuó.

A media tarde, el cuerpo de María había adquirido esa condición incómoda en la que el interior empieza a convertirse en exterior. Allí donde faltaba piel aparecían superficies húmedas, zonas amarillentas, fibras blancas.

Subió entonces uno de los poetas más celebrados del reino. Había escrito extensamente sobre la dignidad humana. Introdujo dos dedos en una herida del costado. María emitió un ruido débil. El poeta retiró la mano y contempló la sangre sobre sus nudillos con notable interés. Toda apropiación deja una herida, dijo.

Quedaba poca piel intacta. El maestro mayor de La Casa, que hasta entonces había permanecido abajo, subió finalmente. Era un anciano reconocido por su prudencia y por la moderación con que había pedido en varias ocasiones que la multitud evitara excesos.

Encontró sobre el pecho de María una porción aún indemne. La sujetó. Tiró. La piel resistió. Tiró otra vez. El cuerpo se arqueó y después quedó flojo. El anciano levantó el fragmento ensangrentado. La plaza aplaudió durante bastante tiempo.

María murió unos minutos más tarde.

Al anochecer, los ciudadanos regresaron a sus casas. Se lavaron las manos, cenaron y comentaron la jornada. Dos semanas después, La Casa de los Escribanos encargó una relación oficial de los acontecimientos. El maestro mayor consideró conveniente que las generaciones futuras conocieran el episodio, no por morbo, naturalmente, sino por utilidad pedagógica.

El texto recibió el título De la integridad de las letras y de los peligros de la falsa autoría. Su capítulo final repetía, con variaciones, la misma sentencia: toda apropiación deja una herida.

El escrito alcanzó enorme celebridad. Fue citado en sermones, copiado en manuscritos, grabado sobre la puerta de La Casa y atribuido durante generaciones al maestro mayor, quien recibió por ella la Corona de Laurel que el reino concedía a las contribuciones excepcionales a las letras.

Muchos años después de su muerte, un novicio encargado de ordenar los depósitos del monasterio encontró una caja que había pertenecido al viejo sacristán. Contenía papeles de escaso valor: cuentas, recetas, fragmentos de homilías y varios escritos juveniles de la niña que había aparecido sobre el roble.

El novicio comenzó a leerlos. En uno de aquellos textos, escrito cuando María tendría unos catorce, se leía: El silencio es mi verdadera lengua, pero nadie sabe traducirlo. Toda apropiación deja una herida.

Informó inmediatamente a su superior. El manuscrito fue remitido a La Casa. Los escribanos lo examinaron durante semanas. La letra parecía auténtica. La fecha también. El problema era considerable: aceptar el documento obligaba a admitir que la frase más citada del maestro mayor había pertenecido siempre a María. El documento fue declarado apócrifo. La frase continuó atribuyéndosele al maestro.

Y, puesto que el manuscrito de María constituía desde entonces una falsificación oficialmente reconocida, La Casa autorizó que fuera raspado para reutilizar el pergamino. Sobre aquella superficie debidamente limpia, un joven y soberbio copista comenzó al día siguiente una nueva versión del Tratado sobre la integridad de las letras.

Imagen de portada de Henriette Browne (c. 1870).