‘Retrato de una mujer en llamas’: Brujas y sororidad

Rose Walker

Decir de esta obra de la directora gala Céline Sciamma Retrato de una mujer en llamas (en francés: Portráit de la jéune fille en feu, 2019) que es una obra de genio formal del cine de autor es demasiado fácil.

Primera veladura

Sí, el film es un retrato en el sentido más literal, el visual, gracias a la composición narrativa de las imágenes, pero eso tampoco es novedoso en las películas que hablan sobre pintura. Destaca en lo exquisito de su fotografía, a cargo de Claire Mathon, y el cuidado puesto en la composición de cada escena por la propia directora, pese a completar el rodaje en apenas 38 días.

Es verdad que la belleza del resultado es asombrosa. No sabemos si miramos un cuadro estático digno del mejor barroco por su simplicidad y sus claroscuros que destacan el diálogo entre los personajes, siempre protagonistas de la composición, o una imagen cinematográfica en movimiento. Pero esta, por sí sola, es una explicación demasiado sencilla a por qué se disfruta la película.

El guion también parece simple. Una historia de amor LGTB enmarcada en el siglo XVIII entre una mujer obligada a casarse (Héloïse, interpretada por Adéle Haenel) y la pintora que debe realizar en secreto el retrato de bodas al que esta se niega a posar. (Marianne, interpretada por Noemí Marchant, ambas en absoluto estado de gracia interpretativo, pese a lo parco del guion escrito.)

Pero como un óleo, tiene múltiples capas y veladuras que se superponen, casi invisibles, hasta fundirse en la composición final. Una de esas capas que la conforman es la intimidad secretamente expuesta en la obra. Y eso también lo convierte en un retrato.

Retrato de una mujer en llamas.
Retrato de una mujer en llamas.

Segunda veladura

El guion es, de forma abiertamente reconocida por la directora, una carta de amor a la que fue su pareja durante años pese a la separación posterior. La protagonista de la película, Adéle Haenel.

Se nota que está hecho a medida; aunque esta intimidad no le sienta mal a la película, generando un aire de complicidad que llega abiertamente al espectador.

Luego están los reflejos simétricos confesados: al igual que ambas se conocieron en un plató, las protagonistas de ficción lo hacen en el que será el estudio de la pintora. Cuando ayudan a uno de los personajes a realizar un aborto, la pintora decide introducir este tema tan femenino, oculto y prohibido por los cánones patriarcales en sus pinturas, que no es más que lo que está haciendo Sciamma en la película.

A día de hoy sigue siendo la segunda junto a Un asunto de mujeres (1988) que, y con todo lo que ha producido el cine, recogen este tema normalmente tabú hasta en el entorno femenino).

Lo que la directora está haciendo es contar su propia historia en un juego de muñecas rusas a través de las protagonistas ficticias, y no se molesta demasiado en disimularlo.

Adéle Haenel y Noemí Marchant en Retrato de una mujer en llamas.
Adéle Haenel y Noemí Marchant en Retrato de una mujer en llamas.

Ese hecho que todos conocen en el rodaje se transmite al espectador a través de actuaciones emocionalmente inspiradas, a veces solo miradas cargadas de significado, haciéndolo partícipe en esta corriente de intimidad expuesta al tener forzosamente que darle su significado a través del acto de interpretar al observar. Como ocurre entre pintor y espectador en los museos.

Tercera veladura y barniz final

Y por último está el tercer nivel de la obra: estos personajes secretamente reales no son planos; tienen las inquietudes que surgieron en las conversaciones, en el trabajo y la vida de las personas reales (es conocido el activismo comprometido de la propia Sciamma y su intento de reflejar sus inquietudes en su obra cinematográfica) que empapan Retrato de una mujer en llamas.

Sus problemas son reales, opresivos y aún actuales. Las constriñen a través de los tópicos y usos de por y para el patriarcado, que en un toque de genialidad, no deja jamás de estar presente y condicionar todos los comportamientos femeninos.

Aún cuando no aparece un solo hombre en todo el film, (para remarcar el golpe de efecto) es un mundo construido por y para ellos, donde las protagonistas carecen de libertad para desarrollar sus aspiraciones vitales. Solamente a través de pequeños actos de rebeldía y/o sororidad encuentran algún alivio temporal.

Y este es quizás el nivel más interesante y sin embargo el que menos se suele destacar de la película, aunque sea el más desapercibido.

Enmarcando el Retrato de una mujer en llamas

La pintora, de talento extraordinario que jamás tendrá nombre propio y ve limitado su desarrollo por su condición, (como ocurrió con Sofonisba Anguissola o tantas otras); la madre, que desea volver al lugar en el que fue brevemente feliz en su juventud y que ha vivido una vida encorsetada en un matrimonio que no deseó, pero que no duda en dar el mismo destino a su hija; la criada, que debe de abortar en secreto, ayudada por una camarilla de mujeres en un acto que claramente representa a un aquelarre…

Y dentro de todo, una pintura brillantemente encubierta que es un recordatorio del mundo en que vivimos, y de la importancia de los pequeños actos de unión, como defensa, apoyo, o alivio aunque sea momentáneo.

Noemí Marchant en Retrato de una mujer en llamas.
Noemí Marchant en Retrato de una mujer en llamas.

La escena del “aquelarre” es singularmente simbólica en este entorno patriarcal representado a pequeñas pinceladas y veladuras, recordándonos a quienes se solía llamar brujas en un principio: mujeres que se oponían al status quo uniéndose de forma anónima para ayudarse mutuamente con su conocimiento sobre hierbas medicinales.

Todo ello enmarcado en una sensibilidad exquisita y con imágenes de una belleza pictórica y no tan sutiles metáforas.

Los personajes, insertos en la realidad de un mundo construido en base a una serie de expectativas y tópicos que constriñen inevitablemente la vida de las mujeres que nacieron y viven en él. Y esto también es, al final, un conciso retrato de esos seres incendiados.

Y ahora, solo contemplar el fuego

Retrato de una mujer en llamas es un huevo de Fabergé: la brillantez y riqueza de los materiales artesanales que la componen, el vestuario, la BSO, etc., en su mayoría exclusivos y creados para el film) y el cuidadoso trabajo de engarce de su orfebre dan una composición final de asombrosa belleza y engañosa simplicidad.

Una gran pequeña obra de amor en llamas. Para esas tardes en las que no parece tan mala idea desear ver arder el mundo, aunque solo sea por un breve instante…

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