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La caída de los superhéroes de Marvel y DC: autopsia feminista de un género que ya no nos representa

Durante años, el cómic de superhéroes parecía indestructible. Igual que sus protagonistas, vivía atrapado en un bucle eterno donde nada podía herirlo. Los reboots lo rejuvenecían, las películas lo hacían omnipresente, y el merchandising lo convertía en una religión pop. Pero algo ha cambiado: la gente sigue leyendo cómics… solo que ya no quiere leer “estos” cómics.

Superhéroes: el héroe clásico ya no emociona

El género superheroico no está en crisis porque falten lectores, sino porque sobra repetición y falta valentía. Y porque su modelo de masculinidad, esa mezcla de músculo, trauma y silencio emocional, ya no resulta aspiracional. Ni siquiera para quienes crecieron adorándolo.

La prueba está en sus propios iconos: Batman lleva años repitiendo la misma pesadilla: el trauma parental como leitmotiv eterno, villanos reciclados, ciudades que nunca evolucionan. Superman, por su parte, se ha vuelto prisionero de su propia perfección. Y Spider-Man, atrapado en reboots emocionales, ya no permite crecer a un protagonista que debería ser adulto y complejo, no un adolescente perpetuo.

Mientras tanto, lectores jóvenes encuentran más profundidad emocional en Jujutsu Kaisen, Chainsaw Man o My Hero Academia que en gran parte de las propuestas de Marvel y DC. La comparación es dolorosa para el mainstream: donde el manga arriesga, el superhéroe tradicional repite.

Batman. El ocaso de los superhéroes.

La industria cava su propia tumba

Marvel y DC se han convertido en fábricas donde la continuidad pesa más que el corazón de la historia. Cada intento de introducir vulnerabilidad se tambalea. Heroes in Crisis quiso hablar del trauma emocional de los héroes, pero acabó convertida en un caos editorial que traicionaba a sus propios personajes.
Los “eventos” que prometen cambiarlo todo (Dark Nights: Metal, Empyre, Secret Empire) apenas dejan huella. Son fuegos artificiales que iluminan un segundo y se olvidan al siguiente.

Mientras las grandes editoriales se consumen en su propia maquinaria, el manga y la novela gráfica independiente crecen sin pedir permiso. Ahí está la verdadera innovación: personajes queer, mujeres protagonistas, narrativas íntimas, experimentación formal. Un terreno fértil que demuestra lo que el género podría ser si dejara de temer al cambio.

Héroes en crisis. El ocaso de los superhéroes.
Héroes en crisis. El ocaso de los superhéroes.

Desmitificando a las viejas glorias: cuando los clásicos no resisten la relectura actual

Lo que también empieza a ser evidente es que buena parte del “prestigio incuestionable” de los guionistas legendarios ya no resiste una lectura contemporánea mínimamente crítica. No porque Stan Lee, Frank Miller o John Byrne no tuvieran impacto, lo tuvieron, y nadie lo niega, sino porque sus obras, revisadas hoy, dejan entrever grietas éticas y narrativas que durante décadas la industria decidió pasar por alto.

Miller convirtió a la mujer en trauma ambulante o en prostituta-musa con más regularidad que un reloj; Byrne reescribía personajes femeninos para castigarlos o rebajarlos (la infame manipulación de Jean Grey o el embarazo forzado de Sue Storm siguen siendo ejemplos incómodos); incluso ciertos arcos icónicos de Claremont, aunque revolucionarios para su época, hoy muestran dinámicas de dominación sexual y poder que chirrían bajo una mirada feminista contemporánea.

El problema no es que fueran malos autores, sino que el sistema los sacralizó como “maestros irreprochables” y nadie se atrevió a ponerles la lupa. Hoy, bajo otra luz, muchos de esos pilares se revelan como artefactos de su tiempo, más obsesión masculina que innovación narrativa.

Una nueva generación de superhéroes

Lo curioso y esperanzador es que mientras ese pedestal se tambalea, una nueva generación de cómics sí está demostrando que el género puede evolucionar sin perder fuerza.

The Nice House on the Lake de James Tynion IV propone un apocalipsis íntimo donde las emociones importan más que los puñetazos. Supergirl: Woman of Tomorrow de Tom King y Bilquis Evely reescribe a Kara Zor-El como un personaje profundamente humano, complejo y emocionalmente devastador, lejos del cliché de “la prima femenina de Superman”.

E incluso Marvel, cuando se atreve, acierta: X-Men: Red de Al Ewing convierte la política mutante en algo vibrante, queer y contemporáneo sin pedir permiso a la nostalgia e Immortal Hulk, también de Ewing, transformó un icono musculado en terror psicológico adulto, una ruptura total con la tradición de fuerza bruta.

Estos cómics funcionan porque entienden que el futuro del superhéroe no está en repetir las fórmulas de 1975, sino en abrir la puerta a voces nuevas, a sensibilidades diversas y a conflictos emocionales reales. En otras palabras: la verdadera innovación llega cuando se deja de venerar el pasado y se empieza a escucharlo críticamente.

Supergirl: Woman of Tomorrow.
Supergirl: Woman of Tomorrow.

Superhéroes: el fanboy como freno cultural

No es solo la industria la que se resiste: también un sector del fandom que actúa como guardián de un templo en ruinas. Los ataques a The Marvels dejaron claro que para algunos espectadores la diversidad de cuerpos, razas y estilos es un crimen cultural. El odio a She-Hulk reveló que hay quienes no soportan que una heroína tenga sentido del humor sobre la toxicidad del fandom.

La reacción visceral contra Miles Morales, pese a que sus historias son algunas de las mejores de Marvel en años, confirma que la resistencia no es estética, sino ideológica.

Ese lector que exige fidelidad a un canon que solo existe en su cabeza es el mismo que boicotea cualquier avance. Quiere que el género siga congelado en 1973, cuando la diversidad se escribía en notas al margen y las mujeres solo existían para morir, motivar o ser rescatadas.

El ocaso de los superhéroes.
El ocaso de los superhéroes.

El caso X-Men: la metáfora que la industria no deja madurar

Y en medio de todo esto, los X-Men son la prueba viviente de lo que el género podría ser… y de lo que se autopercute al no permitírselo.

Durante décadas, los mutantes han sido la metáfora más poderosa del cómic mainstream: minorías perseguidas, cuerpos no normativos, identidades complejas, sexualidades invisibles. Cuando Claremont escribió sus etapas, cuando Morrison abrió las puertas de la rareza absoluta, cuando Hickman convirtió Krakoa en utopía queer y política, los X-Men tocaron algo real: la piel social de quienes viven en los márgenes.

Pero cada vez que se vuelven demasiado subversivos, demasiado políticos, demasiado reales, la maquinaria editorial se asusta. Entonces llegan los crossovers que lo homogeneizan todo, las líneas temporales que diluyen el conflicto, la reducción del mensaje a golpes y explosiones.
Marvel está más cómoda con la metáfora de la diferencia que con la diferencia en sí misma.

Aun así, resulta revelador que la comunidad LGTBI+, lectores racializados y mujeres hayan encontrado históricamente en los X-Men un espacio simbólico que les estaba negado en otros héroes. Una identidad compartida: “mutante” como metáfora de “yo también existo”.

Los X-Men prueban que el género puede evolucionar hacia lo socialmente significativo. Y también prueban que la industria no se atreve a dejar que evolucione del todo.

X-men. El ocaso de los superhéroes.
X-men. El ocaso de los superhéroes.

Superhéroes: cuando las autoras toman el control y el género vuelve a respirar

La verdadera revolución del cómic de superhéroes no ha venido de los grandes eventos, ni de los reboots, ni de las megafranquicias cinematográficas. Ha venido de autoras que, a fuerza de escribir desde lugares que la industria ignoró durante décadas, han demostrado que el género no estaba agotado: estaba mal contado. Cuando G. Willow Wilson creó a Kamala Khan, no solo ofreció representación; ofreció una forma completamente nueva de entender la adolescencia superheroica. Kamala no era un símbolo, era una vida real en un barrio real, con familia, dudas, fe, contradicciones y humor propio. Fue un golpe de aire fresco que enseñó a Marvel que la diversidad no es una tendencia: es una narrativa.

Kelly Sue DeConnick hizo algo parecido, pero desde otro ángulo: tomó a Carol Danvers, un personaje históricamente maltratado por guionistas que la reducían a víctima, a secundaria o a interés romántico, y la reconstruyó desde la dignidad. Convirtió a Captain Marvel en una figura de autoridad emocional y política sin pedir perdón por ello. DeConnick no necesitó sexualizarla ni “endurecerla”: le dio voz, contexto y conflicto interno. Y esa fue la revolución.

Gail Simone lleva años rompiendo moldes que los hombres ni siquiera sabían que existían. Desde su mítica etapa en Birds of Prey hasta la reformulación de Red Sonja, ha demostrado que las mujeres no tienen que escribir “para mujeres”: tienen que escribir sin las limitaciones que los hombres daban por naturales. Simone abrió la puerta para que muchas creadoras pudieran trabajar sin pedir permiso.

Y en paralelo, autoras como N.K. Jemisin, Mariko Tamaki, Vita Ayala o Tini Howard han llevado el género a territorios que nunca habría pisado sin ellas. Jemisin convirtió Far Sector en una exploración afrofuturista de identidad y política, algo impensable en el guion superheroico clásico. Mariko Tamaki ha reescrito personajes tan diferentes como She-Hulk o Detective Comics con una sensibilidad emocional que desmonta el mito de que el héroe debe ser impenetrable. Vita Ayala ha aportado voces negras y queer a un género que, durante décadas, apenas las aceptaba como metáfora. Y Howard ha encontrado rincones de rareza y experimentación en personajes que antes estaban atrapados en clichés.

Excalibur de Tini Howard.
Excalibur de Tini Howard.

La aportación de estas creadoras no es cosmética ni simbólica: es estructural. Cambian el foco, amplían el registro emocional, desmontan estereotipos desde dentro y demuestran que los superhéroes no estaban muertos, solo estaban contados por la mitad. Las autoras han abierto ventanas donde antes solo había paredes. Han traído verdad donde antes había pose. Han traído matices donde antes había músculo.

Y lo más importante: han demostrado que el género necesita a más mujeres escribiendo.

El futuro de los superhéroes: menos dioses, más personas

Los superhéroes no morirán, pero su hegemonía sí. El futuro está en personajes que sientan, duden, lloren, se equivoquen. En tramas que mezclen géneros, que integren política, identidad, emoción. Obras de superhéroes como Invincible, de Robert Kirkman, demuestran que la violencia tiene consecuencias. The Boys exhibe lo monstruoso del poder sin límites. Blue Beetle apostó por comunidad, familia y cultura antes que por músculo, y funcionó precisamente por eso.

El género se transformará. Tendrá que hacerlo. Porque si no, otros lo harán por él. La crisis de los superhéroes no es decadencia, es transición. Es el final de un monopolio narrativo y el comienzo de un territorio más amplio, más libre, más interesante. La capa ya no les pertenece a ellos, a los héroes hipermusculados que representan un mundo que ya no existe.

La capa pertenece ahora a quien se atreve a imaginar nuevos cuerpos, nuevas voces, nuevas historias. Y, sinceramente, ya tocaba.