El backlash silencioso: por qué el feminismo vuelve a incomodar (y a quién beneficia)

Durante un tiempo parecía que el feminismo había ganado una batalla cultural decisiva. Las palabras clave igualdad, consentimiento, violencia machista o brecha salarial se colaron en los medios generalistas, en campañas institucionales y hasta en anuncios de grandes marcas. El feminismo estaba de nuevo en boga a partir de 2015, soplaban vientos de cambio. Pero este tiempo quedó tristemente atrás. Y no ha sido un giro brusco ni un golpe frontal, sino un retroceso suave, cotidiano, casi educado. Un murmullo persistente que no niega abiertamente el feminismo, pero lo cuestiona, lo desgasta y lo vuelve incómodo otra vez.

Este backlash silencioso hacia el feminismo no se articula solo desde la extrema derecha ni adopta siempre formas explícitas. Vive en comentarios irónicos, en el “ya no se puede decir nada” o en la sospecha constante hacia cualquier discurso feminista que no se presente envuelto en neutralidad. No grita consignas; pero sí introduce dudas. No prohíbe; pero ridiculiza. Y precisamente por eso resulta tan eficaz.

El feminismo vuelve a incomodar a las masas

El feminismo vuelve a incomodar porque ha dejado de ser una consigna simpática y ha empezado a señalar estructuras. Hablamos de backlash cuando vemos una reacción de rechazo o contraataque que aparece cuando un grupo o una idea ha avanzado y empieza a cambiar el equilibrio de poder. Cuando deja de hablar de autoestima y empieza a hablar de poder, dinero, violencia o privilegios, el clima cambia. La reacción no llega como negación directa, sino como desactivación emocional: se cuestiona el tono, se pide moderación, se exige pedagogía infinita. El problema ya no es lo que se dice, sino “cómo” se dice. Y así, poco a poco, el contenido se vacía.

El backlash contemporáneo no necesita negar la desigualdad para neutralizarla. Basta con admitirla de forma abstracta y negar sus consecuencias concretas. “Claro que existe el machismo, pero…”, “estoy a favor de la igualdad, pero…”, “el feminismo es necesario, pero se ha radicalizado”. Ese “pero” es el nuevo campo de batalla.

Crítica de Ruido, película que se puede ver en Netflix.
Ruido. Julieta Egurrola en Ruido. Cr. Cortesía de Netflix ©2022

Ya no hay ataques directos

A diferencia de los ataques directos de otras épocas, este retroceso se presenta como sensato, razonable, incluso progresista. Se envuelve en discursos sobre libertad de expresión, pluralidad de opiniones o saturación ideológica. El movimiento feminista deja de ser una herramienta política y pasa a tratarse como una opinión más, sujeta a desgaste, moda y reemplazo.

Las redes sociales han acelerado este proceso. El algoritmo no premia el análisis complejo, sino la provocación breve, el meme, la ironía. El feminismo, al ser incómodo por definición, se convierte en material perfecto para el descrédito ligero. No hace falta refutar argumentos: basta con caricaturizarlos. Así, la feminista enfadada, exagerada o “histérica” reaparece bajo nuevas formas, reciclada para el consumo digital.

Este backlash también se apoya en una idea muy concreta: que el feminismo ya ha ido “demasiado lejos”. ¿Demasiado lejos de qué? De la comodidad de quienes nunca han tenido que cuestionar su lugar. Cuando se pone sobre la mesa el reparto desigual de cuidados, la violencia estructural o la brecha económica real, la reacción es defensiva.

¿A quién beneficia que el feminismo vuelva a molestar?

El backlash hacia el feminismo no es un accidente cultural, sino un mecanismo de conservación del poder. Beneficia, en primer lugar, a quienes no desean cambios estructurales. Pero también a un sistema que se alimenta del conflicto superficial mientras evita debates profundos. Convertir la lucha feminista en una pelea de opiniones sirve para desactivar su potencial transformador.

También beneficia a una industria cultural que prefiere discursos amables, fácilmente vendibles. El feminismo incómodo no es rentable; el feminismo convertido en estética, sí. Camisetas, slogans, campañas vacías. Mientras tanto, las políticas públicas se debilitan, los recursos se recortan y la desigualdad material permanece intacta.

Hay otro beneficiario menos evidente: el propio discurso del cansancio. Muchas personas, incluidas mujeres, sienten agotamiento ante una lucha constante. Y también es entendible. Ese cansancio es legítimo, pero también deberíamos ser conscientes de que está instrumentalizado.

Un feminismo domesticado

El backlash silencioso no busca eliminar el feminismo, sino domesticarlo. Convertirlo en algo que no moleste, que no incomode, que no cuestione privilegios. Pero un feminismo que no incomoda deja de ser feminismo y se convierte en decoración ideológica.

Frente a este contexto, la respuesta no pasa por suavizar el discurso ni pedir permiso para existir. Pasa por nombrar el retroceso, entender sus mecanismos y asumir que incomodar no es un fallo, sino una señal de que se está señalando el lugar correcto. El feminismo no vuelve a molestar por error: molesta porque sigue siendo necesario.