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‘Tres adioses’: la oda a la vida de Isabel Coixet

La aclamada cineasta española Isabel Coixet vuelve a desgarrarte el alma con Tres adioses, su nueva adaptación literaria, esta vez de la novela de Michela Murgia: Los tres cuencos. Este título, estos tres cuencos, se convierten en el hilo narrativo que entreteje la historia de la protagonista Marta. Tres cuencos aparentemente banales que terminan por significar mucho más. Porque es en los pequeños detalles, en los pequeños placeres, donde reside la verdadera sal de la vida.

Póster de Tres adioses.
Póster de Tres adioses.

La voz afligida de Nina Simone entonando I Get Along Without You Very Well todavía resuena en mi cabeza. Salgo de la sala de cine y me subo a mi bicicleta. Cuando empiezo a pedalear el sol acaricia mi rostro al mismo tiempo que el viento me despeina, despertando en mí una cálida sonrisa bajo mis ojos todavía vidriosos. Y sigo pedaleando. Tal y como lo hace Marta, la protagonista de la recién estrenada película de Isabel Coixet, Tres adioses. Porque lo importante en la vida no son los porqués, sino los pequeños instantes que hacen que el punto final se convierta en unos puntos suspensivos repletos de felicidad, pero sin dejar de lado los momentos malos.

Cuando llego a casa, me siento delante del ordenador y empiezo a teclear. Me paro durante unos segundos. Cojo la copa de vino que tengo al lado y doy un pequeño sorbo. Saboreo el retrogusto que queda en mi paladar y vuelvo a sonreír. Tal y como lo hace Marta, cuando decide dejar atrás la oscura atmósfera que la envolvía para empezar a disfrutar la vida desde sus placeres más insignificantes, pero que realmente significan tanto. Un plato de pasta con rúcula y limón, un helado de chocolate negro y fresa, o un simple beso, que se convierten en esa especia que le faltaba a la vida para que tuviera un sabor inolvidable.

Y con esta reflexión tan recurrente, Isabel Coixet lleva a la pantalla una película que te hace sentir de una forma, no tan recurrente. Tres adioses te remueve, te hace sonreír, te hace llorar, te hace sentir que el cine también forma parte de esos pequeños placeres que descubren que la vida merece la pena. Una pieza audiovisual que no solo narra una historia compleja en su sencillez, sino que construye en pantalla un relato a través de unas imágenes en 4:3 excelsas. Con composiciones perfectamente cuidadas y una iluminación espléndida, de la mano de Guido Michelotti, se obtiene como resultado un conjunto cinematográfico exquisito.

Alba Rohrwacher en Tres adioses.
Alba Rohrwacher en Tres adioses.

Tres adioses: o cómo la vida se impone sin previo aviso

“Antes nos hacía gracia hablar sobre la zona de confort”, comenta Marta en la cama, mientras su pareja, Antonio, ya no se ríe, y mantiene una discusión que acaba en ruptura. Así da comienzo la nueva película de Isabel Coixet, con un momento tan cotidiano como es una discusión en la cama de una pareja, y que, como en múltiples casos, acaba en ruptura. Pero tal y como dice también la propia Marta más adelante, la vida no es más que un bellísimo accidente, y es nuestra labor el digerir estos altibajos para seguir adelante.

En un principio, la ruptura tiene un gran efecto (y afecto) en Marta, en la piel de una Alba Rohrwacher inconmensurable. La soledad parece que engulle a la protagonista dejándola en casa hablando sola —o no tan sola— . Sin embargo, y de forma irónica, una mala noticia sobre su salud es la que hace que Marta despierte de este letargo.

Para ello, la cineasta española nos retrotrae al cine de la Nouvelle Vague con la magnífica cinta de Agnès Varda Cleo de 5 a 7. La inspiración en esta película, y en este cine, es innegable. La delicadeza en la composición de los planos, el uso del espacio fílmico como un personaje más en la trama y, los espejos, los espejos como reflejo de una vida que no estamos viviendo como nos gustaría.

A raíz de aquella mala noticia, la protagonista empieza a disfrutar cada bocado —literalmente—, que le ofrece la vida. El helado de chocolate y fresa que parecía tan lejano en su día a día se convierte en uno de los momentos más placenteros. Así como aquellos platos de comida que su expareja le cocinaba —y que parecía no disfrutar—, pero que ahora es ella la que dedica el tiempo a elaborarlos y saborearlos. Incluso, aprender un idioma se convierte en un nuevo y enriquecedor hobby. Una concatenación de placeres cotidianos en un relato contemporáneo que, aunque parezca reiterativo en el cine, se convierte en una pieza plenamente genuina en su afecto, que te llega a lo más hondo.

Tres adioses.
Tres adioses.

Tres adioses: Alba Rohrwacher y sus múltiples matices brillan con luz propia

La protagonista, Marta, se construye como un personaje repleto de matices cuya evolución es inconmensurable. Y esto se transmite a la perfección gracias al impecable trabajo de la actriz italiana Alba Rohrwacher. El caos que la protagonista transmite es precisamente gracias al orden de la actriz. En sus sonrisas genuinas que se entrelazan con las lágrimas más honestas, o la rabia incontrolable. Un torbellino de emociones nada fácil de interpretar pero que Alba Rohrwacher es capaz de hacer que traspase la pantalla para que la audiencia empatice desde la ternura más espontánea.

Junto a ella, destaca el papel de su hermana Elisa, encarnada por Silvia D’Amico. El Yang para el Ying, el Ying para el Yang. Ambas se complementan con sus diferencias a través de una naturalidad apabullante. La relación entre ellas también evoluciona al mismo tiempo que lo hace la protagonista, atravesando todo tipo de baches, pero siempre resultando en un vínculo irrompible gracias a su imperfección.

La última pieza que hace que todo encaje es Agostino, el compañero de trabajo de Marta. El siempre fantástico Francesco Carril es el que lleva a cabo dicho papel como no podría haberlo hecho otro. Un personaje que, aunque es más secundario, también es un eslabón esencial para que el relato sea sólido y completo. Isabel Coixet vuelve a contar con él después de Un amor, y qué felices nos hace siempre verlo en pantalla.

Francesco Carril y Alba Rohrwacher en Tres adioses.
Francesco Carril y Alba Rohrwacher en Tres adioses.

Tres adioses y más de tres adaptaciones de libros que Coixet hace brillar en pantallas

Las adaptaciones de novelas o biografías se han convertido en un habitual en el mundo cinematográfico. Múltiples guiones adaptados surgen hasta de debajo de las piedras, con miles de versiones de Drácula, Frankestein, e incluso de La Novia —aunque confesamos que de esta última tenemos muchas ganas—. No obstante, Isabel Coixet siempre ha sido una cineasta que ha trabajado muy bien con adaptaciones de libros que, además de no ser tan populares, siempre están escritos por mujeres.

En su anterior trabajo Un amor reflotó a la escritora Sara Mesa gracias al traslado de su relato a la pantalla. Y esto es algo que lleva haciendo ya varios años, como vimos con La librería (2017), del libro homónimo de Penelope Fitzgerald (1978). Aprendiendo a conducir (2014) se basó en un artículo escrito por Kathy Pollitt en The New Yorker.  Y una de sus más populares películas, Mi vida sin mí (2003), está inspirada en un relato corto llamado Pretending the bed is a raft (1997), de Nanci Kincaid.

En la presente Tres adioses, Enrico Audenino e Isabel Coixet llevan a cabo un trabajo de guion impecable al adaptar la novela Los tres cuencos de Michela Murgia. Un libro combinado con varias historias que, cuando la cineasta española les da forma en imágenes, se convierte en un relato compacto exquisito que desprende ternura por todos los poros. Y que, además, mantiene la esencia literaria cuando podemos seguir la voz de la narradora, la propia protagonista, que nos va guiando de principio a fin por los surcos de su vida.

Tres adioses: mi vida no puede existir sin mí  

La nueva película de Isabel Coixet parece que se mira frente a frente con una de sus primeras piezas cinematográficas: Mi vida sin mí. En la película del 2003 la protagonista descubre que está enferma y decide hacer todas aquellas cosas que siempre quiso, pero nunca se atrevió. En su nueva cinta, no obstante, la mirada hacia la futilidad de la vida es todavía más fresca y positiva.

En Tres adioses, Marta tiene claro que debe dejar de vivir su vida sin ella. Como le dice su gastroenteróloga, todos los seres vivos tienen en común que pueden enfermar y, efectivamente, terminan muriendo. El único ser vivo que nunca enferma es la ameba, pero esta nunca podría aprender coreano.

Con esta frase tan simple pero contundente, su médica le transmite a Marta las ganas de vivir y hacer todo lo que le genere placer. Pero no con una lista de grandiosas cosas que nunca se atrevió a hacer, sino, simplemente, para disfrutar cada detalle de lo cotidiano. Para disfrutar de aquellos instantes que dejamos pasar por alto pero que, en realidad, son los que conforman la esencia de la vida.

En la sociedad contemporánea vamos siempre corriendo a todas partes. Todo lo hacemos con prisas, incluso comer. Porque llegamos tarde al trabajo, porque estoy pensando en la siguiente tarea que tengo que realizar. Pero ¿qué ocurre con el momento presente? En la actualidad parece que el presente siempre es pasado, y eso deja de ser un regalo para convertirse en un gran peso.

¿Y si dejáramos ir ese peso y nos pusiéramos a dieta del sistema neoliberal que nos oprime? ¿Y si empezáramos a degustar cada bocado, no como si fuera el último, sino como ese momento presente al que debemos de brindarle toda nuestra atención para apreciar todos los matices? ¿Y si prestáramos más atención a las relaciones afectivas que conforman nuestra vida para cuidarlas y apreciar hasta el más nimio abrazo que nos llena de calidez? ¿Y si la vida dejara de estar llena de condicionales y empezáramos a vivirla en tiempo presente?