‘Lagartijas’, de Silvia Panadero: la sorpresa del año que dará que hablar
Feliz Sant Jordi / Día del Libro a todas y todos. No hay mejor día para recomendar la novela que más me ha gustado, sorprendido e impactado este año: Lagartijas, la primera novela de Silvia Panadero. La autora nos ofrece una historia que mezcla coming of age, realismo mágico y calima jiennense, y que consigue calar con fuerza. Aviso: no podrás parar de recomendarla y hablar de ella durante mucho tiempo. Una novela breve que, como ocurre con obras como El extranjero, de Camus, no necesita ni una página más para robarte parte del alma.

Lagartijas: el juego de dos hermanas
La novela nos cuenta la historia de Elena y Eva, dos hermanas gemelas que viven en una población de Jaén, disfrutando de las maravillas y la crudeza del mundo rural: una casa con corral, conejos y gallinas con los que jugar en el patio; una familia de clase media que regenta una tienda en el pueblo; una abuela de la que aprender viejas tradiciones; y clientas de la tienda que podrían considerarse parte de la familia.
Elena y Eva también tienen amigos de la escuela con los que jugar cuando han terminado los deberes. Jugar a esos juegos de la infancia que, muchas veces, parecen muy inocentes, pero esconden una profundidad que sorprende al recordarlos de adulto.
Su historia es analógica, no digital, como sus juegos y su forma de relacionarse. La naturaleza forma parte de sus vidas, una de las ventajas de no crecer en una gran ciudad.
Las dos hermanas son tan parecidas que hasta su padre las confunde, creando esos celos típicos entre gemelas: “piensa que soy mi hermana porque la quiere más a ella que a mí”. Esos celos que siguen apareciendo, sean gemelas o no, cuando tus padres, ya mayores, te llaman por el nombre de otro hijo.
Elena y Eva tienen juegos privados, como el que da nombre a la novela. Se sientan juntas en clase, comparten amigos y vivencias… pero un día sus vidas cambiarán irremediablemente. Un día, Elena se irá para no volver, y el único lugar donde podrá visitarse será el cementerio. Un día, Eva tendrá que aprender a vivir con la ausencia y a reconstruirse entre los recuerdos.
Lagartijas: tan visual y emocional como el mejor cine indie
Hay algo en Lagartijas que recuerda a películas tan especiales y diferentes como El marido de la peluquera, Bagdad Café o Petite Maman. Quizá sea la forma en que Silvia Panadero utiliza frases cortas, casi como un guion; su pasmosa facilidad para generar imágenes imborrables; su capacidad para crear personajes conflictuados, sinceros, honestos, imperfectos y tan incompletos como cualquiera de nosotras.
O quizá sea su desbordante creatividad, o la manera en que consigue que comprendamos y aceptemos la metamorfosis de una familia hacia algo nuevo, diferente y fascinante.
Como decía, la forma de escribir de Silvia es profundamente visual, así como su capacidad para encontrar belleza en la herida, en lo que duele.
La autora nos ofrece un viaje inolvidable de la mano —y desde la voz— de Eva, hacia lugares en los que se reflexiona sobre la supuesta madurez del adulto, la maternidad, la idea de familia tradicional y la pérdida.
Siempre se dice que no hay mayor dolor que el de una madre cuando pierde a un hijo. Que lo natural es que los hijos e hijas sobrevivan a sus padres. Pero Silvia Panadero nos cuenta qué ocurre cuando la imagen que se refleja en tu espejo desaparece, cuando la mitad de la célula que te completa muere y queda sellada en un nicho: un pequeño hueco de silencio, como una colmena de ausencias, donde la vida se apila en vertical y los recuerdos se enfrían tras una placa de mármol.
Lagartijas: sin duda, una de las novelas del año
No estamos preparados para lo que nos cuenta Lagartijas. La vida no es tan sincera, bella y mágica como la novela. No es tan de verdad. O quizá sí, y el problema es que, al hacerme mayor, he dejado de poder mirar como lo hace Eva, de poder sentir la vida como ella lo hace. He dejado de hablar solo lo necesario, lo que significa algo, para no dejar de hablar sin decir nada, para no dejar de hacer ruido.
Dejé de intentar comprender a mi familia. O quizá dejé de aceptarla tal como es. No lo sé. Pero tengo claro que Eva es más real que yo.
Lagartijas también nos habla del reproche y del perdón, pero del que importa, no de ese que ahora lo salpica todo. El reproche a la vida, al tiempo, al azar… y el perdón que no se dice, pero que, a veces, es lo único que permite seguir respirando.
Nos habla del pasado como aquello que nunca podremos volver a tener. Algo en lo que nunca volveremos a reconocernos, como un reflejo deformado en un espejo antiguo: familiar y, al mismo tiempo, ajeno. Un territorio al que regresamos sin poder habitarlo, donde todo sigue ahí… menos nosotros.
Eva no solo pierde a Elena: aprende que ella también se fue con Elena, y que lo que se quedó es otra cosa, otra persona, otra Eva. Una nueva historia por escribir.
Silvia Panadero: el nacimiento de una autora que llega para quedarse
Leer Lagartijas es dejar que algo se te quede dentro, como esas historias que no hacen ruido, pero no se van. Es una novela que no busca impresionar, sino quedarse, y lo consigue. Por eso, en un día como hoy, solo puedo recomendarla sin matices: léela con calma, sin prisas, y deja que te atraviese.
Porque hay libros que se olvidan… y otros que, como este, te cambian un poco sin que te des cuenta.
Saludos furiosos.
